(editorial): ¿a cuántos llega el mensaje de Jesús?

PASTORAL DE LA COMUNICACIÓN, A PARTIR DE LA GENTE

portada de l´osservatore romano. se aprecia parte de la cabeza del papa ya que la imagen es parcial. se lee anunciadores

El papa Francisco al visitar el 24 de mayo pasado la sede vaticana del dicasterio de la comunicación, que implica un fuerte gasto para las finanzas del Vaticano (el 17% de los ingresos totales de la Santa Sede), tuvo la osadía de preguntar: “¿Cuánta gente escucha la radio vaticana?; ¿Cuántas personas leen L´Osservatore Romano? Hay eficiencia organizativa, las oficinas son agradables; ¿pero vuestro trabajo llega a los que se supone que tiene que llegar?. Nuestro trabajo es llegar a la gente. ¡Que no pase lo del monte que alumbra a un ratón! Todos los días han de hacerse esta pregunta: ¿a cuántos llegamos?; ¿a cuántos llega el mensaje de Jesús con L´Osservatore Romano?”. 

Son preguntas explosivas las del Papa y que han sacudido a todo el sector de la comunicación vaticana, integrada nada menos que por 565 personas. Antes de la pandemia L´Osservatore Romano imprimía cinco mil copias diarias en papel, con unos 60 empleados, entre los cuales  veinte periodistas. El Papa ha querido cuestionar, más que la burocracia, la incompetencia y la falta de creatividad a pesar de los ingentes gastos. El Papa no quiere que los comunicadores se conformen en decir “amén” a todo y en celebrar el pontificado. Les dijo: “Arriésguense y no pidan permiso”. Y les repitió: “Nuestro trabajo es llegar a la gente”.

¿LLEGA NUESTRO MENSAJE A LA GENTE?
El lenguaje eclesiástico, verbal y escrito,  a veces también de los diáconos y de los ministros laicos que se copian de los curas, es en general doctrinero, alejado del estilo de Jesús, que en sus parábolas siempre partía de la vida; es muchas veces abstracto, con palabras de tipo bíblico o teológico que nadie entiende. En el pasado la Iglesia cultivaba el secretismo como una forma de poder; su lenguaje era moralista y llegaba a una minoría selecta. En el pasado, ahora menos, hubo una inundación de documentos oficiales, largos y difíciles de entender para la gente, por los que muchos pedían una moratoria.
Es indudable que se han hecho notables progresos desde el Concilio en el campo de la comunicación, pero aún ahora se usa un tono sermoneador y declamatorio en muchas intervenciones clericales; y esto en una época en la que la gente está acostumbrada a escuchar locutores que por radio y televisión hablan de forma llana y familiar. Ninguna institución como la Iglesia tiene un público semejante, una vez por semana el domingo y en forma constante.
En España hasta hace poco casi dos millones de personas iban a misa cada domingo, y sin embargo los templos se están vaciando. Lamentablemente no se hacen encuestas para evaluar lo que se dice y cómo se dice, es decir el índice de receptividad, entendimiento e interés. Para muchos la misa es provechosa si la homilía es atrayente. Si la homilía es aburrida, la misa es aburrida; y si la misa es aburrida, ir a la iglesia es aburrido.

LA IMPORTANCIA DE LA FORMACIÓN
Es significativo que en Evangelii Gaudium el papa Francisco dedique hasta 24 párrafos a la homilía y a la predicación. Hay que predicar en positivo, sabiendo discernir los signos de los tiempos; es deprimente y cansador escuchar las laméntelas de ciertos sacerdotes contra el mundo de hoy, la política, la disgregación de la familia, la publicidad, el sexo, la gente que no va a misa… Un buen ejercicio para aprender a crear interés es hablar con los adolescentes; es la prueba del fuego. Sería oportuno que la homilía dominical fuera preparada y evaluada posteriormente con la ayuda del equipo litúrgico o de laicos que aporten su experiencia. La improvisación es otra penitencia innecesaria que molesta y hace sufrir a los presentes. En los seminarios habría que dar cursos sobre cómo predicar sin adormecer al público. También muchos laicos animan hoy la liturgia y explican la Palabra. El Papa acaba de promover el ministerio del catequista; quizás y ojalá llegue el momento en que también los laicos puedan predicar en  misa. Pero no tendrán que hablar como curas sino como laicos y su palabra será seguramente más interesante, concreta y comprensible.
Los feligreses no van a la iglesia para una catequesis o una clase de teología sino para escuchar una palabra de aliento, de consejo para sus situaciones de vida que a menudo los curas ignoran. Esto debería obligar a todos a evitar los lugares comunes. Se puede hablar sin parar y no decir nada; Francisco acaba de recordar una frase irónica de W. Shakespeare al respecto. Hay que aclarar que esto no es exclusivo de los curas y de los obispos sino también de políticos, profesores, conferencistas etc. Quien no tiene un mensaje claro y fuerte para comunicar, resumido en una frase, un ejemplo, una pregunta.., termina con aburrir.
San Francisco de Sales decía: “Hablar poco y bueno, poco y simple, poco y claro, poco y amable”. Y san Alfonso que era teólogo pero también pastor: “Cuando las nubes son muy altas, es difícil que llueva”.  San Juan Bosco leía la homilía a su madre para estar seguro de que todos lo iban a entender. Más que iluminar e instruir, hay que calentar el corazón y en esto los testimonios son fundamentales.
Escribe el p. Raniero Cantalamessa: “Si hay un lamento general que se escucha hoy entre los fieles, es el vacío de la predicación; muchos salen de la misa disgustados, empobrecidos en lugar de enriquecidos. La gente busca pan y a menudo se le da un escorpión (Mt 7,10), es decir, palabras remanidas, vacías y triviales e incluso no se le da nada”. Para la mayoría de los católicos el domingo es la única ocasión, después de la primera comunión, para profundizar su fe en la vida de todos los días; y no se la aprovecha.

¿PASTORAL  IGNORADA?
Hay en nuestra Iglesia un generalizado descuido en capacitar a los agentes pastorales en el difícil arte de la predicación y de la comunicación en general. Todo lo contrario ocurre con nuestros hermanos evangélicos que le dan prioridad absoluta a la predicación y a los medios. Si se piensa en lo que queda de la prensa católica, muchas veces esta parece una extensión de los sermones. Si se mira a la importancia que se le da a los medios de comunicación, daría la impresión de que a muchos de nuestros eclesiásticos y laicos no les importa nada lo que publican diarios y revistas o lo que digan la radio y la televisión, mientras puedan trabajar tranquilos en el ministerio parroquial tradicional. No se sienten a gusto en los medios públicos y frente a periodistas. Están acostumbrados a expresarse como en la homilía, sin interlocutores que le contesten ni preguntas embarazosas. Parecen ignorar que en la actualidad los medios y las redes enseñan, mentalizan, crean opinión. No se aprovecha la oportunidad que ofrecen y se mantiene frente a ellos una actitud desconfiada y lejana. Notable es el testimonio del papa Francisco que se vale del teléfono, las videoconferencias, internet, entrevistas aún con gente alejada de la Iglesia, libros y hasta películas, acontecimientos aún no religiosos para comunicar una palabra clara, concisa, estimulante.
Un obispo francés experto en los medios, Jacques Gaillot, escribe: “Muchos hombres de Iglesia y laicos cristianos tienen miedo a los mass-media y huyen cuando son asediados por los periodistas. Les encanta hablar a puertas cerradas. Y así la Iglesia se encierra en su secretismo, renuncia a explicarse y a entender la cultura actual, ignora lo que pasa más allá de sus murallas y se queda con sus boletines parroquiales”.

LA SANA CRÍTICA
También la prensa católica ha de salir a la calle como pide el Papa. Si bien es cierto que se nota un vacío en la Iglesia provocado por la disminución y escasez de presbíteros, es más cierto aún que llama la atención la ausencia casi total de la voz de los laicos cristianos en los medios públicos, frente a los grandes debates actuales no solo dentro de la Iglesia sino de la sociedad en general. Todo se ha delegado a la jerarquía eclesiástica, aún en temas específicamente laicales; y no se ha entendido aún que son los laicos por su vocación propia y sin pedir autorización a nadie, los que tienen competencia para informar y opinar.
En la Iglesia también se nota con frecuencia una actitud de autocensura y miedo, por lo que a veces se llega a pensar una cosa y a decir públicamente otra. Es un preciso deber de piedad filial decir la verdad, informar con objetividad a los pastores y no tratarlos como irresponsable. Es sabido que hay pastores que, aún bajo una aparente capa de amabilidad, no admiten críticas por considerarlas agresiones. Pero la crítica honesta, cuando brota de la verdad y el amor, no solo es necesaria sino más útil a la Iglesia que una defensa ciega y fundamentalista.
El cardenal Carlo María Martini denunciaba como algo muy grave que los jóvenes no critiquen más a la Iglesia y se alejen en silencio: “creo que donde hay discusión, inclusive conflictos, está ardiendo todavía el fuego del Espíritu”.
Se dice también que no hay que escandalizar. Esta postura, si es generalizada, suena hoy a paternalismo, deja que los problemas subsistan y se agraven, favorece y alimenta la hipocresía. Hubo como una crisis de fe para muchos cuando el papa Juan Pablo II pidió perdón por los pecados de la Iglesia, pero eso hizo posible una nueva etapa de transparencia y confianza en la Iglesia.
Afirma el conocido jesuita p. Bartolomé Sorge: “Hay un uso clerical de los medios que hace que una verdadera información se busca muchas veces en los diarios laicos, porque la prensa católica calla sobre ciertas cosas”. Cierta “buena prensa” pretende promover tan solo noticias “positivas” olvidando que la mejor forma de ser creíbles hoy es ser fieles a la verdad positiva o negativa, iluminándola desde la fe.

BAJAR DEL AMBÓN
Hoy es preciso bajar del ambón y de todo pedestal, para confrontarse en pie de igualdad  con los interlocutores. El papa Francisco ha pedido a los comunicadores mayor contacto con la realidad y la vida diaria, “gastar las suelas de los zapatos” y no conformarse con textos prefabricados desde el escritorio. No tenemos que hablar solo para que la gente nos escuche; también tenemos que escuchar a la gente. Ya no queremos ser la voz de los sin voz y hablar en nombre del pueblo, sino ser su megáfono. No se puede comunicar sin escuchar; comunicar es dar y recibir.
También la combatividad y la beligerancia, ya sea en un bando como en el otro, son hoy contraproducentes. La Iglesia como respuesta a las críticas aún injustas ha de entrar con mansedumbre y respeto en el debate público ofreciendo sus razones y la palabra del evangelio. Muchos lamentan una insuficiente respuesta de parte de la Iglesia al reto de la información y de la opinión pública. Hay muchos profesores cristianos en las aulas; pero parecería no haber recursos humanos y profesionales para esta causa.

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