TEMA CENTRAL: ¿QUÉ PASA EN LA IGLESIA?

Hay un creciente abandono de la práctica religiosa en los países tradicionalmente católicos de occidente, cierre de conventos y parroquias, disminución del clero y la nuevas generaciones son cada vez menos creyentes, indiferentes al tema religioso. Ya desde el Concilio Vaticano II, con el ocaso de la Cristiandad, hubo una crisis con muchas defecciones porque hubo que pasar de una religión tradicional, sociológica, a una opción personal, más convencida y comprometida de la fe. Eso fue como una tormenta que hizo caer todas las hojas muertas y las ramas secas. Muchos se decían: “nos están cambiando el evangelio” y el santo papa Juan XXIII contestaba: “El evangelio no cambia; somos nosotros que lo vamos entendiendo mejor”.

Hoy no se puede profesarse cristianos solo por haber sido bautizados de niños, si no hay una adhesión personal y libre a Cristo y a su Evangelio.

El Concilio hizo que se pasara de un cristianismo de cantidad a un cristianismo de calidad. Sin embargo en la Iglesia se frenaron por décadas los impulsos del Concilio y se hizo cada vez más agresivo el movimiento integrista católico, opositor al Concilio y nostálgico de la Cristiandad. Al mismo tiempo se dio un proceso de secularización de la sociedad que desde Europa llegó también entre nosotros para quedarse.

 

LA SECULARIZACIÓN
La palabra “secularización” viene del latín “saeculum” (siglo, mundo). Se trata de la progresiva emancipación en la época moderna de las realidades seculares como el estado, la economía, la ciencia, la educación, las instituciones políticas y sociales… de la tutela de la Iglesia. De una sociedad cristiana se fue pasando a una sociedad secularizada, regida por leyes puramente racionales. Como consecuencia ya no existen “estados católicos” y la Iglesia con el Concilio ha aceptado la neutralidad o laicidad positiva del estado siempre que no imponga el “laicismo” ( o sea la lucha contra la religión) o a esta se la reduzca a la vida privada de las personas y a las sacristías. La idea de la separación de la Iglesia del estado se debe al Cristianismo (Mt 22,21). La secularización es en sí algo positivo cuando hay respeto del estado hacia la Iglesia y sus actividades, y de la Iglesia hacia el estado sin que a los creyentes se les impida intervenir activamente en la vida social y política; puede haber inclusive colaboración reciproca. Evidentemente la ética civil o laica puede chocar en ciertos casos con la moral católica (sobre aborto, eutanasia, matrimonio igualitario, divorcio etc.) y los cristianos siempre han de seguir la ley de Dios y formar su consciencia a la luz de la Palabra de Dios y de la doctrina de la Iglesia, sin dejarse llevar por el “todos lo hacen”. En vez de adoptar posturas fundamentalistas de guerra santa o caza de brujas, habrá que acudir a sólidos argumentos racionales y a una exposición positiva de los valores humanizantes del Evangelio, sin limitarse a ser siempre una Iglesia del “no”. La secularización ha sido algo positivo también para la Iglesia porque la ayudó a purificarla, a precisar mejor su misión, a que volviera a la pobreza evangélica y a la humildad de las orígenes. Cuando la Iglesia en la historia no fue capaz de renunciar a sus riquezas y bienes temporales, se los quitaban de todos modos y eso contribuyó a su salvación. No hay que hablar de persecución “religiosa” cuando solo se trata de la supresión de privilegios indebidos.

Pero la pérdida del poder político-social de la Iglesia también llevó a la descristianización sobre todo en Europa con la disminución de la práctica religiosa y del clero que antes era una carrera respetable y de prestigio. En esos países tradicionalmente cristianos y católicos la fe se fue apagando también por la opulencia y el consumismo, el afán desmesurado de dinero; se vivía y se vive anestesiados en una burbuja de bienestar sin sentir la necesidad de Dios ni de los demás. Llama la atención cómo la evangélica opción preferencial por los pobres, predicada por un Papa proveniente del Sur haya tenido y siga teniendo una tan difícil digestión en los países opulentos del Norte. Aún la pandemia parece no haberles abierto los ojos y el corazón. Hay crisis en la Iglesia, pero es la crisis de un cristianismo eurocéntrico.

 

¿UNA IGLESIA MINORÍA?
En Europa la Iglesia ya es minoría en muchas partes y lo será cada vez más en una Europa islamizada y a la vez atea. Esta situación causa malestar en muchos católicos tradicionalistas que le echan la culpa de todo al Concilio y sueñan con el poder y los privilegios de antaño.

Sin embargo, el hecho de que la Iglesia haya vuelto a  ser minoría tampoco es un hecho negativo, si esa minoría es fermento en la masa, estímulo profético, sal, luz. Antes había una iglesia de masa y se transmitía la fe como si fuera un patrimonio familiar, sin ninguna evangelización prebautismal ni solidez doctrinal. Pero la misión de la Iglesia no es ser masa sino “levadura” en la masa; Jesús nunca habló de números. No existiendo más el soporte de una sociedad cristiana, sobre todo en las grandes ciudades y en las zonas periféricas habrá que encontrar apoyo hoy en las pequeñas comunidades cristianas como se hacía en los primeros tiempos cuando los cristianos se reunían en las casas.
Las parroquias tradicionales han de transformarse en una red de pequeñas comunidades de talla humana, conectadas entre sí, donde pueda darse una relación personal y cercana, una real vivencia fraterna y un compromiso de servicio en los lugares marginales de la parroquia, desde la revisión de vida y la lectura orante de la Palabra. Gastar todas las fuerzas en mantener servicios exclusivamente sacramentales, sin alimentarse de la Palabra de Dios y el soporte de una comunidad laical con liderazgos propios, es estéril. Estas comunidades descentradas del templo parroquial, pueden acoger a los más pobres y contener a los que no van y nunca irán  a los templos porque se sienten o están excluidos. Ya no habrá conversiones masivas como en el pasado, ni la fe se transmitirá por costumbre o presión social, sino por el testimonio de vida de los cristianos.
América Latina, según el documento de Aparecida, también sufre los embates de la secularización pero no está descristianizada, sino insuficientemente evangelizada. Ha entrado en crisis la Iglesia Católica, pero no el Cristianismo Evangelico con sus pequeñas comunidades urbanas y suburbanas que se han multiplicado. Las grandes periferias de las ciudades no fueron atendidas por la Iglesia Católica; y aparecieron los pentecostales con pastores cercanos al pueblo, liturgias participadas y festivas, testimonios atractivos y gran calor humano para los que viven en la soledad o son impedidos de expresarse. Hoy enfrentamos el desafío de la urbanización; el 60% de la población mundial vive en grandes conglomerados urbanos y las parroquias tradicionales de base rural, cada vez más serán un recuerdo del pasado. La Iglesia Católica ha de renovar efectivamente su metodología misionera, imitando lo bueno de otras confesiones en lugar de una estéril competencia.
Es impostergable una formación más profunda de líderes y ministros laicos, sin menospreciar la fe popular. Quizás haya que volver a la costumbre de la primera Iglesia cuando para ser cristianos o volver a la fe se exigía una iniciación (el Catecumenado) que duraba unos tres años e implicaba renunciar a algunas profesiones y a las “pompas” (es decir a los espectáculos del circo romano donde había violencia y sangre, escenas de inmoralidad sexual, procesiones de dioses paganos…), practicar la caridad cristiana e integrarse a una comunidad antes de recibir la Eucaristía de los recién nacidos a la Fe (=neófitos) por el Bautismo. El apoyo les venía de esas pequeñas comunidades vivas donde se practicaba la pastoral de la acogida, la atención personalizada y la visita domiciliaria.

 

LOS ESCÁNDALOS
Recientemente han estallado graves escándalos en el corazón mismo de la Iglesia. Que haya pocos y cada vez menos presbíteros, no significa que haya que reducir las exigencias y la calidad del ministerio sacerdotal en pos del número; en todo caso habrá que volver a la antigua praxis de la ordenación de ejemplares padres de familia como pastores de la comunidad.  En la sociedad secularizada se siguen manifestando grandes valores humanos y sociales, sembrados por el Evangelio. Aún hoy las preguntas sobre el sentido de la vida y la necesidad y la búsqueda de Dios son algo vivo y permanente. Hay pocos jóvenes hoy atraídos por el ministerio sacerdotal, pero muchos atraídos por el voluntariado y que trabajan con los pobres, migrantes, sin techo, ancianos y marginados; es decir por el Reino. Donde hay verdad, amor y justicia, allí está Dios.
El hecho de que haya más pedófilos entre los casados que entre los curas, más escándalos financieros en la sociedad que en la Iglesia y que la gran mayoría de las religiosas y los curas se dediquen con heroísmo silencioso a hacer el bien en el mundo, no quita que los escándalos recientes hayan llenado la tapa de diarios y revistas y menguado la credibilidad de la misma Iglesia. A esta, aún siendo rechazada o contestada, indirectamente se la considera aún como reserva espiritual y moral de la humanidad. Es cierto que siempre hubo escándalos en la Iglesia por estar hecha de hombres pecadores; quizás no haya crecido el mal en la Iglesia, pero ahora se ha destapado de manera virulenta y ya no se lo aguanta; no se aguanta la hipocresía. Sería grave dejar de indignarse, mirar por otro lado, tapar y silenciar. En la Biblia no se tapan los escándalos del rey David ni de Pedro, el príncipe de los Apóstoles.
También por lo que se refiere al dinero, seguramente hubo más escándalos en el pasado cuando la Iglesia era poderosa y los obispos eran verdaderos príncipes con enormes propiedades de tierra. Pero hoy estos escándalos son intolerables y hay conciencia generalizada de que los bienes de la Iglesia deben estar al servicio de los pobres. Son síntomas que demandan en forma urgente no solo cambios personales sino estructurales. La santidad personal no es suficiente; hace falta también la conversión de las estructuras pastorales. Los documentos de la Iglesia, sobre todo si son largos y excesivos, no  son leídos o lo son con mucho menos interés que en otras épocas y rápidamente se olvidan si no hay cauces pastorales que los sostengan en el tiempo.
Quien conoce un poco la historia de la Iglesia no se escandaliza de lo que pasa hoy porque hubo Papas adúlteros, guerreros, comerciantes y nepotistas. Pero los escándalos de ahora demandan cambios fundamentales en el mismo aparato de gobierno de la Iglesia. La crisis actual llevó a provocar la renuncia de un Papa, lo que no se daba desde hace siglos. En los designios de Dios, igual que con la pandemia, puede que estos escándalos ayuden a que la Iglesia deje de lado todo secretismo y sea una casa transparente, que sepa reconocer sus errores con humildad sin creerse madre y maestra de la verdad en todo, especialista en derechos humanos y modelo de santidad.
Que los derechos humanos de las personas sean respetados también en la Iglesia. Que esta vuelva a ser sencilla, con “olor  a oveja” sin ese estilo vistoso y barroco con mitras y ropajes de otras épocas. Tras  la imagen pública de la Iglesia tal como se la presenta en los medios, es difícil descubrir hoy en ella la cara humilde y pobre de Cristo.

 

CLERICALISMO
En una carta de Francisco del 19 marzo de 2016 al cardenal Marc Ouellet presidente de la Pontificia Comisión para América Latina, el Papa escribía: “Recuerdo la famosa expresión: “es la hora de los laicos”, pero parecería que el reloj se ha parado”. Efectivamente la “hora de los laicos” anunciada hace más de cincuenta años por el Concilio, ha llegado hace tiempo pero no nos dimos cuenta por estar hundidos en un sueño profundo. Habían surgido en un primer momento movimientos laicales, ministerios laicales, consejos pastorales, pero todo se ha ido apagando lentamente y el laicado común que acude a las eucaristías dominicales ha sido olvidado. El gran problema no es la fe y la espiritualidad cristiana; es la Iglesia como institución. Sigue firme y campante el clericalismo en el interior de la Iglesia y hasta en los temas sociales y políticos es siempre la jerarquía la que emboca a los laicos. En la prensa, la Iglesia es solamente el Papa y los obispos. Se sigue rezando en las parroquias para que el Señor envíe vocaciones sacerdotales, pero no para las vocaciones laicales y las familias de donde en definitiva salen también los curas. Se habla de volver al Concilio. Si el Concilio de Trento priorizó la misión de los curas, el Concilio Vaticano II hizo centro en el laicado. Si no se promueve realmente el laicado, no somos fieles al Concilio y no hay reforma de la Iglesia. Se ha hablado de corresponsabilidad laical, de fe adulta, de una Iglesia toda ministerial. Parecería sin embargo que hay miedo por parte de los curas de ser suplantados por diáconos y laicos. No se ha entendido aún lo que es propio de un ministro ordenado y lo que no es.
Ya en la primera Iglesia los apóstoles habían dicho: “Nosotros nos reservaremos para la oración y el ministerio de la Palabra” (He 6,4) dejando otras tareas a otros. Hoy el presbítero es el factótum en la parroquia; es el centro alrededor del cual rueda la comunidad. Y sin embargo el centro debería ser la comunidad; la parroquia no es el párroco sino los parroquianos. Por la falta de sacerdotes vemos presbíteros celebrando cantidad de misas sin parar y a la apurada, sin enganche con la comunidad, sin contacto con las personas; no se recurre a las Celebraciones de la Palabra, a los ministerios laicales. Cuando se habla de “laicos comprometidos” muchas veces se entiende ese grupito de amigos fieles donde todos piensan igual, hablan el mismo lenguaje y se reúnen alrededor del cura. Es un ambiente de gueto.
No se oye la voz de los cristianos laicos en temas como política, trabajo, cultura, educación, paz y derechos humanos, injusticia y hambre. ¿Es el poco coraje y la poca formación de los laicos o el poco apoyo de la jerarquía para la libertad de opinión de los laicos y sus opciones? Por un lado hay miedo a equivocarse, a dar la cara, a pensar distinto y entonces se opta por el silencio o por consultar y obedecer (y no por la responsabilidad propia de laicos adultos en su misión específica). Por el otro lado no se les reconoce su capacidad, su aporte y autonomía. Hay obispos y curas acostumbrados a mandar y no saben dialogar; se limitan a hablar y no saben escuchar. Acostumbrados a ser como una casta aparte y superior, controlan a los laicos para que no se descarrilen, para que no tomen posturas públicas que puedan descolocarlos; le tienen miedo a la prensa. No hay dos clases de cristianos; tan solo hay distintos ministerios (=servicios). Ya en 1848 Antonio Rosmini denunciaba la grieta que se hacía visible en los templos: “el pueblo asiste a las celebraciones como las estatuas y columnas del templo, sordo a la voz de su madre la Iglesia”.

 

AUSENCIA PÚBLICA DE LOS LAICOS
El papa Francisco habla del clericalismo como de una “verdadera lepra en la Iglesia”. Todos lamentan la falta de clérigos y sin embargo el Papa sigue condenando el clericalismo más allá de si son pocos o muchos los clérigos. Es que el clericalismo impide el protagonismo, la corresponsabilidad de los laicos y la difusión capilar del Evangelio. En los primeros tiempos de la Iglesia el Evangelio se difundió gracias a los laicos. San Pablo en sus cartas recuerda el nombre de 27 hermanas y hermanos en la fe que fueron valientes misioneros del Evangelio. El cuerpo de la Iglesia ha llegado a sufrir con el tiempo de macrocefalia y raquitismo: una cabeza enorme con un cuerpo diminuto; y así no puede caminar.
El Papa habla del clericalismo como de una “perversión” porque pone por arriba del Pueblo de Dios una casta privilegiada, alejada de la gente como los Fariseos (=separados) de antaño. Así se da una minoría que manda y enseña y una mayoría que obedece y calla. Se sigue usando hoy la metáfora, buena en otros tiempos pero hoy desafortunada, de las ovejas y del rebaño que sigue ciegamente al pastor; pero nadie quiere ser hoy una oveja.
No muy lejos en el tiempo san Pio X (+1914) escribía: “Solamente los pastores tienen el derecho y la autoridad para dirigir y gobernar; las masas no tienen ningún derecho a no ser el de dejarse gobernar cual rebaño obediente que sigue a su pastor”. Son expresiones que están a años luz del mensaje evangélico y que sin embargo nunca fueron desdichas oficialmente o condenadas.
Dice el papa Francisco: “La Iglesia es el santo Pueblo de Dios, no una élite de sacerdotes, consagrados y obispos. El Espíritu Santo no es propiedad de la jerarquía eclesiástica. No es nunca el pastor el que le dice al laico lo que tiene que hacer o qué decir. Tampoco debe existir una “élite laical” que son los que trabajan en las cosas de los curas y son más clericales que los mismos curas”. Si bien es cierto que se nota el vacío provocado por la falta de presbíteros, es más cierto aún que llama la atención la ausencia de laicos cristianos en los grandes debates sociales actuales. Son los laicos los que pueden enfrentar con profundidad y profesionalidad los problemas del matrimonio, de la familia, de la sociedad y de la política con total libertad sin tener que representar oficialmente a la Iglesia. Ellos no son los emisarios secretos (la larga mano) de los obispos y de los curas; tienen responsabilidad propia para juzgar y decidir según su propia conciencia. Pero, ¿se los ha ayudado a capacitarse?. ¿Cuántos católicos laicos han estudiado los documentos del Concilio y las últimas encíclicas sociales? A muchos les cuesta hasta escribir una carta al diario, llamar por teléfono a una radio o a un canal de televisión para que se oiga el punto de vista cristiano.
Muchos en la Iglesia se quejan de los malos políticos. Alguien podría preguntarnos: ¿qué tipo de catequesis hace la parroquia sobre estos temas socio-políticos?. ¿Cómo se acompaña a los cristianos que se comprometen en estos campos? ¿Hay lugar para ellos en la parroquia para que desde la fe puedan encontrarse y compartir sus luchas con los hermanos? ¿O más bien cuando entran en la militancia política o gremial terminan de alejarse de la iglesia acompañados por la indiferencia general?
La formación de los laicos no es cuestión de interminables cursos y reuniones sino que ha de darse desde un comienzo en el marco del compromiso social y de la acción misionera. Serán los laicos y las laicas quienes puedan revertir esa imagen tan difundida de la Iglesia como de una institución conservadora, verticalista, autoritaria y machista.

 

HACIA UNA IGLESIA SINODAL
El papa Francisco ha dicho que “la sinodalidad es el requisito primero e indispensable para un renovado impulso misionero” y es “el camino que Dios espera de la Iglesia en el tercer milenio”. La gran prioridad de la Iglesia en estos tiempos es salir de las sacristías e ir a las periferias, pero esto solo es posible si todos los bautizados como Pueblo de Dios, clero y laicos, nos ponemos a caminar juntos en pos de la misión. Todos somos sujetos y protagonistas de la evangelización; no hay actores de un lado y espectadores del otro, sujetos activos por un lado y receptivos por el otro. “Sinodalidad” es una palabra relativamente nueva y se refiere al espíritu de los Sínodos de Obispos; pero en este caso significa la corresponsabilidad de todo el Pueblo de Dios, y no solo de los obispos, en la vida y misión de la Iglesia.
Todos los bautizados tienen la misma dignidad y la misma misión: la de ser sacerdotes, profetas y pastores.  Primero está el pueblo cristiano y después a su servicio el Papa, los obispos y presbíteros, como en una pirámide invertida. Tentación permanente de la jerarquía (palabra que no se encuentra en los evangelios), es colocarse por encima de todos los demás. Todos somos iguales y el cáncer del clericalismo apunta por el contrario a mantener a los laicos al margen de las decisiones y a las mujeres en estado de sumisión. El evangelio habla claramente de  igualdad: “Todos ustedes son hermanos” (Mt 23, 8). Las distintas tareas o funciones en la Iglesia son “diakonía” (=servicio).
El Evangelio prohíbe usar títulos que expresen superioridad, honor y preeminencia; títulos como maestro, padre, doctor, señor (y monseñor), excelencia, eminencia, etc. (Mt 23,8-10). Es curioso sin embargo que estos títulos se sigan usando con naturalidad. El mismo Jesús no se comportaba como señor (Jn 13,14), llamaba amigos y hermanos a sus discípulos y les enseñaba que “el más grande entre ustedes sea vuestro servidor” (Mt 23,12). Son enseñanzas claras, auténticas, explícitas y severas. En la historia, sin embargo, con la Cristiandad y el poder de la Iglesia, se han conservado costumbres principescas y el papado con su corte sigue siendo la última monarquía absoluta. Intentar reformar estas estructuras de poder es hoy muy difícil y encuentra duras resistencias. El desfasaje histórico con respecto a las sociedades democráticas de hoy, es evidente.
Aún hoy, fuera de la elección papal o de un Concilio, ninguna consulta en la Iglesia es deliberativa; solo existe el voto consultivo que el Papa, los obispos y los párrocos pueden aceptar o ignorar. Todo esto lleva por un lado a un ejercicio vitalicio de los ministerios y a una profunda resistencia a los cambios y por otro lado a la parálisis del protagonismo laical.
Si se les concede algo a los laicos es por necesidad; es como delegarles un poder que no tienen. No hay una denuncia contundente de la situación de la mujer afuera y adentro de la Iglesia; no se valoran los aportes de la teología feminista.
Se ha demonizado la crítica constructiva, la opinión pública en la Iglesia. Esta crítica positiva pasa después inevitablemente a manos de la crítica laicista que la transforma en ataque a la fe y a la Iglesia. La corresponsabilidad en los asuntos que afectan a la comunidad cristiana debería hacerse visible por ejemplo en la elección y nombramiento de los obispos, tratándose de una tradición multisecular en la Iglesia. Las Iglesias Locales intervenían en la elección de sus pastores (“ningún obispo impuesto”, era el lema), con la confirmación posterior del Papa como garante de la fe y la comunión eclesial.

Muchos se preguntan por qué solo un pequeño grupo de cardenales elige al Papa, porque no se descentraliza la curia romana, porque no se les da más autoridad a las Conferencias Episcopales. En los planes diocesanos y parroquiales los laicos, realmente representativos de las bases y no nombrados a dedo, deberían participar con voz y voto.
Hoy sufrimos las consecuencias de una predicación eclesiástica muy doctrinera y alejada de la realidad y de una catequesis deficiente en el plano social. Hace falta una descentralización de las competencias del obispo y del párroco, con multiplicidad de ministerios laicales. Hay que implementar todos los organismos de participación a nivel parroquial, zonal, diocesano y regional en todo lo que sea planificación, coordinación, ejecución, evaluación. Sin caer en la tentación de reducir estos organismos a instancias en la que hábilmente se deslizan decisiones ya tomadas. Si eso sucediera, los laicos más capaces se retiran en silencio o siguen en  un marco de malestar y frustración.
Hay que fortalecer la comunicación dentro de la Iglesia y hacia afuera, las redes sociales. Una Iglesia sinodal es una Iglesia que escucha, sin renegar de una necesaria autoridad en la Iglesia para no caer en una nivelación ministerial tipo protestante. Sinodalidad o camino sinodal es partir de las bases para ir al centro. Antes, de Roma se esperaba todo; ahora el camino sinodal va a la inversa. Se ve mejor la realidad desde las periferias y los cambios verdaderos surgen desde abajo. Esta es la esperanza para una nueva primavera de la Iglesia.

 

PRIMO CORBELLI

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