La Iglesia de hoy. Un llamado a un cambio de lugares.

La Iglesia Católica ha sido un pilar fundamental para la construcción de la sociedad a lo largo de la historia. Sin embargo, esta situación ha cambiado. Para efectos de este trabajo, la reflexión versará sobre la Iglesia en Chile, para el desarrollo de datos y planteamientos concretos que ayuden a situar la reflexión.

La Iglesia tiene por misión evangelizar, ser y dar testimonio de lo predicado y realizado por Jesús, anunciando la buena noticia, lo que significa para ello, ser signo visible de quién es Jesús y seguir anunciando su buena nueva. Esta experiencia de fe y de encuentro, que ciertamente es personal, es llamada a vivir en comunidad. La Iglesia es el fundamento de la fe vivida con otros, experiencia de salvación, comenzada en la elección de los apóstoles (Mc 3,13-19; Lc 6,12-16) y en la misión otorgada por Jesús, anunciando la llegada del Reino de Dios y realizando los signos mesiánicos de sanar, expulsar demonios, resucitar a los muertos. Enviándolos a las ovejas perdidas de Israel (Mc 6,7-13; Lc 9,1-6)

Ante esto la pregunta que cabe, es que si esta misión recibida por los apóstoles y luego seguida por el envío de los setenta y dos discípulos, donde Jesús les expresa con profunda claridad la necesidad de enviarlos (Lc 10,2) ¿es hoy la misión que cumple la iglesia de Chile? ¿Existe relación entre lo que vive y anuncia la iglesia hoy para este último lugar del mundo, con lo predicado, anunciado y vivido por Jesús de Nazareth?

Los números son abismantes. En la encuesta realizada por la Universidad Católica de Chile en el año 2019, se calculó que solo un 45% de los encuestados se identificó la con la fe católica, comparándola con las encuestas de años anteriores, se puede observar una baja que va desde el 70% en el año 2006, y luego 58% en el año 2018, llegando a este resultado del 45 el año anterior. Un dato, no menor, es que el 76% de los encuestados dijo mantener su creencia en Dios (Encuesta Nacional Bicentenario 2019).

Estos datos, nos hacen preguntarnos qué es lo que ha pasado desde el año 2006 al año 2019 para que nos encontremos ante esta realidad. No podemos desconocer los escándalos que se han enfrentado durante estos años, pero quisiera dar un salto más allá, desde la perspectiva teológico – pastoral. En el evangelio de Marcos, los lugares geográficos elegidos por Jesús son de contenido teológico, constituyen un cambio de lugares, representan una inversión, signo de qué es lo que Jesús anuncia como mensaje de Dios. Podemos ver el encuentro de Jesús con los paganos, al estar en medio de los impuros tener que mantenerse en los márgenes, realizar procesos de conversión al sentarse en la mesa con los publicanos y los pecadores. “Esta inversión marca la dirección de la misión cristiana, el Dios del Reino se encuentra en el mundo y es allí donde la comunidad de discípulos debe encontrar a su Maestro. El Dios cristiano se encuentra en donde no debiera estar según la teología judía, en los marginados, en los excluidos, en los campesinos y esclavos griegos y romanos…en definitiva fuera de la ciudad santa” (César Carbullanca, El término Evangelio en <<Sinópticos TBS 031>>, (apuntes de clase, Pontificia Universidad Católica de Chile, 2020), 65). Ante este Jesús que conflictúa su tiempo, que permanece en los márgenes con los excluidos, nos toca preguntarnos qué pasa con nosotros. “Con demasiada frecuencia en su puesto (la Iglesia) ha entrado en arreglo con los poderosos del mundo, en lugar de la fe y del testimonio, nos hemos acomodado y hemos adaptados las realidades.” (Heinrich Fries, Teología Fundamental (Barcelona: Herder, 1987), 458). Es difícil poder dar la respuesta adecuada a que nos ha pasado cómo Iglesia, me parece que un desafío inicial es la profunda comprensión de la definición de Iglesia que nos regala el Concilio Vaticano II, diciendo “Pueblo de Dios”, esa definición exige un compromiso adulto de todo los católicos, ante una llamado al diálogo, a la pregunta, a la evaluación y por sobre todo, al llamado más profundo de Jesús, en su invitación a “conviértanse y crean en el evangelio” (). Ciertamente esta invitación debe ser permanente, y nadie puede quedar fuera de ella y de la corrección fraterna también impulsada en el Evangelio. En las horas actuales que vivimos, en medio de un estallido social, que ha gritado con fuerza las pobrezas en las que nos encontramos, ¿hemos sido nosotros, la Iglesia, respuesta para todos nuestros hermanos y hermanas? Los jóvenes nos ofrecen sus reflexiones, “nos provoca un profundo dolor ver que las cabezas de nuestra Iglesia no son capaces de salir de sus comodidades para alzar la voz como el mismo Jesús lo hizo ante las injusticias de su tiempo. Asumiendo las consecuencias hasta la muerte” (Carta de los jóvenes de la Vicaría Sur a Monseñor Celestino Aós).

El diagnóstico social y eclesial es claro. Debemos generar un proceso de conversión personal y comunitario, que nos devuelva a los caminos del Evangelio. Si no hacemos este proceso, desde la perspectiva teológica, amenazamos la misión que el mismo Jesús nos encomendó. La pregunta del Señor es clara — “¿de qué quieres que yo te salve?”—, la respuesta desde dentro hoy no lo es tanto. Necesita con urgencia claridad, autenticidad y por sobre todo humildad de discípulo, de discípula. Es urgente desarrollar esta reflexión que también alimente las nuevas orientaciones pastorales, que nos constituyen como comunidades eclesiales y que nos colocan en dinámica de servicio samaritano, para poder responderle a Jesús que hemos servido y amado a los pequeños del Evangelio.

Es menester tener una actitud de rectitud de corazón como la oración del publicano, para poder de estar forma, volver al corazón de Jesús.

María José Encina

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