(editorial): LA FE EN TIEMPOS DE PANDEMIA

una trabajadora social con camiseta de unicef sostiene a upa a un niño de unos tres años que la abraza. el niño parece triste, con su mirada perdida hacia el suelo. la voluntaria tiene los ojos bien cerrados y toca con su frente la cabeza del niño. el fondo esta muy desenfocado, parece un paisaje del tropico.La pandemia aún no ha terminado. Se ha empezado a vacunar, si bien de forma desigual; unos países han comprado seis dosis para cada habitante y otros ni siquiera han comenzado a vacunar. La injusticia social sigue reinando aún en medio de un drama que nos golpea a todos por igual.

CULTIVAR LA ESPIRITUALIDAD
A nivel de Iglesia se ha notado una viva preocupación por el culto litúrgico. Al cerrar los templos y al no haber celebraciones como antes, muchos cristianos se han rebelado a las normas de confinamiento invocando la libertad religiosa como si se tratara de una persecución a la fe cristiana. ¿Es que la fe solo se vive y practica en los templos?
Ya Jesús había dicho que Dios no está atado a los templos sino que se le podrá adorar “en espíritu y en verdad” (Jn 4,23 ). Este tiempo de pandemia debería ayudarnos a purificar y a profundizar nuestra fe, que no consiste principalmente en cumplir con unos preceptos; Jesús hacía curaciones en día de precepto. Debería servirnos para tomar el pulso de lo que hay que fortalecer en la Iglesia y más le hace falta, repensar nuestra fe y volver a lo esencial.
Nadie nos priva de cultivar la espiritualidad, una espiritualidad laical con la oración y la lectura bíblica en nuestras casas, algo que fácilmente olvidamos en los tiempos normales. No se trata solo de rezar sino de aprender a dialogar y convivir en paz y armonía. No hay mejor lugar para encontrar a Dios que en la familia (“donde hay dos o tres reunidos en mi nombre..”(Mt 18,20)  y en el prójimo, en el que sufre (Mt 25,40). San Pedro habla de un “culto espiritual agradable a Dios” (1Pe 2,5)  que no se practica en el templo sino en la vida. Muchos piensan que el sacerdote o la religiosa están más cerca de Dios porque se dedican a las cosas “espirituales”, mientras que el cristiano laico se dedica a las “cosas materiales”. Esto es antievangélico.
Espiritualidad es vivir según el Espíritu (Rom 8,9) todas las dimensiones de la vida: la familia, el trabajo, lo social, lo político…, buscando en todo agradar a Dios. Además, cuando decimos “Iglesia” enseguida pensamos en el templo parroquial, pero los templos son edificios de ladrillos. La “Iglesia” es una comunidad de personas en carne y hueso.
Es cierto que en pandemia debemos observar los protocolos, pero la comunidad tampoco se mide por estar todos juntos en el mismo lugar, sino por la fraternidad y los valores que nos unen, la ayuda recíproca; y hoy son muchos los medios para comunicarnos, porque la comunidad sobrepasa las fronteras del templo. Hay gente hoy que ya no sabe a qué parroquia pertenece ni tiene conciencia de parroquia. La mejor evangelización es el amor que nos tenemos unos a otros los cristianos.
Mucha gente se ha preocupado por el cierre de los templos, pero mucho menos  de la comunidad, de los hermanos enfermos, de los que han quedado solos, desanimados, con miedo… y que se pueden alcanzar con tan solo una llamada de teléfono. Es que para muchos el templo o la parroquia sigue siendo el lugar de los servicios religiosos, del encuentro con Dios pero no con los hermanos. Nadie te echa en falta si no vas un domingo a misa, si estás enfermo o vivís una tragedia familiar o te despidieron del trabajo. Y sin embargo se trata de realizar el mandamiento principal de Jesús, por el cual seremos reconocidos como discípulos suyos (Jn 13,35).
La Iglesia debe ser una gran familia y nuestras familias han de ser pequeñas Iglesias donde se reza, se bendicen y comparten los alimentos, se lee la Palabra, se celebra el perdón.

MÁS ALLÁ DE LA PANDEMIA
En los tiempos de las grandes persecuciones romanas no había templos y sin embargo el cristianismo se difundió de una manera espectacular. Los primeros cristianos se reunían en las casas y tenían una forma de vida en común que atraía a muchos; se atendía a huérfanos y viudas, ancianos, pobres y enfermos en el desamparo de las grandes ciudades.
Por otra parte, en la actualidad hay cristianos que cada vez más se conforman con ver o escuchar misa por televisión como si se tratara de un espectáculo, pensando cumplir así con Dios y la Iglesia. Y en adelante muchos no volverán a misa porque los medios televisivos a los que se han acostumbrado hacen más cómodo el “cumplimiento” festivo.
Pero… ¿cómo se puede participar de una cena compartida por televisión?  ¿Puede cenar alguien por el hecho de ver por televisión que otros están cenando?.
También hay que purificar nuestra idea de Dios. Muchos han creído que por mucho rezar, Dios acabaría con la pandemia como si Él fuera el responsable del virus. Sigue latente esa caricatura de un Dios que envía pruebas y castigos. Dios no es milagrero, respeta nuestra libertad y las leyes de la naturaleza, confía en nosotros, no interviene directamente en la historia que ha dejado en nuestras manos, ni para causar el mal ni para evitarlo.
Muchos se preguntan: ¿qué valor tiene la resurrección de Jesús cuando alrededor nuestro aumentan los contagios y las muertes, la miseria y el hambre?.  Tiene valor porque del mal, que no viene de Dios, Él puede sacar un bien mayor para nosotros si sabemos aprovechar las circunstancias.
La resurrección de Jesús no significa que ya no habrá problemas ni sufrimiento; significa que Él está a nuestro lado como el peregrino de Emaús (Lc 24,15) para escucharnos, alentarnos, inspirarnos, fortalecernos con su Palabra y su Espíritu y así enfrentar la vida como viene. Significa que habrá un triunfo definitivo sobre el mal de este mundo; significa la rehabilitación de parte de Dios de todos los inocentes masacrados a lo largo de la historia; significa que otro mundo es posible.
Muchos quieren volver a la normalidad. ¿Cuál normalidad? En este mundo, que creemos haber convertido en una aldea global, mueren de hambre diariamente 25 mil seres humanos (9 mil de ellos niños). Y esta pandemia silenciosa que desde hace tiempo asola a tantos países, es peor que el virus, más cruel y no tiene vacuna. A los países con hambre les venden armas. No ha cesado el dramático éxodo de los migrantes a pesar de la pandemia.
Esta pandemia nos ha enseñado a ser solidarios, porque nos necesitamos unos a otros. Nos ha enseñado como Iglesia, que se puede evangelizar también sin tantos y costosos recursos, desde la pobreza y lo poco que se tenga. Quizás esta sea la ocasión de realizar el sueño de una Iglesia pobre para los pobres, de una Iglesia “hospital de campaña” que sufre al lado de los que sufren.

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