(tema central): Educación y Trabajo para un futuro mejor

María Bedrossian

Todos los días, las personas, las empresas y las instituciones toman decisiones vinculadas al mercado de trabajo que impactan en el mundo de la Educación y viceversa. Ambos conceptos son constructores de identidad, y sobre todo son Derechos Humanos. Una pregunta que nos hacemos todo el tiempo es por el proyecto laboral o educativo que deberíamos emprender. ¿Qué debo estudiar? ¿Qué pueden estudiar mis hijos? ¿Cómo sostener mi trabajo en este contexto cambiante, hipermoderno y competitivo? ¿Existe una fuerza de trabajo capacitada para sostener las empresas o las industrias nacionales? ¿Necesitamos más capacitación para atraer inversiones extranjeras?

En este sentido, las innovaciones tecnológicas de la industria 4.0 y los estudios prospectivos dan cuenta de un presente en el que numerosos puestos de trabajo van a desaparecer y los que permanezcan deberán ser continuamente reformulados en virtud de las competencias digitales adquiridas a costa de formación específica y complementaria. En función de esta realidad, cabe señalar la importancia de acompasar y actualizar los programas de Educación. El vínculo entre Educación y Trabajo no siempre estuvo patente. Durante mucho tiempo ambos mundos fueron por caminos divergentes. Hoy más que nunca se hace necesario revisar estos procesos de forma más sistémica e integral, sobre todo en el contexto de una pandemia en la que millones de personas fueron despedidas o suspendidas de sus trabajos. Como se sabe, muchos puestos laborales se pudieron sostener porque tramitaron a través de plataformas digitales y casi todas las acciones se realizaron bajo modalidad virtual. Por otra parte, esta pandemia evidenció que los trabajos peor remunerados fueron los que sostuvieron la economía durante este difícil período.

 

Saberes y formación para aplicar al mundo laboral
Para tomar decisiones con respecto a su futuro, las personas disponen de poco conocimiento sobre las tendencias del mundo laboral. Si bien no se puede saber con certeza qué ocurrirá en tiempos venideros, es importante usar la información de la que disponemos en el presente para anticipar qué competencias profesionales se necesitarán en un futuro cercano. A este desconocimiento se suma el desajuste entre la oferta y la demanda de competencias requeridas para ser empleables. El consecuente impacto negativo para las personas y las empresas incide sobre la economía y la sociedad nacional en un sentido más general. Perjudica los salarios y la satisfacción laboral. A nivel empresarial genera dificultades para contratar personal, reduce la productividad y, por ende, disminuye la competitividad del país. El retorno de lo que se invierte en educación se hace poco eficiente y, por otra parte, se suman costos debido a las prestaciones de desempleo. En este punto es fundamental preguntarnos por el papel mancomunado que deberían cumplir las políticas laborales y las políticas educativas eficientes para aplicar en una sociedad cuyas reglas son las del mercado liberal. Existen factores que inciden en cantidad de variables que implican grandes desafíos para los gobiernos: la demografía, la tecnología, las tendencias económicas mundiales y la migración, la discriminación en el mercado de trabajo, las malas prácticas que las empresas aplican en materia de gestión humana, la insuficiencia de los mecanismos de ajuste salarial, los límites a la movilidad de la fuerza de trabajo y la falta de información sobre las oportunidades laborales.

Acercando Educación y Trabajo
Un aspecto clave para generar oportunidades para las personas vulnerables frente al empleo es aprovechar la información sobre el mercado de trabajo y diseñar sistemas de alerta temprana para ayudar a disminuir el desequilibrio entre la oferta y la demanda.

El proceso en su conjunto debe apoyarse en un marco institucional coordinado. Uno de los principales factores que permiten reducir el desajuste entre la oferta y la demanda de las competencias es la participación de todas las partes interesadas. Los aportes institucionales de los ministerios gubernamentales (de Trabajo, Economía y Educación), las oficinas de estadísticas, los servicios públicos de empleo, los interlocutores sociales (asociaciones de empleadores, sindicatos) las instituciones educativas y las de investigación. Los países suelen combinar el suministro de información a los actores individuales con el diseño de sistemas y plataformas que promueven el diálogo social, donde los representantes intercambian puntos de vistas y elaboran estrategias para evitar el desequilibrio.

 

Desafíos: Formación en competencias digitales
Tres temas que merecen especial atención son el desarrollo de habilidades y competencias para trabajos que se tornan cada vez más virtuales, la acreditación de saberes y los marcos de cualificaciones para este tipo de entornos. Esta tríada acarrea enormes preocupaciones para las políticas de empleo en el contexto actual de crisis sanitaria. Los factores de cambio como la tecnología, la composición demográfica, las configuraciones del empleo y los nuevos modelos de negocio y estrategias empresariales inmersos en el marco del consumo capitalista, están modificando las características y contenidos de las formas de abordar el trabajo. Este proceso, cada vez más automatizado y acelerado, conlleva la existencia de una brecha cada vez mayor entre las personas con menos competencias digitales y educativas, dada su desvinculación temprana de los circuitos de la Educación formal, y aquellos que acceden a una educación integral y completa.

Este desajuste afecta no solo la posibilidad de que las personas encuentren un trabajo decente y estable, sino que también es un lastre para el crecimiento del empleo, el mejoramiento de la productividad y el desarrollo. Los mercados de trabajo son dinámicos y complejos, por ende, hay que llegar a comprender mejor cuáles son sus necesidades y cómo ajustar las competencias, así como entender las prioridades de la agenda política de muchos países, debido al rápido avance de la tecnología en el marco de la competitividad mundial. Adecuar la oferta y la demanda de competencias también puede contribuir a aumentar la empleabilidad, en particular entre los jóvenes, población que en nuestro país alcanza altos índices de desempleo. Permite mejorar la vida de las personas al promover la movilidad social y la inclusión.

Formación Profesional en clave de desarrollo
Una formación profesional, técnica y tecnológica para el desarrollo de un país, es un proceso complejo y dinámico que supone la participación de diversas partes interesadas que toman decisiones en diferentes momentos: las personas y sus familias; los responsables de elaborar políticas de educación, formación y mercado de trabajo, cuando toman decisiones sobre la configuración de los sistemas de educación y formación; las políticas y las inversiones en materia de empleo; las instituciones de formación, cuando toman decisiones sobre el tipo de cursos que van a ofrece así como de su contenido; y los empleadores, cuando toman decisiones acerca de cómo capacitar a los trabajadores y darles oportunidades para aplicar competencias y desarrollar talentos. Los sistemas de educación y formación, en particular, desempeñan un papel fundamental para garantizar que todas las personas tengan oportunidades de desarrollar sus competencias a lo largo de toda la vida, lo que les permitirá adaptarse a las necesidades y a la situación del mercado de trabajo.

Dada la complejidad y la dinámica de dicho proceso es importante que los responsables de elaborar las políticas sean conscientes de la relevancia de reducir los riesgos de socavar la empleabilidad de las personas y obstaculice la productividad de las empresas y el crecimiento de las economías.

La experiencia de los países más adelantados sugiere que la piedra angular de cualquier estrategia de educación y empleo es un sistema integral de información del mercado de trabajo. En este sentido, las políticas públicas, deben apostar a incentivar esta articulación, y co-construir espacios donde la tarea de formar abra a la reflexión y a la crítica de los actores sociales mismos.

Otro camino posible es la promoción del fortalecimiento de la gobernanza de los ministerios en las políticas activas para el empleo y las instituciones que imparten formación profesional en la tarea de anticipar las demandas y mejorar la pertinencia de la formación para el trabajo.

Otro reto es tener en cuenta los estrechos -y riesgosos- vínculos entre la educación cibernética, el trabajo on line y competencias digitales.  Decimos riesgosos porque, en aras de la democratización o en aras de la homogeneización de este universo virtual, estamos generando horizontes de gran apertura y avances, pero también nuevos tipos de explotación, nuevas formas de exclusión y postergación de los que no pueden acceder a este tipo de aprendizaje. La brecha se amplía, se reproduce la lógica de ganadores y perdedores, los paradigmas de éxito son en clave capitalista, la razón instrumental es la que prima.
Frente a estas realidades, los cristianos nos debemos autoevaluar, preguntarnos cuál es nuestro papel en la contención social, el desarrollo y la promoción de derechos. En qué medida nos comprometemos en la lucha por la equidad. ¿En qué lugar queda la acción social y el valor de la solidaridad? ¿Dónde colocar el pensamiento crítico? ¿Desde qué lugar, entonces, reflexionar y ser agentes de transformación? ¿Qué dispositivos institucionales, pedagógicos, sindicales, políticos, nos estamos dando? ¿Cómo sostener a los trabajadores, a los educadores y a los educandos en este proceso de “empoderamiento”, para transformarnos en sujetos constructores de la Historia y no sujetos sujetados por ella? ¿Cómo, en fin, crear prácticas liberadoras que apuesten a un ser humano solidario y responsable en esta mutante sociedad?

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