(opinión): ¿Cómo viven los inmigrantes indocumentados?

Por Roberto Torres Collazo.

“Juan” es un joven de 17 años. Le conocimos mientras asistíamos a una reunión de derechos de los inmigrantes en el Centro Presente en Massachusetts, Estados Unidos. Mi esposa Cesy y yo lo invitamos a nuestra casa a una comida y nos contó su experiencia en el cruce de la frontera México-Estado Unidos desde El Salvador. Nos relató cómo tuvo que venir escondido cerca de un motor caliente en un camión, bajo el intenso calor, el miedo, el hambre, el cansancio de caminos pedregosos, el casi no poder dormir. Escuchó las amenazas de los “coyotes” que son personas pagadas por los mismos inmigrantes para cruzar la frontera, de las violaciones de las mujeres, se enteró de las muertes en el desierto, de su incertidumbre de no saber a dónde específicamente sería llevado en territorio estadounidense.

De manera similar han llegado en décadas millones de latinas y latinos inmigrantes indocumentados. No son pocos los que desconocen quiénes son realmente los inmigrantes indocumentados. Vamos a compartir para los que son ciudadanos naturales, naturalizados o residentes legales unas pinceladas generales sobre cómo viven en Estados Unidos. Para esto nos basaremos en nuestra experiencia de 20 años acompañando sus luchas, asistiendo a sus reuniones, compartiendo en sus comunidades y en la escritora Karla Cornejo Villavicencio en “The Undocumented Americans” (2019) donde recoge historias de los trabajadores de la construcción, limpiadoras de casas y oficinas, los que trabajan en jardinería, es decir, los que no inspiran los grandes titulares, las famosas revistas y los hashtags.

Hay aproximadamente 12 millones de inmigrantes indocumentados, su promedio de edad es entre 20 y 40 años, vienen de países latinoamericanos y caribeños que fueron víctimas de dictaduras cívico-militares apoyadas y mantenidas por Estados Unidos en los años 60, 70 y 80. Sus países de origen han sido empobrecidos por el capitalismo neoliberal creando altísimas tasas de desempleo, inseguridad social, agudas desigualdades y hambre. Frente a esa realidad, deciden cruzar la frontera tomándose riesgos de perder sus vidas donde incluso algunos han sido asesinados por la guardia fronteriza estadounidense.

Una vez en suelo estadounidense llegan con apenas lo que llevan puesto, hay quienes llegan con infantes en sus brazos, no conocen sus derechos, no conocen el idioma Inglés, en algunos estados es común verles en los centros comerciales esperando que alguien los contrate al menos por un día de trabajo en construcción, agricultura, jardinería o limpieza. En estos trabajos y en muchos otros usualmente los pagos salariales son debajo de la mesa, es decir, no son reportados por el patrono. Realizan trabajos muy pesados, trabajan en pésimas condiciones, sin protecciones de accidente o seguro de trabajo.

Carecen de seguro médico, por esto en ocasiones tienen que ir a la botánica o acudir a un médico latino que no puede ejercer legalmente. Cornejo nos relata que “María” visita un dentista que tiene clandestinamente su consultorio en el sótano, con todos los riesgos que esto implica: problemas de higiene, no pueden hacer reclamos, posible mala práctica o accidentes. Algunos estados le proveen servicios básicos de salud, pero no le proveen especialistas como puede ser para una operación del corazón, cáncer, salud mental, etc, etc.

Son discriminados similarmente como los afroestadounidenses y puertorriqueños la diferencia es que los afroestadounidenses y los puertorriqueños tienen documentos de residencia o ciudadanía mientras los inmigrantes indocumentados no tienen documentos. Esto los hace más vulnerables a que se les violen todos sus derechos humanos. De acuerdo a el Instituto de Impuestos de Política Económica pagan alrededor de $11.7 Millones de dólares cada año en impuestos y no tienen derecho a recibir dinero compensatorio para jubilarse, solicitar Seguridad Social o recibir un paquete de estímulo del gobierno federal por concepto del COVID-19. Las mujeres abusadas por sus parejas no llaman la policía por miedo a ser deportadas y han salido recientes informes en la prensa nacional de decenas de mujeres que las autoridades les extrajeron los úteros sin su autorización en un centro de detención en Atlanta. Los inmigrantes indocumentados no suelen reportar los abusos de los patronos por miedo a perder sus trabajos o a que se tomen represalias de deportación en su contra. Es muy frecuente que no puedan tomar vacaciones o días por enfermedad. No tienen derecho a viviendas subvencionadas por el gobierno, de ahí que tengan que pagar alquileres muy caros o vivir muchos en una sola casa para poder ayudarse mutuamente.

En la mayoría de los estados no pueden solicitar permisos legales para conducir sus carros. Esto es injusto porque necesitan llevar sus hijos a las escuelas, a la clínica, a comprar comida y acudir diariamente a trabajar. Si son detenidos tan siquiera por una pequeña infracción vehicular pueden ser deportados. El carecer de licencias de conducir explica en parte el que miles se hayan contagiado o hayan muerto de COVID-19. Sabemos de redadas por agentes del Servicio de Control de Inmigración y Aduanas (ICE, por sus siglas en Inglés) donde llegan a las casas buscando presuntamente criminales indocumentados y arrestan a gente inocente e ¡incluso con documentación!.

El ex-presidente Barack Obama otorgó migajas a los inmigrantes y fue el mayor deportador, tanto así que las organizaciones defensoras de los inmigrantes lo etiquetaron como el “Comandante en Jefe de las Deportaciones”. El presidente Trump, ha metido niños y niñas en jaulas, les ha llamado criminales a los inmigrantes indocumentados, cuando estudios tras estudios muestran que la mayoría llega a Estados Unidos a trabajar y no a cometer crímenes. Fruto de sus trabajos es que envían remesas a sus familias a sus países de origen, remesas que en la actualidad han disminuido debido al alto de desempleo que ha generado el COVID-19. El coronavirus ha empeorado sus graves problemas.

Hemos visto cómo viven los inmigrantes latinos indocumentados en Estados Unidos, las enormes injusticias a que son sometidos todos los días como los refugiados de África y Medio Oriente en Europa. Es así que se hace imperativa más solidaridad, más compasión, más generosidad, el exigir colectivamente a las autoridades leyes que los protejan, que se les permita acceso legal a la residencia con vías a la ciudadanía, que se les respeten sus derechos humanos… y repudiar los intentos del Presidente Trump de eliminar el Estado de Protección Temporal (TPS en Inglés) para los trabajadores y trabajadoras.
Y muy importante, unirnos en sus aspiraciones, seguir apoyando o participando en las organizaciones que abogan por los derechos de los inmigrantes. Para que en definitiva, se les trate como seres humanos plenos en dignidad, porque ninguna ley, ninguna, puede estar por encima de la dignidad humana.

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