“Economía sin Trata de Personas. Una mirada rioplatense” 

Red Kawsay

Ponencia de Dr. Pablo Guerra

El pasado 8 de febrero, fiesta de Santa Josefina Bakhita (la religiosa sudanesa que de niña vivió la dramática experiencia de ser víctima del tráfico humano), la Iglesia celebró la VII Jornada mundial de oración y reflexión contra la trata de personas que este año llevara como título, “Economía sin trata de personas”. Este título está en línea con la encíclica del Papa Francisco, Fratelli tutti, “que aporta el marco propicio para sentar las bases de un sistema económico justo y sostenible, donde no haya lugar alguno para la trata de personas”.

El pasado jueves 11 la Red Kawsay organizó un panel del que participaron Cristina Calvo, doctora en Economía del Comportamiento y Sociología Económica, y magister en Gobernabilidad y Desarrollo, de la Argentina; y Pablo Guerra, licenciado en Sociología y doctor en Ciencias Humanas, del Uruguay.
A continuación ofrecemos la ponencia completa de Pablo, que integra la redacción de Umbrales:

“Economía sin Trata de Personas. Una mirada rioplatense” 

Mesa Redonda organizada por Red Kawsay

11 de Febrero de 2021

 

Ponencia de Dr. Pablo Guerra

 

Agradezco a la Red Kawsay la invitación para reflexionar sobre el papel de la economía en la Trata de Personas. Ambos temas, como se comprenderá, forman parte de esos asuntos que nuestro Papa ha abrazado con especial sensibilidad. Todos sabemos la importancia que le adjudicó al drama de la Trata de Personas incluso desde sus años en Buenos Aires. Respecto a la economía, su llamado en torno al proceso denominado “Economía de Francisco”, constituye sin duda una gran contribución para apostar a una economía centrada en nuevos valores. Recordemos que en el Mensaje para presentar la idea del ciclo “Economía de Francisco”, expresa como propósito

 

“conocer a quienes hoy se están formando y están empezando a estudiar y practicar una economía diferente, una que da vida y no mata, incluye y no excluye, humaniza y no deshumaniza, cuida la creación y no la despoja” (Francisco, 2019).

 

Señalando además,  que le motiva la idea de un “pacto”  para cambiar la economía actual y dar un alma a la economía del mañana.

 

Sobre las características que asume esa economía, hemos escrito algunos pequeños artículos de divulgación para la Revista UMBRALES durante todo 2020. Sobre esa base y en relación a lo que se desprende de textos actuales del Magisterio, comparto a continuación una síntesis de algunos principios y orientaciones a tener en cuenta:

 

  • el campo de la economía necesita de la ética;
  • esa ética debe fundarse en una concepción de persona no solo racional sino además relacional;
  • el centro de la economía debe ser la persona. En tal sentido debe haber primacía de la persona sobre el capital.
  • La propiedad privada es importante, pero sobre ésta pesa una hipoteca social
  • las relaciones económicas de intercambio entre equivalentes son tan fundamentales como las relaciones basadas en el don;
  • la antropología relacional descubre motivaciones dirigidas al bien común antes que al mero crecimiento indiscriminado de ganancias;
  • la legitimidad de los sistemas económicos depende no solo del crecimiento del PBI sino fundamentalmente del desarrollo integral;
  • necesidad de contar con nuevos parámetros “donde ganancia y solidaridad no sean antagónicas”;
  • necesidad de la libertad de iniciativa pero enmarcada en criterios éticos para evitar intereses oligárquicos;
  • los mercados no son capaces de regularse por sí mismos, ni de generar los fundamentos de cohesión social, ni de evitar las externalidades negativas (caso de las injusticias sociales y ambientales);
  • las condiciones de asimetría en las que se comercializan algunos productos aunque legales suponen graves violaciones desde el punto de vista ético;  y las condiciones en las que se comercializan ciertas “mercancías ficticias” son resultado de una explotación no solamente vacías de ética, sino además violatorias de los derechos humanos más fundamentales.
  • Concluyendo: una buena economía debe partir de la denuncia de aquello que hace daño y avanzar hacia la construcción de una nueva cultura basada en la solidaridad y en el amor.

 

Respecto a la trata de personas, todos sabemos de sus causas y repercusiones desde el punto de vista económico. Algunas cifras ya han sido divulgadas en el marco de campañas como las desarrolladas por la Red Kawsay. En esta oportunidad, me gustaría concentrarme en algunos aspectos económicos que puedan resultar de interés para comprender mejor su papel desde una perspectiva humanista y cristiana.

a) Siguiendo la tradición de Polanyi, el campo de la economía debe quedar subsumido a lo social, esto es, una especie de “economía moral de la multitud” como describe Thompson. En ese sentido, el mercado debe incorporar normas éticas, de hecho siempre lo hizo, siendo éstas tanto de origen religioso como secular.

En otras palabras, siguiendo a Walzer, no todo debe ser comprado o vendido en nuestros mercados. Llevar al campo de las mercancías a las personas es una inmoralidad. El trabajo, como han señalado todos los humanismos, no es mercancía. La persona no es mercancía. Ustedes dicen en la campaña de este año “La vida no es una mercancía. Se trata de personas”. Yo agrego, en la economía tampoco todo es mercancía.

El mercado del sexo y  de la explotación laboral, sin embargo, no sabe de ética. Y así como durante cientos de años no solamente hubo tráfico de esclavos y esclavas, sino que se le justificaba; hasta que la sociedad reaccionó al respecto; ahora se visibiliza especialmente un tráfico de personas conocido en castellano como “Trata” en el que participan importantes intereses materiales y que tanto se asemeja a lo anterior, al punto que que cada día se habla más del concepto de las “formas modernas de esclavitud” con casi 50 millones de afectados, la mayoría niñas y mujeres.

Hoy más que nunca es necesario discutir el alcance de la mercancía y desde una perspectiva humanista denunciar todo imperialismo economicista que tienda a evitar reflexionar sobre asuntos éticos.

Las personas no pueden ser entendidas ni como recurso económico, ni como bienes de consumo, eso es algo que no se puede concebir desde una nueva ética del trabajo y de la economía. Más aún cuando ese “bien” esconde un “mal” atrincherado en los sectores de mayor vulnerabilidad, ya sea ésta de tinte educativo, social, de ingresos o por adicciones; algo que nosotros hemos estudiado detenidamente cuando analizamos las condicionantes sociales que conducen a la prostitución en Uruguay.

Por eso bregamos por una economía centrada en la vida y contextualizada en búsquedas más inclusivas y amplias, llámese “Desarrollo Humano Integral” como decimos en el seno de la Iglesia, llámese “Sumak Kawsay” o “Sumak camaña” como nos enseñan los pueblos milenarios andinos.

 

(b) La definición del campo de la economía. La economía es mucho más que el análisis de las relaciones de intercambio o la fijación de precios. La economía debe abrirse a relaciones económicas que muestran el papel de la solidaridad, de la cooperación, del don o de la reciprocidad. El análisis económico debe guardar especial atención al tema de la satisfacción de las necesidades. Pero esas necesidades deben ser constantemente interpeladas. Como señalan Max Neef y Razeto entre otros, debemos incorporar las dimensiones valóricas en el campo de estudio de las necesidades, a los efectos de distinguir las verdaderas necesidades de meros pseudosatisfactores o satisfactores violadores. Desde nuestro punto de vista, ninguna necesidad es genuina si se basa en la violación de los derechos humanos. Ninguna actividad económica puede ser legítima si se convierte a una persona vulnerable en merca mercancía. El principio de la dignidad de la persona humana es supremo.

Una economía más humana entonces es una economía que privilegie la satisfacción de necesidades, ya no de deseos expresados en carencias y vacíos, que impacten en una vida digna, sin explotados ni explotadores.

(c) La relación entre oferta y demanda. Todo mercado se construye cuando se juntan productores y consumidores; ofertantes y demandantes. Sin ambos, no hay mercado ni transacción posible. Por eso es que frases del tipo “sin clientes no hay trata”, se vuelven incuestionables desde la lógica económica. Por desgracia, desde los tiempos de Say sabemos que no solamente la demanda produce oferta; sino que además la oferta produce demanda (véase en ese sentido el papel relevante que cobra la publicidad para vender objetos que raramente podrían ser consumidos). Eso significa que en el caso de estos mercados de la trata, debemos seguir insistiendo en la persecución del ofertante, tanto como en la insistencia por un consumo más responsable. Significa además, insistir en que se es explotador tanto ofertando como demandando.

Lejos de ser un fenómeno aislado, la trata de personas, y en concreto la trata con fines de explotación sexual, muestran en esta dinámica de oferta y demanda un cruce particular desde el punto de vista del género. Son mujeres la inmensa mayoría de quienes componen la oferta. Son varones la inmensa mayoría de quienes componen la demanda. ¿Hay dudas que este fenómeno está afectado por un sistema patriarcalista? De las pocas cosas que tengo claro del mercado prostitucional, una de ellas es que claramente se trata de uno de los nichos societales donde el patriarcalismo y machismo se continúa expresando a sus anchas. Incluso, recurriendo a estrategias de marketing del tipo “happy hour”; “2 x 1”; “besos gratis”; y “sorteos de chicas”. Cada uno de estos ejemplos son reales y han sido documentados.

 

(d) El análisis de los intereses económicos que se mueven detrás de la trata. Las estadísticas que se manejan son elocuentes. Decenas de miles de millones de dólares se mueven en un negocio que forma parte del mercado negro con un resultado desastroso: un puñado de mercaderes se enriquece mientras que la inmensa mayoría terminan como víctimas y explotadas. Allí están algunos casos conocidos de proxenetas en nuestro país, que con el giro que hacían sus mujeres desde Europa, compraban autos de alta gama, yates y casas fastuosas.

Son intereses económicos que al moverse en el mercado negro generan confluencia con otros sectores ilegales, caso del mercado de drogas, mercado de apuestas clandestinas, etc.. También generan funcionalidad con otros delitos, que van desde la asociación para delinquir hasta incluso los homicidios. Más aún, con el afán de asegurar sus privilegios, estos intereses también se cuelan y expresan en  aquellas tendencias en el derecho penal que buscan la desregulación del delito del proxenetismo; o tendencias en las políticas públicas que tienden a la asimilación del mercado del sexo con cualquier otro mercado. Como si la exposición y venta de sexo pudiera compararse con la exposición y venta de las papas fritas. Naturalizando por ejemplo, el turismo sexual a imagen del turismo de playas. O convirtiendo al Estado, como decían las abolicionistas desde principios del S. XX, en un Estado proxeneta.

Estos profundos intereses económicos nos dan paso a un nuevo asunto: la finalidad del lucro.

(e) Sobre el lucro y la explotación: repercusiones en el delito de proxenetismo y trata. La motivación económica por el lucro, por obtener la máxima ganancia posible, forma parte de un cambio cultural con bases en los Siglos XVI y XVII, de fundamental importancia para apalancar el mercantilismo y luego el capitalismo. Cuando el lucro se vuelve la única razón de nuestros actos económicos y empresariales, se desdibuja el sentido original de la economía (de oikos nomía) y se corre el peligro de expandir el campo de las mercancías y de las relaciones de intercambio hasta ámbitos insospechados.

Conceptos como el lucro y la explotación, además, han tenido y tienen especial cabida en las regulaciones sobre trata y proxenetismo. Efectivamente, sobre fines del S. XIX y principios del S. XX hubo una importante dinámica de cambios en los Códigos Penales de Europa y América Latina que entre otros asuntos impactaba también en la configuración del delito de proxenetismo. En este contexto histórico, primaban cuatro criterios generales sobre este delito:

a) presencia del delito cuando una persona excita la prostitución de otra, con independencia de su edad (caso del Código Austríaco o del Código Brasilero de la época).

b) presencia del delito bajo la condición de un ánimo de lucro (Código Alemán de 1900; y posteriormente el caso de la Ley 8080  de 1927 hoy vigente en Uruguay).

c) Sólo se presume proxenetismo cuando el agente ejerce potestades legales o domésticas sobre la víctima (Código de Hungría de la época).

d) Aplica el delito de proxenetismo sólo para menores de edad (Código Italiano de 1889; también nuestro primer Código Penal de 1889).

Como se puede observar, de éstos cuatro criterios enseñados por Irureta Goyena en su curso de 1916, los dos últimos han caído en desuso. Y respecto a los otros dos, me voy a concentrar en la importancia del segundo criterio, que adopta el término del lucro como determinante. Efectivamente, la Ley 8080 de Uruguay (1927) define como proxeneta  a “toda persona de uno u otro sexo que explote la prostitución de otra, contribuyendo a ello en cualquier forma con ánimo de lucro, aunque haya mediado el consentimiento de la víctima…” (subrayado nuestro).

Sobre la explotación, hemos analizado en otras oportunidades las diversas interpretaciones que le pueden caber al término (Guerra, 2015). Para Abadie Santos, “explotar” significa obtener un provecho propio, en este caso contribuyendo a la prostitución de otra persona. Esa explotación implica desde obtener una parte de las ganancias hasta aprovecharse de sus ingresos para vivir como “alcahuete”, al decir de los términos de la época.

Se trata lógicamente de un verbo que provoca muchas interpretaciones. Para las partidarios del “laissez faire” se trata de un término muy vago. Vean cómo justifica un abogado la actividad de su cliente proxeneta:

“Si el verbo nuclear explotar, en el delito de proxenetismo, incluyera actividades como las que realizaba AA para gerenciar su negocio, no quedaría en Uruguay ninguna whiskería al amparo de la ley. Se trata de empresarios que persiguen un fin de lucro y que, legítimamente, se benefician de la prostitución que se desarrolla en su establecimiento” (Suprema Corte de Justicia, 2019).

A nuestro modo de ver, justamente, ninguna whiskería debería seguir funcionando en esas condiciones, habida cuenta el significado económico del término “explotar”, y sus dueños, en caso de recibir porcentajes del trabajo sexual, califican como proxenetas.

El ánimo de lucro, constituye por lo tanto la finalidad explícita del delito. Es decir, no basta con entregar una persona a otra para colmar su lujuria; o en el caso de trata no basta por ejemplo, con facilitarle la entrada a un inmigrante al país (incluso puede darse esto último con fines humanitarios). El “ánimo lucrandi” de los romanos es requerido en algunas leyes de proxenetismo como elemento constitutivo y en otras como condición agravante. Lucro, ganancia o explotación son términos que también se han incluido en los delitos de trata,  caso de la Ley 26364 de Argentina o incluso del Protocolo de Palermo.

Esa especial motivación es la que conduce al mercader a explotar personas reviviendo nuevas formas de esclavitud. Convirtiendo el sueño de superación de muchas personas en verdaderas pesadillas. En el conjunto de la economía, por lo demás, el lucro constituye una de las tantas motivaciones posibles, quizá la de mayor alcance en el capitalismo. Por lo tanto una economía transformadora necesitará superar ese propósito.

Amigas y amigos, una economía diferente y transformadora es posible. Para ello, un mundo sin trata, es indispensable. Gracias por la atención.

 

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

Abadie Santos, Horacio (1932). Represión del Proxenetismo, Montevideo, Impresora Moderna.

Francisco (2019). “Carta para el Encuentro Economy of Francesco”, Vaticano.

Guerra, Pablo (2015): “Tendencias sobre el delito del proxenetismo en el marco de las regulaciones sobre el trabajo sexual: un análisis socio jurídico a partir del relato de mujeres en situación prostitucional”, Quaestio Iuris, Vol 8, N.2.

Guerra, Pablo (2016). La prostitución en Uruguay. Entre el trabajo y la explotación sexual, Montevideo, CSIC.

Suprema Corte de Justicia (2019). “Sentencia 1.299/2019”, Montevideo.

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