“Quien no trabaje, que no coma” 

¿Cómo interpretar esta sentencia dos mil años después?

Escribe Dr. Pablo Guerra (1)

una persona trabaja en un telar, se ven sus manos sufridas sobre un tejido andino
Si Dios trabajó, si su Hijo trabajó, ¿qué podemos esperar de nosotros mismos?

No es mi intención hacer un comentario teológico sobre el célebre pasaje de la Carta a los Tesalonicenses (3, 10). En ese plano le doy la derecha a los biblistas. Más bien, les propongo ahora una reflexión desde las ciencias sociales, habida cuenta el impacto y la trascendencia sociológica de semejante sentencia, constitutiva como pocas de lo que se ha conocido como una “ética del trabajo” esto es, una reflexión que parte de reconocer la centralidad que el trabajo tiene en nuestras vidas pero por sobre todas las cosas, las repercusiones del mismo en el desarrollo virtuoso de nuestras conductas esperadas.

El Trabajo, dignidad de la persona
Ese componente ético ha sido compartido con la mayoría de las corrientes filosóficas de la modernidad: cristianismo, liberalismo, anarquismo y socialismo vieron en el trabajo algo más que un mero factor productivo. Se esperaba que cualquier persona en condiciones de trabajar lo hiciera. En otras palabras, el trabajo debía ser intrepretado como una actividad que hace a la dignidad de la persona, pero que además tendría que convertirse en un deber para con la sociedad. A comienzos del S. XX, por ejemplo, la Constitución de la Unión Soviética recurre al mismísmo San Pablo para dar cuenta del sentido que el socialismo real le otorgaba al trabajo (lo que a su vez bebe de la pluma de Lenín). Efectivamente, el Art. 12 expresa que “el trabajo es  una obligación y una causa de honor de cada ciudadano apto para el mismo, de acuerdo con el principio de «el que no trabaja, no come»”. Como se puede observar, hasta una de las Constituciones más anticlericales del mundo, hace referencia al pasaje de la Carta a los Tesalonicenses, aunque obviamente sin citar la fuente.

 

¿A quiénes se refería Pabo?
Pero vayamos por parte. Las expresiones de este tipo, deben ser analizadas en sus contextos. Fuera de ellos, cualquier interpretación sería equivocada. Hoy, por ejemplo, decir algo parecido a lo que escribía San Pablo dos mil años atrás, podría merecer la reprobación de la mayoría de nosotros: es que ninguna persona misericordiosa podría negarle el pan a quien no trabaje ya que millones de personas en todo el mundo sufren las consecuencias del alto desempleo. Pero claramente el Santo de Tarso no se refería a la población desocupada. De hecho, el concepto del desempleo, tal como lo entendemos hoy en día en el marco de las economías de mercado, no existía por aquellos tiempos. ¿A quiénes estaba entonces dirigida esta frase tan contundente? Los destinatarios eran las personas que pudiendo trabajar (o sea, en edad de trabajar, sin problemas físicos, con buen estado de salud y sin haber sufrido accidentes que lo inhabilitaran a hacerlo) decidieron no hacerlo y por lo tanto se convertían en una carga injusta para aquellos que sí trabajaban. Recordemos que desde la ética cristiana, los frutos del trabajo deben ser compartidos con el necesitado, es decir, a personas de edad avanzada, a los más pequeños, a los enfermos y a una larga lista de incapacitados. Como esta población representa una proporción siempre importante en nuestras comunidades, es imprescindible que quienes puedan trabajar lo hagan, pues lo producido no solamente se dirigirá a satisfacer las necesidades propias sino además la del prójimo incapaz de poder producir su propio sustento.

Una nueva pregunta es porqué se daba esta situación. A fuerza de ser sinceros, no sabemos exactamente la respuesta. Se nos ocurren al menos tres posibilidades. La primera, es que a la espera de la parusía (la llegada del Señor) muchos cristianos dejaran de trabajar pues ya no encontraban interés en hacerlo. Si así fuera, San Pablo habría querido influir en ellos para que retomaran sus labores y no siguieran convirtiéndose en carga para los demás. Una segunda  posibilidad es que la misma espera haya motivado a algunos cristianos a dejar sus labores cotidianas para dedicarse a la predicación. Aquí San Pablo les recuerda que él mismo predicaba mientras se mantenía trabajando, o sea, el mensaje era que aún teniendo responsabilidades pastorales era necesario conservar el trabajo. Una tercera posibilidad es que la pujante economía de Tesalónica hubiera pasado por un momento recesivo y que algunos cristianos luego de perder sus trabajos en vez de buscar otras opciones laborales, se volvieran dependientes de la ayuda comunitaria. A la sombra de la caridad cristiana, entonces, podría haberse gestado un núcleo de personas con una racionalidad de tipo “free rider” que desde muy antiguo se denominó como propia de los “parásitos” (este término figura en algunos textos desde siglos anteriores a la era cristiana).

 

El Trabajo, fuente de virtud
Más allá de las razones que explican la presencia de desocupados, asoman como interesantes los argumentos exhibidos para encauzar en el trabajo a quienes no querían hacerlo. Ya hicimos notar una razón de administración comunitaria: es necesario que todas las personas hábiles trabajen para garantizar el debido socorro de los inhabilitados para estas tareas. Pero a eso se suman otras: al parecer las personas ociosas andan “metiéndose en todo” y provocando entonces problemas de convivencia. O sea, se establece un vínculo entre ociosidad e inconductas.  Más adelante, en la Edad Media, surgirán nuevas perspectivas que relacionarán al ocio con el pecado (“otiositas inimica est animae” diría San Benito) y por lo tanto legitimarán al trabajo manual junto a la Oración, como medios para una vida de templanza. Hagamos notar aquí, las limitaciones de este razonamiento. Hoy en día el ocio o tiempo libre es considerado un derecho por parte de las personas ocupadas y además un tiempo oportuno no solamente para el justo descanso (siempre reconocido), sino además para la recreación y el cultivo personal. Recordemos incluso que entre los griegos el schöle es constitutivo de la palabra “escuela”, de donde se deduce las importancia asignada al ocio para el aprendizaje.

Digamos además, que a diferencia de la tradición greco – romana que partía de una visión peyorativa sobre el trabajo, los textos bíblicos revelan una noción más positiva sobre el mismo. Recuérdese que el mismísimo Dios trabajó seis días (y descansó el séptimo, lo que habilitaría no solamente la institución del shabatt, sino además, más adelante en el tiempo, el derecho laboral al descanso semanal). Para la tradición cristiana, sumemos que Jesús se crió en una familia trabajadora, heredó el oficio de carpintero y reunió a sus discípulos entre las clases trabajadoras de la época. En resumen: si Dios trabajó, si su Hijo trabajó, ¿qué podemos esperar de nosotros mismos? (hechos además a su imagen y semejanza). Hay entonces en la concepción cristiana, un punto de partida favorable sobre el trabajo y argumentos sólidos para creer en el mismo como fuente de virtud.

Llegado a este punto, espero haya quedado claro mi propósito. San Pablo no fue un desalmado al predicar que quien no trabaje no coma. Su motivación era evitar que las personas en condición de trabajar no cayeran en el ocio y se convirtieran en un problema para la convivencia, además de un obstáculo para la justa administración de los recursos de la caridad.

La idea que quienes estén en condiciones de hacerlo, deben trabajar, ha calado fuerte en nuestras sociedades. Desde las “Leyes de Pobres” isabelinas (1601) hasta la actualidad, se ha distinguido en materia de políticas sociales entre quienes debían recibir socorros y quienes debían aportarlos por medio del trabajo.

Hacia el trabajo: salidas socioeducativas
Hoy en día, en sociedades más complejas, el fenómeno del desempleo se ha vuelto algo especialmente preocupante. Son muchas las personas que quieren trabajar y no pueden hacerlo pues no encuentran la manera. Es justo entonces que la sociedad les socorra por medio de las denominadas políticas activas y pasivas de empleo. Los cristianos somos llamados a trabajar, pues por ese medio aseguramos no solamente nuestro pan, sino también el pan para quien no puede ganárselo. Eso se da por medio de relaciones de donación, de comensalidad y también por medio de los tributos.
Los que eluden la obligación de trabajar pudiendo hacerlo, merecen un detenimiento especial. Seguramente muchos de los mal llamados “NiNi” (ni estudian, ni trabajan) sí estén aportando en labores que seguimos sin reconocer socialmente (caso del trabajo de cuidados). También estarán los que definitivamente no lo están haciendo. Aquí podríamos distinguir a aquellos provenientes de las clases populares, de quienes forman parte de las clases más acomodadas. Los segundos seguramente tendrán el pan asegurado. Sobre los primeros, deberemos enfocarnos fundamentalmente en salidas socioeducativas donde el trabajo (en todas sus variantes legítimas) vaya ganando posiciones en cada proyecto de vida particular. Pero un trabajo decente lo que incluirá sin duda es también el derecho al tiempo libre.

El acceso al pan, que ocupa un lugar tan relevante incluso en la Oración enseñada por Jesús es fruto de un trabajo al que todos/as estamos llamados. Como sociedades, deberemos actuar para que a nadie le falte trabajo así como para que a ninguna persona en situación de no poder trabajar le falte lo mínimo indispensable.

 

(1) Catedrático en Sociología del Trabajo. Universidad de la República.

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