COMO EL MURMULLO DE UNA BRISA SUAVE

*el camino de nuestro Pedro Casaldáliga
Pedro Rafael Ortiz S.
Sacerdote diocesano /Puerto Rico

Pedro-Casaldliga-El-Obispo-De-Los-Pobres
Quiero dedicarle estos pensamientos a la memoria de nuestro querido de la Amazonía, obispo Pedro Casaldáliga, quien en mi opinión es un santo que Cataluña le regaló a Latinoamérica, como también esa tierra le regaló a mi Puerto Rico a través del pueblo de Comerío la devoción por Nuestra Señora del Alba, la Virgen de la libertad catalana de la Edad Media, que nuestro poeta Juan Antonio Corretjer le visualizó como devotos a los pajaritos y los que se levantan temprano a trabajar.

Nuestra Señora del Alba es bendición “para el que escucha y para el que habla”.
Hay muchas formas de hablar y muchas más para escuchar. El obispo Casaldáliga escuchó la voz de queja ancestral de los pobres, en especial los de América Latina. Su lucha por los pobres le llevó por diversas tierras, desde Nicaragua hasta Chile y, sobre todo, el Brasil. En esa gran nación sudamericana trabajó con los campesinos pobres y los indios amazónicos, en cuerpo de camisa, sin lujos ni ostentaciones. Su vida también fue de hablar, atreverse a decir cosas que muchas veces pusieron en peligro su seguridad personal, pues había ricos a los que no les gustaba que defendiera a los pobres ni a los indios.
Su ejemplo es tan claro y su legado tan sencillo, tan fácil de entender, que hay muchos no creyentes que le admiran, son muchos los creyentes que no se atreven a seguirle.
Es como el relato de la Biblia sobre el profeta Elías, que estando protegido de enemigos en su cueva se enteró que Dios iba a pasar por allí y que tenía que salir a su encuentro. Llegó el huracán, el terremoto y el fuego, pero Dios no aparecía. Entonces, escuchó el murmullo de una brisa suave y salió corriendo porque, en efecto, llegaba Dios. Mi pueblo tiene en su tradición de música popular aquello de “ya se oye el murmullo de una brisa suave” como lo que anticipa la llegada del Niño Dios.
Ante los desastres naturales y las hecatombes provocadas por el saqueo y el abuso contra los pobres del mundo, el obispo Casaldáliga caminó junto a la brisa suave de la esperanza.
Muchas veces los seres humanos miramos los desastres y buscamos a Dios –o el poder superior natural o imaginario en que cada cual crea- con la ilusión de librarnos del mal. Es tan fuerte el temor en nuestras vidas, que la más de las veces no podemos caminar sobre la tormenta sino que nuestro propio miedo nos hunde. El obispo Casaldáliga veía las cosas de otra manera, el creía en un Dios liberador precedido por la justicia que traía la libertad. Y camino con confianza con la mirada puesta en Él.
“Me llamarán subversivo y yo les diré: lo soy. Por mi pueblo en lucha, vivo. Con mi pueblo en marcha, voy”. Tales fueron las palabras de ese cura, al que no puedo evitar que decir que ha sido un “santo de los pobres”.
Los que quieran decir que luchan por las causas vitales de nuestra sociedad, hacen bien en mirar su ejemplo, el testimonio de un hombre bueno que marcó con la firmeza y suavidad del evangelio el corazón de Latinoamérica.

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