CATEQUESIS DE ADULTOS: LA VIDA DESPUÉS DE LA MUERTE

Se habla poco de ciertas verdades que profesamos en el “Credo” (“creo en la resurrección de la carne y en la vida eterna”), las que sin embargo alimentan nuestra esperanza como cristianos. El mes de noviembre en el que se celebran las fiestas de los Santos y de todos los difuntos, es una ocasión propicia para pensar en ellas.

La resurrección de la carne no significa obviamente que nuestro organismo físico vuelva a la vida anterior, ni tampoco que haya una separación del alma y del cuerpo que son inseparables. Será resurrección, es decir nacimiento a una nueva vida de la persona entera (cuerpo y alma). Resurrección de la “carne” en el idioma hebreo significa resurrección de cuerpo y alma. Se suele decir que nadie volvió del más allá, pero la fe de los cristianos se basa en que Cristo se ha mostrado realmente vivo después de su muerte, evidenciando las cicatrices y heridas de su cuerpo y prometiendo resucitarnos a todos. No será una mera continuidad con el cuerpo físico que ahora tenemos. San Pablo hace la comparación de una semilla que cae en tierra, se disgrega y desaparece. Luego aparece en su lugar una planta mucho más hermosa y perfecta que la semilla que le dio su origen (1Cor 15, 36-44). Por lo tanto no hay que hablar de la inmortalidad del alma; no somos ángeles sino seres humanos y no podemos existir sin un cuerpo, aunque esto sea transfigurado por obra de Dios.
La idea de ciertas religiones orientales de una futura “reencarnación” no es bíblica y no explica cómo el alma pueda asumir distintos cuerpos sin perder su identidad. Frente al misterio de la vida después de la muerte, somos como la criatura en el seno de su madre; no puede hacerse una idea de lo que será más adelante su vida cuando vea la luz, camine, crezca, hable, ocupe su lugar en el mundo. Lo cierto es que todos resucitaremos con nuestra identidad propia; nuestra personalidad será la misma, vivificada por el Espíritu. Seguiremos siendo nosotros mismos y la felicidad del cielo será auténtica y profundamente humana, como la vivió Jesús en la tierra. La resurrección es obra de Dios, pero no es hacer al hombre de nuevo, de la nada, como fue la primera creación realizada por Dios. Dios se hizo hombre y desde entonces el hombre puede entrar en la familia, en la casa de Dios.

El juicio de Dios, así como la resurrección, comienza ya al morir para cada uno de nosotros y tendrá su consumación para todos, al final de los tiempos. Hay cristianos que sobre este tema han quedado en el Antiguo Testamento con el “día de la venganza de Dios” (Is 61,2) o con “el hacha que corta a la raíz a todo árbol que no da buenos frutos” de Juan el Bautista (Mt 3,10); sería el día del Dios justiciero que castiga y condena. Muchos piensan que el Dios de la misericordia durante nuestra vida terrena se transformará, después de esta vida, en el Dios de la justicia. Pero Dios no cambia: es siempre Amor (1Jn 4,8 y 16) y la justicia de Dios hay que verla desde el amor. Será el juicio de un padre y amigo que comprende nuestras debilidades, conoce la fragilidad de nuestra naturaleza. Sabe que muchas veces “no sabemos lo que hacemos” (Lc 23,34). “Por ser justo, Dios es compasivo, lento para enojarse y de gran misericordia” (Sal 103).

Jesús será nuestro abogado. Por eso san Pablo se pregunta: “¿Quién condenará a los elegidos de Dios?. ¿Cristo que murió e intercede por nosotros?” (Rom 8,33-34). El juicio de Dios será como el del padre con el hijo pródigo; solo si nos negamos al amor de Dios y del hermano, quedaremos fuera de casa como el hijo mayor. Los signos que precederán el juicio universal (falsos profetas, guerras, persecuciones, terremotos, pandemias..) son válidos para todas las épocas de la historia; nos impiden dormirnos como las cinco muchachas descuidadas (Mt 25, 1-13) y nos impulsan a ser vigilantes. Jesús ha dicho que no ha venido para condenar. Por lo tanto el juicio no será un tribunal. Solo el que voluntariamente cierra sus ojos a la luz, se autocondena a las tinieblas. Por eso los cristianos esperamos con gozo la venida de Jesús, que será el día de su victoria final. Las últimas palabras de la Biblia son “Maranathá” (Ven Señor).

También el Purgatorio es obra de la misericordia de Dios; es la última oportunidad de purificación que se nos da. No es un castigo. El fuego simboliza el Amor de Dios que nos va limpiando como el oro en el crisol. El purgatorio no es un infierno en pequeño o provisorio; es por el contrario la alegría de haber llegado en los umbrales de la Casa de Dios. Podemos pedir, con nuestros sufragios y oraciones, que Dios acelere ese proceso de maduración.

El Cielo es la absoluta realización humana. Igual que el purgatorio, no es un lugar sino un estado o situación de vida de los que viven plenamente el amor a Dios y al prójimo; es el Reino de Dios acabado. En la Biblia se lo llama “cielo” como lo que está arriba de nosotros, en la altura, lejos de la maldad de este mundo. Pero en realidad, sea el purgatorio como el cielo son realidades que ya existen en este mundo. El evangelio al hablar del cielo, habla de un banquete nupcial, de vida en abundancia. El cielo no es un “descanso eterno” como a veces se dice. No es algo aburrido sino todo lo contrario: vida en plenitud, actividad, conocimiento, relación, fiesta, reencuentro con nuestros seres queridos, constantes sorpresas como en un largo viaje o un domingo sin ocaso. “Mi paraíso transcurrirá sobre la tierra para hacer amar a Dios como yo lo amo”, escribía santa Teresita. En el cielo veremos cuanto nos ha amado el Señor, entenderemos todo lo que ha sucedido en nuestra vida y en la historia, el sentido oculto de todo.

El infierno no ha sido creado por Dios; todo lo hecho por Él, es muy bueno (Gen 1,31). Dios ama a todos sus hijos, sean de la religión o la creencia que sea. El infierno es el endurecimiento definitivo de una persona en el mal, por su libre voluntad. Si uno se niega a hacer el bien y a amar, ni siquiera Dios puede introducirlo en el cielo. La salvación de Dios es ofrecida a todos, pero si el náufrago rechaza la mano que se le tiende, se ahoga por su culpa. El infierno tampoco es un lugar sino la absoluta frustración humana, la soledad absoluta del que no ama y no es amado; y también puede empezar ya en la tierra. Dios da a todos la gracia suficiente para la salvación eterna, porque quiere que todos se salven. Quiere que su casa se llene (Lc 14,23). Si nuestra vida está fundamentalmente orientada hacia Dios poniendo nuestro esfuerzo, aún siendo pecadores y aún siendo no creyentes (pero buscando la verdad , la justicia y la paz), seremos salvos. La victoria final de Cristo es una certeza absoluta. El infierno existe porque el Evangelio habla de un “castigo eterno” y se lo compara con los sarmientos secos echados al fuego de la “gehena” (un basural fuera de Jerusalén donde se quemaba la basura) o a las “tinieblas de la noche (mientras en la casa del  Padre hay banquete) y al “estridor de dientes” por el frío. Al cielo uno va libremente y al infierno también cuando uno abusa de su libertad, se cierra a Dios y quiere ser el Dios de sí mismo. Pero mientras la Iglesia reconoce a muchos santos en el cielo, nunca condenó a nadie al infierno, ni al propio Judas que traicionó a Jesús. La Iglesia espera en la salvación de todos, en la misericordia de Dios, en la “luz de Dios que alumbra a todo hombre” (Jn 1,9), en el Dios que no quiere que “nadie se pierda” (Jn 6,39).

Para el cristiano no existe ni el “destino” ni la “suerte”. Dios tiene para cada uno de nosotros y para todos un proyecto, un plan de salvación (que llamamos “Providencia”) que le da sentido de fe y esperanza  a cada uno de nuestros actos, aun los más humildes. Todo camina hacia el encuentro con Dios que nos espera con los brazos abiertos y hacia una fiesta de todos los salvados, que es una “multitud imposible de contar” (Ap 7,9).

                                                   P.C.

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