(Tema Central) EL SUEÑO DE PAPA FRANCISCO

(una Iglesia pobre para los pobres)

Francisco pronto a subir de acompañante en la Renault 4 que le fuera regalada. Parece contento. La antigua camioneta luce bien, y está estacionada en un patio vaticano, varios hombres observan el auto.
El Papa sube a su Renault 4, un regalo con 300.000 km

El papa Francisco al explicar por qué había elegido el nombre de Francisco dijo: “¡Cómo quisiera una Iglesia pobre para los pobres!”. Era su programa secreto, que expresará después en forma reiterada y contundente. ¿Se está realizando este sueño? Es prematuro un balance, pero muchos se preguntan si hoy la Iglesia en su conjunto está caminando realmente hacia ese objetivo evangélico.

EL PAPA PREDICA CON EL EJEMPLO
San Francisco vivió en tiempos del Papa Inocencio III, justo en el apogeo de su poder temporal, en el marco de una Iglesia rica y poderosa como nunca. Y sin embargo Francisco oyó la voz de Cristo que lo invitaba a “restaurar su Iglesia”. Francisco no era sacerdote (solo al final de su vida pasó a ser diácono) y había cursado apenas tres años de primaria. Lo que le proponía esa voz era algo imposible a primera vista. Lo primero que hizo entonces fue despojarse de todas sus riquezas, ir a vivir en la periferia de Asís junto a pobres y leprosos. Acompañado por unos compañeros, sin romper con la Iglesia, empezó desde abajo y sin ruido una gran reforma, tratando de vivir el evangelio “sine glosa” (=sin comentarios ni añadiduras). También para Bergoglio el nombre “Francisco” significó un nuevo proyecto de Iglesia; un proyecto que iba a chocar y a desatar muy fuertes resistencias.
Por eso también él quiso predicar antes que nada con el ejemplo. Dejó el palacio y fue a vivir en una casa de huéspedes en el Vaticano, Santa Marta, en un simple departamento y participando de las comidas comunes. Se presentó al pueblo por primera vez simplemente vestido de blanco con su cruz habitual de cardenal. Su sueño venía de lejos; ya de cardenal vivía en un pequeño departamento, salía para comprar el diario y la comida, viajaba en ómnibus o en tren como todos. Este Papa rechazó el trono pontificio y toda la parafernalia vaticana; lo vimos subir a los aviones con su valijita, recorrer las calles de Roma, cambiar el papamóvil por un simple auto. No quiere que lo llamen “su santidad” o Santo Padre, que se arrodillen o le besen la mano. Ser pobres significa ser humildes. El papa Francisco se presentó al pueblo desde un primer momento como un obispo más, el “obispo de Roma” encargado de presidir la Iglesia en la caridad. Pidió al Pueblo de Dios que rezara por él y solo después lo bendijo. Se rodeó de un Consejo de Cardenales, promovió amplios cuestionarios antes de los Sínodos, reconoció sus errores como en el caso de la Iglesia Chilena, se declaró disponible a cualquier entrevista, a dialogar también con personas no creyentes. Se lo vio usar el teléfono con facilidad y responder cartas, recordar el nombre de una persona muerta por el frio invernal en las calles de Roma, acercarse con naturalidad a la gente, abrazar y besar, tocar y dejarse tocar.
Obviamente no fue fácil, sobre todo para cardenales y obispos acostumbrados al estilo hierático y lejano de los papas anteriores, adaptarse a esta nueva realidad tan alejada del acostumbrado poder papal. Sin embargo, esto nos ha ayudado a entender que si bien la institución de la Iglesia guarda la memoria sagrada de Jesús y de los Evangelios, está hecha de hombres que no pueden pretender ser superiores a los demás, ni ser siempre guías y maestros de los demás. Francisco ha hablado con audacia de “conversión del papado”; con él, a través de sus gestos y actitudes, el primado absoluto del Papa se está convirtiendo en colegial y sinodal.

El Papa era prácticamente considerado hasta hace poco como un monarca absoluto e infalible; había pasado de ser sucesor del pescador Pedro a Vicario de Cristo y finalmente a representante de Dios en la tierra con cantidad de títulos que el actual Papa borró firmándose tan solo con su nombre: Francisco.
No es de extrañar que tanta sobrecarga haya aplastado las espaldas del papa Benedicto.  Francisco llegó a hablar de la Iglesia como de una “pirámide invertida”; no primero el Papa y los obispos, sino primero el Pueblo de Dios y los demás a su servicio. Ya no hay culto a la personalidad en la Iglesia y nunca se disfrutó como hoy de tanta libertad de opinión y expresión. Lamentablemente de esta libertad se aprovecharon los opositores de Francisco para calumniarlo y descalificarlo de manera brutal.

 

UNA IGLESIA POBRE
El documento de Aparecida, que ha inspirado al Papa actual, dice que “la Iglesia cumple su misión siguiendo a Jesús pobre y servidor” (n.31). No se puede imaginar a Jesús viviendo en un palacio, ni como el del rey Herodes ni como los del Vaticano ni de tantos obispos y nuncios, algunos suntuosos y casi principescos. Cuando hablamos de pobreza de la Iglesia, hablamos de “pobreza evangélica”, la que trata de imitar el estilo de vida del Nazareno. El signo de la encarnación de Dios fue la pobreza (Lc 2,12). Jesús nació y creció pobre, pero no como mendigo de la calle ni tuvo un estilo de vida como el de Juan el Bautista. Vivió dignamente de su trabajo y se rodeó de trabajadores que supieron compartir sus bienes y nunca les faltó lo necesario. Pero su vida era como la de los pobres pobladores de las aldeas y a sus misioneros les exigió (Mt 10,5-10) llevar consigo lo mínimo indispensable. Toda su vida Jesús la pasó en un mundo rural marginado, muy alejado de los centros de poder, rodeado del “populacho maldito” (Jn 7,48).  Y decían de él: “¿a caso alguno de los notables o de los dirigentes religiosos creyó en él?”.  Jesús advirtió repetidamente a sus discípulos sobre el peligro de la riqueza, de la avidez de dinero. Contrapuso el animal más grande (el camello) al agujero más chico (el de una aguja) para mostrar con una hipérbole como es imposible que uno que sigue al dios dinero, pueda entrar en el Reino.
Muchos en la Iglesia piden hoy que los obispos sean menos “excelencia” con mitras y atuendos honoríficos obsoletos y sean más hermanos (Mt 23,8). Hasta mediados del siglo XIX la Iglesia hacía alarde de títulos, prestigio, riqueza, poder como algo que enaltecía la religión. El apoyo de la Iglesia a los sectores ricos y poderosos, autoproclamados defensores de la Iglesia, ha llevado a que las revoluciones modernas fueran en su mayoría anticlericales. La Iglesia es atractiva por su entrega, no por su poder y grandeza. Como consecuencia en ese siglo, los más desheredados, los obreros, abandonaron la Iglesia. “En la época moderna, a pesar de haber tenido tantos santos, la impresión fue que la Iglesia era rica, una Iglesia de ricos y una Iglesia al lado de los ricos”, afirma el teólogo español Luis Gonzales –Carvajal.
El cambio ha llegado con Juan XXIII, el Concilio, el Pacto de las Catacumbas, los documentos de la Iglesia Latinoamericana con su opción por lo pobres, la inserción en los medios populares, las comunidades de base, la valoración de la piedad popular. Este camino interrumpido y frenado por un tiempo, ha sido retomado por el papa Francisco; con él el Tercer Mundo y los pobres han entrado en el Vaticano. “La Iglesia es servidora y como servidora ha de ser pobre. Como esposa del carpintero, la Iglesia no puede ser ni aparecer como una gran señora” (Paul Gauthier). También la vida religiosa con sus grandes obras, grandes edificios y grandes colegios se presenta muchas veces poderosa e imponente. Hoy las grandes obras no convencen a nadie; se privilegia el testimonio de vida. El Evangelio no es una ideología sino una forma de vida.

El religioso p.Simon Pedro Arnold escribe en el libro “El riesgo de Jesucristo”: “La pobreza que profesamos con un voto es muchas veces un eufemismo, siendo el sistema más eficaz para volverse ricos juntos, gozar de seguridad y bienes materiales; y así terminar viviendo entre la ínfima minoría de los privilegiados y ser una burla para los pobres”. La pobreza evangélica no es simplemente pobreza sociológica. Es humildad y confianza en Dios, en su Providencia al estilo de los “pobres de Yavé” (Sofonías 131). La Biblia habla constantemente de personas humildes y pobres que, confiando en la ayuda de Dios, han enfrentado los poderes de este mundo. Una Iglesia pobre se acerca a los pobres viendo a Jesús en ellos (Mt 25); no solo evangeliza sino que se deja evangelizar, no solo enseña sino que escucha y aprende.

 

LA POBREZA EVANGÉLICA
También los laicos están llamados a practicar la pobreza evangélica. La Iglesia desde los primeros tiempos siempre ha enseñado que nadie tiene el derecho de ser rico mientras haya gente que les falta lo indispensable para vivir. Se suele decir: “somos todos pobres”. Sin embargo, siempre hay pobres más pobres que uno, con los que hay que compartir; además la pobreza no es tan solo económica. Hay que repartir entre los pobres lo que sobra y deshacerse de lo superfluo, según el Evangelio. En la práctica a nadie nunca le sobra nada (a no ser cuando se quiera limpiar la casa). Lo superfluo depende de las exigencias que uno tiene y del amor al prójimo que practica. A los que no aman a nadie, nada les sobra; a los santos que se desviven por los demás, todo les sobra. Hay muchos cristianos, aún practicantes, que no tienen conciencia de esta pobreza evangélica, la que no es opcional sino vinculante para todos. Estos cristianos se dejan llevar por la mentalidad consumista de la sociedad de hoy y no por el mandamiento de la caridad. Las mismas ciencias sociales constatan que la única forma que no haya hoy pobres tan pobres, es que no haya ricos tan ricos. Esto significa conformarse con lo necesario, evitar el despilfarro, reducir los consumos promovidos por una publicidad falsa como si fueran necesidades indispensables, sacarse de encima la preocupación esclavizadora de estar a la última moda, mantener el status, tener lo que los demás tienen.
Hoy la pandemia y el aumento exponencial del hambre en el mundo deberían convencer también a las personas que han sido insensibles a la voz de los profetas. Lamentablemente entre nuestros hermanos evangélicos se va difundiendo una teología de la prosperidad que es todo lo contrario de lo que nos enseñó Jesús.
Muchos entre los católicos extrañan una predicación y una catequesis más severa no solo sobre la moral sexual sino también sobre el uso del dinero, la justicia social, la corrupción pública, la opción por los más pobres en una sociedad que adora al becerro de oro. La pobreza en sí misma no es un bien; por el contrario, hay que combatirla. Jesús no canoniza la pobreza ni demoniza la riqueza cuando por ejemplo esta permite crear fuentes de trabajo. La pobreza “evangélica” es una pobreza voluntaria y no es fin a si misma sino como todo el Evangelio está en función de la caridad. Jesús se hizo pobre por amor a los pobres, no por amor a la pobreza. La pobreza evangélica nace del amor entre hermanos como en las primeras comunidades cristianas donde todo lo compartían y por eso no había indigentes (He 5,34). La admiración de los paganos hacia ellos no era porque eran pobres, sino porque compartían sus bienes y se ayudaban como hermanos. ¿Se da hoy esto en nuestras comunidades cristianas? El famoso biblista Jacques Dupont escribe: “Una Iglesia que ama no puede ser sino una Iglesia pobre; la pobreza es el criterio de su caridad”.

 

UNA IGLESIA PARA LOS POBRES
La Iglesia, como la tenemos hoy, nunca podrá imitar en su radicalidad a san Francisco de Asís: ser pobre “como” los pobres. Por eso el papa Francisco se limita a soñar con una Iglesia pobre “para” los pobres. Alguien puede decir y con razón: “siempre la Iglesia ha trabajado para los pobres”. Pero Francisco no habla de una caridad paternalista, hecha desde arriba como limosna, beneficencia o asistencialismo. Sin renegar de ello, habla de justicia, equidad, condivisión, solidaridad que no significa “dar” sino “compartir” (lo propio). Habla de atacar las causas socioeconómicas y políticas de la pobreza. Denuncia con un lenguaje incisivo y directo, no equilibrista ni diplomático, las injusticias desde la Doctrina Social de la Iglesia; sobre todo desde la teología de la liberación que le ha dado a la Doctrina Social mayor concreción; y eso para no quedar “en grandes principios sociales que son meras generalidades que no interpelan a nadie” (EG 182). Habla de luchar “con” los pobres por sus derechos, para que ellos mismos sean los protagonistas del cambio social. Esto significa bajar del pedestal, cambiar estilo de vida, forjar nuevas relaciones. Las personas que no conocen de cerca la miseria o no la han experimentado alguna vez, difícilmente se librarán de los prejuicios burgueses.
La pobreza evangélica sirve para cortar distancias, bajar del burro, acercarse al herido que está al borde del camino, compartiendo su situación, dispuestos a compartir la misma suerte y luchar para que el herido pueda ponerse de pie y caminar por sí mismo. Es lo que hizo el papa Francisco al bajar a la isla de Lampedusa entre los inmigrantes, en Lesbos o con los sintecho de la ciudad de Roma.
En sus viajes no busca baños de masa, sino apoyar a las minorías cristianas y a los países pobres o en guerra. Es incuestionable que el tema social con la opción por los pobres desde la Evangeli Gaudium, pasando por Laudato si hasta Fratelli tutti, ha sido un tema fundamental de este pontificado. La nueva frontera es la “fraternidad humana”.
Una Iglesia pobre es misionera y se dirige a las periferias, escucha y da cabida a los pobres. Aún en la pastoral ordinaria, lo más importante por ejemplo en las charlas prebautismales de la parroquia, no es la brillante exposición del sacerdote o del ministro, sino que se les devuelva la voz a los más pobres y analfabetos; que puedan expresarse, que su experiencia sea escuchada, su fe valorada.
El éxito del pentecostalismo protestante radica fundamentalmente en la ausencia o lejanía de la Iglesia Católica de las personas y sectores más marginados. Una Iglesia pobre no condena ni excomulga; practica la mansedumbre a ejemplo del Maestro.
El papa Francisco rechaza cualquier tipo de rigidez doctrinal, de proselitismo o cruzada y no se cansa de hablar de la “revolución de la ternura” porque el yugo del Señor es “suave” y su corazón “manso y humilde”. Pide el cuidado amoroso de las personas y del ambiente. A los rígidos defensores de la doctrina y de la moral les recuerda que en la parábola del hijo pródigo al único que Jesús criticó fue a ese hijo bueno y fiel, siempre obediente pero que no supo acoger al hermano perdido; y compara la Iglesia a un “hospital de campaña” después de una batalla. Todos debemos tener la cercanía y la delicadez de un medico para curar heridas. El Papa insiste en la “medicina de la misericordia” recomendada por Juan XXIII. Quiere una “Iglesia en salida”, pero no para conquistar y convertir gente. Pide más bien la “conversión pastoral” de los que evangelizan, un testimonio más creíble, un acercamiento más cordial y dialogante, “con un oído puesto en el evangelio y otro en el pueblo” (beato Enrique Angelelli).

 

¿REFORMA DE LA IGLESIA?
Algunos dicen que debido a la edad del Papa y a las consecuencias inesperadas de la pandemia, el dinamismo reformador de este pontificado ha empezado a menguar. Los que esperaban más reformas estructurales en la Iglesia se sienten como defraudados. Quizás no se haya entendido lo que el Papa ya ha expresado muchas veces. Él no hará la reforma de la Iglesia. Los sueños para que se hagan realidad deben ser compartidos por todos. Lo que el Papa ha hecho y hace es abrir caminos; dar los primeros pasos, pasos lentos pero progresivos, que a la larga serán irreversibles. Esta metodología la describe muy bien el teólogo José Ignacio Gonzales Faus hablando de Francisco: “Levanta una escalera y sube solo un peldaño; abre una puerta y solo se asoma sin pasar del otro lado. Pero queda la escalera levantada y la puerta abierta”.

 

                                      PRIMO CORBELLI

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