“DE AMAR SE TRATA”: el celibato laical

Queridos amigos, leemos en la Primera Carta de San Juan (4:10) “Dios nos amó primero”, por lo cual podríamos decir que estamos “antropológicamente marcados a fuego por el Amor”, somos seres esponsales… En el camino en seguimiento de Jesús, de su evangelio, se nos plantea tomar opciones, entre ellas una que es fundamental: la forma de amar, de relacionarnos con Dios y con los hermanos, según el proyecto del reino y sus valores. Así se abre un abanico de posibilidades, donde “primerea” la pareja, el matrimonio, también la vida religiosa, o la consagración secular, etc.. y la que hoy queremos visibilizar “la opción del celibato laical”, esto es, hombres y mujeres que permaneciendo totalmente en el estado laical, respondiendo a un llamado, hacen una opción afectiva total por Jesús.

Podemos decir que esta vocación ha estado siempre presente: ya en el siglo ll, San Justino menciona que dentro de la comunidad hay hombres y mujeres que viven célibes, pero sin diferenciarse en nada de los otros fieles.  Recientemente, en el Sínodo sobre juventud y vocación (octubre de 2018) varios padres sinodales dijeron “díganle a los jóvenes que existe la vocación al celibato laical”…
Para nuestro artículo contamos con el testimonio de dos apreciados amigos, una mujer y un hombre que viven esta vocación: Mary Larrosa, de Institución Teresiana en Montevideo y Julio Pérez, de Comunidad Adsis en Ecuador, ellos nos cuentan cómo fueron descubriendo su vocación al celibato laical y qué características le imprime esta opción afectiva a sus relaciones del día a día, familia, trabajo, comunidad, etc.:

Mary:  la fui descubriendo desde muy niña cuando en la catequesis me hablaron de Jesús, y con mi madre visitaba iglesias, y sentía que Dios me amaba, y que yo también lo amaba. Y me sentía bien en su presencia, segura, feliz… Me daban ganas de estar siempre así, con Él, de entregarle mi vida.

Y cuando buscaba un modo concreto de realizar ese deseo, tenía delante el testimonio de mis maestras, las teresianas, que tenían esa opción de entrega total a Dios y siempre nos decían que ellas eran laicas. Yo las veía tan alegres, tan dedicadas a Dios y a nosotros sus alumnos y alumnas y a nuestras familias, y a la vez tan comprometidas con todo lo que estaba pasando en el país, en la Iglesia universal, en el mundo…  Me encantaba cómo nos hacían partícipes a nosotros, aun siendo niños y niñas de escuela, de esa realidad tan amplia donde tanto se podía hacer desde la fe cristiana. Yo quería ser como ellas, y ahí comencé  a pensar que esa sería mi opción de vida.

En mi temprana adolescencia emprendí ya un camino de formación, orientado a hacerla realidad. Eran tiempos del posconcilio y yo vibraba con el entusiasmo de la renovación eclesial que generó. Me llegaba profundamente la importancia que el Concilio daba a la vocación laical en la Iglesia, y cómo resaltaba el compromiso con las realidades del mundo como la esfera propia de esta vocación.

Así mi vocación personal se fue afirmando en mis años de juventud y consolidando en la adultez, con nuevos matices en cada época de mi vida, manteniendo siempre indisolublemente unidas la dimensión laical y la entrega al Señor, según el carisma de la Institución Teresiana. Este carisma, que se expresa en el trinomio fe-culturas-justicia busca el diálogo entre la fe y las diversas manifestaciones culturales en pro de una sociedad más justa, con un fuerte énfasis en la educación como clave de transformación social y de humanización.

En la Institución Teresiana hay diversas asociaciones y distintos tipos de compromiso dentro de la común vocación laical. El compromiso de las integrantes de la así llamada Asociación Primaria implica el celibato y la total disponibilidad para la misión de la asociación. Al ser ésta de carácter internacional, esta disponibilidad puede requerir incluso el traslado a otros países.

El celibato permite una mayor libertad para responder a los requerimientos de la misión. Sin embargo no es esta disponibilidad su razón de ser. Al menos yo no lo vivo así. Muchas veces vemos familias que hacen opciones muy comprometidas en razón de su fe y de su compromiso laical. Opciones que implican cambios de lugar de vida, de trabajo, o de profesión. Para mí la opción por el celibato, mejor dicho por una entrega total a Dios según el carisma de la Institución Teresiana, de la cual el celibato es parte esencial pero no lo único, es algo más profundo y existencial.

Me gusta considerarlo una opción afectiva que se realiza como respuesta a un llamado, a una vocación personal. No es algo “para”, sino algo en sí mismo. Una manera de enfocar la afectividad en el Señor, de vivir la relación con Él como manantial de todos los otros amores. Es desde esa relación fundante que se establecen todas las relaciones significativas de la vida, las relaciones familiares, la amistad, el amor a la comunidad, a la Iglesia, al país, a la humanidad, y al cosmos…

Esa relación genera un dinamismo por el que toda la vida se vive como expresión de amor, como envío a compartir un amor que se recibe nuevo y asombroso cada día. Es una vivencia que no tiene en sí una explicación -toda razón que se diera podría ser refutada tal vez con válidos argumentos- pero que llega a configurar el núcleo de la propia identidad.

Para mí es mi forma personal de recibir y responder al don de la fe. Una vez alguien me preguntó qué cambiaría en mi vida si Dios no existiera. Me tomé muy en serio la pregunta, tal vez porque era algo que me rondaba ya en el corazón, y al responder al otro, me estaba contestando a mí misma. Lo primero que me vino fue pensar que si Dios no existiera mi vida perdería brillo, densidad, sería una vida mucho más “light”, con mucho menos sentido. Pero yo no dejaría de ser docente de historia, ni de comprometerme con la educación de los jóvenes, ni de aportar a la construcción del país, ni de amar a mi familia, a mis amigos, ni de luchar por los derechos de los más vulnerables… hasta seguiría colaborando, aunque de otro modo, con la Institución Teresiana…Y seguiría disfrutando de toda la belleza de la vida… Pero, eso sí, no sería célibe.

Ahí tomé conciencia de cuan íntimamente imbricadas se encontraban en mí la fe y la opción por el celibato. Tal vez porque valoro mucho la relación de pareja y sobre todo la maternidad, sólo por una vivencia íntima de Dios he renunciado a vivirlas. Estoy hablando de opciones realizadas voluntariamente, no de los múltiples modos por los que la existencia humana puede llenarse de sentido y plenitud respondiendo a lo que la vida va posibilitando. Hay personas que no tienen pareja, o personas que no son padres o madres biológicas, unos por opción y otros porque así se ha dado, y cuyas vidas me parecen admirables y plenas y felices. Hablo pues, solo de mí.

Es don y es renuncia, es riqueza y es pobreza. Me trasciende y me vertebra. A veces se siente más el hueco de la renuncia, y la fragilidad se vuelve anhelo de Dios. En otros momentos se siente como plenitud que desborda y asombra. Siempre se vive desde la conciencia de la propia pobreza y de la misericordia del Dios Amor. Es una experiencia personal pero requiere una comunidad y compañeros/as de camino. Me siento identificada con lo que Maite Uribe, ahora Directora Gral. de la Institución Teresiana, escribía en un artículo llamado “Celibato cristiano, vivir amando”:

“¿A qué se siente requerido el célibe por el Reino? ¿Cuál es su vocación más primigenia, más nuclear? Con el riesgo que conlleva toda universalización, podemos de momento, y a modo de ensayo, expresarlo así: quien experimenta la vocación al celibato encuentra en sí el deseo de hacer de la propia vida un espacio libre para el amor de Dios y, así, una ofrenda de amor entrañable para el mundo. Tal vez podría expresarse así la dimensión más profundamente teologal que entraña el celibato.

Pero esto no es todo: acoger el don del celibato exige tener en cuenta, junto a su dimensión teologal, lo que éste tiene de proceso humano. Porque, como todo proceso humano, el celibato es un camino, un aprendizaje. Más concretamente: un aprendizaje del amor.”

En ese aprendizaje estamos, y lleva la vida. En cada etapa los desafíos son distintos. Está el idealismo de la juventud, y el realismo de la edad madura, y el lento decantar de las cosas que caracteriza ya la edad en la que nos vamos haciendo mayores y constatamos qué de aquellos primeros sueños se ha hecho realidad, y que no… y también tomamos conciencia de qué nuevos desafíos, no avizorados entonces, se nos presentan cada día. Nuevos territorios para los que no hay mapas,

En la vocación laical este aprendizaje se realiza, como dice el Concilio, viviendo la condición secular propia de los laicos, “implicados en todas y cada una de las ocupaciones y trabajos del mundo y en las condiciones ordinarias de la vida familiar y social, de las que su existencia se encuentra como entretejida” (…)  De este modo, el ser y el actuar en el mundo son para los fieles laicos no sólo una realidad antropológica y sociológica, sino también, y específicamente, una realidad teológica y eclesial. En efecto, Dios les manifiesta su designio en su situación intramundana, y les comunica la particular vocación de «buscar el Reino de Dios tratando las realidades temporales y ordenándolas según Dios» (Apostolicam  Actuositatem, N°s 34 y 38).

Esta cita me acompaña siempre, y a veces la repito casi como un mantra, pues refleja claramente lo que yo vivo de mi vocación laical. Amando el mundo, como lugar teológico donde Dios se manifiesta de mil maneras, y a donde siento que me envía a servir y testimoniar su amor. Compartiendo con mis hermanos/as los mil avatares de la historia que me ha tocado vivir, atenta en lo que puedo a auscultar los signos de los tiempos para discernir por dónde nos va invitando el Espíritu a caminar cada día. Esto supone atravesar momentos de incertidumbre y oscuridad, pero también de palpar la fidelidad de Dios en cada hora.

 

Julio: Quisiera expresar que fui planteándome mi opción por el amor célibe  desde la pertenencia a las comunidades Adsis y con unas claves determinadas:

Fraternidad: compartir la vida con hermanos y hermanas, entender la vida desde el compartir con otros y otras lo que soy, lo que tengo y lo que hago.
Presencia: estar presente en la realidad donde vivimos desde el compromiso, desde la entrega, desde el servicio y el amor.
Interioridad: descubrir a Jesús de Nazareth en mi vida desde la oración personal y comunitaria, desde la contemplación en la acción.

Desde las claves anteriores puedo expresar que el amor célibe da sentido a mi vida, es una forma universal de amar desde la libertad en las relaciones, amar sin pertenecer a nadie en concreto, amar sin retener a nadie, AMAR con mayúsculas, pero amar desde Jesús, para vivir una VIDA también con mayúsculas. Con el paso del tiempo he ido descubriendo que el amor célibe para mí tiene sentido desde Jesús y su proyecto de vida, desde querer entregarlo todo y vivir para otros y en comunidad, desde la construcción de su reino, desde sus valores, desde su propuesta y llamada. El celibato si no es desde ahí sería otra cosa. En todo este tiempo viviendo el amor célibe descubro que esta opción libre, si no se vive desde la construcción del Reino, no se entiende, si no se vive en una clave de fraternidad con otros, hermanos, comunidad, en sentido amplio, servicio, compromiso y entrega, no es significativo.

“No es que dejéis el corazón sin boda, habrás de amarlo todo, todas, discípulo de Aquel que amó primero. Será el amor amado en cuerpo entero” (Casaldáliga). El amor célibe surge en mí desde estas coordenadas, ANTE la injusticia y pecado en que viven sumidos tantos jóvenes y pobres… CREEMOS que ha nacido en nosotros una urgencia cristiana que nos lleva a la acción  (credo Adsis).
En lo concreto de la vida cotidiana, ser célibe siendo varón, sin ser sacerdote, haciendo una vida normal de trabajo, compromiso, relaciones y amistades, para muchas personas no adquiere un sentido o trascendencia. Sin embargo, es ahí donde tiene sentido la opción por el amor célibe, sin buscar reconocimientos, sin buscar ser distintos a los demás, sin que se note, en lo pequeño, en lo oculto, en lo cotidiano, en las cosas sencillas, en la soledad y en la siembra. Desde los ojos de Dios, el celibato adquiere para otros una mirada distinta, descubren en esta opción una profunda calidez en las relaciones, en la acogida, en la apuesta incondicional por la persona, en la disponibilidad sin medida y para mí como célibe lo que te alimenta esta lucha cotidiana por ser fiel cada día es también la relación profunda, la cercanía con cada persona concreta en realidades vulnerables y el compartir la vida desde los valores fraternos.
Todo ello alimenta este estilo de amor, ayuda a vivir una afectividad integrada y centrada en el cada día, ayuda a intentar ser coherente y que todas las dimensiones de mi vida vayan en una misma dirección y busquen la trascendencia, la relación con Dios, sintiéndome desde él unido a tantos hermanos y hermanas, y desde el carisma de Adsis, a tantos jóvenes y pobres.

En la actualidad, vivir en Portoviejo, llegar al Ecuador, ha supuesto una renovación del amor célibe, una renovación de mi vocación, al sentirme pleno, descubriendo nuevos rostros, nuevas situaciones sociales, nuevos nombres con los que llenar mi corazón. He descubierto como llenan mi vida personas concretas con muchas dificultades, pero con una dignidad infinita, he descubierto muchas necesidades, muchas situaciones de injusticia y lo mal que están distribuidos los bienes del mundo…

En definitiva, puedo expresar que el amor célibe es una apuesta por construir un mundo mejor desde los valores del reino, es una apuesta por la persona concreta, es una apuesta por entrañar en las relaciones, por la calidad de las mismas, por la escucha, por el cuidado mutuo y del mundo en el que vivimos… Pero se adquiere sentido y da sentido a la vida desde la contemplación, el sentirme vinculado a Jesús y desde una clave comunitaria en la que la fraternidad y la vida compartida adquieren trascendencia. Desde un celibato asentado en lo anterior, puedo decir que mi vida no es para mí, sino para entregarla y compartirla en especial con los jóvenes y los pobres. Ah, muy importante: es necesario vivir ese amor desde la alegría “El Reino de los cielos es semejante al tesoro escondido en el campo, el cual un hombre halla y lo esconde de nuevo, y gozoso por ello va y vende todo lo que tiene” (Mt 13,49) la alegría, el gozo de sabernos en manos de Dios, de saber que vale la pena esta apuesta, una apuesta para vivir el amor desde la libertad, por elección, no por imposición!

Muchas gracias Mary y Julio, ¡que vuestro testimonio nos aliente en el seguimiento de Jesús Liberador del hombre, siguiéndolo con amor indiviso, siendo partícipes en la construcción de una sociedad más justa y fraterna para todos! 

Jorge Márquez, jardinero.

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