“Y a tí una espada te atravesará el corazón”

fotograma en primer plano de María y Juan al pie de la cruz. juan sostiene a maría, que se toma de su brazo. los dos miran impactados hacia la cruz, aunque ésta no se ve. al fondo se ven tres personas, dos son guardias armados. los rostros de los discípulos están sutilmente iluminados.Era temprano, y el Templo estaba colmado de personas, que iban y venían. Nosotros con José habíamos llevado a Jesús, para cumplir el rito de presentarle a nuestro hijo al Señor. A las afueras del Templo se encontraban los comerciantes que vendían aquellos animales que las personas ofrecerán en Sacrificio. Yo me quedé con el niño en los brazos, mientras José se acercó a comprar un par de tórtolas…

En medio de ese ajetreo, cuando ya nos disponíamos a entrar en el templo, se acercó hasta nosotros un hombre mayor. El viejo nos miró con una profunda alegría, y nos pidió tomar a Jesús en sus brazos. Mi corazón palpitaba a mil por segundo, esa era una más de las reacciones que mi hijo producía. Simeón —así se llamaba el hombre— con Jesús entre sus manos, lo elevó y mirando hacia el cielo, bendijo a Dios, diciendo: “Ahora, Señor, tu promesa está cumplida: ya puedes dejar que tu siervo muera en paz. Porque he visto la salvación que has comenzado a realizar ante los ojos de todas las naciones, la luz que alumbrará a los paganos y que será la honra de tu pueblo Israel”.[1] Parecía que este anciano hombre había esperado muchos años para decir estas palabras, y en su rostro se iluminaba una promesa cumplida. Algo en mi corazón se aceleraba, casi podía sentir esas palpitaciones, y esos movimientos que percibí las primeras veces que Jesús se movía en mi vientre. Y yo me repetía una y otra vez en silencio: “Soy la esclava del Señor, hágase en mi según tu palabra”.[2]

Simeón nos devolvió al niño, y nos bendijo; pero de pronto su rostro se turbó. Su expresión cambió totalmente y las palabras que salieron de sus labios hicieron que todo cambiara. Me miró fijamente a los ojos, y lo que antes había sido un movimiento de las entrañas, ahora sentía como mi garganta se apretaba ante el rostro que se me develaba. De pronto, esas palabras me impactaron, resonando en todo mi interior: “Este hijo está puesto para la caída y elevación de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción. ¡Y a ti misma una espada te atravesará el alma!, a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones”[3]…. Se produjo un silencio, pero era extraño. Miraba a todos a mí alrededor, sus bocas se movían, pero mis oídos no podían escuchar palabra alguna. Sólo me repetía esa frase, “Y a ti misma una espada te atravesará el alma….” Yahvé, ¿qué quieres de mí? Yahvé, ¿qué quieres de él?

El camino estaba lleno de polvo, las carretas y los pasos de la gente caminando tan cerca entre sí, hacía que apenas uno pudiera ver lo que tenía enfrente. Íbamos con nuestros parientes, ya había pasado la fiesta de Pascua y muchos eran los que volvían de Jerusalén. Había pasado un día entero y no sabía nada de Jesús, pero realmente no me preocupé pues pensé que venía con los nuestros. De pronto, José, que se devolvió a buscarme después de caminar unos kilómetros más adelante para ver si alcanzaba a nuestro hijo, me miró con cara de desesperación, y me dijo: “Jesús no está, nadie lo ha visto. María, debemos devolvernos”. La angustia crecía en ambos, lo que habíamos avanzado era bastante, y rehacer el camino andado nos tomaba bastantes horas. Me preguntaba con angustia qué habrá pasado con Jesús, si estará bien, y dónde habrá pasado la noche. Luego de tres días de camino, logramos llegar hasta el templo. Estábamos desesperados. De pronto, al entrar, lo encontramos en medio de los maestros. ¡Fue tan extraño! Tenía tantos sentimientos dentro de mi interior, por un lado el miedo que aún sentía, por otro la alegría de encontrarlo. También sentía rabia por la actitud de Jesús, ¡cómo no se daba cuenta lo peligroso que era y las consecuencias que tenía que él no apareciera por tres días! Por otro lado, sentía también sorpresa y admiración al escuchar a este niño de doce años hablándoles a los maestros acerca de las Escrituras. En mi sorpresa, no aguanté más, me acerqué al círculo, lo tomé del brazo, y le dije: “Hijo, ¿por qué nos has hecho esto?, Mira, tu padre y yo angustiados, te andábamos buscando”[4] De pronto, mi hijo me miró, ¡cuántas veces había tenido esa mirada entre mis ojos! Sus ojos siempre me hablaban de Yahvé, sus ojos me enamoraban, me perdía en ellos. De pronto, sus ojos pusieron un semblante de sorpresa, y me comenzó a decir: “¿Por qué me buscaban? ¿No saben que debería estar en la casa de mi Padre?”[5] La verdad es que cuando Jesús me dijo esto quedé impresionaba, sabía que estaba expresando algo profundamente grande y revelador, pero yo no lograba comprender del todo lo que me decía. Lo tomamos y nos pusimos en camino hacia Nazaret, mientras le veía caminar junto a José. Mientras caminábamos, volvían mis recuerdos de esta historia entre Yahvé y yo, recordaba mi tiempo con Isabel, las pataditas del niño en mis entrañas, y el miedo que tenía de ser Madre, y en estas condiciones. Pero yo confiaba en Yahvé, y mi palabra estaba dada. A lo largo del camino, escuchaba a José que hablaba sobre las escrituras, y veía como Jesús le admiraba. Mientras Jesús crecía, estos signos que vivíamos cada vez se volvían más cotidianos, mi hijo me miraba, me sonreía, me preguntaba. Yahvé en nuestra pequeñez nos había bendecido. Al llegar la noche, y al mirarlo recostado, en mi corazón se abría una puerta a la contemplación profunda del Misterio de Dios y de la vida, y todo lo que sucedía con Jesús, lo guardaba en lo profundo de mi corazón.

….Repentinamente, sentí las voces de mis vecinas, que se acercaban a mi casa: “¡¡¡María!!! ¡María! ¡Ven corriendo!, ¡Ven, María! ¡Ven pronto, que es Jesús!”… ¿Jesús? ¿cómo va a ser Jesús, si hace tanto tiempo que no está? Había partido con su primo Juan, y hace tanto tiempo que no sabía de él. “¡¡¡María!!! ¡Que corras mujer, que Jesús está en la Sinagoga!” Tan rápido como pude, en medio ya de mi vejez, tomé los velos, me los puse, y salí rápidamente. Llegué a la sinagoga y lo vi como se levantaba para hacer la lectura… Mi hijo… ¡la entraña de mis entrañas, las entrañas de Dios!… Mi cuerpo quedó hipnotizado cuando comencé a escucharlo, citando al profeta Isaías: “El Espíritu del Señor está sobre mí, por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres; me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón; a pregonar libertad a los cautivos, y dar vista a los ciegos; a poner en libertad a los oprimidos; a predicar el año agradable del Señor.” [6] Después comenzó a explicar las escrituras, y añadió: “Esta Escritura, que acaban de oír, se ha cumplido hoy”[7]. Los balbuceos de todos y todas no se dejaron esperar: “¿Acaso no es este Jesús, el hijo de José el carpintero?”[8] Los que nos encontrábamos ahí en la sinagoga nos sorprendíamos de cómo Jesús hablaba y de lo que decía. Sin embargo, la cosa comenzó a tornarse más compleja. Jesús comenzó a hablar de Elías y de la sanación de la viuda de Sarepta[9], de Eliseo y la sanación de Naamán[10]. Los hombres que estaban ahí comenzaron a enojarse, pues Jesús estaba hablando de los profetas y decía ser uno de ellos, y que sus propios coterráneos no le podrían conocer. Para ellos, sólo era Jesús, el hijo de José. En ese instante, la ira de apoderó de ellos, los gritos eran insoportables y yo no sabía que hacer. Mi corazón se aceleraba y encogía, las mujeres que me había ido a buscar me dejaron sola. Me sentía abrumada, ¡tenía tanto miedo! A la distancia veía como empujaban a Jesús, con tanta fuerza, los niños corrían alrededor, y las mujeres también gritaban desde más atrás. Algunas mujeres de mi familia caminaban conmigo, ¡yo pensaba que lo matarían! Mi corazón no podía más, les gritaba, clamaba a esos hombres por clemencias, pero mis gritos parecían ahogados. ¡¡Jesús!!, mí Jesús, mi hijo, ¿qué le van a hacer?  Con la fuerza de sus empujones, llegando ya a las afuera de la ciudad, lo llevaron a una altura escarpada en el monte, ¡¡ahí querían arrojarle!! ¡No, mi hijo no!, ¡mi hijo no! Mis lágrimas se ahogaban en mi garganta, me sentía, tan pero tan sola. Cuando llegaron casi al final, Jesús se detuvo entre ellos y con fuerza se abrió camino… [11]

Al pasar entre la gente, se encontró conmigo, me miró… traspasó su mirada con la mía, se acercó a mí, me dio un beso en la frente y siguió. Esa noche durmió en la casa, y muy temprano al alba se levantaría para irse. Nuevamente contemplé a mi hijo, era ya un hombre grande. ¿Cuándo había crecido tanto? ¿En qué momento se había convertido ya en nuestro Mesías? ¿En qué momento se había dado cuenta qué era el Hijo de Dios? A la mañana siguiente, muy temprano, se levantó. Hervía el agua, me miraba sonriendo, con esa mirada tierna, que solo él sabía tener para que yo me calmara. Al amanecer, abrió la puerta, me miró entrañablemente, me dio un beso en la frente y salió…

Jesús se había levantado de la mesa, se había quitado el manto y había comenzado a lavarle los píes a cada uno y cada una de los que nos encontrábamos en esa cena. Cuando Jesús tocó mis pies, nuevamente mis recuerdos se agolparon. Mi hijo, ¡cómo se había convertido en todo un hombre! El contexto en que nos encontrábamos era realmente difícil, las palabras y las acciones que Jesús había proclamado por todas las ciudades de Galilea lo habían convertido en un hombre perseguido. Le amaban y le odiaban, lo buscaban para sanar y lo perseguían para enjuiciar. Los hombres y mujeres que le seguían se habían vuelto su familia, sus hermanos y hermanas, y yo me había convertido en madre de muchos y muchas de ellos. Jesús estaba a mis pies, y aun en medio de todo lo difícil que estaba siendo en ese momento, ese hijo mío me miraba con dulzura, con agudeza, con profecía. En sus ojos se habían quedado grabados tantos gestos de amor, su cuerpo ya no era el mismo, se había transformado, en ese pequeño cuerpo que tomé y arrullé en mis brazos, el hombre que me miraba se había transformado en el Maestro… un maestro de amor. Jesús me seguía mirando, los segundos parecían eternidad, de pronto, sus labios tocaron mis pies, mi garganta se apretaba, yo que había aceptado ser la sierva de Dios[12], contemplaba en mis pies a quien se había hecho el siervo… y el siervo sufriente[13]. Sus labios me bendecían, sus manos me acariciaron, así como yo tantas veces acaricié los pies de mi pequeño, luego los secó, y humildemente se acercó a mi cabeza y me besó… De la nada, me vi en el templo. Hace meses que, cada vez que sabía algo de Jesús o le contemplaba hablando del Reino, sentía en mi vientre y en mi corazón las palabras del viejo Simeón. La angustia me abrazaba y me preguntaba si esas palabras se acercarían ya a su destino. Esa noche la angustia era mayor. Aun cuando escuchaba a Jesús hablar del amor, y de un amor fraterno hasta el extremo, no podía disfrutar de aquellas palabras. Mi corazón algo presentía. Al terminar la cena Jesús se acercó, se despidió y salió con los hombres.

“¡¡¡María, María!! ¡¡despierta!!”  María Magdalena me movía, en medio de los movimientos y del despertar en alerta, yo no quería despertar. Sabía, sabía que algo terrible se avecinaba. En seguida, María lo gritó: “¡¡María!!, han apresado a Jesús y lo han llevado a la casa del Sumo Sacerdote, casi todos han escapados, ¡pero al parecer Pedro le ha seguido de cerca!” Nos levantamos tan aprisa como pudimos, era de noche, pero se notaba que ya se acercaba el alba, fuimos cautelosas. Otras mujeres también vinieron con nosotras. Casi al llegar a la casa del sumo sacerdote, se escuchó a un gallo cantar, de pronto vimos a Pedro que salía del lugar, lo vimos, como nunca, llorar totalmente derrumbado[14]. Le pregunté: “Pedro, Pedro, ¿qué ha pasado?” Pedro ni siquiera nos podía mirar, de su boca no salían palabras. En medio de ese silencio agónico, mi corazón se desesperaba, en mi vientre sentía patadas de un niño que parecía gemir por su dolor, un dolor de agonía que se acercaba a la muerte. En cuanto se hizo de día, llevaron a Jesús al Sanedrín[15], tenían que llevarlo donde se encontraban el consejo de ancianos del pueblo, los sumos sacerdotes y los escribas. Sólo alcanzamos a divisar a Jesús de lejos, la gente no nos permitía acercarnos y además muchos de los que estaban con nosotras tuvieron que abrirse paso. En cierta medida se lo impedían por miedo a que quedáramos en evidencia y también nos persiguieran, tanto a ellos como a nosotras nos. Cerca de las diez de la mañana nuevamente sacaron a Jesús. Alcancé a mirar su rostro; ¡Mi hijo, mi hijo, cómo sufría! ¡Su rostro mostraba el sufrimiento, el del pobre, el de aquel que no se le otorga palabra, el rostro de la injusticia! Iban de camino hacia donde Pilatos, quizás, quizás algo de esperanza quedaba, quizás Pilatos algo haría, pero al rato de llegar donde él, lo enviaron donde Herodes[16]. Lo arrastraban y empujaban, le gritaban y se mofaban, el tumulto de gente que le acompañaban solo se burlaba, ¿y los demás?, ¿los nuestros dónde estaban? A unos metros de distancia, divisé a Juan, cerca de mí había algunas mujeres, y sosteniéndome se encontraban María Magdalena y María, la madre de Santiago. Luego, Jesús fue llevado nuevamente donde Pilatos[17]. Desde fuera se escuchaban los gritos de los que allí se encontraban aglomerados y que repetían una y otra vez: “¡Crucifícalo, crucifícalo!” [18] La única esperanza que había, ahí se esfumó. Era verdad, era la derrota final, Jesús iba a morir. El corazón se me comenzó a desgarrar, las piernas no me afirmaban, la respiración acelerada que no alcanzaba a entrar en mis pulmones… pero este era el comienzo, había que seguir. Jesús salió con otros, camino al Calvario[19]. Su rostro estaba destruido, le habían colocado una corona de espinas, burlándose de él[20], y desde su cabeza descendían hilos de sangre, que bajaban por sus ojos, por sus oídos, por su nariz y su boca. Su espalda desnuda se encontraba llena de heridas, producto de los latigazos que los soldados le habían infligido[21] y de los que le seguían dando mientras caminaba. El deterioro físico de Jesús era tremendo, había tanta gente alrededor que era muy difícil acercarse hasta él. Le gritaban, le insultaban, se burlaban. De pronto Jesús calló, intenté acercarme lo que más pude, para que me alcanzara a ver y supiera que estaba con él. El cordón que los soldados romanos habían colocado estaba frente a mí. Sentía como de mi rostro se escapaban lágrimas como ríos incontenibles, mi niño, mi hijo, mi Jesús.

Jesús yacía tirado en el camino, los soldados lo patearon para que se levantara, afirmado del madero que llevaba levantó su rostro y se encontró conmigo. Nuestras miradas se cruzaron, parecía que la vida se había acabado, no había ruidos, ni gritos, ni empujones. Ese niño que había estado entre mis brazos se encontraba frente a mí. Yo, su madre, lo afirmaba con la fuerza de mi alma, para que supiera que sin poder hacer nada, yo estaba ahí con él, que estaríamos juntos hasta el final[22].

Al llegar al calvario, tomaron a mi hijo, lo pusieron sobre el madero, y lo clavaron. Cada clavo lo sentía en mi corazón, las palabras de Simeón las sentía como gritos ante mis oídos, sentía que me iba a morir, pero no me moría, ahí seguía, María Magdalena y Juan me afirmaban, el resto se había quedado más atrás. Los gritos y las burlas no cesaban. Jesús dialogó con los que estaban también crucificados con él[23], yo sólo le escuchaba, me quería acercar a tocar sus pies como él había tocado los míos en esa noche, en esa última noche…. y no me dejaban. ¡Cómo unirnos en medio de la separación, como besarlo en la distancia, cómo acariciarlo sin las manos! Cada vez que Jesús gemía, mi corazón se moría…. Un poco, y un poco más. Cerca ya de las tres de la tarde, Jesús ya no aguantó más y gritó: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” [24].

Mi cuerpo se desvaneció…. Sentada en el suelo, por orden de José de Arimatea, bajaron a mi hijo, y lo envolvieron en una sábana[25], por última vez lo pude tomar en mis brazos… Su cuerpo sin vida se encontraba conmigo… La espada me atravesó… Mataron a mi hijo.

María José Encina Muñoz.
Hermana Comunidad Adsis.

[1] Lc. 2, 29-32.

[2] Lc. 1, 38.

[3] Lc. 2, 34-35.

[4] Lc. 2, 48.

[5] Lc. 2, 49.

[6] Jesús citando Is 61, 1 en Lc. 4, 18-19.

[7] Lc. 4, 21.

[8] Lc. 4, 22.

[9] Jesús citando el pasaje de 1 Re 17, 8-24, en Lc. 4, 26.

[10] Jesús citando el pasaje de 2 Re 5, 1-26 en Lc. 4, 27.

[11] Lc. 4, 29-30.

[12] Lc. 1, 38.

[13] Los “Cantos del Siervo de Yahvé” son un conjunto de poemas proféticos en los que Isaías anuncia cómo sería el Mesías. Están en Is 42, 1-9; 49, 1-6;1​ 50, 4-11; 52, 13 – 53,12.

[14] Mt. 26, 69-75; Mc. 14, 66-72; Lc. 22, 54-62; Jn. 18, 15-27.

[15] Mt. 27, 1; Mc. 15,1; Lc. 22, 54.

[16] Lc. 23, 1-24.

[17] Mt. 27, 11-26; Mc. 15, 2-15; Lc. 23, 1-24; Jn. 19, 28 – 19,1.

[18] Jn. 19, 6.

[19] Mt. 27, 31; Mc. 15,20; Lc. 23, 25; Jn. 19, 17.

[20] Mt. 27, 27-31 ; Mc. 15, 16-20.

[21] Mt. 27,26; Mc. 14,15; Lc. 23, 63-65; Jn. 19,3.

[22] Aunque este episodio no aparece explícitamente en los relatos evangélicos, San Francisco de Asís lo recoge en la cuarta estación de su Via Crucis tradicional. Es muy probable que este sí haya ocurrido durante el camino de la cruz. Una bellísima evocación del encuentro de Jesús con su Madre aparece en el film “La Pasión de Cristo”.

[23] Lc. 23, 39-43.

[24] Lc. 23, 46.

[25] Lc. 23, 50-53.

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