(aniversario) JULIO SPOSITO

“Hoy es un día especial, aun 50 años después de la muerte de Julio.
Hoy lo recordamos y tenemos presente quienes integramos
aquellos grupos de reflexión y el Miya”.

Alfredo Quintero

composicion con el rostro estilizado de julio y al costado, una placa en su nombre, en ciudad de la costa, canelones, uruguay

El 1º de setiembre de 1971 Julio Spósito era asesinado por el terrorismo de estado. A sus 19 años era un referente de la Juventud Católica Estudiantil (JEC) e integrante de la Parroquia de Pocitos y de la que ya se llamaba Parroquia Universitaria.

“Nuestro compromiso de cristianos, nos tiene que impulsar a luchar por la construcción del Reino de Dios, aunque no lleguemos a ver cumplido aquello que queremos conseguir” (reflexión de Julio Spósito).
El 1º de setiembre de 1971, Julio participaba en una manifestación estudiantil en protesta por la desaparición de dos militantes en manos de un escuadrón parapolicial. En determinado momento se hacen presentes las fuerzas de represión, gaseando y baleando a los estudiantes, y es ahí, donde Julio cae, baleado cobardemente por la espalda, mientras intentaba ayudar a una chica que se había desmayado a causa de los gases.

“…Julio era inconfundible, flaco, rubio, de largos bigotes amarillos de tabaco y barba crecida, con la misma campera de cuero negro de siempre. Lo conocían todos, en el liceo y en el barrio, componía canciones y expresaba su compromiso en las cuerdas de la infaltable guitarra. Soñaba con la Iglesia de Camilo Torres y la construía con los jóvenes de la parroquia San Juan Bautista…”

La descripción anterior la realizó hace unos años Cecilia Duffau(1), compañera de militancia política de Julio Spósito. Dicho así, con inocultable cariño por quien se encontraba a su lado cuando fue herido de muerte, sigue siendo para mi uno de los más cálidos homenajes que conocí acerca de un tipo como Julio que fue excepcional, antes y luego de aquella dolorosa tarde del primer día de setiembre de 1971.

Cecilia y también Julio integraban el FER (Frente Estudiantil Revolucionario) y ella al igual que casi todo el resto de sus compañeros de militancia no perteneció a “La Parroquia”; ni a los grupos de reflexión de jóvenes ni al equipo de educadores del MIYA (Movimiento de Infancia Y Adolescencia), los cuales sí integró activamente Julio. De similar manera no todos los jóvenes de La Parroquia tenían militancia político-partidaria y quienes la tuvimos no siempre coincidimos en una misma organización o partido. 

Sin embargo, unos y otros sí compartíamos, al igual que miles de jóvenes, el objetivo de construir una sociedad justa y solidaria, pues en la que vivíamos ya no lo era. Sociedad nueva sin lugar para explotados ni explotadores, así de simple y claro. Y como muchos también, no simpatizábamos para nada con el autoritarismo y las opiniones únicas; las polémicas estaban a la orden del día; preferíamos siempre la discusión antes de tomar decisiones y aplaudíamos la rebeldía. En lo que todos si coincidíamos era que nadie podía quedar afuera de tan imprescindible e impostergable tarea como era lograr un cambio social. Y cada uno encontraba la mejor manera de participar de ella apoyado por el colectivo al cual decidiese integrar. Ya fuera en una agrupación estudiantil, un partido, un sindicato, los grupos de la parroquia misma, las movilizaciones de solidaridad concreta con los cañeros que llegaron una y otra vez a pie desde Artigas con sus reclamos, las ocupaciones de terrenos por gente sin casa y un largo etcétera.

En este sentido, durante esos años fermentales de principios de los 70, para decenas y decenas de jóvenes que entonces teníamos entre 14 y 20 años la Parroquia fue un punto de encuentro, de contención y de partida. La fe en Dios como acto individual e intransferible se fortalecía y cobraba sentido, cuando se manifestaba en una comunidad que discutía y buscaba caminos para mejor realizar nuestra tarea evangelizadora, en medio de una sociedad injusta, excluyente de los más débiles y represiva para quienes desafiasen el autoritarismo y el orden establecido. 

Desde los inicios de la década del 60 el Estado de bienestar batllista desaparece rápidamente frente a la crisis económica que pasa a ser administrada desde el Gobierno, cada vez más en solitario y a su favor, por la minoría más rica y poderosa de la sociedad. Como resultado de sus políticas, a los postergados de siempre del campo y de la periferia de las ciudades se van sumando de manera creciente trabajadores públicos y privados, nuevos desocupados y jubilados que ven deteriorados sus ingresos y reprimidos sus protestas y reclamos cada vez con mayor dureza. 

Julio fue uno de los jóvenes de entonces que mejor comprendió el vínculo entre su fe cristiana y su decisión de comprometerse con un cambio social y político. Exigiendo a los demás lo que previamente siempre se había exigido a sí mismo… gastando lo imprescindible para alimentarse o vestirse, como contaba su padre en una entrevista periodística realizada a tan solo 6 meses de su asesinato.

 

El 17 de julio de 1971, pocos meses antes de las elecciones nacionales, es secuestrado el estudiante y trabajador Abel Ayala por un comando parapolicial; su cuerpo nunca aparece. El 17 de agosto del mismo año también es secuestrado por un comando similar Héctor Castagnetto, también estudiante y trabajador. En este último caso el detallado testimonio posterior de uno de sus captores (grupo que era integrado por policías, militares y civiles) permite confirmar su calvario y segura muerte; su cuerpo tampoco apareció. 

En el año 2003, al colocarse una placa recordatoria por parte de la Junta Departamental de Montevideo en la placita que lleva su nombre, quienes fuimos compañeros de Julio en la Parroquia de Pocitos, relatamos a los presentes:

“…Queremos contarles que un miércoles 1º de setiembre, en una tarde soleada se desarrollaban diversas manifestaciones callejeras de estudiantes entre el Palacio Legislativo y las Facultades de Química y Medicina. Tan sólo pocos días atrás, aquí en Montevideo, habían sido secuestrados por el Escuadrón de la Muerte otros dos estudiantes, Ayala y Castagneto. Quienes ese día habían ganado las calles de la Aguada, reclamaban por su aparición en volantes y consignas, denunciando también a sus secuestradores amparados por los cuerpos represivos del Gobierno. Ese día, al igual que tantas otras veces, la represión policial no se hizo esperar. Suenan los primeros estampidos. Los manifestantes, luego de intentar permanecer lo más posible en la calle, corren a refugiarse   en la Facultad de Química. Subiendo las escaleras de la entrada uno cae alcanzado por una bala en la espalda. Sus compañeros lo levantan como pueden e ingresan. Afuera gases lacrimógenos y balas, enfrente la Facultad de Medicina. Adentro de Química la desesperación de todos por poder cruzar por auxilio médico y salvar al herido. Cuando es posible hacerlo Julio Spósito ya está muerto. Fue en 1971…

Julio tenía 19 años y fue nuestro amigo y compañero; era un muchacho de este barrio, de esta esquina de Manuel Haedo y 14 de Julio. Estudiante de Preparatorios del Liceo Suárez, trabajaba en el quiosco que su familia atendía en la puerta de un supermercado cercano al Estadio Centenario. Su madre Libia, maestra, su padre Julio también, empleado de ANCAP; ambos católicos prácticos como él, comprometidos con su gente y con su tiempo. Cuatro hermanos menores junto a una tía, Lucrecia que vivía en la casa de arriba, hacían de los Spósito una familia como tantas de entonces y de ahora.

Julio fue, desde que tuvo uso de razón, un militante de la vida. Luchaba por un cambio social y político profundo y radical y sostenía con su convicción y con su  práctica que una sociedad nueva, sin injusticias ni explotación del hombre por el hombre,  debía contar también con un hombre nuevo…” 

Hoy, pasados 50 años sólo agrego lo que el sacerdote Haroldo Ponce de León, cura párroco de Pocitos (San Juan Bautista) le dijo a Liber Seregni luego de que asistió a la misa de cuerpo presente y en los momentos previos a la marcha callejera multitudinaria que llevaría el cuerpo de Julio primero al IAVA y luego al Cementerio del Buceo: “…vio general, los cristianos somos así, en el dolor también cantamos porque tenemos esperanza…”.2

Alfredo Quintero

1 Testimonio de Cecilia Duffau, “Forjando la Memoria. ComCoSur N° 1311”, 01.09.2011. En: http://colectivoespika.sejuntalagente.org/2011/09/julio-sposito-a-40-anos-de-su-muerte-por-cecilia-duffau/ 

2 Revista Encuentro – Nro. 3 – 1972

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