JUSTICIA SOCIAL

 

TRASCENDENCIA, EXIGENCIAS Y REPERCUSIONES DE LA JUSTICIA SOCIAL
EN LAS ENSEÑANZAS DEL MAGISTERIO UNIVERSAL, DE AMÉRICA LATINA Y DE ARGENTINA
p. Juan Domingo Griffone
, SCJ (1)

Segunda parte

“Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados”…
”Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia porque de ellos es el Reino de los cielos…”
(Mt 5,6;10)

 

La Justicia es el principio moral que inclina a obrar y juzgar respetando la verdad y dando a cada uno lo que le corresponde. En esta nueva serie de artículos de Doctrina Social de la Iglesia, vamos a acompañar al autor, p. Juan Domingo Griffone, SCJ, para presentarnos la segunda parte de su investigación sobre el valor de la Justicia Social, tema tan caro para todos los Pontífices desde León XIII hasta la actualidad. Centrada en los principios o fundamentos de la justicia social, la igualdad y la libertad, desde una perspectiva sociológica, la investigación busca atender su impacto en las relaciones sociales, entendidas en sentido amplio y en diversas direcciones. Fomentando el bien común, la justicia aparece en la vida diaria como un factor del que se derivan relaciones más equilibradas y respetuosas, así como el bienestar de la sociedad en su conjunto.

 

LA JUSTICIA SOCIAL EN LA SAGRADA ESCRITURA

En el Antiguo Testamento
En los profetas y en la ley de Israel, la justicia es un tema religioso y social.
Durante mucho tiempo los judíos fueron gobernados por reyes del propio pueblo o extranjeros que los esclavizaron. El pueblo se preguntaba: ¿tenían derecho a actuar de esa manera?
En la vida de cada día se sufría con las injusticias cometidas por aquellos que debían ser jueces justos, defensores del derecho y de la justicia.
Ante esas situaciones las Escrituras respondían:
– que los reyes no son dioses o hijos de dioses, son sólo criaturas (cfr. Sal. 102,16)
– ellos piensan que conducen la historia, más, de hecho, Dios es quien la conduce, por detrás de los bastidores (cfr. Is.41, 1-5), los reyes son sus instrumentos. Los jueces deben ser justos como Dios es justo.

Según los judíos la justicia no era “una actitud pasiva de imparcialidad, más un compromiso apasionado del juez a favor del que tiene derecho” (Cfr. “Justicia”, en Dufour, L., “Vocabulario de Teología Bíblica”), que determina, según los casos, la condenación o el perdón; más que un acto neutro y ambivalente, es hacer justicia.
Así en el Antiguo Testamento, Justicia es entendida como:
– Fidelidad a la ley de Dios (cfr. Ez. 3,16-21; 18,5-24)
– Fuente de recompensa de parte de Dios, pues es “el justo que se salva” (Prov. 21,21); “el justo por su fidelidad vivirá”(Hab. 2,4)
– Sabiduría y bondad, es sabiduría puesta en práctica (cfr. Sab. 8,7)
– Acción moral.
Seguidamente se enumeran algunas recomendaciones sobre la Justicia dadas a los jueces y comerciantes en el Pentateuco. Allí se observa que las antiguas leyes pedían a los jueces integridad en sus funciones:
– “Escucharán a sus hermanos para hacerles justicia entre un hombre y su hermano, o a un extranjero que vive con ellos. No harás acepción de personas en el juicio: escucharás de igual manera la pequeño y al grande”(Dt.1,16-17)
– “Establecerás jueces…ellos juzgarán al pueblo con sentencias justas…no aceptarán soborno, pues el soborno ciega los ojos del sabio y falsea la causa de los justos…” (cfr. Dt. 16,18-19; Lev. 19,15-36)
– “No desviarás el derecho del pobre en el juicio….no aceptarás presentes porque ciegan y pervierten las palabras de los justos” (Ex. 23,6-8)
– “Cuando escuches la querella entre dos hombres que piden justicia, ellos serán juzgados, absolviendo al inocente y condenando al culpable” (cfr. Dt. 25,1; Prov. 17,15)
– La deshonestidad de los comerciantes es condenada: “No cometerás injusticia en el juicio…tendrán balanzas justas, pesos justos, medidas justas…” (Lev. 19,35-36)
Con respecto a la Justicia en los libros Históricos del Antiguo Testamento:
La idolatría de los reyes encontró una ideología legitimadora de su poder despótico y absoluto, como se observa en:
2 Sam.12, 1-14: David manda matar a Urías y se casa con su mujer.
1 Rey. 21: La viña de Nabot tomada por Jezabel.
La actitud de David y Jezabel fueron frutos de la idolatría, se alejaron del verdadero Dios y por eso actuaron como si tuviesen el poder absoluto en las manos, hasta el poder sobre la vida de los otros. Los primeros profetas, de los cuales se habla en los libros históricos, reaccionaron contra ese modo injusto de actuar de los reyes, reafirmando el valor de la Alianza hecha con Moisés y condenando la idolatría, muchas veces introducida en Israel por los casamientos de los príncipes con princesas extranjeras y paganas.
Por su parte el tema de la Justicia en los libros Sapienciales es una afirmación de estos principios que destacan los sabios de Israel.


– El hombre justo, temeroso de Yahvé se muestra tal en el ejercicio de la misericordia y de la justicia para con el prójimo (cfr. Sal. 112,1.5).
– Él observa la ley que manda no oprimir a quien es más débil (cfr. Prov. 22,22-23),
– Llama a asumir la causa del pobre que sufre injusticia (cfr. Prov. 29,7)
– Intenta liberar a quien se encuentra oprimido (cfr. Eclo. 4,9).
– Su actitud para con el pobre es la disponibilidad a socorrerlo, es más un acto de bondad personal que una actitud de justicia, y todo eso parece una atenuación en relación con la enseñanza de los profetas.
Los libros sapienciales no enfrentan la cuestión de injusticia en la sociedad, apelan más a la sabiduría y benevolencia individual, colocándose en la línea de Dt. 15,11 que dice: “Nunca dejará de haber pobres en la tierra, es por eso que yo te ordeno: abre tu mano a favor de tu hermano, de tu humilde y del pobre de tu tierra”.
En cuanto habla de los esclavos, y dice de tratarlos “como un hermano”, tiene por finalidad hacerlos productivos (cfr. Eclo. 33,25-33).
La permanencia de la injusticia es un hecho para ser aceptado; la división entre los ricos y los pobres aparece como un dato insuperable. Sabio es el pobre que no se enfrenta al rico, porque él está destinado a ser vencido (cfr. Eclo. 13,3-6,20-22)
Pero a su vez, para el Cohelet (Eclesiastés), la opresión que el pobre debe sufrir fatalmente es una prueba de la vanidad de todas las cosas (cfr. Ecl.4,1)
Interesante, en el Eclesiastés hay una presentación de la administración pública que se transforma en burocracia opresora y dañina (cfr. Ecl.5,7-8)
Más el hombre pobre espera que Dios le haga justicia (cfr. Eclo.21,15)
Los sabios, como los profetas, también luchan contra la idolatría; los nuevos dioses introducidos en el país legitimaban el poder divino de los reyes y la dominación de las personas por la sujeción a cultos que no liberaban, al contrario, esclavizaban a los hombres interiormente, sujetando a la persona, ser espiritual, a un pedazo de madera o piedra (cfr. Sab. 23)
Además de eso, justicia y la sabiduría puesta en práctica (cfr. Sab. 1,1.15);
La sabiduría enseña la templanza, la prudencia, la justicia y la fortaleza (cfr. Sab. 8,7)
En los libros sapienciales se encuentra un poco de todo, así es que los textos más antiguos, como los proverbios, celebran tanto la justicia del rey: “Los labios justos ganan el favor del rey, el ama a quien habla con rectitud” (Prov. 16,13)
Como también hablan de cosas bien concretas, como cuando embisten contra los comerciantes que usan balanzas deshonestas (cfr. Prov.11, 1; 16,11; 20,10; 20,23)

En la tradición profética, los profetas proclaman la justicia sin cesar, diciendo que es el derecho del pobre, del humilde, de la viuda, del huérfano, del asalariado y de los que están marginados en la repartición de los bienes. Para ellos, el signo inconfundible de participación en la alianza con Dios era la conducta social, la justicia es un tema religioso y social. El santo es el justo. El Dios de la alianza ama al santo, al justo y al misericordioso. Para estar en unión con Dios hay que participar en su justicia y su amor en las relaciones con los demás.


Los profetas posteriores, “los profetas escritores”, también ven en la idolatría y en la aceptación de nuevas religiones, contrarias a la religión tradicional, la fuente de toda injusticia. Los ídolos son nada (cfr. Is.44, 9-20), seguirlos es contrariar la Alianza hecha con Israel, con la casa de David, y el resultado será la esclavitud y el exilio.
Esos profetas escritores del período antes del exilio (587-538 a.C.) denunciaban frecuente y vigorosamente la injusticia de los jueces, de los reyes, la opresión de los pobres, el lujo de los ricos y preveían castigos.
Isaías expresa: “Cesad de obrar mal, aprended a obrar bien; buscad lo que es justo, haced justicia al oprimido, defended al huérfano, proteged a la viuda…” (Is. 1,16-17)
De este período se destaca Amós, el profeta de lo social.
El libro del profeta, el primero y más antiguo escrito que recoge los oráculos proféticos, puede ser dividido en cinco partes, en la primera (cfr. Am.1, 2) encontramos los oráculos contra las naciones y contra Israel.
En Am.1, 1-2,5, dos cosas llaman especialmente la atención del profeta:
– la crueldad de la guerra
– el fenómeno de la esclavitud que comprende a poblaciones enteras.
El comercio del que participan Filistea y Tiro como esclavistas y vendedores y Edom como comprador, de pueblos enteros como víctimas. En resumen, los seis primeros capítulos oráculos describen esa situación trágica.
El profeta habla de los pecados de Israel, cuando dice: “Porque venden al justo por plata y al indigente por un par de sandalias… ellos golpean sobre el polvo de la tierra la cabeza de los débiles y hacen torcido el camino de los pobres…” (Am.2, 7)
Para Jeremías, la injusticia profana el templo y Yahvé ya no mora en él. «Si mejoráis realmente vuestra conducta y obras, si realmente hacéis justicia y no oprimís al forastero, al huérfano y a la viuda, ni andáis en pos de otros dioses para vuestro daño, entonces yo me quedaré con vosotros en este lugar» (Jer. 7, 4 – 7)


En el Nuevo Testamento
Se puede observar que si el tema de la justicia abunda en el Antiguo Testamento, el tema del amor caracteriza al Nuevo Testamento. La verdadera caridad va más allá de la justicia; es el signo por el que se reconocerá al cristiano.
En los Evangelios deben considerarse las implicancias de las enseñanzas y del actuar de Jesús y el significado de su propia persona. Él es el Hijo de Dios que se hace carne y revela a sus seguidores quien es Dios. Por consiguiente el hablar y actuar de Jesús de Nazaret tiene un significado y un peso especial para los cristianos que creen en Él.
El Evangelio no presenta una propuesta político-económica determinada. Jesús no se presenta como un revolucionario social, ni como un reformador de las estructuras de la sociedad. El no pertenecía al partido de los Zelotes, que proponían la resistencia revolucionaria y la restauración de la teocracia, aunque tenía un discípulo, Simón, llamado el Zelote.


Jesús no vivía alienado de la situación que vivía el pueblo de Israel. El mensaje que Jesús anuncia es una realidad concreta y es expresado a través de la categoría de Reino de Dios, o Reino de los Cielos, en el Evangelio de Mateo.
Esta categoría se emplea 123 veces en el Nuevo Testamento, muchas de ellas en la boca de Jesús. Él no lo define, lo anuncia y dice que está cerca.
Jesús enseña los valores de ese Reino de Dios: el amor, la verdad, la justicia, la paz, la fraternidad, etc.
El Reino de Dios es la Buena Noticia, es esperanza para los pobres, los excluidos, los que esperan justicia y liberación.
Lucas (Lc. 4, 18) pone el inicio de la predicación de Jesús en Nazaret, donde lee al profeta Isaías. Esta escritura se cumplió en Él dice Jesús. Así anuncia a los pobres la Buena Noticia, a los esclavos la emancipación, a los ciegos la vista y a los oprimidos la liberación.
Es así que el Reino, anunciado por Jesús tiene preferidos: los pobres y los excluidos. El Reino de Dios supone e implica una opción por los pobres.
El Reino es proclamado por Jesús con narraciones simbólicas, en las parábolas que, proponiendo soluciones casi imposibles, son a su vez grandes desafíos para buscar soluciones sociales, políticas y económicas diferentes. Tal vez por ser tan utópicas para la realidad mundana, fueron interpretadas exclusivamente en el sentido escatológico, con una gran pérdida del valor histórico-social del mensaje cristiano.
Por ejemplo, en la parábola de los trabajadores de la viña (cfr. Mt.20, 1-16), donde todos son pagados igualmente con un denario, aun cuando habían trabajado horarios diferentes, parece una narración tan imposible para nuestro sistema económico como para la interpretación de la justicia social. Pero debemos comprender su significado histórico-social, considerando que los trabajadores estaban desempleados (“nadie nos contrató”) y que la paga combinada era lo necesario para vivir un día.
La parábola del rico Empulón y del pobre Lázaro es bastante clara en las situaciones de desperdicio, que son una afrenta y una injusticia ante el necesitado (cfr. Lc.16, 19-31)
La parábola de los talentos evidencia la responsabilidad, que significa administrar los recursos que Dios nos ha confiado y hacerlo con sabiduría y justicia (cfr. Mt.25, 14-36)
En sus enseñanzas Jesús destaca: la justicia, la misericordia y la fidelidad cuando dice: “¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que pagáis el diezmo de la menta, del aneto y del comino, y descuidáis lo más importante de la Ley: la justicia, la misericordia y la fe! Esto es lo que había que practicar, aunque sin descuidar aquello. ¡Guías ciegos, que coláis el mosquito y os tragáis el camello!” (Mt. 23,23)
San Lucas habla de la justicia en el libro de los Hechos de los Apóstoles diciendo:
“Vivía en la ciudad de Cesaréa un hombre llamado Cornelio, que era un capitán del batallón Itálico. Era un hombre piadoso y, al igual que toda su familia, era de los «que temen a Dios». Daba muchas limosnas a los judíos pobres y oraba constantemente a Dios” (Hech. 10.1-2). Puede decirse que Cornelio era un hombre justo que temía Dios y practicaba la caridad y la justicia.
“Pero al disertar Pablo acerca de la justicia, del dominio propio y del juicio venidero” (Hech. 24,25). Aquí la justicia (dikaiosune) es lo que Dios demanda, lo que es recto, justo o bueno. La justicia es rectitud, es la acción de Dios de hacer al hombre acepto ante Dios mismo. Para el concepto greco-romano el hombre justo era el que se comportaba de un modo adecuado y observaba los deberes para con su religión y con los demás.

Pablo y sus colaboradores proclaman la doctrina de la justicia por la fe en el sacrificio expiatorio de Cristo. Hemos de aceptar a Cristo como a nuestro Salvador personal y él nos imputa la justicia de Dios en Cristo.
La justicia es un don debido al amor gratuito y oblativo de Jesús en la ofrenda generosa de su muerte (cfr. Gál 2, 21). Por eso el concepto paulino de justicia es soteriológico, no ético. A la justicia fundamentada en el cumplimiento de la ley (cfr. Flp 3, 6. 9; Rom 10, 5) ó a la identidad de la justicia (cfr. Rom 10, 3; Flp 3, 9), San Pablo como buen rabino realiza el procedimiento de la contraposición y acuña la justicia de la fe, es decir, la justicia que viene de Dios. Esto quiere decir que Dios mismo crea la justicia, no por el camino de la Ley, sino a partir de la fe, en vista al acontecimiento que se ha cumplido que solamente acontece como fe en Jesucristo. De ahí que la Ley llega a su fin, porque su final ha llegado con la salvación de Cristo. Por eso trata de demostrar que la relación entre la fe y la justicia es conforme a la Escritura (cfr. Rom 4, 1; Gál 3, 6; Rom 4, 3. 5. 6. 9. 22).
En los escritos atribuidos a Juan el tema de la justicia se trata por primera vez en el Evangelio y en el Sermón de la Última Cena. (cfr. Jn. 16,8-11)

En la Primera Carta de Juan encontramos el uso del término justicia y en orden a la Doctrina Social de la Iglesia nos interesa más que el uso en el Evangelio, porque hace referencia a la justicia del cristiano y no de Cristo, cuando dice: “Si sabéis que él es justo, reconoced que todo el que obra la justicia ha nacido de él” (Jn.2, 29).
Por su parte en 1Juan 3,17 encontramos: “Pero el que tiene bienes de este mundo y ve a su hermano en necesidad, y cierra contra él su corazón. ¿cómo mora el amor de Dios en él? (1Juan 3,17)

También el libro del Apocalipsis habla de la justicia de Cristo al expresar que con ella combatirá el jinete del caballo blanco, el llamado Fiel y Veraz (cfr. Ap. 19,11). Al final del libro se vuelve a hablar del tema de la justicia, al decir “que el justo siga practicando la justicia”


REFERENCIA DE LOS PADRES
Y DE LA TRADICIÓN DE LA IGLESIA CON RESPECTO A LA JUSTICIA SOCIAL

La Doctrina Patrística, o de los Santos Padres, es un período que abarca desde el fin del cristianismo primitivo, con la consolidación del canon neotestamentario, hasta alrededor del siglo VIII. Su nombre deriva de los padres de la Iglesia, los teólogos cuya interpretación dominaría la historia del dogma.
Este movimiento tuvo tres etapas fundamentales:
– La primera patrística
– La alta patrística
– Patrística tardía
Luego aparece la Doctrina Escolástica, que fue la doctrina dominante del pensamiento medieval, después de la patrística tardía, y se basó en la coordinación entre fe y razón, existiendo dentro de ella una clara subordinación de la razón a la fe, sin dejar más espacios de interpretación de los fenómenos sociales y la solución de los mismos, solamente los que presentaba la Iglesia mediante su concepción de fe.
La Doctrina Patrística y la Escolástica, son de relevancia para este trabajo porque constituyen, luego de las Sagradas Escrituras, un punto de partida para las doctrinas que se desarrollan a lo largo de los siglos en la humanidad, porque provocaron en cierta medida desigualdades y supresiones de la libertad y por consiguiente a la necesidad de defender la justicia social, que en esas épocas era totalmente atropellada.
Con los Santos Padres el modelo social cristiano se vio estimulado por la incorporación de nuevas categorías filosóficas y antropológicas procedentes del mundo helenístico y latino. Parten del pensamiento bíblico respecto a la dignidad de la persona humana, creada a imagen de Dios, del concepto de fraternidad universal, ampliada en la “filiación divina”, y la igualdad promovida sobre la base de concepción de la naturaleza personal del hombre.
Con respecto al tema de la justicia, el pensamiento de los Padres de la iglesia sigue a la tradición profética y evangélica y puede sintetizarse en la afirmación de que la riqueza pertenece a los pobres, el que la posee sólo es su administrador.

Abundan los textos que se refieren al tema de la justicia social; por ejemplo, San Basilio en su homilía contra la riqueza dice: «El que despoja a un hombre de su vestimenta es un ladrón. El que no viste la desnudez del indigente cuando puede hacerlo ¿merecerá otro nombre? El pan que guardas pertenece al hambriento. Al desnudo el abrigo que escondes en tus cofres. Al descalzo, el zapato que se pudre en tu casa. Al mísero la plata que escondes» (Homilía contra la riqueza. Padres Griegos 31, 277).

San Ambrosio
piensa que cuando el rico da al pobre, lo único que hace es restituir justamente al mismo lo que le corresponde y que le ha sido usurpado. «No es tu bien el que distribuyes al pobre. Le devuelves parte de lo que le pertenece, porque usurpas para ti solo lo que fue dado a todos, para el uso de todos. La tierra a todos pertenece, no sólo a los ricos» (Naboth el pobre. Padres Latinos, 14, 747).

San Agustín de Hipona
afirma de modo más claro aún el derecho de los pobres, al darnos la célebre definición de justicia: socorrer a los desgraciados. Habla de la justicia como del reconocimiento del derecho de cada ser. Lo que se da al pobre es una deuda en nombre de la justicia. La intención primera de Dios fue destinar todo a todos. “La justicia es la constante y perpetua voluntad de dar (conceder) a cada uno su derecho” (Definición recurrente en Agustín, cfr. De civitate Dei,19, 21)

Por su parte, San Juan Crisóstomo dice: «Dios nunca hizo a unos ricos y a otros pobres. Dio la misma tierra para todos. La tierra es toda del Señor y los frutos de la tierra deben ser comunes a todos» (Epist. 1Rom.aTim. XII,4).
Los Padres de la Iglesia más próximos a las fuentes evangélicas y más sensibles al mensaje de los profetas bíblicos, dejaron muy claro su pensamiento social; hablaron y escribieron ampliamente sobre el sentido de la propiedad, el destino de la tierra, la responsabilidad de los ricos y las exigencias de la justicia. Los escolásticos, fieles a la tradición de la moral cristiana, complementada con el  pensamiento aristotélico, se preocuparon en lo fundamental por las nociones de equidad y justicia en cuanto a la determinación de los precios y salarios.
La principal pregunta que se formulaban los autores escolásticos era: ¿qué es lo justo? Los problemas económicos, sociales y políticos eran enfocados bajo este punto de vista ético.

Entre los escolásticos, se destaca Santo Tomás de Aquino, quien expone su pensamiento social cuando estudia la justicia y la caridad. Al hablar de la justicia hace ver que es el fundamento de la comunidad humana. No la reduce al concepto liberal individualista de justicia al que se está acostumbrado, sino que cuando Santo Tomás habla de la justicia general, se refiere más bien a la regulación de las relaciones humanas en la sociedad para realizar el bien común; y cuando habla de la justicia particular considera en primer lugar la justicia distributiva, ya que ésta regula la distribución del bien común entre todos los miembros de la sociedad. Cada uno de ellos tiene el derecho de participar en el bien común y también el deber de compartirlo. Hay un derecho del pobre (justicia distributiva) y hay un derecho de propiedad (justicia conmutativa), pero el propietario no puede usar para sí mismo los bienes propios que no necesita porque los pobres tienen derecho a ello. Santo Tomás, abarca en su enseñanza social, los grandes temas de la Sagrada Escritura y los Padres de la Iglesia: el derecho de los que no tienen nada, la amistad cristiana y la caridad que cumplen la justicia y la sobrepasan; la condenación de la riqueza injusta cuando el rico guarda para sí solo los bienes destinados a toda la humanidad.
Para Santo Tomás de Aquino, los ciudadanos han de tener los derechos naturales, que son los que Dios les da. Estos derechos son más tarde llamados Derechos Humanos.
La justicia distributiva trata del reparto de los bienes comunes. De aquí surge la respuesta de quién es el responsable de que exista justicia distributiva. Santo Tomás señala que “el acto de la distribución que se hace de los bienes comunes pertenece solamente al que tiene a su cargo estos bienes comunes” (Santo Tomás, Suma Teológica, 2.2, q. 61, art. 1), es decir, gobernantes, burócratas, o todo aquel que es responsable del cuidado o provisión de algún bien común. Santo Tomás trata las objeciones sobre si la justicia conmutativa es más perfecta que la general, a lo que responde que «es evidente que sobresale por sobre las demás virtudes morales, en cuanto a su fin, que es el bien común, es más elevado que el bien particular» (Santo Tomás de Aquino: Tratado de la Justicia, capítulo II; traducción Carlos Ignacio González, S.J. Editorial Porrúa, 2008, artículo 1).

Alejandro Chaufen dice: “Los autores escolásticos que siguieron a Santo Tomás fueron continuadores de la línea aristotélico-tomista. Temas como las ganancias, los salarios y los intereses eran abordados como tópicos de justicia conmutativa. Los escolásticos llegaban a la conclusión de que no era función del gobierno determinar salarios, ganancias e intereses. Para analizar los mismos, utilizaban un procedimiento igual al que empleaban para estudiar los precios de los bienes, determinando que los mismos debían de establecerse siguiendo a la estimación común que se realiza en el mercado” (Chafuen, Alejandro A., 1984, página 7). 

San Buenaventura,
franciscano, obispo y doctor de la Iglesia, fue otro de los autores escolásticos que contribuyó a difundir en la Iglesia la cultura de la libertad interior, creando así las condiciones para la práctica de la justicia social. En San Buenaventura, el doctor Seráfico, que se caracterizaba por la sencillez, la humildad y la caridad, se puede observar el rol de la vida religiosa en su compromiso con la justicia social y la problemática de los pobres y de los excluidos de su tiempo. Escribió un tratado sobre la pobreza evangélica, titulado «Sobre la pobreza de Cristo». De él se dice: “Hombre bueno, afable, piadoso y misericordioso, lleno de virtudes, amado por Dios y por los hombres… Dios de hecho le había dado tal gracia, que todos aquellos que lo veían quedaban invadidos por un amor que el corazón no podía ocultar” (Bougerol J. G., 1991, p. 91).
A su genio penetrante unía un juicio muy equilibrado, que le permitía ir al fondo de las cuestiones y dejar de lado todo lo superfluo para discernir todo lo esencial y poner al descubierto los sofismas de las opiniones erróneas.
El Magisterio de la Iglesia hace clara reseña a la relación entre los Fundamentos bíblicos de la Doctrina Social de la Iglesia y de la referencia que hacen de los temas sociales los Padres de la Iglesia. Una cuestión en la que la interrelación de Escritura y Magisterio, sin olvidar la Tradición, aparece clara.
Se sabe que el origen de la Doctrina Social de la Iglesia se encuentra en la Sagrada Escritura y de modo especial en el Evangelio, que es su coronación y cumplimiento:
Los Santos Padres y los escolásticos tienen una importancia fundamental en el estudio de la Doctrina Social de la Iglesia, dada su condición de intérpretes de excepción de las Sagradas Escrituras y de testigos privilegiados de la Tradición. Acreditan el sentido social del Evangelio, su compromiso con los pobres y prueban que éste es algo esencial en el cristianismo.


EL TEMA DE LA JUSTICIA SOCIAL
EN EL MAGISTERIO PONTIFICIO ANTERIOR AL CONCILIO VATICANO II

La justicia es uno de los valores fundamentales de la vida social. Es el hábito de dar a Dios y al prójimo lo que les es debido. Ante todo, es importante reconocer la dignidad de los demás, con independencia de lo que posean o de la utilidad que proporcionen. La justicia debe basarse en la ley natural y conviene que sea mejorada por la caridad y la solidaridad.
En el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia se lee acerca del valor fundamental de la justicia lo siguiente:
En el n° 201 y siguiendo a Santo Tomás de Aquino dice: “La justicia es un valor que acompaña al ejercicio de la correspondiente virtud moral cardinal” (Santo Tomás de Aquino, Summa Theologiae, I-II, q. 6).
Según su formulación más clásica, “consiste en la constante y firme voluntad de dar a Dios y al prójimo lo que les es debido” (CATIC n° 1807).
Desde el punto de vista subjetivo, la justicia se traduce en la actitud determinada por la voluntad de reconocer al otro como persona, mientras que desde el punto de vista objetivo, constituye el criterio determinante de la moralidad en el ámbito intersubjetivo y social. (cfr. Juan XXIII, Carta Encíclica Pacem in terris: AAS 55 (1963) 282-283)
Por su parte el Catecismo de la Iglesia Católica dice: “El Magisterio social invoca el respeto de las formas clásicas de la justicia: la conmutativa, la distributiva y la legal” (CATIC, n° 2411).
Un relieve cada vez mayor ha adquirido en el Magisterio la justicia social, (cfr. CATIC, 1928-1942. 2425-2449. 2832) que representa un verdadero y propio desarrollo de la justicia general, reguladora de las relaciones sociales según el criterio de la observancia de la ley. La justicia social es una exigencia vinculada con la cuestión social, que hoy se manifiesta con una dimensión mundial; concierne a los aspectos sociales, políticos y económicos y, sobre todo, a la dimensión estructural de los problemas y las soluciones correspondientes.
En el n° 202 dice: “La justicia resulta particularmente importante en el contexto actual, en el que el valor de la persona, de su dignidad y de sus derechos, a pesar de las proclamaciones de propósitos, está seriamente amenazado por la difundida tendencia a recurrir exclusivamente a los criterios de la utilidad y del tener” (CATIC, n° 202).
La justicia, conforme a estos criterios, es considerada de forma reducida, mientras que adquiere un significado más pleno y auténtico en la antropología cristiana. La justicia, en efecto, no es una simple convención humana, porque lo que es “justo” no está determinado originariamente por la ley, sino por la identidad profunda del ser humano. (cfr. Juan Pablo II, Carta Encíclica SRS, 40: AAS 80 (1988) 568; CATIC, 1929).
Ahora se situará el valor de la Justicia en el contexto histórico, pastoral y teológico de cada encíclica:

1) Encíclica Social Rerum Novarum, León XIII, 1891
Con respecto al contexto histórico de la época se observa que la Revolución Industrial supuso un cambio brutal en la sociedad, sobre todo para los trabajadores. La cuestión obrera fue un drama muy doloroso debido a que la tecnología relegó al trabajador a la categoría de máquina. El más fuerte ganaba, a costa siempre del débil. La clase trabajadora sufría una explotación muy grande y clara, terminó protestando y creando malestar social.

La Iglesia no podía hacer oídos sordos ante unos derechos humanos que estaban siendo pisoteados. Al principio, su postura ante este problema se limitó sobre todo a las ayudas caritativas. Pero el Papa León XIII decidió jugarse con la encíclica Rerum Novarum. Ya no se trataba sólo de caridad, sino de justicia.
El Papa habla también de que los obreros deben recibir un salario justo.
La “Rerum Novarum” enumera los errores que provocan el mal social, excluye el socialismo como remedio y expone, precisándola y actualizándola, la doctrina social sobre: el trabajo, el derecho de propiedad, el principio de colaboración contrapuesto a la lucha de clases como medio fundamental para el cambio social, el derecho de los débiles, la dignidad de los pobres y las obligaciones de los ricos, el perfeccionamiento de la justicia por medio de la caridad y el derecho a tener asociaciones profesionales. Una sociedad justa puede ser realizada solamente en el respeto de la dignidad trascendente de la persona humana. Por su parte, las necesidades pastorales de la época era recuperar la clase obrera para la iglesia. Los obreros se habían ido alejando de la iglesia, porque esta no les prestaba atención a sus necesidades y eran atraídos por las propuestas socialistas y comunistas, violentas y colectivizadoras. La iglesia, como expresa hoy el papa Francisco, había perdido las banderas de los pobres. Habría que citar también la crítica de los círculos católicos a la sociedad surgida de la Revolución Francesa, sobre todo al liberalismo económico que se fue imponiendo gradual pero implacablemente en contra de la justicia social.

El Papa León XIII invita a acciones que nacen del valor de la justicia social y dice que la Iglesia, el Estado, el empresario y el trabajador tienen que trabajar juntos. La Iglesia debe interesarse por los aspectos religiosos y morales; el Estado tiene que intervenir para que haya justicia social; y los trabajadores y empresarios deben organizar asociaciones que los protejan y defiendan sus derechos (sindicatos y asociaciones empresarias).

El padre León Dehon
se convierte en un propagador de las ideas de León XIII, quien le había pedido: “predique mis encíclicas” y organiza numerosos encuentros y congresos donde reflexionan juntos empresarios y obreros.
Existen una serie de valores teológicos en relación con la justicia social: fundamentalmente la caridad, luego el respeto por la dignidad de la persona humana, la justicia social expresada en el derecho de los pobres y los más necesitados, la libertad para organizarse, la fraternidad entre obreros y empresarios. En el documento subyace principalmente una antropología cristiana, dado que aporta una decisiva doctrina y una concreta acción sobre la justicia social, tomadas del Evangelio. Su doctrina exige simultáneamente la convivencia pacífica de las instituciones involucradas que radica en la misma estructura comunitaria de los seres humanos.

2) Encíclica Social Quadragesimo Anno, Pío XI, 1931
Al cumplirse los cuarenta años de Rerum Novarum, el Papa Pío XI publica la encíclica Quadragesimo Anno.
¿Qué sucedía en la sociedad de la época?: en 1929, la caída de la bolsa en Wall Street indicaba el final de una época de capitalismo salvaje, guiado únicamente por la libre competencia, el mayor enriquecimiento posible y la no intervención de los Estados ante el auge de las multinacionales. Tampoco los Estados comunistas resuelven los problemas económicos y sociales; en este clima de perplejidad aparece un fenómeno sociopolítico nuevo, los totalitarismos en Italia y Alemania.
La Encíclica hace un análisis de la situación actual desde la siguiente perspectiva: al mercado libre le está reemplazando la dictadura económica. Al propugnar el Papa la restauración del orden social, esto constituye la finalidad de la encíclica, tiene en cuenta los tres sistemas vigentes (capitalismo, marxismo y totalitarismo) y hace una crítica descalificadora de los tres.
La perspectiva propia de su tiempo le llevó a no matizar adecuadamente la relación entre ser socialista y católico, así como la «prohibición de huelgas» que se daba en la Italia de Mussolini. La distinción que hace entre comunismo y socialismo es importante y matizada.

Quadragesimo Anno
hace una gran aportación al hablar del contrato de trabajo, que luego sería ampliamente desarrollado en la doctrina social de los Papas posteriores. También clarifica un tema que era objeto de discusión: si un cristiano podría militar en un sindicato no católico; Pío XI dice que con ciertas condiciones puede pertenecer a un sindicato neutro.
En el contexto pastoral se dan una serie de situaciones nuevas que reclaman una intervención del Magisterio de la Iglesia; estas son la aparición de los totalitarismos junto con el capitalismo salvaje y el socialismo ya existentes. Así como los obreros católicos que se han pasado a las filas socialistas, abandonando las enseñanzas del Evangelio.
El Papa Pío XI, en Quadragesimo Anno invita a los católicos que se han pasado a las filas socialistas a que vuelvan a ámbitos más cercanos a la Iglesia y a los obreros que militan en sindicatos no católicos que dejen de hacerlo y se pasen a sindicatos “neutros”.
La justicia social debe ser el alma del nuevo orden, defendida y tutelada por la autoridad pública, a la que invita a ejercerla con firmeza y ecuanimidad.

El término justicia social aparece por primera vez en el Magisterio en la Encíclica Quadragesimo Anno y Divini Redemptoris. Es una novedad en el léxico y en los conceptos de la Enseñanza Social de la Iglesia.
Para el Papa Pío XI, en esta Encíclica, los valores teológicos son la caridad y la templanza cristiana. De este doble espíritu de templanza y amor surgirá la restauración de la justicia en la sociedad humana. La filosofía o antropología que subyace es la siguiente: todo miembro fiel de la Iglesia debe avanzar por el único camino de solución posible: el que se empeña en la renovación cristiana de la sociedad; dado que es en su profunda descristianización donde enraízan los males que padece y que hay que remediar a toda costa por imperativo evangélico. Dicha renovación requiere que las actividades humanas imiten y reproduzcan el plan divino y que se dé la primacía a la ley de la caridad.

3) La justicia social en el Radiomensaje “La Solennità” de Pío XII, 1941
En la época del radiomensaje “La Solennitá”, se estaba desarrollando la segunda guerra mundial, con todo lo que una gran guerra como esa implicó para el mundo. Este radiomensaje del Papa Pío XII, que no es encíclica, se publica con motivo del quincuagésimo aniversario de la Rerum Novarum y se concentra sobre tres temas: el uso de los bienes materiales, el trabajo y la familia. El Papa subraya que el derecho y el deber de organizar el trabajo pertenecen ante todo a los inmediatamente interesados, es decir, a los empresarios y trabajadores, en un contexto pastoral difícil debido al desarrollo de la guerra en Europa. El Papa Pío XII expresa que el Estado tiene el deber subsidiario de intervenir si, agotados todos los medios, aquéllos no logran llevar a buen término el cometido que prioritariamente les corresponde. También invita a que el hombre se eleve al cumplimiento de sus deberes morales. Convoca a «los hijos del universo entero» a una especie de breve reunión católica, con plena conciencia de que la postguerra, cuando llegue, comportará un nuevo orden mundial.

Los valores teológicos existentes y que emergen del radiomensaje, en relación con la justicia social, son la dignidad de la persona y el derecho de todo ser humano a aquella parte de los bienes terrenales que necesita el hombre para su plena realización. Que los bienes, creados por Dios para todos los hombres, afluyan equitativamente a todos ellos según los principios de justicia y de caridad. La filosofía o antropología que subyace en el documento, es para Pío XII, que todo hombre, en cuanto viviente dotado de razón, posee por naturaleza el derecho fundamental de usar los bienes materiales de la tierra. Este derecho individual no puede ser suprimido de ninguna manera, ni siquiera por parte de otros derechos ciertos y pacíficos sobre los bienes materiales.


4) Encíclica Social Mater et Magistra, Juan XXIII, 1961
Ya habían pasado setenta años de que León XIII había escrito su encíclica conocida como la Carta Magna del Trabajo, cuando el 15 de mayo de 1961 el Papa Juan XXIII dio a conocer su enseñanza social en Mater et Magistra.
Los problemas sociales de más de un siglo todavía persistían y después de setenta años se requería más precisión en las enseñanzas de León XIII. La nueva situación histórica obliga a captar y a afirmar que el problema mayor de la época es el desequilibrio, en el plano mundial, entre los países desarrollados y los subdesarrollados. La cuestión social tiene ya como principales protagonistas a los pueblos de la tierra, unos ricos y otros pobres. De ahora en adelante, éste será el marco primordial de referencia de los sucesivos textos magisteriales, marco cuyo contenido se irá explicitando a medida que lo reclamen las diversas exigencias de la realidad.
Había que abordar la cuestión de la explosión demográfica, pues se necesitaba una voz defensora que resguardara la dignidad de la persona.

Se daba todavía la confrontación de unas naciones contra otras, por lo que se esperaba que el Romano Pontífice se pronunciara por el entendimiento internacional de carácter ético ya que sin moral y sin Dios, la violencia podría traer el aniquilamiento de la humanidad con el empleo de armas de destrucción masiva.
En ese tiempo se vive la situación pastoral de una iglesia alejada del mundo, como que ambos caminan por distintos caminos. El Papa avizora este problema y convocó al Concilio Vaticano II (1959) para “aggiornar” a la iglesia a los nuevos tiempos que corren.
En Mater et Magistra, el Papa invita al Estado a intervenir en la economía y a los trabajadores a participar legítima y responsablemente en la vida económica y social para hacer realidad la justicia social. Los valores teológicos existentes en relación con la justicia social son: la solidaridad, la cooperación, la convivencia y el respeto por la persona humana. Para Mater et Magistra el primer principio antropológico y filosófico es el hombre, sociable por naturaleza y elevado a la condición divina, fundamento, causa y fin de todas las instituciones sociales.


5) Encíclica Social Pacem in Terris, Juan XXIII, 1963
En las décadas ya sea del 50 y parte del 60, el mundo estaba dividido en dos bloques: capitalismo y comunismo; estos sistemas lograban, entre otras cosas, que el hombre tuviera odio y un fanatismo a dichos ideales; con lo cual el hombre era sordo y ciego con sus otros hermanos que no pertenecieran al mismo sistema. Debido a que en el mundo se dividió en lo que se llamó Bloque Oriental (Pacto de Varsovia) y Bloque Occidental (OTAN), cada sistema tenía su propia ideología, objetivos y especialmente el vencer y dominar a su enemigo. Se vivía en lo que se denominó “la guerra fría”.

También dichas ideologías eran opuestas a los valores cristianos. El problema del mal que aborda la Pacem in Terris, del Papa Juan XXIII, consiste en el desorden de las relaciones humanas de convivencia.
En el contexto pastoral se observa que recién se inicia el Concilio Vaticano II (1962), que traerá la renovación y la actualización de la iglesia al ritmo del mundo moderno. Las invitaciones a la acción que nacen del valor, en la Encíclica, se resumen en una doble consigna: de participación por un lado; y de colaboración, por otro. Esta colaboración ha de abrirse, por parte de los católicos, a los cristianos separados y a todos los hombres de buena voluntad.
Con la bandera de la evolución en la mano, los cristianos son llamados al establecimiento de unas relaciones sociales que sean verdaderamente humanas, bajo la verdad, justicia, caridad y libertad. Los valores teológicos existentes en relación con la justicia social son precisamente la verdad, la justicia, el amor y la libertad y, por consiguiente, la apertura a Dios, fundamento tanto de los valores que enriquecen a la persona, como de la persona que origina los valores.
Su principio fundamental antropológico es: todo hombre es persona. ¿Y qué significa ser persona?
Es ser una naturaleza inteligente y libre, sujeto de derechos y de deberes que son, a la vez, universales, inviolables e inalienables; naturaleza que ha sido elevada al orden sobrenatural: en y por Cristo el hombre es hijo de Dios, Padre.

Fin de la Segunda parte

Próximamente, en la Tercera parte:
EL TEMA DE LA JUSTICIA SOCIAL EN EL CONCILIO VATICANO II
EL PAPA FRANCISCO Y LA JUSTICIA SOCIAL
EL TEMA DE LA JUSTICIA SOCIAL EN EL MAGISTERIO LATINOAMERICANO

 

 

(1) El autor es Sacerdote del Sagrado Corazón de Jesús – Dehoniano, y Doctor en Ciencias Sociales, Magister en Doctrina Social de la Iglesia, Licenciado en Ciencias Religiosas, Bachiller y Profesor de Teología.

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