ROSARIO LIVATINO: MÁRTIR DE LA MAFIA

“Nadie preguntará qué tan creyentes hemos sido, sino qué tan creíbles”.

Hace 30 años, el 21 de septiembre de 1990 era asesinado por la mafia siciliana el juez Rosario Livatino, de Agrigento. Ahora ya ha llegado al Vaticano su causa de beatificación.

En la ruta entre su pueblo y la ciudad de Agrigento, mientras viajaba solo en su coche, fue alcanzado por otro coche con cuatro sicarios que descargaron sobre él una balacera. Livatino logró salir del coche como para escapar, pero fue ultimado con una bala en la cabeza. Los cuatro sicarios respondían a una organización criminal llamada “Stidda”, una articulación de “Cosa Nostra”. Tenía 38 años. Había llegado a la judicatura con tan solo 26 años. Durante una década investigó la mafia siciliana y sus prolongaciones en toda Italia. Fue uno de los primeros en descubrir el estrecho vínculo entre la mafia y las empresas o grupos empresariales. En 1989 se encargó de incautar y confiscar los bienes ilegales de la mafia, lo que lo transformó pronto en un objetivo peligroso, al que había que eliminar. Terminó siendo víctima de la mafia como Dalla Chiesa, Borsellino, Falcone y señora; pero en él había algo más. Para él la justicia y la fe en Dios eran inseparables, como también la justicia y la caridad. De una familia profundamente cristiana y practicante, todas las mañanas antes de ir al juzgado, acudía a rezar en su parroquia para darle “alma a la ley”. Jamás ocultó su fe; había sido miembro activo de la Acción Católica. Aún siendo juez, todo lo remitía en última instancia al juicio de Dios. Familiar era el uso que hacía de un acrónimo para muchos incomprensible: S.T.D. (“sub tutela Dei”, en latín). Sobre su escritorio tenía la Constitución y el Evangelio. Creía en el Dios de la justicia y la misericordia. No identificaba el pecado con el pecador. Ayudaba a los familiares de los que estaban en la cárcel. Frente a un asesinato, aún de un delincuente, primero rezaba. Cuando un oficial de la policía salió diciendo: “era un mafioso: uno más que nos hemos sacado de encima”, reaccionó diciendo: “Frente a los muertos el creyente reza; el que no lo es, se calla la boca”. Se oponía a cualquier atropello o atisbo de corrupción. Había encarado su profesión como una vocación, renunciando inclusive al matrimonio sabiendo que su vida estaría constantemente en peligro y no quería dejar a una esposa viuda y a hijos huérfanos. No quería escolta policial, para evitar que inocentes perdieran la vida por su causa. Inclusive tenía miedo por sus padres, siendo hijo único. En su diario se lee: “Veo negro mi futuro. ¡Que el Señor me proteja y que no le pase nada a mis padres por mi causa!”. Les decía a sus allegados: “No tenemos que hacer el bien y luchar por la justicia solo para salir en la prensa, sino porque es nuestro deber”. Livatino era muy laborioso y audaz en sus pesquisas, pero humilde y reservado. Nunca dio una entrevista, no tenía contacto con políticos o gente poderosa, no gustaba hacerse fotografiar ni participar en cenas elegantes. Demostró su fe y compromiso, no con las palabras sino con las obras y con la espiritualidad que las animaba. Hasta que lo mataron, nadie lo conocía en Italia más allá de sus colegas y de la mafia que lo espiaba permanentemente. Dijo alguna vez: “El magistrado ha de admitir con humildad que también él es un hombre con sus debilidades, no un superhombre y ha de estar siempre dispuesto a escuchar y comprender al hombre que tiene delante de sí”. El sicario que le dio el tiro final se arrepintió en la cárcel y escribió una carta al papa Juan Pablo II pidiendo perdón, y ahora colabora con el proceso de beatificación de Livatino empezado en 2011. El papa Juan Pablo II dijo de él: “Fue un mártir de la justicia e indirectamente de la fe”.

 

RELIGIOSIDAD POPULAR Y MAFIA
La palabra “mafia” es una palabra de origen dialectal siciliana y significa “audaz, arrogante”. Siempre se la atribuyó a los “hombres de honor” de la “honrada sociedad” que en Sicilia mantuvieron su poder por más de un siglo; ahora es un término que se atribuye a distintas organizaciones criminales. “Cosa nostra” significa “casa nostra”; es un clan repartido en distintas “familias”. Al tiempo de Livatino el “boss” o jefe de los jefes de Cosa Nostra era Totó Riina, responsable de innumerables crímenes; murió en la cárcel en el año 2017. Nunca se arrepintió de nada; por el contrario reivindicó todo lo actuado. Fue sepultado en Corleone, pero la Iglesia le negó los funerales públicos. Era un hombre violento, capaz de estrangular con sus manos de campesino a los que le negaban obediencia. Después de su muerte, la mafia siciliana se transformó en emprenditorial, integrándose al gran capitalismo que maneja los mercados y las finanzas a nivel nacional e internacional.
Hay varias mafias. En Italia la que más factura (65 mil millones de dólares anuales) es la “Ndrangheta” (=valiente) calabresa; es la mayor organización mundial de tráfico de cocaína. En el sur de Italia hay una religiosidad popular muy extendida y tradicionalmente los mafiosos han sido católicos practicantes. Todos recuerdan cómo el bandido Juliano en Sicilia, antes de matar a una persona le obligaba a arrodillarse para rezar y le daba cinco minutos para pedir perdón a Dios de sus pecados. Hubo jefes que construían capillas privadas. El mismo Totó Riina se casó por iglesia en secreto. Históricamente la Iglesia Católica no se preocupaba ni se interesaba por la mafia, convencida de que era una cuestión que no le correspondía. Recibía plata mafiosa para sus obras, convencida de que si era para la Iglesia, esa plata quedaba bendecida…

Por lo tanto no se pronunciaba; respetaba y era respetada. Para el cardenal Ernesto Ruffini -de Palermo- era preferible la mafia al comunismo, porque la mafia no cuestionaba la religión ni el poder de la Iglesia como lo hacía el comunismo. Había una especie de politeísmo por el cual el Dios de los asesinos convivía con el Dios de las víctimas. Los templos, sobre todo en las grandes fiestas, estaban llenos de mafiosos. La Iglesia hablaba de caridad y limosna, pero no de justicia y derechos. La Iglesia Católica durante demasiado tiempo ha sido la gran ausente en el tema de la justicia y de la lucha contra la mafia. Eludía el tema como un mal menor; no se pronunciaba y así tenía la aprobación de todos. El pueblo del sur de Italia, donde el estado siempre brilló por su ausencia, también era respetuoso de la mafia porque de ella recibía beneficios. Por su parte la mafia contribuía a alimentar la religiosidad popular con su presencia y su generoso aporte financiero en las fiestas patronales cuando el pueblo se volcaba a la calle; por eso la estatua de la Virgen o del santo se paraba a hacer reverencia a la casa del jefe mafioso de la localidad, reconociendo así su poder. Recientemente el papa Francisco ha ordenado a las parroquias del sur terminar con la instrumentalización de la religión en las fiestas y procesiones y liberar todas las expresiones religiosas de cualquier influencia mafiosa. Por muchos años los mafiosos aportaron al Banco Vaticano para lavar dinero. El patrono de la Ndrangheta es san Miguel Arcángel y el rito de la iniciación consiste en pincharse un dedo para echar la sangre sobre la imagen del santo y sobre él jurar estar dispuestos a morir en caso de traicionar. Cada 2 de septiembre siempre los calabreses han peregrinado al santuario de la Virgen del Puño en el Aspromonte y al frente de la caravana marchaban los jefes de las Ndrangheta. La presencia mafiosa era parte de la tradición religiosa y folklórica local. Después del Concilio muchas cosas han cambiado.

 

LA IGLESIA CATÓLICA Y LA MAFIA
La toma de conciencia de la Iglesia Católica Italiana y de sus autoridades fue en la década del ochenta, y su primer mártir fue Livatino. Tomó formalmente posición con el extraordinario documento del 4 de octubre de 1991 sobre: “Educar a la legalidad”. Los obispos del sur se comprometieron a no aceptar a mafiosos como padrinos en los sacramentos, a no celebrar funerales para ellos, a no aceptar presiones ni favoritismos, a negar la absolución a usureros. Pero la campana sonó fuerte cuando el papa Juan Pablo II en el Valle de los Templos de Agrigento en mayo de 1993 tronó con su voz y los amenazó con el juicio de Dios y el puño levantado en alto. Cuatro meses después era asesinado el primero de los sacerdotes, Pino Puglisi (ahora santo) en Palermo. Había cometido el delito de educar a los chicos y a los jóvenes al respeto y a la legalidad, alejándolos de la violencia. Seis meses después fue asesinado el p. Giuseppe Diana por la Camorra en Caserta, a los 36 años. Había sacado un documento: “Por amor a mi pueblo no callaré”. Fue el primero en calificar a la mafia napolitana con el nombre bíblico de “Gomorra”, nombre que usará después Roberto Saviano para su famoso libro sobre la camorra. Varios obispos y sacerdotes fueron obligados a tener una escolta policial porque estaban amenazados de muerte. Esto le ocurrió también al sacerdote Luigi Ciotti, fundador del “Gruppo Abele” y de “Líbera” que es un conjunto de asociaciones cristianas contra la mafia. Coordina 1.600 organizaciones nacionales e internacionales. “Líbera” logró la ley de reutilización  social de los bienes confiscados a la mafia (tierras, palacios, casas…).
En 2014 el papa Francisco excomulgó a los mafiosos en su viaje a Calabria. Una gran ovación lo acompañó; el pueblo finalmente había roto el silencio (“omertá”) de una tierra acostumbrada a callar. El mismo año les dijo a los mafiosos que “su poder y dinero estaban manchados de sangre” y que “los esperaba el infierno si seguían por ese camino”. En esa ocasión Luigi Ciotti le puso sobre los hombros al Papa la estola del p. Diana. El 16 de noviembre de 2015 Luigi Ciotti y varios otros sacerdotes, pastores y laicos formularon un nuevo Pacto de las Catacumbas, esta vez en Nápoles contra la mafia y todas las mafias. Estos sacerdotes y laicos católicos saben que a los mafiosos les molesta que les confisquen la plata y las propiedades ilegítimas, pero sobre todo les molestan los proyectos educativos que miran a crear una conciencia crítica en la población, a suscitar la responsabilidad y a vivir a legalidad. El peor enemigo para los que combaten la mafia es la indiferencia, la resignación, tan funcionales a la corrupción y a la ley de la “omertá” de los mafiosos. Para Ciotti el verdadero enemigo hoy en Europa no son los migrantes sino las mafias que gobiernan la economía y la financia; se precisan políticas sociales en apoyo al trabajo y a la escuela. Y la tarea de la Iglesia es educar las conciencias en la justicia y en la legalidad. La denuncia ya no basta. Hace falta construir una nueva cultura empezando por la familia y la escuela. Gracias al sacrificio de muchos, parecen prevalecer hoy el coraje, las iniciativas solidarias de la base, una estrategia política que va más allá de la represión.

                                         PRIMO CORBELLI

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