(opinión): La pandemia y nosotros

“Flagelantes en procesión contra la peste en Doorjik, 1349”

Se acercaron los fariseos, y saduceos para ponerle a prueba, y le pidieron que les mostrase un signo del Cielo.
Pero él les respondió: “Al atardecer, ustedes dicen: “Va a haber buen tiempo, porque el cielo está rojo como el fuego. Y a la mañana dicen: “Hoy habrá tormenta, porque el cielo tiene un tono rojo sombrío: ¿Conque saben discernir el aspecto del Cielo, y no pueden discernir los signos de los tiempos?  Son una generación malvada y adúltera”.

Mt 16,1-3.

El Coronavirus y sus efectos. ¿Castigo de Dios, advertencia de la naturaleza o signo de los tiempos?

Últimamente ha resultado muy útil para los profetas de calamidades, avisar que el coronavirus y sus desastres son simplemente un cumplimiento de profecías bíblicas, que anunciaban el castigo de Dios, por el pecado de la humanidad que se aparta de Él.
Si eso fuera cierto, en el país más ateo de América Latina, o sea Uruguay, estaríamos ya muertos todos, por el castigo de Dios.
¿Pero hemos aprendido desde nuestra fe a leer estos acontecimientos como signos de los tiempos como nos pide Jesús?

¿El coronavirus es malo o es bueno?

Algunos ecologistas han señalado que la pandemia ha sido útil para probar que el ser humano ha castigado la tierra con la actividad industrial desaforada y el consumo desmedido de combustibles fósiles y presentan como prueba la “invasión” de animales salvajes a las ciudades, que en la noche duermen sin actividad ninguna, a causa de las cuarentenas.

Abundan imágenes y videos en las redes sociales en las que aparecen animales salvajes que se aventuran en el deshabitado espacio urbano. Aunque en algunos casos se trata de noticias falsas o antiguas: no es cierto que haya delfines nadando en los canales de Venecia, ni elefantes que han caído borrachos después de beber licor en una plantación de té de la provincia china de Yunnan. Sin embargo, sí es cierto que se han dado casos de estampas insólitas. El agua barrosa de los canales de Venecia, se ha vuelto cristalina, ya se puede ver a los peces nadando en los canales. La incesante navegación hacía que el barro nunca se asentara del todo en el fondo. Lo que se nota ahora son peces que han invadido la laguna desde el mar y ríos cercanos. Los animales se aventuran a ocupar un paisaje urbano desprovisto de su trasiego habitual. En la ciudad de Santiago de Chile, se han visto pumas cruzar las calles durante la noche, al igual que zorros. En  la ciudad japonesa de Nara, los ciervos campan a sus anchas por las calles despejadas de los habituales turistas, mientras que en la ciudad de Oakland, situada en la bahía de San Francisco, han sido avistados pavos salvajes que se han adentrado en las instalaciones de una escuela.

En la zona de carrasco en Montevideo, cerca del límite de los bañados, se han visto patos, sapos, ranas y culebras.
En el interior de Uruguay, en algunos montes alejados de las ciudades se han visto pumas, que se creían extintos.
En los suburbios de Nueva Delhi, los monos  han invadido las calles en busca de comida.
En Barcelona, se han visto jabalíes que se aventuraban en las calles deshabitadas del centro de la ciudad en busca de alimento, y los expertos aseguran que en los próximos días podrían verse zorros y aves oportunistas en algunas ciudades españolas. La naturaleza parece querer recuperar el espacio perdido. La contaminación atmosférica ha descendido una quinta parte en varias ciudades de China.

 

¿Buenas noticias?

Sí, y no. Los expertos aseguran que este respiro de la naturaleza, brindado por el confinamiento humano provocado por la pandemia, no soluciona el problema de la contaminación y el peligroso cambio climático. Sólo es un respiro. De nosotros depende que aprovechemos esta instancia para tomar conciencia y revertir los cambios negativos que el desmedido consumismo y la actividad industrial basada en el consumo de combustibles fósiles, sean desacelerados cuando empecemos a retomar la actividad humana; recurriendo  a fuentes de energía más naturales y menos contaminantes.
Si los países más poderosos hicieran un esfuerzo en esta línea de conducta habría esperanzas más fundadas de revertir esta situación.

 

¿Depende de nosotros?

En nosotros, ciertamente la pandemia y esta cuarentena a la que nos vemos obligados, ha despertado lo mejor y lo peor.
Por una parte, ha habido gobernantes irresponsables y autoritarios como Donald Trump, Bolsonaro o los líderes del Partido Comunista de China que informaron tarde de la infección. Por su torpeza, y su negativa a realizar las medidas de distanciamiento social, han provocado más contagios, y muertes.
Otros han aprovechado para tomar mayor control de las poblaciones, y ejercer su autoridad, sin mirar el bien común.
Gente que ha asaltado los supermercados comprando en forma compulsiva y egoísta, alcohol en gel, papel higiénico o artículos de limpieza, sin pensar en las demás personas y familias que necesitarían  de estos artículos.

 

No faltan los alarmistas y oportunistas

El Pastor Giménez de Argentina vendía alcohol en gel con perfumes especiales asegurando que con su bendición y la ayuda de Dios (acompañada claro, con generosas contribuciones de los fieles) se podrá vencer al Coronavirus.
Están aquellos que dicen que el virus es un instrumento del castigo de Dios a la humanidad infiel y pecadora. De paso con la lógica del miedo se aseguran un aumento de los fieles congregados en torno a sus “Iglesias”.
No faltaron quienes tocaron e impusieron las manos a los fieles, provocando el contagio a quienes  murieron luego de haber asistido a estos cultos, y a veces también los propios pastores sanadores. Esto ocurrió por confiar en las falsas predicciones de que el virus no atacaba  a los creyentes.

 

Y sin embargo….  ha habido mucho más de nobleza, solidaridad y entrega…

En el personal de la salud que abnegadamente se arriesga a contraer el virus pero que no deja de atender a los pacientes, y que mereció el aplauso solidario de los ciudadanos, de diversos países.
Gente que se largó espontáneamente a hacer ollas populares para dar de comer a la gente que no tiene trabajo y no puede comer bien.
Varios sacerdotes italianos, que sucumbieron al virus por atender a los enfermos y darles su consuelo y ayuda.
Personas que socorrían al prójimo, con abnegación, humildad y sencillez.
A nivel de Iglesia, muchas parroquias, y comunidades cristianas, en todo el mundo,  se han dedicado a socorrer con sus humildes recursos a sus hermanos más desamparados.
Claro, sin hacer ruido y sin llamar la atención.
Como decía el papa Francisco, el mal es ruidoso, pero los que obran el bien lo hacen sin llamar la atención, con humildad, y no buscando fama ni notoriedad sino el bien de sus hermanos, por eso es que los medios de comunicación no siempre los mencionan con la misma intensidad, con la que se ocupan de los que hacen daño.

 

Dios no trajo la pandemia….  pero…. esta situación puede leerse como una oportunidad que nos da, de cambiar la locura hedonista y consumista por una actividad económica responsable, solidaria y por supuesto más humana.
Es una oportunidad, y cada uno de nosotros, uniéndonos a otros que lo vean de esta forma, podemos hacer una diferencia.
El Salmo 8, se pregunta ¿Qué es el hombre, para que te acuerdes de él, el hijo de Adán para darle poder. Pues todo lo pusiste bajo sus pies.”
El salmista no dice que tengamos derecho a usar y abusar de los recursos naturales de nuestra “Casa común” que es este hermoso planeta con tantas maravillas y biodiversidad asombrosa, con tantos recursos para sostener la vida. El Planeta es de Dios, no es nuestro, y si el Señor nos puso aquí es para cuidarlo y guardarlo, no para adueñarnos de él.
No debemos mirar a nuestra “Madre Tierra” como una mercancía, sino como nuestra casa.
No es casualidad que el papa Francisco haya tomado para titular su encíclica, la frase “Laudato Si” tomada del cántico de las creaturas.
En él, San Francisco de Asís, se coloca ante la creación no como dueño, sino como un hermano, hermano de la lluvia, del Sol, de los pájaros del cielo, y hasta del hermano Lobo, incomprendido y perseguido.
No es dueño sino servidor.
No es propietario sino administrador del hermoso planeta.
Somos el primer ser vivo de la Tierra, con conciencia y capacidad para revertir los daños que ha sufrido el planeta.
Debemos servir, cuidar y guardar, no explotar y abusar.
Es nuestra responsabilidad no sólo nuestra vida, sino la de todos los seres vivos que nos acompañan en esta casa común.
A este respecto señala el papa Francisco:

 

No quiero desarrollar esta encíclica sin acudir a un modelo bello que puede motivarnos. Tomé su nombre como guía y como inspiración en el momento de mi elección como Obispo de Roma. Creo que Francisco es el ejemplo por excelencia del cuidado de lo que es débil y de una ecología integral, vivida con alegría y autenticidad. Es el santo patrono de todos los que estudian y trabajan en torno a la ecología, amado también por muchos que no son cristianos. Él manifestó una atención particular hacia la creación de Dios y hacia los más pobres y abandonados. Amaba y era amado por su alegría, su entrega generosa, su corazón universal. Era un místico y un peregrino que vivía con simplicidad y en una maravillosa armonía con Dios, con los otros, con la naturaleza y consigo mismo. En él se advierte hasta qué punto son inseparables la preocupación por la naturaleza, la justicia con los pobres, el compromiso con la sociedad y la paz interior. Su testimonio nos muestra también que una ecología integral requiere apertura hacia categorías que trascienden el lenguaje de las matemáticas o de la biología y nos conectan con la esencia de lo humano. Así como sucede cuando nos enamoramos de una persona, cada vez que él miraba el sol, la luna o los más pequeños animales, su reacción era cantar, incorporando en su alabanza a las demás criaturas. Él entraba en comunicación con todo lo creado, y hasta predicaba a las flores «invitándolas a alabar al Señor, como si gozaran del don de la razón».  Su reacción era mucho más que una valoración intelectual o un cálculo económico, porque para él cualquier criatura era una hermana, unida a él con lazos de cariño. Por eso se sentía llamado a cuidar todo lo que existe. Su discípulo san Buenaventura decía de él que, «lleno de la mayor ternura al considerar el origen común de todas las cosas, daba a todas las criaturas, por más despreciables que parecieran, el dulce nombre de hermanas».  Esta convicción no puede ser despreciada como un romanticismo irracional, porque tiene consecuencias en las opciones que determinan nuestro comportamiento. Si nos acercamos a la naturaleza y al ambiente sin esta apertura al estupor y a la maravilla, si ya no hablamos el lenguaje de la fraternidad y de la belleza en nuestra relación con el mundo, nuestras actitudes serán las del dominador, del consumidor o del mero explotador de recursos, incapaz de poner un límite a sus intereses inmediatos. En cambio, si nos sentimos íntimamente unidos a todo lo que existe, la sobriedad y el cuidado brotarán de modo espontáneo. La pobreza y la austeridad de san Francisco no eran un ascetismo meramente exterior, sino algo más radical: una renuncia a convertir la realidad en mero objeto de uso y dominio.

Laudato Si. Nº 11-12.

 

Reaccionemos entonces:  La pandemia la causamos nosotros; no Dios. Hemos invadido espacios silvestres y cazando animales salvajes a los que explotamos, y de los cuales nos contagiamos el virus.
No sirve de nada lamentarse, o eludir responsabilidades, buscando culpables.  Debemos revertir el daño y cuidar de este hermoso planeta, en el que nuestro Padre Dios nos ha colocado.

Eduardo Ojeda

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