EL SALVADOR: 32 AÑOS de IMPUNIDAD

8 gigantografias de los martires, expuestas en un jardinTodo hacía presagiar que se reanudaría el proceso por las 8 personas asesinadas en la UCA por la dictadura militar el 16 de noviembre de 1989, después que la Asamblea Nacional española condenara a 133 años de prisión al ex coronel y ex vicepresidente de Seguridad Pública, Inocente Orlando Montano. También porque el 22 de enero será beatificado el párroco Rutilio Grande, también asesinado en El Salvador aquellos años.  Sin embargo los magistrados de la Corte Suprema de Justicia de El Salvador declararon que la causa había prescrito y por lo tanto “liberaron” de culpa y cargo a los que habían sido los autores intelectuales de la masacre de los jesuitas.

Ya no habrá juicio para los asesinatos de los seis sacerdotes y dos mujeres de la Universidad Centroamericana. En realidad los obstáculos para esclarecer definitivamente los hechos, no son jurídicos sino políticos. El actual rector de la UCA, el jesuita  Andreu Oliva dijo: “El Salvador ha negado justicia a sus mártires. Se trata de un crimen de lesa humanidad y de guerra que no ha sido debidamente juzgado en nuestro país. Pero a los mártires no los olvidamos; nos inspiran y ayudan a trabajar  por las mismas causas”.

Fueron asesinados por creerlos cómplices de la guerrilla; sin embargo según la Defensora de los Derechos Humanos de El Salvador Beatriz de Carrillo: “nunca hubo una relación directa entre la guerrilla y los jesuitas; por el contrario estos hicieron todo lo posible para abrir un diálogo entre el gobierno y la guerrilla”.
Por estos crímenes, únicamente está encarcelado en El Salvador el coronel Guillermo Benavidez, condenado a 30 años de cárcel desde 1991. No han sido castigados los autores intelectuales.
Con los seis sacerdotes, fueron asesinadas Julia Elba Ramos, de 42 años, cocinera de la comunidad y su hija Celina de 16 años,  estudiante y catequista. Celina pensaba casarse con su novio en diciembre de 1989. Las dos se quedaban a dormir en la amplia residencia de los jesuitas, porque allí se sentían más seguras en medio de la guerra. La orden para los militares que entraron de noche en la residencia había sido de “no dejar ningún testigo”.
En la foto de los cadáveres se nota el intento de Julia Elba para defender a su hija con su propio cuerpo. Elba había trabajado desde los 10 años en los cafetales y después vendiendo fruta en una tienda; era una mujer sufrida pero fuerte y sensible a los dolores de los demás.
El teólogo Jon Sobrino, miembro de esa comunidad pero ausente aquella noche, escribió: “Elba y Celina son parte del pueblo crucificado, que muere cruelmente después de una vida de sacrificios. Son personas que viven y mueren anónimamente y nadie se arriesga a bajarlas de la cruz. Los mártires canonizados por la Iglesia son conocidos y venerados, pero el pueblo crucificado no. Aquellos muchas veces ocultan  a este. Estas mayorías inocentes son las que más cargan con los pecados del mundo. Sin pretenderlo, quizás sin saberlo, completan en su carne “lo que falta a la pasión de Cristo”.

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