PORNOGRAFÍA Y ATAQUES SEXUALES como EXPRESIONES de VIOLENCIAS BASADAS en el GÉNERO

Dr. Pablo Guerra(1)

una joven sentada en el piso junto a una ventana. sus manos y su rostro estan apoyados sobre sus rodillas
En Uruguay: 0800 4141, número para denuncias confidenciales sobre violencia de género.

Desde hace un buen tiempo, la crítica a la pornografía por su potencial conexión con ciertas conductas de agresión sexual ha dejado de ser patrimonio de los sectores conservadores de la sociedad. Ya son varias y plurales las voces que observan cómo ese imaginario patriarcal en el que la vejación de la mujer se vende como producto erotizado, estaría influyendo en el aumento de ciertas conductas de violencia sexual.

El reciente caso de una mujer violada por tres hombres, unido a otros surgidos en los últimos años en el que se reitera el patrón de  varios hombres agrediendo sexualmente a una mujer, me lleva entonces a poner énfasis en un tema que debería preocuparnos, esto es, la hipótesis de una correlación entre la cultura de la violación, en este caso en patota (o en “manada” como se popularizó luego del famoso caso de Pamplona en 2017) y la naturalización de prácticas comúnmente exhibidas en la pornografia bajo la denominación de Gangbang, de videos con mujeres dormidas o drogadas, para no citar incluso la habitual subida a sitios pornos de videos con violaciones reales protagonizadas con total impunidad por parte de los agresores.

Parece bastante evidente la existencia de una suerte de erotización de la violencia y de búsqueda de supremacía ad infinitum del varón sobre la mujer en sitios pornográficos que nos invitan, por ejemplo a “ver mujeres violadas y forzadas sexualmente por hombres en HD” o “mujeres obligadas y forzadas a follar, GRATIS” (citas textuales de algunos de los tantos sitios porno que nos abren sus ofertas con tan solo teclear “porno / violaciones”).

Si realizamos la búsqueda en inglés, nos podemos encontrar con un sitio en el que  el grito de auxilio parecería despertar la voracidad del consumidor:  “Our rape porn tube proves that girls doesn’t make sense to resist and call for help, they were forced to open her legs, fucked in all holes…” traducido algo así como que en este sitio de referencia  “los videos de violación muestran cómo las chicas no tienen sentido en resistirse y pedir ayuda: fueron forzadas a abrir sus piernas y penetradas en todos sus agujeros…”.

Es esa tendencia señalada a sumar voces sobre esta asociación del porno con la cultura de la violación, han tenido un papel destacado algunas corrientes feministas que han interpretado estos fenómenos como formas actuales de violencia basada en el  género. Dos autoras destacadas en ese sentido son Andrea Dworkin y Catherine MacKinnon, para quienes la pornografía no solamente subordina a la mujer en el marco de un sistema patriarcalista, sino que además contribuye a reforzar esos mecanismos de desigualdad y violencia, por ejemplo reforzando el placer erótico que resulta de la agresión sexual a quien está en una situación de menor poder. En un texto muy divulgado de 1983 afirmaban que la pornografía presenta a las mujeres como ”objetos sexuales que experimentan placer en las violaciones u otros ataque sexuales” muchas veces practicados por varios hombres. También agregan: “las mujeres son presentadas en escenarios de degradación, humillación, herida, tortura, mostradas como sucias o inferiores, sangrando, con moretones o lastimadas en un contexto que hace que esas condiciones sean sexuales”.

No sería una locura pensar entonces que la masificación de estas prácticas pornográficas se constituya como puerta de entrada para violaciones reales de sujetos socializados por tantas distorsiones y aberraciones. En algunos países como España ya se dispone de estadísticas que confirman un aumento en las agresiones sexuales múltiples. Podríamos preguntarnos, ¿tal evolución no está influida por la expansión del porno violento? Nótese que términos como “doble penetración” o “triple penetración” se han viralizado en tiempos de Internet. Una simple búsqueda por Google arroja 13.700.000 resultados para estos conceptos. A manera de contraste, si googleamos “Cristobal Colón” obtendremos menos de la mitad de resultados.

Las ciencias sociales tampoco han estado ajenas al estudio sobre una posible correlación entre la pornografía (y su mayor expansión y consumo) y la violación. Ciertamente los resultados son complejos y en algunos casos contradictorios. No es motivo de estas pocas líneas dar cuenta de los mismos. Sí quisiera compartir con nuestros lectores algunos hallazgos interesantes para el debate que coinciden en esa asociación.

Una investigación en Perú (país con altas tasas de violaciones) se encontró que uno de los factores de riesgo para el delito, fue el de la exposición por parte de los agresores a “excesiva pornografía” (Chambi et alt, 2017).

Otro estudio que analizó la relación entre el consumo de pornografía con la violencia hacia la pareja, demostró para el caso colombiano, que el consumo de pornografía se asoció significativamente con más comportamientos de agresión hacia la mujer (Gallego Rodríguez y Fernandez, 2019).

Veamos ahora solamente a manera de muestra, cinco de los tantos estudios recientes realizados en Estados Unidos. En uno de ellos, luego de aplicar una encuesta a 1600 personas, Bridges concluye que quienes consumen pornografía  con mayor frecuencia han intentado o tienen interés en  probar conductas sexuales habitualmente vistas en la pornografía, siendo que muchos de estos comportamientos sexuales implican algún nivel de agresión (Bridges, 2016).

En otro estudio, luego de una serie de experimentos sociales, se concluye que las personas que consumen pornografía tienen más probabilidades de realizar conductas de coacción sexual (Burks, 2017).

En un tercer estudio, realizado con 1700 adolescentes, se encontró que existe una relación significativa entre la exposición a la pornografía violenta y la violencia en el noviazgo, aunque con diferencias según el género. Más claramente entre varones, la exposición a la pornografía es entendida como un factor de riesgo potencial para la violencia en una relación de noviazgo (Rostad et alt, 2019).

Un nuevo trabajo de investigación sobre el mito de la violación y acceso a pornografía con más de 12 mil casos indica una correlación estadísticamente significativa entre la aceptación el mito de violación (una serie de creencias estereotipadas sobre la violación y sus víctimas) y el consumo de pornografía (Ashley, 2021).

Finalmente hagamos mención a un estudio anterior. En este caso aplicando una muestra de estudiantes universitarios, Boeringer encontró fuertes asociaciones de violación y propensión a la violación con el uso de casi todas las formas de pornografía. El análisis multivariado indicó que “las correlaciones más fuertes de la coerción y la agresión sexual, así como la propensión a la violación, fueron la exposición a la pornografía violenta y de violación” (Boeringer, 1994).

 

¿Qué podemos concluir? Claramente las violaciones grupales no son un fenómeno producido por la pornografía. También es claro que ver pornografía no nos convierte en violadores. Pero la extrema cosificación con la que se exhibe a la mujer en los formatos de tipo Gang Bang y los perturbadores mensajes tendientes a erotizar el dolor de la víctima al servicio de los hombres, muy probablemente sean factores que entre sujetos con determinadas concepciones sexistas, podrían contribuir a reforzar conductas agresivas.

Cuántos desafíos entonces para ir desarmando los diversos engranajes que forman parte del sistema patriarcalista. Más allá de lo que se pueda hacer en términos de la aplicación de justicia con perspectiva de género, entiendo que es en el sistema educativo donde deberemos poner énfasis. Y como ha divulgado recientemente el colectivo “Varones por la igualdad”, es urgente poner freno a tantas barbaridades e impulsar formas de masculinidades más humanas.

(1) Profesor e Investigador en Universidad de la República. Integrante del Equipo de Redacción de UMBRALES.

 

REFERENCIAS

Ashley, Hedrick. A Meta-analysis of Media Consumption and Rape Myth Acceptance, Journal of Health Communication, 26:9, 645-656, 2021.

Bridges, A. J., Sun, C. F., Ezzell, M. B. y Johnson, J. Sexual scripts and the sexual behavior of men and women who use pornography. Sexualization, Media, & Society, 2(4), 2016.

Boeringer, Scot. Pornography and sexual aggression: Associations of violent and nonviolent depictions with rape and rape proclivity, Deviant Behavior, 15:3, 289-304, 1994.

Burks, A. An Examination of Pornography Use as a Predictor of Female Sexual Coercion (Tesis Doctoral, 2017).

Chambi, Coaquira et alt. “Factores de riesgo en la reincidencia del delito de violación sexual en abusadores sexuales, Universidad Nacional San Agustín de Arequipa, 2017.

Gallego Rodríguez, Claudia y Fernández, Liria: ¿Se relaciona el consumo de pornografía con la violencia hacia la pareja? El papel moderador de las actitudes hacia la mujer y la violencia, Behavorial Psychology, 27 (3), 2019.

MacKinnon, Catherine y Andrea Dworkin (1988), Pornography and Civil Rights: A New Day for Women’s Equality, Minneapolis: Organizing Against Pornography.

Rostad, W. L., et alt. The association between exposure to violent pornography and teen dating violence in grade 10 high school students. Archives of sexual behavior, 48(7), 2137-2147, 2019.

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