(editorial) CARTA ABIERTA A LOS LECTORES

Cada comienzo de año trae fuerzas renovadas y nuevos desafíos para la revista Umbrales. Este año nuestro equipo no sólo ha crecido en número de integrantes, sino que también en ganas y fuerzas, para seguir el camino que estamos heredando desde la fundación de la revista. Nuevos integrantes implican nuevas ideas y nuevas miradas sobre la realidad mundial, pero siempre con un pie en esta tierra latinoamericana y en especial en este querido Uruguay. Tiempos difíciles nos interpelan y nos exigen una continua formación para poder adaptarnos a los cambios que a veces superan nuestra capacidad de comprensión. Como católicos comprometidos queremos seguir aportando a nuestros lectores una voz crítica con el mundo y autocrítica con nuestra Iglesia. El mismo papa Francisco nos invita a meternos de lleno en la realidad, a gastar nuestros pies caminando por estos pueblos, a ensuciarnos las manos para poder dar un sostén práxico a las ideas.

Desde la visión amplia, ecuménica y dialogante de Umbrales, celebramos que 2019 haya sido declarado “Año Internacional de las Lenguas Indígenas” por la ONU, que encargó a la Organización para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco) que lleve adelante un plan de actividades a lo largo de todo el año. Con ello se propone destacar la importancia de las lenguas indígenas de los pueblos originarios, que conservan una concepción del mundo muy distinta a la cultura occidental. Se busca rescatar la identidad contenida en el lenguaje, la historia, las tradiciones y la incidencia en la cultura de los pueblos que vinieron luego de ellos. Es insondable la riqueza que se sigue descubriendo en ellas, pero sin embargo muchas lenguas vienen desapareciendo a un ritmo alarmante, con la imposición de otros idiomas. La histórica visión del indio como un ignorante frente al conquistador, ha hecho que muchas veces sufran la vergüenza de su herencia y por ello debemos hacer nuestro esfuerzo para recuperar y promover las lenguas indígenas.

El 1° de febrero, en el acto inaugural del “Año Internacional de las Lenguas Indígenas” realizado en Nueva York en la Asamblea General de las Naciones Unidas, el antropólogo guaraní Elías Caurey, delegado de los Pueblos Indígenas de América Latina y el Caribe, decía: “Tiene que ser política de Estado, inversión de recursos necesarios, al igual que otros temas como el de hidrocarburo; invertir en los idiomas originarios es garantizar el verdadero desarrollo porque es el combustible de la felicidad. La realidad nos está mostrando que vivimos en una sociedad analfabeta con relación a los idiomas minorizados. Los gobernantes están en la obligación de saber hablar, al menos, una de las lenguas originarias si quieren ser gobernantes completos; y los gobernados, de comenzar a practicarla. Por ello, pido que se declare el “decenio de las lenguas indígenas” (Extracto del discurso).

Junto con todos los pueblos originarios de Latinoamérica hacemos un compromiso de colaborar en favor de promover las lenguas que formaron la tierra que hoy nosotros -muchos descendientes de extranjeros- habitamos. En especial creemos que en nuestro país hay una deuda grande con este tema. La discusión de si aún persisten descendientes de Charrúas, habitantes de esta tierra, no es un tema terminado. Son muchos los pueblos y ciudades, ríos y lagos, historias y costumbres, que llevan nombres indígenas y que mantienen vivo un lenguaje propio de los que nos precedieron. Aprovechemos este año para buscar caminos de conciliación y mayor respeto a nuestros ancestros.

 

(Discurso de Elías Caurey ante la ONU. Fuente: http://www.eldeber.com.bo/contenidos/2019/02/07/noticia_9542.html,
Audio: https://youtu.be/4ksWgQRxfIg)

(editorial) CARTA ABIERTA A LOS LECTORES

La revista “Umbrales” nació a fines de los años noventa en los “umbrales” del nuevo milenio y de la “nueva evangelización” proclamada por el papa Juan Pablo II. Quisimos mantener vivo el espíritu del Concilio y de la Iglesia Latinoamericana a los veinte años de Puebla. “Umbrales” quiso ser una revista de información sobre la Iglesia universal y en particular de América  Latina; y una revista de formación, en particular para los agentes pastorales (sobre Biblia, liturgia, ecumenismo, misión, Doctrina Social etc.). Quisimos promover una revista de Iglesia, no eclesiástica; una revista católica, no congregacional; una revista sanamente crítica, no piadosa. Advertimos la necesidad de repensar el lenguaje de la Iglesia (cf. editorial del 1º de octubre de 1990) para que fuera profesionalmente serio, pero accesible a todos. Hemos tratado de ser voz no solo de los que no tenían voz, sino también de los que podían hablar pero no lograban hacerse entender con sus prolijos documentos. El espíritu del p. León Dehon, fundador de los Dehonianos, que en tiempos del proletariado naciente se dedicó a predicar la Doctrina Social de la Iglesia, orientó la línea de la revista. En ese marco de apertura, promovimos la opción preferencial por los pobres, la lucha por la justicia y los derechos humanos, el diálogo ecuménico y la misión, el acercamiento a la religiosidad y cultura popular, la promoción de los laicos y de la mujer en la Iglesia, los derechos indígenas y de las minorías, la no violencia y la paz.
Nos duele reconocer, no solo la poca importancia que se le dio y se le da a la pastoral de la comunicación en muchos ámbitos de la Iglesia sino a los mismos temas que tratamos (y que ahora son reivindicados por el mismo papa Francisco a nivel universal). Creemos haber llenado un vacío en tiempos de reflujo. En 2016 hemos tenido que suspender la revista impresa por motivos económicos, pero la seguimos en su página web (umbrales.edu.uy), más actualizada y en continuidad permanente. Publicamos noticias, entrevistas, retratos, artículos de formación, temas de cultura, testimonios, signos de los tiempos.., con el coraje que nos da nuestra pobreza de medios y la participación valiente de un grupo de voluntarios. Nuestro desafío hoy es que esta revista fundada por sacerdotes pase a ser obra cada vez más de laicos, varones y mujeres, que puedan dar un válido aporte sobre todo a los agentes pastorales (curas, religiosos/as, ministros eclesiales, catequistas, maestros y profesores, movimientos de Iglesia, cristianos comprometidos en la sociedad…) no solo de Uruguay sino más allá, aún a través de las redes.
Las nuevas redes sociales abundan de información, de pensamientos ya pensados, pero carecen muchas veces de aportes críticos, de reflexión y profundización. Queremos ampliar el grupo de redactores y colaboradores periodistas; y además ensanchar el espacio de Diálogo Abierto para que todos los lectores opinen. Los cambios actuales en la Iglesia suponen cruzar nuevos “umbrales”, en vista de una Iglesia en salida promovida por este pontificado. Según el papa Francisco, ha empezado “una nueva etapa de la Iglesia” (Evangelii Gaudium nn.1,2,261) en el espíritu del Concilio, de la cual ya no se podrá volver atrás. Ya no se trata de “nueva evangelización”, sino de “volver al Evangelio”. El desafío es ahora una reforma profunda de la mentalidad y de las estructuras de la Iglesia para que esta vuelva a ser como Cristo: itinerante, pobre, cercana al pueblo, samaritana y anunciadora de misericordia. Al comenzar un año nuevo, apelamos a la responsabilidad de todos los laicos católicos de nuestras parroquias  para que hagan oír su voz de apoyo al Papa y a los medios que se esfuerzan por presentar en forma positiva el nuevo rostro de la Iglesia.

(editorial) Una Iglesia en salida

Muchos católicos se asombran cuando se les habla del deber de ser misioneros. Para el mes de octubre, según la costumbre, se reza por los misioneros que están trabajando duramente en África por ejemplo, pero a pocos se les ocurre pensar que África está entre nosotros. Hoy todo el mundo, toda la Iglesia está en estado de misión porque tampoco entre los bautizados se conoce a Cristo, no se sigue el Evangelio. Hoy aparentemente los grandes problemas de la Iglesia parecerían ser el desacuerdo de algunos cardenales con el Papa, si los divorciados vueltos a casar pueden comulgar, la pedofilia de algunos eclesiásticos…

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(editorial) El Pan Nuestro de cada día

A la espera de un nuevo Informe de la FAO,  el último disponible, de hace apenas un año, muestra que el hambre en el mundo se ha disparado a 815 millones de personas, la mayoría de ellos niños y niñas. Las causas de tal aumento son varias, pero sobre todo se menciona el papel de algunos conflictos armados y del cambio climático. Lo que más impacta es que se trata del primer Informe luego de aprobarse la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible. Si de algo podemos estar seguros es que no hay desarrollo posible con gente hambrienta. A 70 años de la Declaración de los Derechos Humanos, y muy a pesar de los avances científicos y tecnológicos, la violación al derecho a la alimentación es una verdadera bofetada para las generaciones actuales, que aún produciendo mucho más que antes, continúan dejando fuera del banquete a los que más necesitan.

Para todas las personas, más allá de credos e ideologías, el tema de la hambruna es muy sensible. Para los cristianos, adquiere un significado especial: en aquel pasaje del Padre Nuestro –quizás el más “terrenal”-  Jesús nos invita a pedirle al Padrenuestro pan de cada día” (Mateo 6:11).  El plural es significativo: todos –y no algunos- debemos saciar nuestras necesidades más primarias. No es “dame”, sino “danos”. No es “mi pan” sino “nuestro pan”.

A partir de esa matriz comunitaria las consecuencias para el análisis son evidentes. Recurriendo a un documento de la Iglesia de hace algunos años, podemos decir que el hambre en el mundo supone un “reto para todos: la construcción de un desarrollo solidario”.

Efectivamente, “El hambre en el mundo. Un desafío para todos: el desarrollo solidario”, es un documento de mucha actualidad. Elaborado en 1996 por el Pontificio Consejo «Cor Unum » por indicación de Juan Pablo II en el marco del Jubileo del 2000, establece líneas de reflexión que tienen exacta aplicación para lo que sucede hoy en día. Por ejemplo, el llamado a abordar el campo de la economía y la política en orden a la dimensión trascendente de la persona, el reconocer que la principal fuente del hambre es la pobreza, o poner énfasis en el papel que le cabe a las políticas económicas y a las estructuras económicas injustas. En este punto, el Documento señalaba el triste papel que cumplen los reajustes estructurales, algo que en este momento está impactando seriamente a algunos países hermanos.

También dedica todo un capítulo a la economía solidaria, destacando el papel de iniciativas locales, cooperativas y comunitarias en la lucha contra la pobreza, actuando especialmente en el campo del acceso al crédito, de la seguridad alimentaria, de la producción sustentable e incluso de la reforma agraria.

En definitiva, la situación en el mundo nos obliga como cristianos a seguir orando para que todos gocemos del pan nuestro de cada día y al mismo tiempo seguir actuando para que el principio del destino universal de los bienes tenga resultados concretos entre los más necesitados.

(editorial): No podemos quedarnos al margen

A partir del 1 de setiembre, fecha en la que se estableció la Jornada Mundial de oración por el cuidado de la Creación, y hasta el 4 de octubre la Iglesia está celebrando El Tiempo de la Creación.

Desde Umbrales saludamos y adherimos a las numerosas iniciativas que en tal sentido han surgido de las diversas comunidades presentes en Uruguay y en latinoamérica. Reconocemos también los esfuerzos provenientes de tantas organizaciones -no necesariamente cristianas- que trabajan por el cuidado de nuestra Casa Común, y damos gracias por el don de la vida y por la Creación.

Recientemente, y en coincidencia con el 50vo. aniversario de Medellín, se ha realizado el III Congreso Continental de Teología, organizado por Amerindia y UCA en San Salvador. Haciendo memoria de aquel encuentro inspirador del episcopado latinoamericano de 1968 y al referirse a la relación entre Medellín y la encíclica Laudato Si’, el teólogo Leonardo Boff afirmaba que, en la Iglesia latinoamericana “Medellín fue el bautismo, Puebla fue la confirmación y Laudato Si’, si no cuidamos la Tierra, será la extremaunción”.
En este sentido, las comunidades cristianas, parroquias y comunidades educativas, debemos comprometernos en una mayor vivencia espiritual de la Casa Común, y en una educación para un desarrollo sostenible.

La teóloga brasilera Maria Clara L. Bingemer, durante el Congreso señaló que, a la luz de Medellín, “Desde este continente donde la pobreza todavía es una triste realidad, donde la injusticia y la violencia cuentan sus víctimas cada día, donde las discriminaciones de todo tipo siguen sucediendo de forma cruel, donde la Madre Tierra es maltratada y agredida poniendo en riesgo toda la Creación, no es posible vivir una mística que sea fruición impune de las delicias y maravillas de los misterios eternos”.

También en Uruguay es muy evidente la necesidad de hacer visible y discutir todo lo relacionado al medio ambiente y al uso de recursos naturales y los impactos generados. La tradición de la Doctrina Social de la Iglesia puede iluminar estas discusiones, así como facilitar posibles caminos que permitan resolver los conflictos que se vienen. No se trata de caminos técnicos o políticos, sino de contribuciones de orden cultural, ético y espiritual.

Acerca de la proyectada instalación de más plantas de producción de celulosa a orillas de los cansados ríos de la región, recordamos las palabras del querido obispo Julio Bonino: “es un tiempo donde tenemos que estar despiertos. Debemos sopesar el valor de lo que se está poniendo en juego, la sustentabilidad en el tiempo de lo que tenemos. El monocultivo, la extranjerización de la tierra y la concentración de la misma, no son una buena noticia para un pueblo…. El monocultivo nunca es una perspectiva bondadosa para un país que quiere ser natural y productor de alimentos”.

Involucrarnos en estas cuestiones es un mandato histórico, los cristianos no podemos quedarnos al margen, no podemos lavarnos las manos.

(editorial) Día Internacional de las Cooperativas y necesidad de nuevos paradigmas económicos

La Iglesia se ha pronunciado en innumerables ocasiones sobre la necesidad de cambiar los modelos económicos que generan pobreza, inequidad y desastres ambientales. La rica historia de la Doctrina Social de la Iglesia así como las infinitas propuestas transformadoras llevadas adelante por cristianos a lo largo y ancho del mundo, actuando junto a tantas personas de buena voluntad, son ejemplo en la materia.

Hoy nuestro planeta, como nos lo recuerda Francisco en Laudato Si,  se encuentra atravesando momentos críticos: los modelos de desarrollo gestados en el Siglo XX han mostrado sus límites sociales y ambientales. Las Naciones Unidas en tal sentido, ha llamado a realizar un esfuerzo para cambiar la forma en que venimos actuando en la economía, lanzando la propuesta de la Agenda 2030 sobre los Objetivos de Desarrollo Sostenible. La economía solidaria, esa que Juan Pablo II catalogó como “la gran esperanza para América Latina” puede y debe cumplir un rol protagónico, impulsando una mirada alternativa sobre la manera en que producimos y consumimos.

Por eso desde estas páginas de UMBRALES adherimos a la celebración del Día Internacional de las Cooperativas, en el entendido que los principios y valores del movimiento cooperativo, constituyen una base sólida sobre la cuál es posible gestar experiencias basadas en la participación y gestión democrática, en la ayuda mutua y en la solidaridad.

Como señaló la Declaración Final de la IV Cumbre de Cooperativas de las Américas (Montevideo, 2017) “no es posible mantener las tendencias actuales de crecimiento económico, industrialización, contaminación ambiental, producción de alimentos y agotamiento de los recursos, sin comprometer a las generaciones futuras”. Es necesario por lo tanto, apuntalar aquellas expresiones sociales y económicas que puedan revertir esas tendencias, propias de una economía que mata.

Las cooperativas, actuando en el medio urbano y rural, en la producción y en la distribución, en el campo del ahorro y de la inversión, en la satisfacción de necesidades vitales como la vivienda o el consumo, deben sumar esfuerzos junto a muchas otras prácticas, experiencias e instituciones que siguen propósitos similares dirigidos al bien común. Un fuerte sector asociativo y solidario es entonces condición necesaria para avanzar hacia los Objetivos del Desarrollo Sostenible y de esa manera torcer el rumbo de un mundo en el que va ganando la concentración económica, las injusticias y la exclusión social.

En definitiva, es necesario hoy más que nunca contar con nuevos horizontes más esperanzadores en el plano económico. Como señala Francisco en una entrevista dada a los autores del libro “Papa Francesco. Questa economia uccide” (Tornielli y Galiazzi, 2014), el capitalismo no es irreversible: “no debemos considerar estas cosas como irreversibles, no debemos resignarnos /…/ tratemos de construir una sociedad y una economía en las que el hombre y su bien, y no el dinero, sean el centro”.

(editorial) ¿Profeta incomprendido?

El papa Francisco está tratando de dar otra imagen y otro rostro a la Iglesia buscando acercarla al pueblo, a la gente más humilde. Sus aportes a la justicia social y a la paz en el mundo, su carisma comunicativo han logrado que los medios hicieran de él un personaje mediático. Su popularidad rompió las fronteras de la Iglesia Católica. Sin embargo de un tiempo a esta parte las políticas conservadoras, nacionalistas y racistas que se oponen a lo que él representa, siguen en aumento en el mundo. Las cuestiones que él destaca con vehemencia como la desigualdad económica, el medio ambiente, los migrantes, la desocupación juvenil… ya no tienen prioridad. El Papa está chocando contra esta ola populista. Con esto también al interior de la Iglesia las fuerzas conservadoras se sienten alentadas y buscan frustrar los esfuerzos del Papa para así recuperar el poder. Por otra parte parecería que desde las Iglesias locales se admire al Papa y se concentre toda la atención sobre él, pero sin traducir sus orientaciones y su ejemplo a la práctica pastoral con la misma creatividad. Como si hoy el Catolicismo se concentrara en la figura papal, lo que justamente no desea el Papa en su esfuerzo de descentralizar a la Iglesia.

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(editorial) mundo laboral: ganemos en derechos y en justicia social

Un reciente estudio de la OIT revela que más del 60% de la población activa del mundo, es decir, unas 2000 millones de personas, trabajan en el sector informal de la economía, la mayoría sin protección social, sin mayores derechos y sin condiciones de trabajo decente. El 93% de estos trabajadores y trabajadoras viven en países emergentes y en vía de desarrollo, lo que demuestra una vez más la desigualdad en este mundo globalizado.

Otros informes también recientes muestran que la mayoría de los trabajadores en el mundo no acceden a ningún derecho referido a la protección social. Algunos datos deben sacudir nuestras conciencias: sólo 4 de cada 10 madres de recién nacidos cuentan con alguna prestación por maternidad; sólo 3 de cada 10 trabajadores cuentan con alguna prestación para el desempleo. En definitiva, apenas el 29% de la población mundial está protegida por un sistema integral de seguridad social.

En Uruguay, el sistema de seguridad social destaca especialmente por su impacto en la región. La población protegida por al menos una garantía es por lejos la mayor del continente (94.5%) y solo superada por Canadá en las tres Américas, aunque claramente hay mucho por hacer. Las cifras sobre informalidad han mejorado notoriamente en los últimos años, aunque preocupan algunos sectores específicos en el mercado de trabajo donde sigue presente con mucha fuerza. También es especialmente preocupante el aumento registrado en las tasas de desempleo en la última medición del INE así como tendencias de más largo plazo como es el caso de la precarización en el empleo.

En ese contexto celebramos que el 1º de Mayo, Día Internacional de los Trabajadores, haya sido una oportunidad para detenernos en el análisis de las temáticas laborales. Como decía Juan Pablo II en su célebre “Laborem Exercens”, el trabajo tiene una expresión objetiva pero también otra subjetiva, lo que hace de esta dimensión de la vida humana una de las más importantes para el propósito de una mayor integración social. No en vano el trabajo es, luego de la familia, el ámbito más importante de nuestras vidas según evidencian numerosas encuestas para el caso nacional.

Por el trabajo expresamos nuestras potencialidades, nos ganamos la vida, establecemos contactos con otros, asumimos derechos y deberes, gestamos identidad, nos incluimos en una red de protección social, nos sentimos útiles; en el mejor de los casos, cumplimos nuestros sueños vocacionales. Pero el trabajo suele ser también ámbito de explotación, de enajenación, de autoritarismos y verticalismos, de degradación, de violencia, de pauperismo.

Desde estas páginas soñamos para que el trabajo sea un ámbito en el que ganemos en derechos y en justicia social. Y alentamos a todos aquellos que a través de diferentes espacios colectivos y comunitarios luchan para ello. Especialmente, dedicamos este Editorial a aquellos laicos y laicas insertos en el mundo del trabajo, en sindicatos, en ONGs o en políticas públicas, para que desde allí puedan contribuir a la construcción del Reino junto a tantas personas de buena voluntad que comparten sueños liberadores.

(editorial) ÉTICA y POLÍTICA deben ir de la mano

El escándalo de corrupción vinculado al caso Odebrecht sacude a buena parte de la región. La empresa brasilera, hasta hoy la más grande del continente en el rubro de la construcción, no escatimó recursos para sobornar a políticos de diferentes tendencias ideológicas. El pasado 22 de marzo renunció en medio de los escándalos el presidente de Perú, Pedro Pablo Kuczynski. El 4 de Abril, por su lado, el Tribunal Superior de Brasil le negó el Habeas Corpus al acusado y carismático Lula Da Silva, en el marco de un país dividido y sacudido por escándalos que han involucrado a muchos “pesos pesados”, entre los cuáles al actual presidente Michel Temer.

Justamente en Perú y ante el mismísimo Kuczynski, el papa Francisco en el mes de Enero se refirió a la crisis de la política en el continente. Fue enfático al señalar que “la política en América Latina está más enferma que sana” denunciando los casos de coimas y de la corrupción.

Uruguay, mientras tanto, no aparece en la lista de los 12 países afectados por esta maraña. Aún así, el hermano del ex presidente Sanguinetti (“Betingo”) formó parte de la trama a través de su participación en la Banca Privada de Andorra, país en el que actualmente se encuentra en libertad provisional.

Por contrapartida, nuestro país se ha visto sacudido en los últimos meses por otros escándalos, caso del uso indebido de las tarjetas corporativas o de la contratación de familiares de jerarcas en diferentes empresas públicas, ministerios e intendencias. Por el primer caso, el Vicepresidente Raúl Sendic fue conminado a renunciar por parte de su fuerza política. Es de conocimiento público que muchos otros políticos, de los diferentes partidos con responsabilidades de gobierno y desde hace muchos años, cometieron las mismas actitudes inmorales. Los casos de nepotismo también afectan a todos los partidos políticos y han obligado a la Junta de Transparencia a recordar las actuales normas que impiden contratar familiares a quienes desempeñan cargos de alta responsabilidad política.

Todos estos asuntos son muy preocupantes para la salud democrática de nuestros pueblos. Como hemos señalado antes, la corrupción y otros actos inmorales forman parte de todo el sistema político y no solo de algún partido u orientación en concreto. Eso significa que aquí no hay partidos o ideologías ganadoras y perdedoras. Todos pierden. Y especialmente pierde la legitimidad de la noble tarea política entre la masa de ciudadanos, lo que puede llegar a poner en jaque al mismísimo sistema democrático.

Es cierto que ni todos los políticos son corruptos, ni todos han caído en las tentaciones del poder. Aún así, más allá que tenemos muchos testimonios de abnegación, de desprendimiento o incluso de vida sencilla entre los políticos, cada vez menos gente confía en ellos. En conclusión, si no hacemos frente a estos dramas con fuerza y determinación, ganará terreno el irracional grito del “que se vayan todos”.

Hoy más que nunca debemos recordar que la tarea política es de fundamental importancia para la consecución del Bien Común. El acceso al poder – si tal cosa existiera- debería estar motivado para llevar adelante un programa que redunde en beneficios de la comunidad y no para sacar el máximo provecho individual. Para los cristianos en concreto, la política es una de las formas más elevadas de poner en práctica la caridad en los asuntos públicos. Un patrimonio doctrinario que debemos reconocer forma parte de todos los humanismos. Debemos relanzar esta dimensión de la sana política para hacer frente a quienes piensan que “la política es para los vivos”, “la política lo ensucia todo”, o “ética y política son incompatibles”.

Para eso necesitamos nuevos testimonios capaces de entender a la tarea política como verdaderamente “ministerial”, es decir, “servicial”. Asumiendo responsabilidades políticas sin privilegios. Apostando más al diálogo que al permanente choque. Fomentando valores como la transparencia y la vida sencilla. Teniendo como opción preferencial a los más pobres. Nuestra calidad de vida democrática depende de ello.

(editorial): FEMINISMO E IGLESIA

 

Nuestra fe cristiana nació en la sociedad patriarcal y machista del tiempo de Jesús y a pesar de sus actitudes cuestionadoras y de que Pablo afirmara en Gálatas 3,28 que en la Iglesia de Cristo no podía haber diferencias entre varones y mujeres, el Cristianismo se fue contaminando por el entorno pagano.  Hoy felizmente la sociedad está en favor de la igualdad de la mujer con el varón en sus derechos y en su dignidad y la Iglesia, como en otras cosas, ha de ponerse al día. La participación femenina en el gobierno eclesial es casi nula. La posibilidad del diaconado para las mujeres está encontrando muchas dificultades; y esto a pesar de que no existen objeciones de principio tal como sostienen ilustres biblistas como Jean Galot, Carlos Maria Martini, Gianfranco Ravasi, etc., basándose en la práctica pastoral de la primera Iglesia. Ha habido indiscutibles progresos después del Concilio Vaticano II en la promoción de la mujer, pero aún hoy se discute si la mujer puede o no predicar la Palabra de Dios o dirigir una comunidad cristiana. Al inducir Cristo a un grupo de mujeres a seguirlo, en contraposición con la práctica de los rabinos de aquellos tiempos, evidentemente manifestó su intención de asignar a las mujeres una función en el desarrollo de la Iglesia y las trató por igual que a los discípulos varones. Esa función no sería seguramente tan solo la de ser esposas y madres de familia. Jesús jamás prohibió a las mujeres actividad alguna en su comunidad. Las discriminaciones que se dieron en la historia provinieron de la cultura imperante, no del Evangelio. El movimiento feminista actual, más allá de unas minorías radicalizadas, es hoy un signo de los tiempos que hay que asumir como inspiración de Dios, participando de sus movilizaciones y reivindicaciones a nivel de sociedad. Son evidentes las discriminaciones que sufren las mujeres en los empleos y en los demás ámbitos de la sociedad, la explotación y la irrelevancia social. Es evidente el aumento de la violencia de género. Ésta no tiene más solución que la de suprimir toda desigualdad en cuanto a derechos, respetando las  diferencias: ha de haber los mismos derechos económicos para varones y mujeres, la misma dignidad en el trabajo, la misma libertad en la relaciones domésticas, profesionales, sociales y religiosas. En Madrid, el cardenal Carlos Osoro apoyó la huelga feminista del 8 de marzo y se le ocurrió decir: “Participaría también la Virgen”. Es evidente la necesidad de un cambio de cultura y de un sistema económico que deshumaniza y crea brechas profundas entre los seres humanos.