(editorial) ¿ESTÁ TENIENDO ÉXITO el PROCESO SINODAL?

concilio vaticano ii. vista de la nave central del templo, repleta de religiosos en gradas simetricas
El cambio que pide el Papa: avanzar en la huella del Concilio.

Es seguramente prematuro hacer un balance sobre el proceso sinodal que se está desarrollando en toda la Iglesia y a todos los niveles en preparación al Sínodo del año próximo. Querer pasar de una Iglesia clerical a una Iglesia Pueblo de Dios como pide el Concilio, no es nada fácil, porque significa una verdadera revolución después de siglos de Cristiandad. Este proceso sinodal, pidiendo escuchar al “pueblo santo de Dios” (Francisco) sobre los  problemas de la Iglesia, es tan solo un primer intento, un primer paso y su aplicación integral llevará por los menos una generación.

El cambio que pide el Papa no es por otra parte tan novedoso; es avanzar en la huella del Concilio, que pide comunión y participación. Este proceso audaz y necesario que impulsa el Papa, para que tenga éxito exige cambiar el Código de Derecho Canónico, pero sobre todo exige la colaboración de todos.
El cardenal Rodriguez Maradiaga habló de una “huelga de brazos caídos” en la curia vaticana frente a la reforma propuesta por el Papa y algo parecido se está dando en varias partes con este proceso. Hay demasiados obispos silentes y dispuestos a adormecer el proceso.

Lo que más se constata es el entusiasmo de los laicos y de la Vida Consagrada. En España, por ejemplo, han participado 14 mil grupos sinodales involucrando a 215 mil personas, en su mayor parte laicos, mayoritariamente mujeres. Se ha valorado la libertad para expresarse, el compartir y dialogar. Pero también llama la atención la reticencia, el miedo y el inmovilismo de gran parte del clero.
Es que el primer y fundamental obstáculo a la sinodalidad se encuentra en las parroquias, capillas y  seminarios. No se tiene la costumbre de hacerse o hacer preguntas incómodas. Los católicos no saben ejercer la crítica constructiva y respetuosa al interior de la Iglesia; no toman en serio las críticas que provienen de afuera de la Iglesia. Y hay obispos que frente a cualquier crítica se defienden con mitra y báculo.

Duele la falta de entusiasmo por una parte muy relevante de los sacerdotes. Ignoran o no entienden la profundidad del cambio. Muchos piensan que no era necesario este proceso; y marcan líneas rojas para no caer en el “peligro” del sínodo alemán. Se habla de una campaña feminista en la Iglesia.
También muchos laicos dudan de que su contribución sea tomada realmente en cuenta.
En la historia, la Iglesia siempre se identificó con el Papa, los obispos y los curas. El pueblo iba a la iglesia pero no se consideraba Iglesia. El enfoque jerárquico está profundamente arraigado en la Iglesia y no es fácil el cambio de mentalidad para pasar de una Iglesia piramidal a una Iglesia circular donde al centro está Jesús y su evangelio.
Este proceso brinda la oportunidad de un discernimiento más objetivo, sin recurrir a respuestas prefabricadas y a juicios preformulados, partiendo de las realidades locales.

No se trata de democratizar a la Iglesia sino de vivir la fraternidad evangélica en orden a la misión común.
Limitada y escasa ha sido la respuesta de los jóvenes. Ha dicho el cardenal Kevin Farrel del dicasterio vaticano de los Laicos: “Lo que no ha hecho la Iglesia fue preparar a las generaciones más jóvenes para los roles de liderazgo”. Tras denunciar que un número significativo de grupos en Estados Unidos ha adoptado una mentalidad “restauracionista” el Papa dijo que “el mayor problema actual de la Iglesia es la no aceptación del Concilio”. El Papa mismo confirmó que “hay obispos que siguen el Concilio, pero el de Trento”.
El cardenal Duka de Praga dijo efectivamente: “El Vaticano se interesa de problemas ecológicos, que no son de su competencia, en vez de promover una civilización cristiana como en la época del Concilio de Trento”.
Surgen voces disfrazadas de falsa prudencia que piden que solo cambie lo estrictamente necesario… para que todo siga igual.
Hay temas como la autoridad en la Iglesia, el diaconado permanente para las mujeres, el celibato opcional para los curas, etc. que para algunos huelen a herejía. Sin embargo, la realidad nos lleva a encararlos.

Es interesante ver cómo la Iglesia está avanzando en muchos casos gracias a la presión de la sociedad, que aunque no sea “religiosa” pretende que la Iglesia sea más auténtica y según el Evangelio.
El cardenal Martini decía que la Iglesia Católica estaba atrasada en 200 años y demasiado tiempo le había costado a Juan Pablo II declarar que las banderas de la revolución francesa -que dio comienzo a la época moderna- (“Liberté, egalité, fraternité”) eran banderas cristianas y los derechos humanos, derechos divinos.
Y el papa Francisco, por su parte, dijo: “Nos llevamos demasiado tiempo aparcados en una religión convencional, externa y formal que ya no calienta el corazón ni cambia la vida”.
Se ha perdido el entusiasmo del Concilio y del postconcilio. La iniciativa del Papa busca descongelar el Concilio y devolverle al Pueblo de Dios el  protagonismo que debe tener, contra un clericalismo omnipresente.

En un artículo, el teólogo Víctor Codina afirma que el Cristianismo no ha hecho más que comenzar.
El laicado, es decir la inmensa mayoría del Pueblo de Dios, ha quedado hasta ahora marginado y pasivo en una Iglesia profundamente clerical. El Cristianismo no ha todavía desarrollado sus inmensas potencialidades en una sociedad que cada vez más necesita diálogo, justicia, solidaridad, paz. Lo que pasa es que en la Iglesia se suele identificar a los verdaderos católicos tan solo con los “practicantes”, es decir a los que van a misa los domingos. Y a los que luchan por los derechos humanos, el respeto a los diferentes, la justicia, la protección del medio ambiente, etc. se les dice que “la Iglesia no es una ONG”. Y así el gran mandamiento del amor queda reducido a  la limosna y a la beneficencia.

También en la política muchos católicos confunden izquierda con comunismo, la Doctrina Social de la Iglesia con políticas de izquierda. Es falso que la derecha garantice los valores cristianos porque lucha contra el aborto, cuando al mismo tiempo defiende la pena de muerte, la tenencia de armas, la guerra…
Hay católicos que insisten en que la Iglesia no ha de meterse en política, porque Jesús dijo: “Den al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”.  En realidad lo que Jesús afirma es que el Único que merece adoración es Dios y no el César, al ver en la moneda al emperador divinizado.
Estas tensiones y polémicas, a veces agresivas, que hay en la Iglesia y que tendrían que complementarse, no ayudan al discernimiento y a un camino en común. Eso hizo, por ejemplo, que en Francia se presentaran al Vaticano dos documentos presinodales por separado.

Se dice que la sociedad se ha alejado de la Iglesia, pero es cierto también que la Iglesia se ha alejado de la gente, de lo que son sus derechos, sus luchas. Tenemos un Papa latinoamericano que ha tenido el coraje de universalizar para toda la Iglesia la opción preferencial por los pobres y la lucha por la justicia.
Sus fuertes denuncias contra la economía neoliberal, los poderosos grupos económicos y financieros, la industria de las armas, etc. le han provocado un aluvión de críticas, también por parte de católicos tradicionales. Más allá de las posturas y la conducta de Francisco, la Iglesia en general es vista como una institución conservadora y cerrada, alejada de los problemas de la gente. Estamos lejos de ser, como Iglesia, un  espacio libre y crítico frente a los poderes de este mundo.
También de los aportes hasta ahora publicados sobre la primera fase del Sínodo se destacan como elementos negativos no solo el autoritarismo paternalista de muchos curas y la ausencia de ministerios laicales, sino también muchas veces una liturgia fría, pasiva, rutinaria, monótona y distante, con lenguajes, ornamentos y ritos desactualizados.
Parroquias muertas sin un compromiso de formación para la mayoría de los cristianos;  ignorancia y lectura fundamentalista de la Biblia; falta de compromiso social, ecuménico y misionero.

Hay ausencia de la voz pública de los católicos en la sociedad. Las homilías clericales son aburridas, abstractas y vacías. Se pide con insistencia que los laicos y mujeres puedan predicar en la misa; una homilía quizás dialogada, preparada en equipo.
Que los laicos presidan las celebraciones y coordinen la pastoral ya se está dando en Alemania desde los años ochenta.

La Iglesia debe ser fiel no solo a la gran Tradición del pasado, sino también a las exigencias del presente.
La sola ciencia y la política no aseguran un futuro de paz. La Iglesia no ha de renunciar nunca a ser una voz profética, porque en su misión profética se juzga su identidad y la eficacia de su misión.
La fe es una apuesta en favor del ser humano, y no puede reducirse al ámbito de lo privado y lo cultual.
Ha dicho el papa Francisco: “A veces nos abruma la pereza y nos quedamos sentados a contemplar las pocas cosas seguras que poseemos, en lugar de salir hacia el mar abierto- El anuncio del Evangelio no es neutro, no deja las cosas como están; promueve la cultura del cuidado, la compasión para los débiles y la lucha contra toda forma de degradación humana- Queremos una Iglesia que no acumule retrasos ante los desafíos de la hora presente y deje de detenerse en los recintos sagrados”.

2 comentarios en “(editorial) ¿ESTÁ TENIENDO ÉXITO el PROCESO SINODAL?

  1. El Concilio es una época hermosa de reconocimiento e identidad de la misma Iglesia, pero asusta el ver como la misma Iglesia, la que lo rezo, lo trabajó, lo estructuró, lo publico como el gran Concilio, le pone trabas al camino. Tengo entendido que hubo una efervescencia post conciliar muy importante, epoca en que era niño aun, sin embargo la misma Iglesia la fue apagando. También se dieron abusos e interpretaciones que no están contenidos en el propio Concilio, y no con esto me refiero a escándalos que no deben corresponder a ninguna época de nuestra historia, sino a que en el afan de interpretaciones personales queremos hacer cosas que no son propias de la identidad del Evangelio, ni del mismo Concilio. Es verdad que hay que preguntarse: habrá una renovación en el Derecho Canónico? Los Laicos estamos preparados para acompañar este camino en forma integral, o queremos una vez mas llevar adelante nuestras posturas? Que entendemos para no ser tradicionales, y que debemos aceptar para ser progresistas? Estamos hablando de democracia en la Iglesia o es lo que nos imaginamos? Los diaconos, sacerdotes, Obispos y demas ordenados, querrán solamente cumplir su Misión propia a la que han sido llamados reduciendo su responsabilidad en cada lugar de pertenencia y compartirla con un conjunto de laicos? Podrá ser la Liturgia tan variada y heterogénea que muestre la inculturacion de sus pueblos, renunciando a la riqueza histórica que ella misma contiene, pero que hoy dia se ve como un atraso? Acepta la sociedad actual los ritos, rituales y formas de celebrar la liturgia, cuando cada uno quiere hacer lo que le parece, buscando la parroquia o el cura de turno? En definitiva creo que somos muy bueno escribiendo textos, códigos y hasta constituciones hermosas, pero que lamentablemente nos cuesta mucho para llevarlas a la realidad.
    Que el Espíritu Santo que ha sabido brindar luz y santidad a este caminar de tantos años, no nos abandone en este proceso de sinodalidad para que sea fructífero en este nuevo paso de este caminar, que la Iglesia «quiere» dar.

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  2. Entiendo que es muy positivo este camino que impulso Francisco, hacía una iglesia no clerical. Concuerdo que es prematuro hacer un balance, más allá de que siempre va a ser insuficiente a corto plazo, por la urgencia del cambio. De apoco se edifica. Rezemos que este impulso evangélico de Francisco se continúe, y que no se corte en el futuro.
    Nunca lo religioso puede estar por encima del evangelio, y mucho menos sobre la injusticia social. Una iglesia con los pies en la tierra, cómo cristo nos mostró. Ojalá pasemos de una santa misa, a una santa mesa, donde todos y en especial los que no tienen voz, encuentren el amor de Dios y así su liberación.

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