(editorial) LOS ESCÁNDALOS Y EL PUEBLO DE DIOS

El papa Francisco goza de una popularidad en la Iglesia y de una simpatía entre los no creyentes por su testimonio evangélico, quizás solo comparables con las que había para con Juan XXIII. Sin embargo, asistimos a una oposición al interior de la Iglesia sin precedentes y que inunda las redes sociales. Hubo hasta intelectuales católicos negacionistas que pusieron en duda la validez de la renuncia de Benedicto y la asunción de Francisco…

La oposición se extiende a lo largo de tres frentes. El primero es el doctrinal. Todo empezó con Amoris Laetitia, una hermosa encíclica sobre el matrimonio y la familia y que sin embargo fue reducida con un énfasis excesivo y fuera de lugar al problema de la comunión para los que conviven fuera del matrimonio. Siguió después sobre un tema que no figuraba entre los “valores no negociables” de Benedicto, como el tema de la justicia social y la lucha contra la pobreza. A muchos católicos del hemisferio norte esta “obsesión” de un Papa que viene del Sur les parece intolerable y no compatible con su ministerio. Lo que hizo desbordar el vaso fue la Laudato sí, que les pareció un argumento totalmente ajeno a la evangelización. Es notable cómo los defensores de la fe que se enfrentan hoy a este Papa son los que ayer y anteayer eran papistas fanáticos y reclamaban la autoridad papal como último y definitivo argumento. Los que antes jamás hubieran tolerado alguna disidencia y se multiplicaban los atropellos contra los teólogos, ahora se levantan proclamando que criticar al Papa no es ser opositores. Lo acusan falsamente de ser relativista y blando en la doctrina enfrentándolo con Benedicto; de promover un diálogo sincretista con cualquiera olvidando que la Iglesia es el pilar y el baluarte de la verdad; de apoyar a los LGTB, etc.. El segundo frente en la Iglesia es la lucha de Francisco contra la corrupción y allí primero se fueron destapando los abusos sexuales a menores y después los delitos financieros y el desorden administrativo en la curia vaticana. Frente a eso Benedicto renunció pero Francisco no se rinde. Cometió errores y quizás no tuvo todo el éxito que pensaba, pero es preferible un Papa que se equivoca por hacer justicia, que otro que para no equivocarse no hace nada y se resigna.

 

LA OPCIÓN PREFERENCIAL POR LOS POBRES
El tercer frente es el de los progresistas desilusionados  que denuncian la “excesiva prudencia” del Papa cuestionando su postura frente al celibato de los curas y al diaconato de las mujeres, propuestas surgidas en el Sínodo Amazónico. Otra vez estas cuestiones han hecho  olvidar lo sustancial del Sínodo que era la realidad dramática social y eclesial de Amazonia; esta realidad evidentemente  interesaba a muy pocos. Y ahora Francisco se siente forzado y presionado por el autoproclamado sínodo de Alemania que apunta  a cambios mucho más ambiciosos. El Papa se siente atacado en estos tres frentes desde la Iglesia y no parece que haya hasta ahora un decidido respaldo de los episcopados. Desde afuera la oposición se concentra contra su enseñanza social. Los grupos económicos aliados con los ultraconservadores de la Iglesia lo acusan de comunista, izquierdista, meterse en política, oponerse al progreso. Son todas “fake news”, es decir noticias falsas pero lo malo es que para la mayoría del pueblo cristiano la fuente normal de información son las redes sociales y los noticieros; y hoy cualquiera opina como teólogo, moralista, economista o político y tira agua para su molino. El Papa promueve un ideal de igualdad, que no se opone a diversidad sino a desigualdad. Ha escrito el teólogo José Ignacio Gonzales Faus: “Al Papa se lo tilda de comunista porque esa palabra “comunismo” sirve para proteger los bolsillos de unos cuantos que pretenden proteger la moral”. Francisco simplemente retoma la larga e histórica enseñanza social de la Iglesia desde León XIII, tan poco conocida aún dentro de la Iglesia  y que se inspira nada menos que en Santo Tomás y en los grandes obispos (llamados “padres de la Iglesia”) de los siglos IV y V; y por supuesto en las Sagradas Escrituras. Francisco rechaza la economía moderna que empezando por Adam Smith se constituyó como una ciencia que tiene sus propias leyes y no puede ser controlada por ninguna ética ni estado; y con eso termina imponiéndose la ley del más fuerte. Francisco vuelve a repetir el principio bíblico del destino universal de los bienes por sobre el derecho de la propiedad privada. Francisco no dijo nada nuevo. Sin embargo es el líder mundial más malinterpretado; un verdadero signo de contradicción.

 

LOS ESCÁNDALOS
Algunos han  hipotetizado que esta pandemia ha marcado el final del pontificado de Francisco, el cual delegaría las opciones más audaces al próximo Papa. No parece ser esta la intención del Papa como lo demuestra su última encíclica y la insistencia sobre la sinodalidad que será el tema del próximo Sínodo de Obispos. Es cierto que el Papa se propuso “abrir procesos” (EG 223), consciente de que no todo depende de él, pero no por su edad o debilidad sino porque esos procesos deben ser llevados a cabo por los episcopados y las bases de la Iglesia en vista de una recepción total y real del Concilio. A pesar de los que no quieren ninguna reforma, muchas cosas han cambiado en este tiempo. Sin embargo Francisco parece no haber tenido todo el respaldo necesario y hubo por doquier un religioso silencio; en muchas Iglesias Locales las cosas siguen exactamente como antes y como siempre. Muy probablemente se ha perdido la generación de los jóvenes que tendrían que haber garantizado el paso de una Iglesia de conservación a una Iglesia conciliar. Las disputas doctrinales tan agresivas, el mal uso del dinero de la Iglesia, los abusos sexuales que aún no han cesado, las luchas por el poder, el rechazo a la opción por los pobres de Francisco son verdaderos escándalos que hieren profundamente al Pueblo de Dios. Por eso muchos se han alejado de la Iglesia. Siempre ha habido escándalos en la Iglesia, pero hoy resultan intolerables por su difusión mediática y sobre todo porque ha crecido la sensibilidad y el rechazo hacia todo lo que es hipocresía e incoherencia con el Evangelio. Además en los últimos años se han multiplicado. Hay una grave advertencia de Jesús para los que escandalizan a los “pequeños” (Mc 9,42), es decir al santo Pueblo de Dios. Pretender una Iglesia sin pecados es una piadosa ilusión y un engaño. Pero tampoco hay que resignarse, callarse o mirar hacia otro lado. Hay que vencer el mal con el bien y reconstruir desde las bases, desde la comunidad y el lugar de cada uno una nueva consciencia más conforme al Evangelio personal y comunitariamente. Nos adherimos al sueño del papa Francisco de una Iglesia sencilla y humilde, pobre para los pobres, siempre en salida y abierta a todos.

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