(aniversario): 2º GUERRA MUNDIAL: LA IGLESIA Y LA PAZ

Bombardeo a Roma, 1943

En septiembre del año pasado se conmemoraron los 80 años del comienzo de la Segunda Guerra Mundial. Recordamos en este artículo los esfuerzos en pos de la paz realizados por el Papa y la Iglesia Católica.

“NADA ESTÁ PERDIDO CON LA PAZ”
Adolf Hitler ya había decidido la invasión de Polonia, pero preocupado por la posible reacción de la Unión Soviética el 23 de agosto de 1939 negoció con José Stalin secretamente la no agresión por diez años, asegurándose la parte occidental de Polonia mientras Rusia se quedaba con la parte oriental y además con Finlandia y los Países Bálticos. Pio XII estaba al corriente de estos planes y sabía que Inglaterra y Francia iban a entrar en guerra contra Alemania. Por eso el día siguiente, 24 de agosto, por la radio vaticana dirigió un extremo llamado a la negociación y a la paz debido al “inminente peligro de guerra”. En ese mismo mensaje se decían palabras que pasaron a la historia: “Nada está perdido con la paz y todo puede estarlo con la guerra”. El Papa advertía que se avecinaba “un sangriento conflicto internacional” y que “la justicia se lograba con la fuerza de la razón y no con la fuerza de las armas”. Se hacía portavoz de “los que tienen hambre y sed de justicia, de los que ya sufren y de tantos inocentes, de las madres que tendrán que separarse de sus hijos, de los padres que tendrán que dejar su hogar”. El mensaje no tuvo éxito. El Papa propuso entonces una conferencia internacional entre Alemania, Italia, Francia e Inglaterra para una última negociación de paz. No fue escuchado. El primero de septiembre de 1939, sin declaración de guerra, Alemania invadió Polonia. Era el comienzo de la guerra. La condena del Papa por la invasión de Polonia pareció demasiado cauta, aunque en su primera encíclica del 27 de octubre del mismo año levantaba “un patético lamento sobre la dilecta nación de Polonia”, la que nombraba expresamente. El lenguaje eclesiástico, en el caso de Pio XII, era diplomático; no era directo y por eso tenía para la opinión pública poca fuerza y eficacia. El motivo era que desde el comienzo de su pontificado Pio XII dirigió todos sus esfuerzos, y así le pidió a  los obispos, al mantenimiento primero y al logro después,  de la paz internacional para evitar la “carnicería” que había denunciado Benedicto XV en la Primera Guerra Mundial. La actitud de Pio XII fue la misma de Benedicto XV: eligió la neutralidad con la esperanza de poder mediar por sobre de las ideologías  y de los intereses de las partes. Él mismo dijo: “Nos hemos impuesto prudentes reservas a fin de no hacer difícil o imposible el trabajo en favor de la paz”. El hecho de haber permanecido doce años en Alemania como nuncio apostólico y conocer al pueblo alemán le daba esperanza de poder lograr la paz, amenazada por Hitler. El Papa veía muy claramente el obstáculo por la paz que representaba el  nazismo, juzgado totalmente anticristiano, pero esperaba que el propio pueblo alemán  consiguiera deshacerse del régimen. Muchos historiadores afirman que el Papa apoyó, indirectamente, el atentado contra Hitler en 1944. Durante las Navidades de 1939 y las siguientes el Papa pidió treguas navideñas, pero sin éxito.

 

“MUCHAS LÁGRIMAS Y ORACIONES“
Pio XII trabajó sistemáticamente para que Italia no entrara en guerra hasta proponerle un papel de conciliación entre los beligerantes. Visitó al rey en el palacio Quirinal, envió emisarios y escribió personalmente a Mussolini. Todo en vano. El 10 de junio de 1940 Italia entraba en guerra contra Francia e Inglaterra. El Papa pidió entonces a esos países que no bombardearan la ciudad de Roma y consiguió que la ciudad fuera considerada, más tarde también por los alemanes, “ciudad abierta” y no fuera destruida. Cuando el 10 de mayo de 1940 los alemanes invadieron los países neutrales de Bélgica, Holanda y Luxemburgo el  Papa envió sendos telegramas a sus dirigentes lamentando “la injusticia y la iniquidad” de la agresión. Se solidarizó con las víctimas de la agresión; no denunció directamente al agresor, pero lo hizo indirectamente. No era por miedo. El Papa había conocido la terrible reacción de Hitler contra los católicos de Alemania después de la publicación clandestina de la encíclica “Con ardiente preocupación” de Pio XI, con la que él había directamente colaborado.  Ahora constataba en el caso de Holanda donde los obispos protestaron contra la deportación de los judíos, cómo Hitler había respondido con una salvaje venganza contra los mismos judíos. El Papa se fue convenciendo que una abierta denuncia de los crímenes de Hitler, además de inútil, provocaría males mucho más graves. La misma crueldad demostrará Hitler durante la ocupación alemana de Roma, cuando por represalia mandó a ejecutar diez italianos por cada alemán muerto en un atentado; así fueron asesinados 335 civiles inocentes, ametrallados y arrojados en las Fosas Ardeatinas. Distintos obispos y personalidades pedían al Papa una intervención explícita. Los obispos franceses habían pedido al Papa que promulgara una encíclica sobre “el deber de los católicos de resistir a las órdenes injustas de un estado autoritario”. El mismo cardenal francés Eugenio Tisserant desde el Vaticano escribía al cardenal Suhard de París: “Me temo que la historia reproche a la Santa Sede haber seguido la política más conveniente para sí misma”. El Papa sin embargo alentaba a los mismos obispos alemanes más destacados como von Galen, von Preysing, Faulhaber..a que hablaran “con valor y claridad”. Aclaraba que “al Vicario de Cristo que quería gritar alto y fuerte le era impuesto por prudencia la espera y el silencio” (carta al obispo Ehrenfried). El Papa mismo en declaraciones después de la guerra al sacerdote romano Piero Scavizzi dirá: “Muchas veces he pensado en excomulgar al nazismo y a su jefe, a la brutalidad del exterminio de los judíos, pero después de muchas lágrimas y oraciones he juzgado que una protesta pública no habría ayudado a nadie y, por el contrario, habría multiplicado la crueldad contra personas indefensas. Quizás esa denuncia me habría traído el elogio del mundo civilizado pero habría causado sobre todo a los judíos una persecución aún más implacable”.

 

LA AYUDA HUMANITARIA
El Papa era considerado un maestro en diplomacia, pero durante la guerra la diplomacia vaticana fracasó, si bien entre las Iglesias cristianas la Católica era la única con perfil internacional y sin atarse a ningún gobierno. Después de que la guerra se expandió, la diplomacia pontificia tuvo mucho menos posibilidades; aún así no dejó de moverse en favor de una paz cada vez más imposible y menos aceptada. El espacio que le quedaba era la ayuda humanitaria a todas las víctimas de la guerra sin discriminaciones. Eso se hizo a través de la Oficina de Informaciones dirigida por el futuro cardenal Montini, la Radio Vaticana, la Secretaría de Estado y los nuncios en los distintos países. El Vaticano empleó ingentes sumas de dinero, de origen americano en su mayor parte, para ayudar a los judíos de distintos países a emigrar. El Papa en Roma dispuso que las parroquias, el mismo Vaticano y unos  150 conventos de clausura se abrieran para acoger a los refugiados, entre ellos 4 mil judíos. Lo mismo se pedía a los episcopados de los distintos países. Algunos han escrito que el Papa se apoyó en el nazismo para destruir el comunismo, que él consideraba como el peor enemigo de la Iglesia. No hay prueba de eso. Es verdad que el Papa, como la mayoría de los católicos, condenaba el comunismo ateo, pero no alimentó ninguna “cruzada” religiosa cuando Hitler invadió a Rusia; por el contrario intentó un “modus vivendi” también con Rusia sin resultado. Stalin desconfiaba del Papa. En sus memorias Winston Churchill cuenta que durante la Conferencia de Moscú, había insistido en que la Iglesia Católica participara pero Stalin le preguntó: ¿cuántas divisiones tiene el Papa? A lo que Churchill habría respondido: “cuatrocientos millones de católicos, lo que no está nada mal”. Durante la ocupación alemana de Roma que duró nueve meses, Hitler tenía proyectado ocupar militarmente el Vaticano, adueñarse de los Archivos y trasladar el Papa a Alemania; fue disuadido por los mismos militares alemanes en Italia y por el embajador alemán en el Vaticano. El Papa sabía de este proyecto y había hecho ocultar todos los documentos más importantes. Le sugirieron que se marchara de Roma como lo habían hecho el rey y los gobernantes italianos. Les dijo a los cardenales que él jamás se movería de Roma a menos que lo obligaran por la fuerza y los dispensó de la obligación de acompañarlo. Dijo: “Hitler podrá arrestarme; pero tendrá en sus manos al cardenal Pacelli, no al Papa”. Como resumen de todo lo dicho, es válida la afirmación del historiador español Juan Maria Laboa: “No se puede decir que Pio XII y la Iglesia no hayan defendido la justicia y el derecho de los pueblos, pero no cabe duda de que el objetivo primero de Pio XII era la defensa de los derechos de la Iglesia y de los católicos, aunque con la evolución de la guerra y el mayor conocimiento de los horrores que se cometían, se ampliaron los objetivos de la acción pontificia”. Se pudo haber hecho más, pero hay que añadir que el Papa y la Iglesia lucharon antes que nada por la paz, mientras que las naciones beligerantes luchaban por la victoria y la derrota total del enemigo. Cuando el Papa afirmaba: “Nada se pierde con la paz, todo puede perderse con la guerra”, contradecía de hecho los intereses de muchos países que más tarde lo acusaron de no haber hablado suficientemente claro. En realidad el Papa habló suficientemente claro y todos lo entendieron, pero no hablaba en la dirección que cada cual deseaba, sino como autoridad moral por arriba de las partes en busca de finalizar cuanto antes  una guerra terrible que terminó con 60 millones de muertos.

                                                          PRIMO CORBELLI

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