CIUDADANÍA DIGITAL: EJERCICIO de DERECHOS

Honrados ciudadanos y buenos cristianos en los entornos virtuales.

dos mujeres se comunican por videollamada
Acceso a Internet, un derecho fundamental.

Revista Umbrales invita a ampliar la comprensión sobre el ser y el hacer en el mundo virtual y se propone aportar elementos que colaboren con una reflexión sobre la construcción de identidad y el ejercicio de derechos en internet, lo cual implica una toma de consciencia sobre lo que se vive cotidianamente en la virtualidad, con significados que permitan operar en las acciones concretas del día a día generando buenas prácticas.

Largas horas frente a diversas pantallas

Actualmente, personas, familias y organizaciones, pasamos largas horas frente a diversas pantallas, mientras navegamos y publicamos contenidos en distintas redes sociales. Nos informamos en línea, nos encontramos con otras personas y sabemos acerca de ellas mediante internet. Tan solo unos años atrás no hubiéramos podido imaginar esta realidad porque el contexto social, cultural y tecnológico era muy diferente. Nos hubiera resultado imposible prever cambios tan vertiginosos y profundos, incluso mucho antes de la pandemia por el Covid-19 que incentivó aún más el ritmo de estos cambios.  Mucho de lo que sucede en el ámbito de trabajo, en la educación, en la familia y en las comunidades funciona a través de plataformas digitales. Cada día le vamos dando más lugar a los espacios, pero no siempre los usamos para un desarrollo que permita generar aprendizajes, conocimientos, pensamientos que contribuyan al buen vivir individual y colectivo.

Nuestro equipo de redacción quiere abrir un ciclo de reflexiones que nos permitan comprender mejor ¿De qué hablamos cuando hablamos de Ciudadanía?, ¿Qué entendemos por entorno digital?, ¿Cómo se vincula el ejercicio de la ciudadanía con el entorno mediado por tecnologías digitales?

Cada una de estas preguntas incluyen temáticas asociadas a la Inclusión digital, al Capital cultural, a la Cultura democrática, a la Participación y por supuesto a los Derechos humanos.

¿El acceso a Internet se encuentra distribuido equitativamente? ¿Cuánto condiciona contar con una conectividad de calidad a la hora de hacer un uso pleno de las tecnologías? ¿Cómo juega el nivel educativo y de alfabetización digital del cual se parte en el desarrollo de las capacidades para moverse en el entorno digital?

¿La información, el arte, los conocimientos y la cultura de mi región son accesibles y están a disposición de todas las personas?  ¿Cuánto influye el fortalecimiento del capital cultural en la posibilidad de ejercer ciudadanía?

¿Se promueve la participación activa de las personas en las decisiones estratégicas que afectan la vida cotidiana de su comunidad? ¿Las personas tienen acceso a los canales a través de los que se difunden y se toman esas decisiones?

¿A su vez, el conocimiento y respeto de los derechos humanos o el reconocimiento y ejercicio de una cultura democrática no constituyen también condiciones que influyen en la capacidad de desarrollar habilidades para el ejercicio de ciudadanía en los entornos digitales?

 

Dimensiones de la participación en entornos virtuales

Las dimensiones que deben ser consideradas para el abordaje de la construcción de Ciudadanía Digital refieren a la forma en que las personas se comportan en el entorno digital y pueden organizarse en tres categorías de análisis:

  • Responsable y seguro
  • Crítico y reflexivo
  • Creativo y participativo

¿De qué hablamos cuando hablamos de Ciudadanía?

¿Qué define a la ciudadanía? ¿La pertenencia a un territorio? ¿La capacidad de votar o elegir gobernantes? ¿El ejercicio de ciertos derechos y el respeto de determinadas obligaciones? ¿La ciudadanía se ejerce siempre y en todos los entornos?

De manera cotidiana se relaciona al concepto de “ciudadanía” con todos los derechos y obligaciones por los cuales una persona está sujeta a una relación con la sociedad a la que pertenece. Esta definición vincula el ejercicio de la ciudadanía a una sociedad, por ende, a unas pautas culturales, a unos límites geográficos.

El cientista social Bernardo Sorj define ciudadanía como “(…) una construcción colectiva que organiza las relaciones entre los sujetos sociales, formados en el propio proceso de definición de quién es, y quién no es, miembro pleno de una sociedad políticamente organizada” (Sorj, 2008). De modo tal que el poseer el título de ciudadano/a habilita a una persona o a un grupo social a participar activamente, con derechos y obligaciones, de determinada comunidad, generalmente nacional.

Por otro lado, y tal como expone Martín Becerra (2015), el concepto de ciudadanía es problemático ya que no implica únicamente inclusión, sino que, a la vez, regula el acceso. De hecho, en su versión tradicional la ciudadanía excluía (y en muchos países sigue excluyendo) a inmigrantes, menores de edad y a grupos que en algunos países son considerados “ilegales” como las personas refugiadas y las llamadas “inmigrantes económicos” o “sin papeles”.

La ciudadanía contiene y colabora en el proceso de construcción identitaria. Desde diversas perspectivas entonces se entiende que la ciudadanía es una categoría densa y compleja que agrupa prácticas, identificaciones, derechos e imaginarios de grupos sociales diversos. Son dimensiones características de la ciudadanía la participación, la expresión y la afirmación de derechos. En tal sentido conceptos como soberanía popular, libertad, igualdad ante la ley, asumen formas distintas según el país y las circunstancias sociales e históricas.

En las últimas décadas, procesos de unificación geopolítica regional como en el caso de la Unión Europea o el Mercosur, o de aceleración global de flujos económicos en el mundo (la globalización), motivaron debates fundamentales acerca de la constitución de ciudadanías supranacionales (la ciudadanía europea o la ciudadanía global). Las redes digitales interconectadas en el mundo entero reforzaron estos debates.

En este sentido puede considerarse que el concepto de “ciudadanía” se ha ampliado para constituir un concepto de múltiples perspectivas. Como bien lo recoge el documento “Educación para la Ciudadanía Mundial. Preparar a los educandos para los retos del siglo XXI” (Unesco. 2016) que hoy se hable de “ciudadanía global” se vincula a una creciente interdependencia e interrelación entre los países en los dominios económicos, culturales y sociales, debida al aumento de los flujos comerciales, la migración y la comunicación. También está relacionado con nuestras preocupaciones acerca del bienestar en el mundo que van más allá de las fronteras nacionales, comprendiendo que el bienestar mundial influye también en la posibilidad de bienestar nacional y local.

Como ciudadanos y ciudadanas nos desenvolvemos, vivimos y modificamos el mundo que nos rodea, y esto lo hacemos tanto en los espacios físicos como en los digitales; espacios que hoy se entremezclan permanentemente.

¿Qué entendemos por entorno digital?

En un sentido amplio, se entiende como entorno digital a todas aquellas plataformas y aplicaciones que nos permiten interactuar como personas y organizaciones a través de medios virtuales. Aunque existen otras redes y configuraciones, como las redes de área local a través de las cuáles podríamos interactuar, el entorno digital generalmente se refiere al mundo de Internet.

Hablar de entorno no es hablar de algo ajeno al desarrollo de las personas. No es posible entender la evolución de la especie humana sin analizar a la vez el entorno en el que ésta se desenvuelve. El entorno es el ámbito en el que se socializa, se vincula con las demás personas, se construye como ser social en este espacio compartido.

Este entorno social ha sufrido en los últimos años cambios muy significativos en su constitución y, en consecuencia, en su determinación de la vida individual y colectiva. Los cambios tecnológicos, y especialmente el impacto que la masividad del acceso a Internet está teniendo, ha provocado una transformación en los ejes centrales del entorno en el que se desarrolla la sociedad contemporánea. Así, aquellas características que definían nuestro entorno no son ya suficientes para definir un entorno en el que las comunicaciones digitales abren nuevos espacios de existencia y nuevas formas de relación.

Hasta hace relativamente poco se consideraba que la persona alfabetizada era aquella que dominaba los códigos de acceso a la cultura escrita o impresa (saber leer) y que poseía las habilidades para expresarse a través del lenguaje textual (saber escribir). En estos momentos esta idea ha cambiado casi radicalmente, pues la comunicación se produce no solo a través del lenguaje escrito sino además por medio de entornos digitales compuestos por lenguajes audiovisuales interactivos y flexibles. A la vez, se trata de un entorno básicamente dominado por un grupo de compañías que centralizan el control de este espacio digital, conformando un ecosistema con sus propias lógicas de funcionamiento afectadas profundamente por los modelos de negocio que están detrás de estas compañías. Lógicas que nos afectan en tanto personas atravesadas ineludiblemente por este entorno que hoy es tan físico como digital.

Después de todo, Internet es una herramienta gratuita solo a primera vista, porque cada persona provee información a cambio de utilizar la red. Esta información es el alimento para el funcionamiento de las plataformas tecnológicas. Hoy la mayor parte del mercado se encuentra concentrado en 5 empresas. El acrónimo GAFAM se refiere a las cinco grandes empresas tecnológicas estadounidenses: Google, Amazon, Facebook, Apple y Microsoft.

Como afirma Van Dijck (2017), las tecnologías tienen dos caras. Por un lado, nos dan capacidades, permiten hacer cosas impensadas como conocer personas a distancia, visitar ciudades y museos, comprar, jugar, organizarse e iniciar un movimiento. Al mismo tiempo, cada vez que usamos tecnologías le damos cierto poder sobre nuestros datos y nuestra persona a las plataformas.

Nuestro recorrido por Internet y todas las acciones que hacemos allí no surgen exclusivamente de nuestra propia voluntad. Hay alguien del otro lado de la pantalla que busca conocernos, entender qué necesito y por qué, y eso es muy valioso.

Cuando navegamos en Internet los buscadores guardan datos (historial de navegación, caché web, contraseñas, información de formularios, cookies, etc.) que van “afinando” nuestras búsquedas. Los resultados que nos arroja el navegador se van ajustando al perfil que generamos a medida que lo utilizamos. En ocasiones, eso puede facilitar nuestro recorrido, pero también limitarlo.

¿Cómo nos afecta este funcionamiento del entorno digital a la hora de construir ciudadanía? Pensando entonces en la aplicación del concepto de ciudadanía en el entorno mediado por tecnologías digitales, emergen algunas interrogantes tales como: ¿cuál es la ley del ciberespacio ante la que pueden reclamarse y ejercerse la libertad y la igualdad? y ¿qué significa soberanía en entornos digitales? Una de las principales características de la web es que no tiene un recorte geográfico; es decir, no tiene límites territoriales. Entonces, ¿Cómo convivimos tantas personas en este espacio? ¿Debemos construir reglas?

Como vimos, históricamente se pensó a la ciudadanía acotada a un país o territorio, pero el espacio digital pone en jaque esa idea y plantea algunos interrogantes: ¿tenemos derechos en el espacio digital?, ¿son los mismos que tenemos como ciudadanos/as de un país?, ¿existen obligaciones de comportamiento en la web? ¿Quién otorga la ciudadanía? ¿Hay posibilidad de no ser ciudadano o ciudadana digital? ¿Hay una sola ciudadanía o tendríamos que hablar de ciudadanías digitales?

¿Cómo se vincula el ejercicio de la ciudadanía con el entorno mediado por tecnologías digitales?

En internet elegimos, nos mostramos, trabajamos, hacemos cosas que nos definen como personas y construyen nuestro lugar en el mundo. ¿Cómo se configura la ciudadanía cuando se trata de entornos digitales? ¿Hay una ética posible? ¿Existen riesgos asociados? ¿Qué oportunidades se generan?

En el documento Estrategia uruguaya de Ciudadanía Digital para una Sociedad de la Información y el Conocimiento se toma como punto de partida la definición de UNESCO que entiende a la  Ciudadanía Digital como un conjunto de competencias que faculta a los ciudadanos a acceder, recuperar, comprender, evaluar y utilizar, para crear, así como compartir información y contenidos de los medios en todos los formatos, utilizando diversas herramientas, de manera crítica, ética y eficaz con el fin de participar y comprometerse en actividades personales, profesionales y sociales (UNESCO -Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura).

Esta perspectiva se ha profundizado para centrarse en el desarrollo de diferentes competencias, herramientas y saberes que permiten tener una mirada crítica y reflexiva de la información recibida de los medios, una comprensión del impacto social y económico de la tecnología, el respeto de las leyes y el conocimiento y la movilización y defensa de los derechos en un entorno virtual. La ciudadanía, entonces, se redefine en este espacio todavía novedoso y cambiante que se ha convertido en un lugar más en el que habitar, como la plaza o la calle.

Los desarrollos tecnológicos propios del entorno digital se presentan hoy como una oportunidad para visibilizar problemas y demandas de la comunidad, participar en conversaciones e incidir sobre ellas. Se abre allí la posibilidad de trabajar estos temas en la escuela para empoderar a las personas en tanto impulsores de cambios positivos en sus comunidades (locales, comunitarias, globales) usando medios digitales.

Como ejemplo pensemos que Wikipedia nació en 2001; Facebook, en 2004; YouTube, en 2005; Twitter, en 2006; Instagram en 2010; y TikTok en 2016. Todas plataformas muy poderosas que transformaron por completo nuestras vidas. Tanto es así que, para Jordi Jubany (2019), vivimos un momento histórico tan importante como lo fue en su momento la aparición de la escritura para la cultura oral, la cual trajo numerosas consecuencias e impactos en las formas de ser, habitar y producir cultura.

Resulta difícil distinguir o considerar las esferas de lo físico y lo digital como espacios separados, sus límites son cada vez más difusos. Este espacio social y dinámico que es internet tiene sus propias reglas de uso, que están en constante movimiento y en plena construcción. ¿Soy yo quien aparece en internet cuando alguien me googlea?, ¿tienen consecuencias a largo plazo mis publicaciones actuales?, ¿hasta dónde llegan mis publicaciones?, ¿qué daño real puedo hacer cuando utilizo la imagen de otra persona?

Podemos decir entonces que se trata de una nueva realidad compleja, que no escapa a las tensiones y que nos requiere con actitud crítica, atenta e informada. Nos exige aprender a gestionar la privacidad, el tiempo de pantallas, los riesgos, así como conocer y ejercer nuestros derechos y responsabilidades.

Al mismo tiempo el mundo digital permite acercarnos y ser parte de la cultura, la ciencia y el arte, de forma más creativa, crítica y colaborativa. Nos aporta otras maneras de ver, vivir, pensar y sentir el mundo que influyen en lo que hacemos habitualmente: organizarnos, leer, escribir, divertirnos, aprender, comunicarnos, trabajar, cuidarnos o viajar.

Habitamos, entonces, un entorno que está continuamente atravesado por tecnologías digitales, donde también construimos ciudadanía.

En suma, la ciudadanía digital es un concepto en construcción que debemos mirar desde una perspectiva de derechos, al tiempo que comprender los condicionamientos de las múltiples brechas que se expresan como brecha digital pero que incluyen fracturas socioeconómicas, culturales, geográficas y políticas.

 

En síntesis: la ciudadanía digital se puede entender como el ejercicio práctico y crítico de la consciencia de ser ciudadana y ciudadano, reconociendo las especificidades del entorno mediado por tecnología digital.

Ciudadanía Digital es un concepto en constante construcción y se relaciona con el modo en que nos movemos en el entorno digital (siendo éste uno de los tantos entornos que forman parte de la ciudadanía) de forma crítica, creativa, segura y reflexiva, para ejercer plenamente nuestros derechos y obligaciones con el fin de desarrollarnos como personas y en sociedad.

Partiendo de reconocer que las prácticas y necesidades son tan diversas como las poblaciones, debemos contemplar las habilidades fundamentales e instrumentales necesarias para que las personas puedan ejercer sus derechos y obligaciones de forma autónoma. Y para esto se precisa formación.

Para finalizar dejamos tres aspectos en los que profundizaremos en próximas entregas:

  • El concepto de ciudadanía digital se relaciona también con una serie de prácticas tales como informarse, aprender, opinar, participar, actuar, criticar, denunciar, reclamar, incluir, empoderarse, ejercer derechos, desarrollar análisis crítico, convivir, relacionarse, comunicarse, desarrollar competencias, construir identidad, problematizar las maneras de vincularse entre personas y con las TIC, deconstruir prácticas e ideas adquiridas.
  • Entendemos que la política pública debería fomentar que la gente conozca en qué condiciones está ejerciendo la ciudadanía en el entorno digital de tal forma que no quede nadie atrás, que las personas puedan ser conscientes de los efectos de su accionar en este entorno para decidir informada y conscientemente si participar o no (especialmente cuando la no participación puede derivar en exclusión o inequidades ).
  • Debería, también, garantizar que el ejercicio de la ciudadanía digital se pueda lograr por las personas autónomamente y cuando esto no es posible tratar de promover los recursos y dar los apoyos para que esto se consiga.

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