Retrato: Rafael de Miquelerena, s.j.

Introducción

Cuando yo era seminarista, el año 1975 me encontraba viviendo y realizando una práctica pastoral en la Parroquia Santísimo Sacramento, en la ciudad de Colonia. Era el mes de setiembre, según recuerdo, y vino el padre Rafael de Miquelerena a realizar una misión en la parte más rural de la Parroquia, que era el Real de San Carlos, y la localidad de Piedra de los indios. Allí conocí a Rafael, y lo observé trabajar, yo le acompañé en sus andanzas para aprender de él.

Debo decir que nunca aprendí tanto de predicación como al escuchar a este cura predicar. Me divertí mucho con él también, y anduve con él en su camioneta en donde vivía un perrito “marca perro”  llamado “Nosé”.  El padre Rafael, esperaba a que los niños le preguntaran:  “Padre ¿cómo se llama el perrito?” Rafael respondía  “Nosé”, y los niños le decían: “¿ Cómo no sabe si es su perro?” Las carcajadas del cura -que adrede le habría puesto ese nombre- resonaban enseguida.

A continuación, la descripción de Maximiliano Vignale, que pinta un fiel retrato de este sacerdote, feliz de ser misionero.

Eduardo Ojeda

 

Rafael de Miquelerena S.J. “El Cura que entendió”

Tras sus rasgos algo adustos y su voz prominente que podría infundir “miedo” en quien hablaba con él, se escondía un profundo amor, cariño y real sentimiento de cura al estilo de Cristo.

El Padre Rafael de Miquelerena nació en Montevideo el 18 de noviembre de 1925 dentro de una familia profundamente cristiana. Hizo sus estudios en el Colegio Sagrado Corazón (Seminario) marcando su vocación como Jesuita. Ingresó en el Noviciado el 7 de marzo de 1942 con 16 años y fue ordenado sacerdote el 15 de diciembre de 1957. Dos años después realizó la Tercera Probación (última etapa de formación en la Compañía de Jesús) en Córdoba, Argentina (1959), para luego profesar sus últimos votos en 1960. En 1962 fue destinado a la Residencia de San Ignacio como Vicario Cooperador en la Parroquia, lugar en que estuvo como residente hasta sus últimos tiempos y como missionarius excurrens (misionero itinerante), misión que destacará como su principal trabajo apostólico. El 25 de mayo de 1967 asumió la dirección del “Centro Apostólico San Francisco Javier”, obra apostólica de Misiones Rurales fundada en 1896, y a la que el se entregó totalmente durante toda su vida. Hasta aquí lo biográfico.

Más conocido como “Mique” cariñosamente, marcó con su estilo y su forma una impronta a seguir para aquellos que de verdad quieren gastar su vida al servicio del Evangelio. Ser sencillo, humilde y directo fue siempre su forma. Si bien en momentos lo llevó a chocar con concepciones arcaicas y con la institucionalidad, nunca claudicó en sus ideas luchando por acercar la misa al pueblo de Dios y porque todos puedan comprender el profundo sentido de Cristo hecho pan en la Eucaristía.

De las charlas junto a él, se desprendían numerosas anécdotas de sus años activos de misión. Recorrió el Uruguay entero de Norte a Sur y de Este a Oeste en su camioneta Combi junto a su perro Nosé. Esta camioneta fue testigo de numerosos acontecimientos religiosos, casamientos, bautismos y primeras comuniones e incluso del encuentro con su compañero de camino, “el Nosé”. Solía salir de Montevideo con el vehículo lleno de punta a punta con víveres, ropa, donaciones y su equipo de altar para celebrar la eucaristía en los lugares a los que iba llegando.

En sus cuentos, siempre destacaban los arribos a poblados o caseríos en los que pasaban años sin ver un sacerdote entre sus habitantes, por lo que en numerosas ocasiones celebraba en misa el sacramento del matrimonio junto con el bautismo de sus hijos. La sencillez en la prédica y la celebración siempre fue lo que recalcó como necesario para lograr que cada uno, desde el más encumbrado catedrático hasta el escolar que se iniciaba en la fe pudieran comprender en su totalidad el mensaje de Jesús que quiere llegar a todos nosotros, el mensaje de quien está a la puerta y llama.

En misa, destacaba el uso de su “poncho patrio” como único ornamento para celebrar la eucaristía. Este poncho, signo característico, le había sido obsequiado por un grupo de monjas quienes se lo habían bordado con numerosas imágenes y leyendas del Evangelio Criollo, se convirtió tal como se dijo en su único ornamento; siempre blanco ya que creía que la misa era siempre una fiesta y como tal debía celebrarse siempre con color de gozo.

Su forma de celebrar era particular, amén de su ornamento propio, siempre tenía para compartir con nosotros la historia de algún Santo de esas que con cariño guardaba en su libro “Los Santos Latinoamericanos” que por su proximidad territorial tocaba de cerca la vida de todos. Nunca oímos de él una plegaria eucarística igual a la anterior, movido por el Espíritu Santo y por su propia interpretación iluminaba este momento con palabras adecuadas al texto evangélico proclamado ese día y jamás faltaban en esos momentos en que el Espíritu por efusión transforma en pan y el vino en Cuerpo y Sangre gloriosa de Cristo, las lágrimas brotando de sus ojos mientras repetía las palabras que el mismo Jesús expresó en la última cena “Tomen y coman todos de Él, porque este es Mi Cuerpo que será entregado por Ustedes”. Insistía hasta el cansancio en comulgar en la mano diciendo “es un gesto de amor y humildad recibir a Jesús y adorarlo en nuestras manos, Él así lo quiso”.

Movido por inquietudes vocacionales, en una charla le pregunté cómo había descubierto su vocación de cura y la respuesta fue sorprendente. “Cuando yo era chico, la misa era distinta; el cura daba misa de espalda al pueblo y en latín; las mujeres se sentaban a la derecha en la Iglesia con mantillas en la cabeza y los hombres a la izquierda con el sombrero sobre las rodillas. Yo era un gurisito de 8 años (su semblante lucía risueño como el de aquel niño que hasta el último día vivió dentro suyo) y acompañaba al cura en misa como monaguillo. Varios domingos me dí cuenta de que los hombres, cuando el cura empezaba a predicar arriba del púlpito salían a fumar afuera y la verdad es que un domingo me calenté y salí atrás de ellos (imagino en estos momentos el niño que hoy es el Padre Rafael de Miquelerena con ese carácter tan particular ya marcado desde su niñez) cuando los vi fumando afuera les pregunté por qué salían en lugar de escuchar la homilía del cura y me dijeron, “nene, vos entendés qué es lo que está queriendo decir el cura?” les tuve que asumir que no entendía, y ellos me dijeron “nosotros tampoco”. Ese día, entendí que Jesús me necesitaba ahí, necesitaba que alguien pudiera hacer llegar su mensaje a todos de forma clara y concreta sin irse por las ramas con palabras difíciles hasta para nosotros los curas. Ahí descubrí mi vocación”

Sin duda, el padre Mique fue un cura que llevó a todos el mensaje del evangelio, un cura que entendió por dónde iba el camino, que entendió que Jesús le hablaba a los “pequeños”: “Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, por haber ocultado estas cosas a los sabios y a los prudentes y haberlas revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así lo has querido” (Mt. 11, 25). Una de las frases que más recuerdo de él cuando oía algún un cura hablando de forma muy teológica para la asistencia que había en el templo o utilizando su Clérgiman como si eso fuera todo lo importante era: “ves, no entienden nada”.

Un 30 de Marzo, con 89 años el Mique celebró su Pascua. Quiso Dios que fuera ese día, un Lunes Santo. Sin duda, la celebró como vivió, con alegría, esperanza, humildad y sencillez, en el silencio de una enfermería, acompañado por sus hermanos de congregación, en el desapercibimiento de un cura que muere en Semana Santa, semana que por su propia carga ritual y litúrgica no permite grandes pompas fúnebres ni funerales prolongados. Murió como vivió, desde el silencio y sin llamar la atención. Fue y es UN CURA QUE ENTENDIÓ.

Maximiliano D. VIGNALI COUTO

 

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