GUATEMALA: UN PÁRROCO SANTO Y MÁRTIR

Hermógenes, el “padrecito”.

Ya está en Roma el proceso de beatificación del padre Hermógenes Lopez Coarchita, un cura guatemalteco diocesano, párroco de San José Pinula, un pueblo de mayoría indígena, asesinado el 30 de junio de 1978 a los 49 años. Fue un ejemplo de pastor “con olor a oveja”. Entusiasta del Concilio  buscó llevar a cabo la renovación de su parroquia promoviendo a los laicos y a las pequeñas comunidades, defendiendo los derechos de los indígenas y campesinos.

Se lo llamaba simplemente “el padrecito” por su humildad y cercanía, su desvelo por los enfermos. Viajando un día con su camioneta por un camino rural y pedregoso se le descompuso el coche; entonces se quitó los zapatos y, descalzo, continuó su camino. A quien se le ofrecía para ayudarlo les decía: “quiero caminar así para sentir lo que sienten mis indígenas al caminar descalzos”. Pronto se lo conoció también por sus homilías valientes en las que denunciaba el servicio militar obligatorio, el reclutamiento forzoso de jóvenes para la guerra, la esterilización de las mujeres campesinas, el alza del precio de la leche y sus derivados. Se opuso a proyectos gubernamentales de explotación de recursos hídricos en perjuicio de la población. En una ocasión encabezó una larga caminata a la capital apoyando a su gente. Era el tiempo de las dictaduras militares que hacían una política de “tierra arrasada” contra la guerrilla y los que eran considerados comunistas; y Hermógenes era uno de ellos. La comisión de la verdad atribuyó efectivamente a los militares el 93% de los crímenes en esa guerra intestina.  A Hermógenes lo amenazaron de muerte; por  eso viajaba solo y no quería escolta porque no quería poner en peligro a otras personas. Escribió una carta al ministro de defensa y el 25 de junio de 1978 en la homilía denunció los abusos del ejército añadiendo: “Si mi misión es dar la vida así lo haré, pero nunca me echaré atrás en las causas que estoy defendiendo”. El 29 de junio escribió una carta al presidente de la república llegando a solicitar la supresión del ejército nacional por adoctrinar a los jóvenes a la violencia y a la crueldad. Al día siguiente, al volver con su camioneta de una visita a varios enfermos,  fue alcanzado por hombres armados que lo acribillaron con varios disparos y un tiro de gracia a la cabeza. Lo encontraron muerto, apoyado sobre el volante y junto a él, a un costado, la Biblia. Su cadáver fue llevado a la iglesia y puesto sobre el altar, llorado por todo el pueblo que acudió desde la montaña , las aldeas indígenas y los alrededores con manifestaciones emocionantes. La madre del sacerdote pidió a todos perdonar a los asesinos. “Que Dios perdone a quienes han hecho esto con mi hijo”, dijo.

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