Lolita Londoño: el perdón que se abre…

Jairo A. Franco, en religiondigital.org

lolita mirando lejos, está de perfil, con rostro sufrido y una muesca como de resignación. es una mujer mayor, lleva cabello corto con tonalidades rubias. tiene una caravana plateada grande, con forma de corazón. usa una camisa celeste. al fondo, rostros en coloridas pinturas.
Lolita, el perdón que se abre despacito y el útero de Dios

Una de estas tardes en Medellín tuve la oportunidad de visitar a Lolita Londoño, ella estaba en su casa que es además taller de costura y almacén; sus relatos, de un dolor que se va volviendo alegría, siguen resonando a mis oídos como buena noticia y aquí se los comparto.

Lolita me contó que hace unos años, al ver a dos hijos asesinados, al perder al tercero que nunca apareció, ella se sentía viviendo como una tortuga, arrastrándose pesadamente, con un caparazón de odio que la oprimía y que no le provocaba ni siquiera alzar la cabeza y prefería esconderse en su desespero y acabar hasta con su propia vida y la de los suyos que le quedaban.  Todo fue así hasta que se encontró con otras mujeres, las madres de la Candelaria y empezó con ellas a resistir, a buscar no sólo a sus familiares desaparecidos sino también a recuperarles su dignidad.  Y con esas mujeres, Lolita halló fuerzas para ir a la cárcel y encontrar allá a los victimarios que entonces se habían entregado a la justicia y que estaban dispuestos a decirles la verdad y facilitarles la búsqueda.

Al principio, como ella lo relata, iban a esas visitas con miedo y llenas de desconfianza, pero en ese mucho escuchar, poco a poco,  las cosas tomaron rumbo imprevisto y las mujeres pudieron llegar a los fondos de sus antiguos victimarios, de los que habían ocasionado el mal y la muerte a sus seres queridos, y se encontraron con la  humanidad de estos hombres y mujeres que antes tenían por bestias; se asombraron de comprobar que echaban de menos a sus familias, que amaban, que sufrían, que se enamoraban, que se arrepentían, que se enfermaban, que soñaban.  Lolita me habló de esos encuentros: -“comenzamos a escucharnos, a dialogar, a mirarnos frente a frente, a oír las historias de ellos y al oír ellos las nuestras nos sorprendimos llorando juntos, y fueron aflorando las verdades; esas historias fueron cambiando nuestros corazones hasta que nos dimos cuenta de que eran seres humanos iguales que nosotros y nos pusimos en los zapatos de ellos…”

El perdón, como una flor, se fue abriendo despacito y sin que nadie lo forzara; decía también Lolita que fue un largo viaje, empezaron el camino odiando a los victimarios y terminaron llorando con ellos y sintiéndolos suyos. Ahora, Lolita y sus amigas, no quieren seguir diferenciándose de ellos poniéndose en grupos opuestos de víctimas y victimarios y han decidido que todos juntos se definan más bien como “sobrevivientes victoriosos”, y esto porque Dios les ha dado a ellas el valor de perdonar y a ellos la oportunidad para reinsertarse en la sociedad y empezar una nueva vida.

Lolita además decidió adoptar a tres de los antiguos victimarios y así recuperar en ellos a sus hijos perdidos.  A Oscar, tocayo de su hijo desaparecido y a quien la violencia había dejado huérfano desde niño, le propuso cuando iba a salir de la prisión:  -“de ahora en adelante no buscaré más a mi hijo, cuando salgas de aquí ocuparás su lugar y yo seré tu mamá”.  Eso de adoptarlos brotó así no más, ella dice que no lo planeó, que simplemente se le salió del corazón, “-es cosa de Dios”, añade ella.   A ese punto, Lolita también me lo confesó, no se sintió más como una tortuga, y sí como una iguana, no con caparazón duro y sí con piel sensible,  capaz de treparse alto y llena de dignidad, lista para levantar la cabeza y luchar por sus derechos y los de tantas otras personas que han sufrido la guerra y que vienen a su casa a encontrar consuelo y sanación.

Me llena de alegría todo esto que me contó Lolita; y es que ella se volvió para mí símbolo de Dios que es mamá y que ama incondicionalmente no sólo a su único Hijo, Jesucristo, sino a todos nosotros en Él; en el corazón de Dios, o mejor en su útero, todos tenemos espacio y todos somos gestados;  Lolita se parece a Dios porque, así como Él,  ella también da vida incluso a los que dieron muerte a sus hijos.  Qué bueno que la Iglesia, así como Lolita, fuera en el mundo como el útero de Dios y guardara a todos en su intimidad sin moralismos ni prejuicios y, especialmente a los descartados, darlos a luz para vida plena. Gracias a Lolita y a las madres de la Candelaria, evangelio puro de esta Colombia que quiere la reconciliación. Gracias también a la Iglesia Esperanza de Vida, la comunidad cristiana con la que se reúne Lolita para celebrar su fe.

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