(espiritualidad): A medidas extremas, Amor al extremo

Hno.Diego Diaz

La experiencia de la pandemia a nivel mundial exigió medidas extremas en la población para el cuidado y la prevención de los contagios masivos. Pasamos del simple lavado de manos, al uso de tapa bocas y el distanciamiento social. La circulación libre y masiva se vio restringida al “quédate en casa”. Las escuelas, los lugares de socialización para niños y jóvenes por siglos, pasaron a estar vacías y con clases online. Los comedores y templos cerraron sus puertas. Los centros comerciales, los nuevos lugares de culto y encuentro, se vaciaron y pasaron también a modo online….

El trabajo de muchas personas empezó a ser mediatizado para trabajar desde casa, algunos perdieron su trabajo y otros en las primeras líneas hasta perdieron la vida. La humanidad pasó a estar confinada en sus casas y en los lugares donde antes paseaban los humanos, aparecieron los animales transitando por calles y plazas.  El mundo parece estar pata para arribas, sin embargo, la sabiduría del pueblo de Dios, nos dice que allí donde está tu tesoro está tu corazón.

La realidad de la humanidad, sin dudas, necesitaba un alto. Un detenerse en el camino, ya no polvoriento, sino de asfalto y autos de alta gama, aviones surcando el cielo, llenos de personas con proyectos, con negocios, con ilusiones, con despedidas, con búsquedas.  De pronto un virus, nos obligó a detenernos a parar, de pronto el otro se convirtió en un ser peligroso, en un portador sintomático, dejó de ser mi vecino, el amigo de la cuadra y pasó a ser el contagiado. El médico, la enfermera que eran tenidos como héroes pasaron a ser los portadores de un virus que cada vez conocemos menos como actúa. Los medios siguen transmitiendo, una y otra vez, las mismas imágenes de los cajones enterrados en una fosa común. Los videos de caras marcadas por las máscaras y el cansancio aparecen en oleadas sucesivas. Es real,  y las cifras aumentan cuando la circulación crece si no se toman las medidas de precaución necesarias. Pareciera que estamos en un círculo del cual no podremos salir; pareciera que el peligro está afuera.

 

A medidas extremas respuestas extremas

En el año 1675 en Francia Santa Margarita María Alacoque recibe las apariciones del Sagrado Corazón de Jesús. En ese tiempo la Iglesia vive una fuerte confrontación con la teología jansenista; esta herejía pone el acento en la predestinación de la salvación, es decir que algunos son elegidos para la salvación y otros no. Además promueve el alejamiento de la Eucaristía diaria, ya que considera que es más importante el sacramento de la reconciliación para limpiar los pecados antes de recibir la comunión. Algo de esta ideología se ha colado hasta hoy. Las iglesias y los templos se han vuelto lugares para puros y santificados. Los pobres y los pecadores deben permanecer aislados y apartados. Sin embargo, el mensaje del Sagrado Corazón es más actual que nunca. Precisamente, en ese corazón abierto y herido se ha concentrado todo el amor de Dios. En ese corazón traspasado está el auténtico rostro de Dios. ¿Cuál es ese rostro? El rostro de un amor que se da hasta el extremo. El amor que abruma. El amor que no atiende a razones y destroza cualquier planteamiento humano. Es un amor tan exagerado, que solo puede ser divino. Un amor así no se puede contar ni definir. Solamente se puede aceptar y disfrutar.

 

Una espiritualidad en salida 

En este movimiento redentor la vida adquiere un sentido de salida. Es necesario darse, entregarse. La espiritualidad del corazón de Jesús tiene tres ejes básicos: corazón, cuerpo, voluntad. Si lo observamos bien, se da una perfecta circularidad entre las tres palabras, ya que no hay amor sin darse hasta el extremo, ni sacrificio; lo hemos visto en las poblaciones que han respondido a las medidas extremas sanitarias para prevenir la propagación de la pandemia. El sacrificio de la cuarentena y la entrega son señales o expresiones de la verdad y la autenticidad del amor en muchas familias y comunidades. El amor es algo real y lo podemos palpar en miles de acciones que las comunidades han emprendido para superar esta pandemia y este aislamiento. El amor, es un concepto clásico de la espiritualidad cristiana, es un gesto en que se invierte en la vida del otro, sabiendo que en esta acción de darse uno mismo, existe la posibilidad de ser rechazado. La acción de darse a sí mismo es profunda y deja huellas imborrables en las vidas de las personas; es en esta expresión de oblatividad que el amor transforma la vida de las personas.  El concepto del amor se relaciona con la oblación, que es vista como abandono de sí, y con la reparación como ágape que sabe asumir al hermano en su situación de reproche o rechazo.  Los que compartimos la espiritualidad del Sagrado Corazón estamos llamados a insertarnos en el movimiento redentor que brota del Corazón de Jesús; es en el cuerpo a cuerpo con la humanidad de hoy afectada por la pandemia que somos invitados a regenerar a la humanidad desde el  amor de Dios. El ágape no es un ejercicio sistemático de acompañamiento espiritual o de práctica pastoral, sino que debe ser continuamente discernido, reinventado y contextualizado. Es en este contexto que nos movilizamos a salir y a ir más allá de las sacristías y las iglesias para compartir el Reino de Dios en la vida de las personas. Cada uno tiene una misión, recibida por Dios  para mover los  corazones. Toda nuestra pastoral siempre va encaminada a mover el corazón de las personas a un compromiso con la realidad, a una   vida de interioridad , a tejer relaciones con los otros según el Corazón de Dios. En sencillas palabras a estar atentos y comprometidos con la realidad de los que nos rodean. Pero hay algo más en esta misión…

Todos somos llamados a la misericordia y a la reparación.
Es decir, tenemos que hacer experiencia en la propia vida de lo que el pecado causa en nuestra vida y en la sociedad. Aquí no se trata de una lógica o un sentimiento de culpabilidad, sino de preguntarnos: ¿de qué soy yo responsable?, ¿qué puedo ayudar a cambiar desde mi misión de vida? La misericordia entonces cobra sentido poniendo el corazón junto a la miseria de un mundo herido y contagiado. La reparación se vuelve una acción transformadora impulsada por la gracia de Dios. Ya no son mis obras o mis acciones las que cambian el mundo, sino que es mi SI a Dios, mi apertura al Espíritu lo que hace que Dios pueda seguir actuando en la historia. La misión que realizaremos nos moverá y nos conmoverá, nos llevará a la compasión activa de Aquel que quiere que el mundo funcione de otro modo. Un movimiento genera otro movimiento, simple ley de la física. Pero para que exista un movimiento debe haber disponibilidad y vivir el HOY de Dios como una oportunidad de cambio y renovación . Un relato sufí habla de una anciana que iba en peregrinación a la cumbre de una montaña en pleno monzón. “No podrás llegar a la cumbre con este tiempo” le dijo el mesonero. “Oh amigo,” replicó la anciana, “mi corazón ha estado allí toda mi vida. Ahora es cuestión de llevar también allí mi cuerpo.” 

Encuentro con el Corazón del Buen Samaritano

A la famosa frase del evangelio “allí donde está tu tesoro está tu corazón” podríamos agregarle: allí tienes que estar con corazón, cuerpo y voluntad.  Estar y vivir en el momento presente es algo que nos cuesta. Nuestra mente viaja hacia un futuro incierto que a veces nos llena de angustia. En otros momentos nos quedamos anclados en el pasado, deprimidos, pensando en esa relación que no fue, en esa carrera que no terminé, en ese proyecto que duerme en mi escritorio, en esa guitarra que espera que yo aprenda a tocar, en esa llamada que no hice. Con todo, la acción requiere  moverse, salir de la angustia del pasado o de lo no realizado.  El ejercicio es poner el corazón, el cuerpo y la voluntad juntos; es una tarea que requiere practicarla setenta veces siete. En el evangelio de Lucas encontramos un ejemplo muy concreto de cómo hacerlo. En el texto de Lucas 10,25 – 37 encontramos algunas claves para  entender como estar presente.. El fariseo habla de “corazón, alma, fuerzas y espíritu”. Cada una de estas palabras parece estar encadenadas una con la otra y mostrarnos como es la acción. Sin embargo, en la parábola, ni el sacerdote ni el levita fueron capaces de ver al hombre que estaba tirado en el camino. Solo el samaritano fue capaz de ver lo que sucedía a su alrededor. Frente a la pregunta: ¿quién es mi prójimo?, podemos esbozar muchas y sencillas respuestas. Pero el prójimo no es sólo el que está a mi lado, ese otro que me resulta desconocido, sino también es uno mismo en su propia interioridad, que necesita ser amado y reparado por la acción del Espíritu Santo. El texto de Lucas nos presenta esta imagen de un corazón que ve, se conmueve, se acerca, cura, carga, cuida y paga. La invitación es entonces poner el corazón, el cuerpo y la voluntad en movimiento para ir hacia donde el Amor nos lleva. La vida está clamando con fuerza en muchos lugares del planeta y nos exige reinventarnos y generar acciones para responder al Hoy de Dios.

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