Comportamiento de los cristianos en tiempos de pandemia

Sabemos con bastante claridad cómo la pandemia ha afectado el comportamiento religioso en todo el mundo: cancelación de grandes eventos, de peregrinaciones, servicios eclesiales y litúrgicos con estricto protocolo, ofertas de culto a través de las TICs, etc.

Algo menos sabemos sin embargo, respecto a cómo las personas creyentes han reaccionado frente a la pandemia. Algunas preguntas sociológicas comienzan a vislumbrarse como especialmente pertinentes: ¿las personas religiosas se comportan de manera diferente respecto a las no religiosas? ¿acatan con más determinación el llamado a actuar con libertad responsable? Por ejemplo ¿evitan participar en mayor medida de fiestas que pudieran terminar afectando la salud pública?

Hay quienes piensan que en el fondo, la religiosidad podría cumplir una importante función en materia de vigilancia. Claramente el Estado podrá detectar algunas decenas de fiestas clandestinas y actuar en consecuencia, pero cualquier creyente sabe que hay un Dios que todo lo ve. Los sociólogos sabemos que a determinada escala se necesita un cierto nivel de supervisión para asegurar la cooperación de los individuos. La masa anónima es funcional a los intereses individualistas y muchas veces la aprovechamos para comportarnos de forma de sacar una ventaja. Por ejemplo, puede haber un llamamiento a comportarnos de manera virtuosa, evitando usar agua potable para regar mi jardín en tiempo de seca. Si nadie me vigila, quizá decida hacerlo de todas maneras, esperando que los demás sí cumplan con ese llamado (en última instancia gracias a quienes se comportan bien, tendré agua para regar mi jardín). De esa manera me convierto en un “garronero” o “free rider” como se conoce en la jerga científica. En la misma línea, puedo esgrimir públicamente que no es el momento de hacer fiestas, pero en la intimidad de mi hogar estoy dispuesto a organizarla toda vez que se me ocurra existe un motivo para ello.  Sobre estas bases, se argumenta que la religión provee esa función de vigilancia y castigo que el Estado por sí solo no puede realizar. Algunos estudios que siguen esta línea, demuestran que los cristianos donan más dinero o consumen menos pornografía los Domingos, día en el que probablemente se sientan más vigilados por un Dios convertido en supervisor de nuestros comportamientos más cotidianos.

Por fuera de este argumento hay otro que me parece cada vez más explicativo. Las religiones, como se desprende incluso del debate entre Habermas y Ratzinger (2004) son fuentes prepolíticas para la generación de comportamientos virtuosos. Dicho en términos más llanos, la religión no es solo un asunto del más allá sino que nos ayuda a encontrar razones para comportarnos moralmente en el día a día. No es que la religión crea la moral (en ese plano comparto con de Waal que la moral es anterior a la religión) pero sí que cumple un rol fundamental (claramente junto a otras fuentes) aportando valores que hoy son fundamentales para hacer frente a la pandemia, caso de la responsabilidad, la solidaridad y la búsqueda del bien común por sobre el bien individual.

Como se comprenderá, estas virtudes no son exclusivas ni del cristianismo ni de las personas creyentes, y es un hecho de la realidad que están interiorizadas en toda la población.  Y entre los cristianos, esa interiorización se refleja en el hecho que no necesariamente hacemos el bien por obligación o temor al castigo divino, sino por el bien en sí mismo. Creo que Dios estaría más conforme con nosotros si así fuera.

En todo caso, lo que se espera del cristiano desde esta óptica, es que pueda discernir sus actos teniendo como referencia el comportamiento de Jesús y sus enseñanzas. En ese sentido, que prime el sentido de la responsabilidad, de la compasión con el más sufriente y de la solidaridad a sabiendas que nuestras acciones hoy más que nunca podrían afectar a alguien más. No nos salvaremos de contagiarnos del Covid por nuestra Fe, pero seguramente podrá ayudar a sostener una conducta con Esperanza, colaborando de esa manera con nuestro granito de arena en una construcción que nos necesita a todos y todas.

 

Pablo Guerra

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