(Aniversario) APARECIDA: a los 15 AÑOS

Han pasado 15 años desde la celebración de la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano en el Santuario Nacional de Aparecida, a los pies de la Patrona de Brasil. En su primer viaje apostólico a América Latina, con motivo de la XXVIII Jornada Mundial de la Juventud, el papa Francisco visitó el Santuario brasileño y recordó que, en aquellos días, entre el 13 y el 31 de mayo de 2007, pudo constatar “cómo los obispos se sentían alentados, acompañados y en cierto sentido, inspirados por los miles de peregrinos que acudían cada día a confiar su vida a la Virgen”.

Puede decirse –como ha referido el Papa– que el Documento de Aparecida nació precisamente de este tejido entre el trabajo de los Pastores y la fe sencilla de los peregrinos, bajo la protección materna de María. Verdaderamente aquella Conferencia ha sido y es un gran momento de la Iglesia. Es un kairós (“momento adecuado u oportuno; tiempo de Dios”).

El proceso sinodal que hoy está transitando la Iglesia se ha nutrido de la experiencia eclesial de Aparecida y de su impulso misionero.
Al asumir la opción preferencial por los pobres y los gritos de la madre Tierra, desde la metodología ver-juzgar-actuar, Aparecida se sitúa en continuidad con las cuatro Conferencias Generales que la precedieron: Río de Janeiro (1959), Medellín (1968), Puebla (1979) y Santo Domingo (1992).
Aparecida nos confirma en la necesidad de ser discípulos misioneros en salida, de llevar la Misión Permanente a las fronteras geográficas y existenciales donde reconocemos los rostros sufrientes de Cristo, y de asumir con decisión la conversión pastoral integral a partir de nuestro encuentro con Jesucristo. De este modo, la Iglesia busca fortalecer la misión, la comunión eclesial, la colegialidad y la sinodalidad.

Para el arzobispo de Mérida, Porras Cardozo: “Los obispos no estuvimos aislados, sino compartiendo, casi por ósmosis, los anhelos de los fieles. El clima interno, la convivencia entre los obispos del continente y los venidos de Roma y otras instancias eclesiales del mun-
do entero fue de fraternidad y cercanía.
Ayudó muchísimo la tecnología, interconectando a todos los grupos “en vivo”. Salíamos de cada reunión con los borradores listos, sin interferencias ni censuras. Una de las instancias más importantes de eventos de esta naturaleza fue la elección de la comisión de redacción del documento final. Recayó en la persona del cardenal de Buenos Aires, Jorge Mario Bergoglio, junto con un equipo de apoyo. Una de las virtudes del cardenal bonaerense fue y es, su discreción, ajeno a todo protagonismo, lo que se convirtió en confianza y serenidad para toda la asamblea…
En continuidad con las conferencias anteriores, Aparecida enriqueció el magisterio latinoamericano por la asunción de la nueva realidad social de comienzos del nuevo milenio y por los avances de la doctrina y pastoral de la Iglesia universal de finales del siglo XX e inicios
del siglo XXI.
La misión evangelizadora como primera tarea, pero desde la promoción de la dignidad humana, en la que algunos rasgos de la teología del pueblo, de rasgos más urbanos por la concentración de la población en ciudades y megápolis, en los que el compromiso con la familia, las personas y la vida, con el trasfondo de la lacerante realidad en cada uno de nuestros países, incentivó la pastoral integral de fe y servicio como prioridad a los más débiles y excluidos. Y no podía faltar el tema de la cultura propia de nuestros pueblos…
Todo el documento rezuma espíritu de diálogo y de intercambio. Sin condenas fuera de tono, convencidos de que el sustrato cultural de nuestros pueblos tiene una riqueza que proviene de la primera evangelización y que no debe ser arrancada por la creciente  secularización…
Aparecida catapultó al entonces cardenal Bergoglio ante sus pares latinoamericanos. En la preparación del sucesor de Benedicto XVI, con las exigencias de profundas reformas en la Iglesia, fue el escogido para cumplir esa misión que es la que, en comunión con sus electores, ha llevado adelante en esta década.
Evangelii gaudium, su encíclica, retoma Evangelii nuntiandi y Aparecida, como él mismo lo ha señalado, para darlo como fruto jugoso para bien de la Iglesia y del mundo”.

La visión del arzobispo Víctor Manuel Fernández
El gran eje de Aparecida es “para que tengan vida” El “para qué” indica la finalidad, que es una oferta de vida plena. La palabra “vida” aparece 631 veces en el documento y eso le da un tono marcadamente positivo.
Esta vida se comunica a través de cauces, que son los “discípulos misioneros”. La ausencia de la “y” es una originalidad de Aparecida, para mostrar que no son dos realidades yuxtapuestas sino inseparables y compenetradas.
No se es discípulo sin ser misio
nero y no se es misionero sin ser discípulo.
En la invitación a la misión se quiere mostrar que una vida digna y feliz no se realiza en el aislamiento individualista. Uno de los grandes peligros de la época en que vivimos es que cada uno se encierre en su mundo privado. Así no es posible una vida digna, ni la solidaridad, ni la amistad, ni la preocupación por los pobres, ni el compromiso ciudadano. El documento recuerda que una ley de la vida es que ella crece en la medida en que se comunica. Por eso es ineludible ser misioneros.
A partir de esta convicción se quiere promover una actividad misionera mucho más intensa, para llegar especialmente a los que están abandonados.
Consiste en buscar una mayor cercanía con todos.
No se trata solo de predicar. Un periodista lo hará particularmente buscando la verdad y promoviendo valores, un político lo hará buscando sinceramente y con sacrificio el bien común, un docente lo hará con su misión de ayudar a crecer a sus alumnos. Pero siempre estará el intento de comunicar de alguna manera el primer anuncio: hay un Dios que te ama infinitamente, Cristo dio su vida por ti y está vivo para compartir tu camino y tu lucha.
El documento es muy radical en este punto de la misión, porque pide que todas las estructuras de la Iglesia se reformen de manera que sean más misioneras, que estén más al servicio de esta vida digna y plena de la gente. También reclama que se abandonen todas las estructuras caducas que no sirvan a esta finalidad. Este punto fue claramente asumido y relanzado por Francisco en Evangelii gaudium, aunque tuvo escasa respuesta.
Pero solo podemos ofrecer un mejor servicio misionero si somos realmente discípulos de Jesucristo. Este acento en el discipulado le da a la tarea misionera otro tono, otro color que le agrega atractivo. Porque no es lo mismo alguien que proclama una verdad creyendo que es un dueño de la sabiduría, que alguien que se considera humilde discípulo, necesitado del Maestro, que aprende de él todos los días, que necesita volver a escucharlo, volver a imitarlo.
Al mismo tiempo, un corazón de discípulo sabe que también tiene que aprender de los demás. Por eso fomenta el diálogo con los diferentes, se deja cambiar los esquemas, se deja enriquecer por los otros.
Así se quiere remarcar que todos somos discípulos (el Papa, los empresarios, cada ama de casa, etc.) y que siempre somos discípulos, hasta la muerte.

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