CASALDÁLIGA: EL EXTREMO SALUDO

El último gesto profético del obispo de los pobres: descansar en el cementerio karajá

Las exequias de Casaldáliga fueron celebradas en el centro claretiano de Batatais entre canciones y música de guitarras. Figuraba el sombrero sertanejo que dom Pedro sabía utilizar en reemplazo de la mitra episcopal que nunca quiso lucir; había adornos artesanales indígenas multicolores, una red de pescadores del rio Araguaya. En el ataúd Casaldáliga tenía una cruz sobre el pecho, obra de un indio xavante y una Biblia abierta en los Salmos sobre los pies desnudos.

Desde Batatais en un viaje que duró casi un día entero por tierra el féretro con el cuerpo embalsamado de dom Pedro hizo la primera parada al llegar al territorio de la prelatura de Sao Felix en el santuario de los “Martires da Caminhada”, hecho construir por el mismo Casaldáliga. En ese lugar el 11 de octubre de 1976 el jesuita Joao Bosco Burnier fue asesinado por error con un tiro de la policía destinado a dom Pedro que estaba a su lado. En el mes de julio de cada año hay una “romaría” hacia ese santuario a nivel nacional. La tercera etapa fue Sao Felix, una ciudad de poco más de diez mil habitantes, la residencia habitual de dom Pedro al frente de una prelatura con una extensión de 150 mil km de puro campo y selva. Allí su ataúd fue colocado sobre una canoa, acompañado por las fotos de dos religiosas muy veneradas que fueron su ayuda e inspiración: la “tía” Irene de las Hermanas de san José fallecida en 2008 y que fue una gran formadora de mujeres campesinas y la Hermana Veva de las Hermanitas de Jesús que vivió 61 años entre los indígenas Tapirapé y falleció en 2013.  Casaldáliga ha querido ser sepultado fuera de la ciudad en el viejo cementerio de los indígenas “karajás”. En aquel cementerio abandonado solo quedan unas cuantas cruces de madera y tumbas sin nombre y sin flores de indígenas y peones condenados en vida a la esclavitud y en la muerte al olvido. El cementerio, escribe José Manuel Vidal, “está ahora cubierto de zarza y matojos, pero al centro todavía campea una cruz y al frente discurre caudaloso el Araguaia lamiendo el cementerio de los olvidados”. Es el último gesto profético del obispo de los pobres que iba a caballo, cruzaba el río a remo en canoa, que viajaba en bus (24 horas de viaje) y no en avión (porque en avión no viajan los pobres)  para ir a la Asamblea de los Obispos. Era el obispo en chancleta y pantalones vaqueros sin ornamentos, sin palacio, sin coche, lavando su propia ropa, cocinando su comida y que soñaba con una Iglesia “vestida solamente de evangelio y sandalias”. Impresiona esta figura de un nuevo Juan Bautista salido no del desierto sino de la selva  y que ha ido preparando los caminos para una renovada Iglesia. Es el viento del Espíritu que con el papa Francisco está soplando fuerte desde el Sur frente a un mundo descaradamente opulento y olvidado de los pobres. Hombre humilde, frágil y perseguido había escrito: “Somos soldados derrotados de una causa invencible; somos el pueblo de la esperanza”. Estos otros versos suyos suenan a despedida:

“No me voy, quedan mis palabras. ¿Qué más quieren? Les doy todo lo que yo creo, que es más de lo que yo soy”.

Él mismo escribió su epitafio para la tumba: “Para descansar yo solo quiero esta cruz de palo con sol y lluvia, estos siete palmos de tierra y la resurrección”.

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