El valor de lo gratuito

“la gratitud cambia los dolores de la memoria en una alegría tranquila”. (D. Bonhoeffer).

una muchacha dice gracias en lengua de señas
«Gracias».

Las personas más felices sienten gratitud por todo y por nada en especial. No necesitan razones concretas (aunque si se ponen a buscarlas, la lista de motivos es enorme). Viven instaladas en reconocer lo bueno que se les regala por el simple hecho de estar vivas, más allá de los vaivenes de cada día. Incluso hay personas, tan habituadas a vivir en esta actitud, que agradecen cosas tan simples como una sonrisa, un amanecer, un “buenos días”, que sople brisa suave, la calidez del sol en la espalda o el olor a tierra mojada.

Decía Bonhoeffer que “la gratitud cambia los dolores de la memoria en una alegría tranquila”. Parece un minúsculo paso, pero lo cambia todo. Recuerdas lo que podría haber sido y no fue, el daño que te han hecho o tú hiciste, lo bueno que has perdido, las personas que ya no están a tu lado, y si no estás muy atento, la tristeza es una trampa inamovible. Pero, a veces, logras dar ese paso: dejas que la gratitud se cuele y todo cobra otro color.

Agradecer es otro modo de recordar, de hacer memoria. No siempre podemos. No siempre es el momento. Seguramente, primero hay que tener el coraje de quedarse en ese aguijón de tristeza. No importa. Lo decisivo es no renunciar a dar gracias, a sentirte agradecido y agraciado. Solo hay que mirar un poquito más allá o más acá, pero mirar de otro modo.

Agradecer es también un modo de vivir, de comenzar el día y terminarlo: “¡Vamos allá, un nuevo día, un nuevo reto, un nuevo trabajo!”. Y poner nombre y nombres propios. Y dar gracias. Y dejar que te recorra por dentro esa sensación de sentirte agradecido. Como una caricia. No porque todo esté pasando como tú querrías, no porque no eches nada de menos, no porque no tengas algún que otro dolor apretando la garganta. Simplemente porque existes, porque estás, porque recibes tanto, tanto, en medio de tanta mediocridad a veces.

Quizá por eso agradezco cada vez más los gestos innecesarios, los gratuitos. No tienen precio. Alguien que te pone un café (es su trabajo) y te sonríe (totalmente gratuito). Alguien con quien te disculpas y te acoge (una respuesta educada) pero además te da un abrazo o simplemente deja de dar vueltas a lo que ha pasado y te hace sentir que realmente “no pasa nada” (totalmente gratuito). Es una mala práctica dar por hecho que las cosas y las personas están ahí para ti porque sí; no es verdad. Podrían no estarlo. Son un regalo. También lo somos cada uno de nosotros para nosotros mismos. O deberíamos serlo, que eso nos cuesta más reconocerlo y agradecerlo. Darnos también las gracias a nosotros mismos alguna vez podría salvarnos de unas cuantas cuevas oscuras en las que nos agazapamos.

Personas generosamente gratuitas
Gratitud y gratuidad. ¿Cómo separarlo? Las personas más felices no solo son agradecidas. Creo que también son generosamente gratuitas. No tienen precio. Es un buen lugar para quedarse a vivir: lo más cerca posible de aquellos que nos provocan la acción de gracias cotidiana y la gratuidad. Porque así respiramos mejor. Vivimos mejor.

Es un ejercicio simple. Fácil no es. Pero es sencillo. Las cosas más importantes, por mucho que las forcemos, no tienen precio, son gratuitas o no son. Por pequeños que sean los regalos que el día nos trae, podemos perdernos en lo que nos falta o agradecer todo lo que está por venir. ¿Por qué no?

 Rosa Ruiz, (VN; 10/2022)

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