UNA SANTA DE LA PUERTA DE AL LADO

Dios no se deja vencer en generosidad, su amor gratuito circula silenciosamente por “nuestras Galileas”, donde Jesús después de la Pascua dijo a sus discípulos que lo encontrarían. O por las “periferias” a las que el Papa Francisco insiste en que salgamos a compartir el Evangelio.
¿Qué vamos a encontrar? Nada espectacular, como no lo había en Nazaret, la escuela de vida de Jesús durante treinta años. Vamos a encontrar gente común, luchando por sobrevivir día a día, gente que se levanta temprano para trabajar lejos, o gente que sufre la falta de trabajo y “se rebusca”, gente que pese a todo envía a sus hijos a la escuela soñando con ilusión un futuro mejor para ellos. Encontraremos abuelas cuidando nietos, con escasos recursos, pero con tiempo para los vecinos, para socorrerlos o “darles una mano”. Encontraremos esa solidaridad sencilla y también heridas viejas rumiadas en horas largas de silencio o puestas en la oración.

Hoy queremos compartir un nuevo descubrimiento de ese Amor que está siempre presente, pero en modos tan discretos que muchas veces se nos escapa. Como dice Benjamín González Buelta alabando al Dios discreto: “te revelas en el don en que te escondes, para que tu infinitud no nos espante”.

La iglesia de Montevideo tuvo una santa “de la puerta de al lado” que no irá a los altares, alguien que encarnó una de las muchas formas de vivir el Evangelio. Una vida sencilla, sin encandilar, silenciosa, diligente sí, solidaria y mucho, pero como una vecina más, como María y como aquellas gentes de Nazaret, donde Jesús se encarnó creciendo en gracia y sabiduría durante treinta años.

Cristina Torres vivió más de la mitad de su vida en el barrio Jardines del Hipódromo, que hace muchas décadas se formó con inmigrantes gallegos e italianos y con los paisanos que llegaban del interior del país a las periferias de Montevideo. Obreros que compraron su terreno a Francisco Piria, por eso también se conoce como “Barrio Piria”. Cristina llegó allí con treinta años y un embarazo a término; no fue de las que pudo comprar uno, vivió siempre en un apartamentito al fondo del terreno adquirido con esfuerzo por su hermana y cuñado. Allí nació y creció su único hijo, Diego, o Dieguito. De allí él salía con su túnica blanca impecable para la escuela y su moña azul muy bien hecha y con tanto amor por su madre. De allí salía Cristina cada día a trabajar, de empleada doméstica, hasta su jubilación, el año pasado, ya en plena pandemia. Ese fue su pequeño lugar en el mundo, aunque recordaba mucho su Lavalleja natal, sus paisajes, la escuela donde fue primero alumna y luego cocinera, las misiones salesianas que allí iban, las alegrías sencillas del pueblo.

Dice Francisco: “No pensemos solo en los ya beatificados o canonizados… En esta constancia para seguir adelante día a día, veo la santidad de la Iglesia militante. Esa es muchas veces la santidad «de la puerta de al lado», de aquellos que viven cerca de nosotros y son un reflejo de la presencia de Dios…” (GE 6, 7)

Con este texto se recordó su vida y su santidad en la Eucaristía del domingo siguiente de su partida a la casa del Padre. En realidad, simultáneamente se celebraron dos Misas recordando y dando gracias por la vida de Cristina, una en su parroquia y comunidad barrial: Mater Admirabilis, presidida por el P. Mauro Fernández, que unos días antes acompaño todo el velatorio y rezó allí el Rosario, luego la oración final a partir del Evangelio del día. Otra, en el enclave del Montevideo rural, km 20, Camino de la Ermita, en un monasterio que por ahora tiene un solo monje, Néstor María Etchepare. El vínculo de Cristina allí también era fuerte, ella ayudó a construir ese lugar y participó de su crecimiento paso a paso con su trabajo y con su oración. En ambos sitios ella dejó su huella, se entregó generosamente, también en ambos estuvo horas en oración silenciosa ante el Santísimo.

No sólo en estas dos comunidades era conocida su fe y su fidelidad eclesial. Catequista, responsable laica, delegada zonal, se la veía siempre presente en todas las celebraciones importantes de la Iglesia diocesana, como la Misa Crismal y las ordenaciones sacerdotales, también en las peregrinaciones a la Virgen de los Treinta y Tres en Florida. Pues si bien vivió siempre en el mismo sitio desde que llegó a Montevideo y allí fue madre, hermana, tía, vecina y amiga, podría decirse con propiedad que el verdadero lugar en el mundo de Cristina fue la Iglesia, la comunidad eclesial de la que se sentía parte y corresponsable, más allá del obispo o sacerdote o religiosas de turno. Ella era un ser eclesial, estaba realmente unida por la oración y la caridad a toda la Iglesia -la diocesana, la uruguaya, la universal- como pocas personas.

Su vida sencilla, humilde, de servicio, de entrega a las necesidades de los demás, fue un singo elocuente de sus firmes convicciones evangélicas. Era el familiar, la amiga y la vecina con la que se podía contar siempre, a cualquier hora. Se podía contar además con su oración; en su corazón cabían todas las cuitas “lo pongo en oración” -decía- apenas se le hablaba de una persona que sufría. Era fiel a aquello de “tú, cuando vayas a orar, entra a tu aposento, cierra la puerta, y ora a tu Padre que está en lo secreto”. Su oración -largas horas- era por todos los conocidos, sin duda, pero iba mucho más allá, por los niños, por los enfermos, por las prostitutas más pobres de las que se compadecía tanto, por los que vivían en la calle, por seminaristas y sacerdotes, a quienes cuidaba especialmente con su oración. Recientemente dijo que ofrecía por ellos su enfermedad.

Sin embargo, quizá el testimonio de su vida de fe que tuvo mayor impacto en su entorno, fue el modo como la vivió los últimos veinte años, a partir de la muerte de su único hijo, un adolescente de diecisiete años. ¿Cómo pudo resistir ese golpe, el mayor de muchos otros, cómo pudo seguir adelante con su vida, con su trabajo, con su entrega sacrificada y hacerlo desde la fe?, eso ha sido para muchos lo más misterioso y sagrado -aquello intocable y merecedor de respeto- de esta mujer. Su entrega a Dios y a la Iglesia, no comenzaron allí, pero allí se definieron como una consagración total. Una consagración que no la sacó del mundo y sus dificultades cotidianas, sino una consagración en su estado laical y en sus duras condiciones de trabajo y vida.

En Cristina hubo mucha renuncia, jamás una queja, callaba su historia de dolor, era suya y de Dios. Como María, a quién tanto quería, una espada le atravesó su corazón y permaneció clavada allí; ambas, como otras tantas mujeres, lo que no comprendía lo “guardaba en su corazón”. Mucha abnegación y silencio, quizá demasiado, fruto de una época o concepción. Le costaba mucho aceptar el cuidado o la ayuda, incluso estando ya muy enferma. Agradecía, pero, mientras pudo, quiso asumir su cruz heroicamente. Seguramente quiso hacerlo como Jesús, entregando su vida y sufrimiento por muchos.

Partió a la casa del Padre el 3 de mayo, fiesta de nuestros santos patronos: San Felipe y Santiago. De esa noche recojo algunos testimonios que llegaban entre lágrimas:

Dijo de ella una joven que quedó marcada por su testimonio: “La recuerdo una mujer íntegra, esforzada, de convicciones y mucha fe. Me generó mucha admiración con qué entereza afrontó tanto dolor por la pérdida de su hijo. Su historia tiene que servir para evangelizar a muchas personas, para dar testimonio de vida ante la adversidad, su fe se volvió un roble a partir de la muerte de Diego…”

Una amiga eligió esta foto que acompaña el artículo y dijo: “Amigos, les comparto la manera que elegí de recordar a Cristina: fuerte, jovial, encendida, feliz”. Porque es cierto, era seria, pero cuando reía tenía una hermosa risa y brillaban sus ojos, también, alguna vez, dejaba ver un humor especial.

Otro amigo puso el icono de oración con las manitos juntas y un corazón, entonces otro dijo: “Siento lo mismo que está expresando “X”: abrazo, oración, silencio. Uno se pregunta cómo serían realmente Jesús y sus apóstoles… María, seguro, no sería muy distinta de Cristina.”

“Los santos, lo son en su seguimiento a Jesús, no son seres perfectos, y son santos sin dejar su carácter, Cristina lo tenía y era capaz de pararnos en seco”, dijo el sacerdote sacando sonrisas luego de la homilía tan conmovedora. En dicha homilía se dejó ver la fineza del conocimiento y la admiración por Cristina y su fe, pero también el calado de la amistad, acrisolada a lo largo de quince años. Qué regalo y cuán edificantes son esas amistades de dos amigos de Dios.

Huelgan más palabras, para una mujer que eligió el silencio, asumir la cruz cotidiana, y la oración constante. Duele su partida, duele la ausencia de esa presencia tan discreta, pero nos queda lo mejor de su vida destilado, transparente, que seguirá creciendo en nuestro corazón de familiares, vecinos, amigos y de hermanos en la fe. Iremos aprendiendo más y más de ella, a medida que pase el tiempo: ese es el gran desafío de haber conocido a una santa. A la vez que afirmamos que hay distintas formas de santidad y precisamente esa diversidad enriquece a la Iglesia y al mundo a servir.

Concluimos con una extensa pero clave cita del Papa Francisco: “Dejémonos estimular por los signos de santidad que el Señor nos presenta a través de los más humildes miembros de ese pueblo que «participa también de la función profética de Cristo, difundiendo su testimonio vivo sobre todo con la vida de fe y caridad». Pensemos, como nos sugiere santa Teresa Benedicta de la Cruz, que a través de muchos de ellos se construye la verdadera historia: «En la noche más oscura surgen los más grandes profetas y los santos. Sin embargo, la corriente vivificante de la vida mística permanece invisible. Seguramente, los acontecimientos decisivos de la historia del mundo fueron esencialmente influenciados por almas sobre las cuales nada dicen los libros de historia. Y cuáles sean las almas a las que hemos de agradecer los acontecimientos decisivos de nuestra vida personal, es algo que solo sabremos el día en que todo lo oculto será revelado» (GE, 8)

Su comunidad y sus amigos que agradecen a Dios su vida.

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