CATEQUESIS DE ADULTOS: ¿CRISTO SUBIÓ A LOS CIELOS?

Hemos celebrado la fiesta de la Ascensión. Hacemos profesión de fe en Jesús diciendo: “subió a los cielos donde está sentado a la derecha de Dios”. Pero, ¿qué significa todo esto? En sentido bíblico, el “cielo” no es un lugar al que se sube o del que se baja sino una situación de vida a la que estamos llamados si vivimos ya desde ahora la amistad con Dios. La subida de Cristo al cielo no ha de entenderse en sentido material; es un pasar del tiempo a la eternidad, de lo visible a lo invisible, a un mundo que escapa a nuestra comprensión y posibilidades. Nadie va al cielo si no es por un don gratuito de Dios. ¿Por qué entonces Lucas habla de una ascensión física al cielo hasta que una nube lo ocultó de los ojos de sus discípulos?

Lucas es el único evangelista que habla de la desaparición visible de Jesús. Para Mateo Jesús ya ascendió al cielo al resucitar; para Juan la muerte de Jesús ya significó su “pasar al Padre”. Pablo y Pedro también hablan de su exaltación a la gloria de Dios, pero no de un acontecimiento concreto y visible; la conexión inmediata es con su resurrección. La primera Iglesia celebraba litúrgicamente hasta el siglo V la Pascua y la Ascensión como fiesta única. Por lo tanto el sentido de la Ascensión es que Jesús, después de una muerte injusta y cruel, fue glorificado y constituido con su cuerpo glorificado, como señor del mundo y de la historia, como juez universal. La ascensión verdadera y la glorificación de Jesús se dieron en el día mismo de su resurrección. Y es lo que se desprende de lo que Jesús Resucitado le dice a  María Magdalena (Jn 20,17): “Díle a mis hermanos que subo donde mi Padre”. La Ascensión no es un acontecimiento más de la vida de Jesús, un capítulo más de su supuesta biografía. Jesús termina su camino en Dios, junto al Padre. Es la culminación de su muerte y resurrección. Con esta fiesta celebramos nuestra meta final. La “nube” significa la protección de Dios, el hábitat de Dios como en el desierto del Sinaí o en el Tabor. Los 40 días también son simbólicos y con ello Lucas quiere decirnos que hubo un tiempo de iniciación de los discípulos para que se acostumbraran a la presencia invisible de Cristo, para una asimilación en profundidad de la resurrección de Jesús porque algunos todavía dudaban y pensaban en otro reino (Mt 28,17; He 1,6) que no era el de Dios.

 

¿NARRACIÓN HISTÓRICA?
Lucas transformó en una narración la Ascensión, a pesar de no ser ningún hecho histórico narrable sino una afirmación de la nueva forma de vida de Jesús. No hubo la ascensión visible de Jesús ni su ocultamiento. Siempre hay que recordar que los evangelios no son libros de historia sino la catequesis de los apóstoles y primeros discípulos, la que se fundamentaba sobre los hechos y los dichos de Jesús. Lucas usa un género literario narrativo común en su época para destacar el fin glorioso de grandes personajes. También en el Antiguo Testamento se habla de la ascensión de Henoc (Gen 5,24) y de Elías (2Re 2,1-18). También hoy es común usar géneros literarios novelísticos  para comunicar un hecho o una verdad revelada sin deformarla. Lucas historificó la Ascensión al finalizar su Evangelio y al comienzo de los Hechos de los Apóstoles para darle una mayor fuerza de expresión a lo que quería comunicar. Jesús nunca había bendecido a sus discípulos; ahora lo hace. Nunca había sido adorado por ellos y ahora es adorado por vez primera. Queda claro que con su subida al cielo, Jesús alcanzó la plenitud de la gloria.

Lucas además da una respuesta a los cristianos que creían en la vuelta inmediata de Cristo. La vuelta de Cristo y el fin del mundo no son inminentes. La historia no ha llegado a su fin. Ahora empieza la misión de la Iglesia que ha de llevar el Evangelio de Jesús desde Jerusalén hasta los confines del mundo. Jesús se hará visible otra vez, pero al final de los tiempos. La Ascensión de Jesús desde el monte de los olivos dejándose ver por los discípulos es en realidad la última aparición de Jesús que los envía para la misión; y su subida al cielo es una imagen plástica de que Jesús ya no se manifestará visiblemente a ellos.  Jesús será invisible pero no ausente. La suya no es una despedida. “Yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28,20). Jesús no se ha ido lejos o arriba, más allá de las nubes, sino que se ha quedado más cerca que nunca a sus discípulos, a través de su Espíritu que alberga en ellos.  Al “sentarse a la derecha de Dios”, Jesús nos deja su Espíritu para que anime a la Iglesia y Él se convierte en nuestro abogado  e intercesor ante el Padre. Por eso los discípulos enseguida volvieron alegres a Jerusalén para esperar  la venida del Espíritu Santo prometido, quedando unidos y en oración. Entendieron que había llegado el momento de asumir nuevas responsabilidades, de pasar a la acción y no de seguir mirando el cielo. Hay que creer en Jesús y sus promesas y no esperar milagros o hechos espectaculares. La Ascensión nos invita a mirar hacia la tierra, y no hacia el cielo, para transformarla a la luz del Evangelio con nuestro esfuerzo diario.

                                          P.C.

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