(Catequesis de adultos): MARÍA y el ROSARIO

fieles orando en la gruta de lourdes de montevideo
En la Gruta de Lourdes, Montevideo.

Tradicionalmente Octubre es el mes del Rosario, y por lo tanto de María. La devoción mariana está muy difundida en América Latina, pero muchas veces asociada a supersticiones, excesos, lagunas. En realidad, ¿quién era históricamente María, la madre de Jesús de Nazaret? De los primeros años de la vida de María hablan solo los evangelios de Mateo y Lucas.

Sabemos que los evangelios de la infancia de Jesús fueron los últimos en redactarse porque eran lagunas que quedaban de los relatos anteriores. No es fácil discernir la historia como la entendemos nosotros, del trasfondo teológico que hay sobre todo en Mateo. En cuanto a Lucas sabemos que se propuso componer los relatos de los hechos “según los transmitieron los que fueron desde el principio testigos oculares de los hechos, con exactitud y ordenadamente” (Lc 1,1-5).
Como testigo ocular de los hechos de la infancia de Jesús no existía ninguna otra persona que María, porque José ya había muerto. María estuvo presente en Pentecostés cuando los discípulos se largaron a hablar de Jesús y ella era la persona más allegada a Jesús para informarles.
No fue Lucas en recibir directamente de los labios de María sus recuerdos, porque Lucas escribió su evangelio entre los años setenta y ochenta y María casi seguramente había muerto. Tampoco Lucas fue el autor de esos dos capítulos de su evangelio, debido a su inspiración veterotestamentaria según los expertos, ya que Lucas era un pagano convertido de Antioquía (en la actual Turquía). Por lo tanto este aprovechó escritos anteriores. Tampoco es el estilo literario de Juan que hospedó a María en su casa después de la muerte de Jesús. Muy probablemente los relatos de los dos capítulos de Lucas llegaron a nosotros por ese grupo de mujeres que acompañaban a Jesús y lo acompañaron con María hasta debajo de la cruz.

QUIEN ERA MARIA 

De María no sabemos ni cuándo y dónde nació, ni cuándo y dónde murió. Un evangelio “apócrifo”, y por lo tanto no garantizado oficialmente por la Iglesia, nos cuenta que sus padres se llamaban Joaquín y Ana. Ella se llamaba “Miriam”, un nombre muy común entre los judíos. En los evangelios hay tres mujeres que se llaman Miriam o María: la madre de Jesús, la esposa de Cleofás (madre de Santiago y José), María de Magdala (pequeña aldea sobre el lago de Galilea).
El evangelio habla de cuatro “hermanos” de Jesús: Santiago, José, Judas y Simón y de “algunas hermanas” a las que deja sin nombrar por la poca importancia que se les daba a las mujeres (Mc 6,2-3). En realidad se trataba de parientes próximos y de un clan familiar, ya que se vivía en una sociedad patriarcal. María vivía con sus padres y parientes en el pueblito de Nazaret, un lugar desconocido por todos; ni en el Antiguo Testamento, ni en el Talmud, ni en el historiador judío Flavio Josefo jamás se encuentra el nombre de esta localidad. En el evangelio de Juan hasta hay una ironía por parte de Natanael (1,46) sobre este pueblito: “¿puede salir algo bueno de Nazaret?”
Pablo conoció a Santiago, uno de los “hermanos” de Jesús (Gal 2,9) pero no nombra a María. De María sabemos muy poco, pero lo suficiente. La vida de María es silencio, humildad, obediencia a la voluntad de Dios como la de una “ esclava” (Lc 1,38). Tampoco era una obediencia ciega. Era una mujer sencilla pero no pasiva. No se opone a la voluntad de Dios, no busca excusas ni pretende signos pero quiere saber cómo cumplir con lo que Dios le pide (Lc 1,34).
La devoción mariana a lo largo de los siglos adornó a María de joyas y espléndidos vestidos como una reina, pero en realidad era pobre, una mujer de campo, ama de casa y prometida a un trabajador manual. A pesar de eso conocía las Escrituras (como se desprende del Magníficat, que es un canto de acción de gracias a un Dios que está del lado de los pobres) y rezaba todos los días los salmos.
María habrá tenido alrededor de 13 años cuando empieza el relato de Lucas. Según las costumbres judías de la época, a los 12 años ya se consideraba a una mujer adulta y en la edad de ser prometida en matrimonio. María estaba “desposada” con el carpintero José, es decir no casada sino prometida. No era simplemente un noviazgo. Antes del casamiento estaban los “esponsales” que duraban 12 meses; no cohabitaban pero el novio era el “señor” de la novia y si ella lo traicionaba con otro, era considerada una adúltera. El novio podía darle el acta de divorcio y ella ser lapidada en la plaza pública.
Terminado el tiempo de los esponsales, llegaba el matrimonio y la novia era conducida solemnemente a la casa del novio. Fue en el tiempo de los esponsales que se dio la anunciación del ángel a María y al poco tiempo José constató que María estaba en estado de gravidez. María no le dijo nada. Tampoco se preocupó de lo que podía decir la gente y de las dolorosas consecuencias que pudiera tener. La iniciativa había sido de Dios y Él la llevaría a cabo. José, que amaba y apreciaba profundamente a María, pensó repudiarla en secreto para no afectar su reputación con las dolorosas consecuencias que pudiera haber. Era un “hombre justo” (Mt 1,19) y Dios lo iluminó a él también para que se casara con María, madre futura del Mesías. Se casaron, pero decidieron vivir un matrimonio virginal. Ella que era inmaculada y “llena de gracia” (Lc 1,28) , es decir sin el pecado original, eligió ser virgen toda la vida para entregarse totalmente a Dios.
María tuvo un solo hijo: Jesús. Por eso en la cruz el mismo Jesús entregó su madre a Juan para que cuidara de ella. Entre los judíos una mujer viuda y sin hijos pasaba bajo la protección de los parientes o del clan familiar; no fue así en este caso.
La primera en recibir la noticia de lo que le había pasado a María fue Isabel, que era una parienta suya y tenía unos 60 años. Isabel y Zacarías vivían en Ain Karin, a seis kilómetros de Jerusalén. María salió de Nazaret presurosa para confiarse con Isabel que también iba a tener familia y precisaba ayuda; se quedó con ella todo el tiempo del embarazo. Fue alabada por Isabel por creer en la palabra y la promesa de Dios. El nacimiento de Jesús en Belén es relatado por Mateo, pero sobre todo por Lucas (2,1-21). Nazaret dista de Belén unos 150 km y en aquel tiempo se iba en caravana durante 10 días por caminos desérticos. Seguramente José y María que estaba embarazada, buscaron alojamiento en Belén entre parientes y conocidos sin resultado. En el albergue caravanero un sitio lo hubieran encontrado, pero prefirieron buscar un lugar apartado y protegido para el parto. Lo encontraron y María dio a luz a Jesús.

UN CAMINO DE FE

El más grande acontecimiento de la historia está rodeado de silencio. Solo unos pastores se acercaron a los esposos y a Jesús para ofrecerles su ayuda. Otro viaje tuvieron que realizar José y María a Jerusalén.
Todos los primogénitos masculinos debían ser ofrecidos a Dios en el templo…. María debía ser purificada, es decir declarada pura por los sacerdotes, porque la mujer que había dado a luz caía en la impureza legal. Fue en el templo que encontraron al sabio Simeón que le profetizó a María que una espada le atravesaría el corazón (Lc 2,35). María no entendió nada de lo que dijo Simeón del niño y se maravillaba igual que con lo que habían dicho los pastores pero “observaba cuidadosamente todos estos acontecimientos y los guardaba en su corazón” (Lc 2,19).
Pasó lo mismo con el niño de 12 años perdido y hallado en el templo (Lc 2,50) en ocasión de la Pascua. Obviamente no se puede asegurar que todos estos hechos en sus detalles sean estrictamente históricos, pero lo es el contexto y el sentido, el espíritu de los hechos. Jamás la comunidad cristiana se hubiera atrevido a hablar de tal manera de la Madre de Jesús, tan venerada por todos. Es que María tuvo que hacer, igual que nosotros, un largo camino de fe. El ángel le había prometido de parte de Dios que su hijo sería “grande entre los hombres, hijo del Altísimo, reinaría sobre el pueblo de Israel y su reino no tendría fin” (Lc 1,30-33). Y sin embargo hubo después un largo silencio por parte de Dios que duró 30 años.
Jesús nació en una gruta, fue un simple trabajador manual, desconocido por todos. María era inmaculada desde el nacimiento, pero no omnisciente; era una simple criatura y fue aprendiendo paso a paso la voluntad y los designios de Dios. Después de los primeros milagros, María, quizás para cuidarlo y sus parientes porque lo consideraban loco, querían llevárselo de vuelta a casa (Mc 3,21). Sus parientes no creían en él y las autoridades religiosas lo hostigaban. Juan el Bautista lo precedía atrayendo multitudes. María siempre recordaba las palabras del ángel, aún sin entender. Su fe en la palabra de Dios era como la de Abraham que obedeció a Dios que le prometía un país como herencia y partió “sin saber dónde iba” (Heb 11,8).
María en la infancia de Jesús es junto con José el personaje central y lo sigue siendo aún en las bodas de Caná; fue invitado “también” Jesús con sus discípulos (Jn 2,2). Es ella la que toma la iniciativa, como mujer delicada, atenta y servicial, y le dice a Jesús que se había terminado el vino. No era algo indispensable, pero para una fiesta de bodas que duraba días, el vino creaba un clima de más alegría para esa pobre gente. Ella confía en la ayuda de su hijo y sin esperar respuesta, se dirige directamente a los sirvientes. Él transforma en vino 600 litros de agua pero, otra vez como en Lc 2,49 sale con un suave reproche a su madre (2,4). Y la llama “mujer” como hacía con todas las mujeres porque quería superar los afectos familiares y fundar una nueva familia, la familia “de los que escuchan la Palabra de Dios y la ponen en práctica” (Lc 8,19-21). Él sigue queriendo a su madre pero primero está el Reino de Dios.
Y cuando una mujer elogia a la madre de Jesús por haberlo criado y educado, Jesús contesta que más que envidiarla habría que imitarla, porque es la de los que escuchan la Palabra de Dios y la ponen en práctica (Lc 11,27). Efectivamente María después de Caná, de madre se transforma en discípula de Jesús y con él baja a Cafarnaúm (Jn 2,13). Después de haberlo llevado en su seno, ahora lleva sus palabras en el corazón, las medita y las lleva a la práctica.
María supo retirarse y desaparecer en el momento oportuno, para no interferir en los planes de Dios; dio un paso atrás y les dijo a los sirvientes que obedecieran a él: “Hagan todo lo que Él les mande”( Jn 2,5). Son las últimas palabras de María en el evangelio; son su testamento. María no gozó de ningún privilegio especial por ser la madre de Jesús; siguió siendo la humilde ama de casa en Nazaret acompañando a José hasta la muerte. La volvemos a encontrar debajo de la cruz en el Calvario y, después de la resurrección de Jesús, en el Cenáculo con la primera Iglesia esperando al Espíritu Santo (He 1,14). Marcos habla de que en el Calvario había un grupo de mujeres que “miraban de lejos” (15,40) porque los soldados les impedían acercarse. Sin embargo Juan, hablando de María y siendo testigo ocular afirma que ella “estaba de pie junto a la cruz de Jesús” (19,25) ya que a veces los romanos permitían acercarse a los familiares. Gracias a su valiente actitud, María puede hablar con su hijo y acompañarlo con amor hasta el final. Jesús no solo pide a Juan que cuide de su madre; de la misma manera pide a María que cuide de Juan (19,27). Al declarar a María madre de Juan, el único discípulo varón presente, siendo también presente María Salomé que era la verdadera madre de Juan, Jesús piensa en la “nueva familia” que ha fundado y deja a su madre como madre de esa nueva familia. Después, según Juan, Jesús dijo: “Todo está cumplido” e inclinando la cabeza entregó su espíritu (Jn 19,30). Nos dejó para el final su regalo más precioso: su propia madre para que cuidara de nosotros como hijos suyos.

EL ROSARIO

María sigue siendo aún hoy para nosotros la madre dulce y discreta; lo hace tal como acompañó a Jesús y a la primera Iglesia. El pueblo cristiano la venera con el rezo del Rosario. Esta práctica de la piedad popular, aun no siendo estrictamente litúrgica, revela la fe del pueblo humilde que sabe que María no es igual a Dios o a Jesús, pero sí una poderosa intercesora.
El Rosario (=ramillete de rosas) como homenaje a la Virgen tiene su origen en el siglo 12 y se difundió con santo Domingo y los dominicos. Se usaba como oración el saludo del ángel a María (“ave” en latín), unido al de Isabel (Lc 1,28.42).
La segunda parte del Ave María (“Santa María madre de Dios”) se añadió en el siglo 15.
Rezar 150 veces el Ave María era en correspondencia con los 150 salmos del breviario que rezaban los sacerdotes. No era simple oración, sino meditación evangélica, porque se recordaban los eventos (=misterios) gozosos, dolorosos, gloriosos de la vida de Jesús y María. Así nos ha llegado a nosotros.
Actualmente se distribuyen en la semana los misterios: el lunes y sábado los misterios gozosos, martes y viernes los misterios dolorosos, miércoles y domingo los misterios gloriosos, jueves los misterios luminosos.
La fiesta del santo Rosario se estableció el primer domingo de octubre en 1573. El rosario no es una oración dirigida directamente a María, sino por ella y con ella, a Dios. En cada decena hay un Padre Nuestro y un Gloria.
Hasta en las apariciones de la Virgen en Lourdes, María reza ella también el Rosario. El hábito de orar con María nos dispone a aceptar con ella y como ella la Palabra y la voluntad de Dios. Esas multitudes que rezan el rosario en los santuarios marianos de todo el mundo nos traen el recuerdo de las multitudes que seguían a Jesús, porque la Palabra de Dios llega a los pobres y humildes y queda oculta a los sabios y entendidos (Lc 10,22).

 Primo Corbelli

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