La economía popular en medio de la Pandemia: analizando el Mensaje Pascual

Escribe Pablo Guerra

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El papa Francisco dedicó su mensaje de Pascua a los movimientos y organizaciones populares especialmente afectados por la pandemia del COVID 19. Destaca en primer lugar la importante labor que llevan a cabo “en las más peligrosas trincheras” recurriendo a la solidaridad, la esperanza y el sentido de la comunidad. El Papa recuerda de esa manera el trabajo que desde la periferia vienen realizando estos movimientos, “creando soluciones dignas” para los más excluidos. Pensemos, por ejemplo, las miles de iniciativas de autoorganización que actualmente se están llevando a cabo en todo el mundo para atender a los más afectados por la pandemia.

En lo que creo es la parte medular de su Mensaje, señala que en estas periferias “no llegan las soluciones del mercado y escasea la presencia protectora del Estado”. ¿Y qué sucede cuando no podemos esperar nada del mercado ni del Estado? Podríamos citar aquí a nuestro Artigas: “nada podemos esperar si no es de nosotros mismos” y de esa manera comprender cómo se activan las capacidades autogestionarias de los sectores populares, canalizando las fuerzas de la solidaridad para ir construyendo un rico entretejido social que da respuestas a algunas de las necesidades más impostergables. El Papa no tiene una posición romántica al respecto y menciona las dificultades que ese trabajo encierra, ante la falta de recursos y las dificultades objetivas que enfrentan (“Qué difícil es quedarse en casa para aquel que vive en una pequeña vivienda precaria”). 

Menciona además las dificultades de quienes dependen del día a día para ganar su sustento, a quienes califica como trabajadores informales, independientes o de la economía popular, mencionando el caso de los “vendedores ambulantes, los recicladores, los feriantes, los pequeños agricultores, los constructores, los costureros, los que realizan distintas tareas de cuidado”. Es aquí que viene una de las frases que más han recogido los medios de prensa: Tal vez sea tiempo de pensar en un salario universal que reconozca y dignifique las nobles e insustituibles tareas que realizan; capaz de garantizar y hacer realidad esa consigna tan humana y tan cristiana: ningún trabajador sin derechos”.

Al leerlo me surgen dudas sobre el concepto elegido por Francisco, esto es, un “salario universal”. En la literatura especializada solemos elegir uno u otro término, evitando ambos juntos. O nos referimos a un “salario” y con ello hacemos hincapié en la contraprestación por un trabajo realizado (por lo general en relación de dependencia) o utilizamos el calificativo “universal” para hacer referencia a un ingreso, asignación o renta, más allá de una relación de trabajo. Aún así, ciertamente los medios a veces prefieren recurrir a este binomio para explicar algunos programas de transferencia monetaria. Por ejemplo, en 2018, cuando Macron (en Francia) dispuso un “revenu universel d’activité” para la lucha contra la pobreza, algunos comunicadores lo tradujeron (equivocadamente) como un “salario universal”.

¿Qué nos podría estar señalando Francisco con esta singular expresión? Creo que su referencia remite a la historia de vínculo entre salario y asignación en la Doctrina Social de la Iglesia. Me explico: en la Iglesia hay una  larga tradición de búsqueda de justicia social a la hora de reflexionar sobre el salario, partiendo de la base de la primacía del trabajo por sobre el capital y de considerar la remuneración como “el instrumento más importante para practicar la justicia en las relaciones del trabajo” (LE, 19). Una historia que como veremos da frutos interesantes. En efecto, recordemos que la primera Encíclica Social (Rerum Novarum, de León XIII, 1891) enfatiza en la importancia de un salario justo, que fuera suficiente para sostener a la familia. Al mismo tiempo, el movimiento obrero lucha y consigue que el salario mínimo se instale en algunos países. Pero habida cuenta de sus limitaciones, en los años 30s del siglo pasado surgen las primeras legislaciones sobre las “asignaciones familiares” impulsadas justamente por las corrientes socialcristianas. La idea era asegurar, más allá del valor del salario, un ingreso mínimo a todas las familias (nos ahorraremos en este caso toda la discusión acerca de si estas asignaciones formaban parte o no del salario y si sólo debían cobrarlo los trabajadores asalariados o todos).  Las Semanas Sociales, eventos que al comienzo del S. XX tuvieron amplio eco en Europa y algunos países latinoamericanos (caso de Uruguay) fueron de mucha importancia para colocar en la agenda pública esta idea del salario familiar. Es así que la segunda Encíclica Social (Quadragesimo Anno) de 1931 recoge esta rica discusión. Decía Pio XI: «Ante todo, al trabajador hay que fijarle una remuneración que alcance a cubrir el sustento suyo y el de su familia” (QA: 71). Primero Bélgica y luego una seria de países europeos comienzan a legislar en la materia. En Uruguay estas asignaciones llegan por Ley en 1943, aunque es bueno señalar que varias empresas (estatales y privadas) ya contaban con instrumentos parecidos pagando subsidios a los trabajadores con menores a cargo que cobraran hasta cierto tope salarial. De esta manera, lo que comienza como una mirada moral sobre el salario, termina con una política clara de asignación o transferencia monetaria con independencia del salario.

Pero volvamos a la economía popular (término que por cierto tiene una historia interesante que no podemos repasar en esta ocasión). Allí encontramos una pluralidad de ingresos sobre el trabajo que incluye eventualmente salarios, aunque fundamentalmente la mayoría trabaja como autónomo y por lo tanto recibe ingresos no salariales que dependen del día a día. El problema grave que enfrentan millones de trabajadores/as autónomos/as actualmente es que sus posibilidades de trabajar se han reducido enormemente por las políticas de confinamiento. Es justamente en tiempos en los que el mercado se reduce que el Estado debe redoblar sus esfuerzos. En muchos de nuestros países se están aplicando subsidios y transferencias monetarias para esos sectores. La realidad es que esos esfuerzos muchas veces llegan tarde y mal. La Asignación Familiar cumple en tal sentido un rol estratégico, pero claramente no llega a todas las personas afectadas. En tiempos de excepcionalidad la idea de un ingreso mínimo garantizado a los sectores más vulnerables es indispensable. Me parece importante señalar que el Papa sigue confiado en que el trabajo será el principal medio para garantizar ingresos en el futuro (de hecho, reivindica el acceso universal a las tres T: Tierra, Techo y Trabajo). Sigue además confiado en el papel que actualmente cumplen las relaciones solidarias y basadas en la reciprocidad y gratuidad (“sigan con sus luchas y cuídense como hermanos”). Pero parece claro en reivindicar un papel más activo del Estado para que de manera urgente estas personas puedan contar con un ingreso garantizado. Por aquí, el PIT CNT le ha llamado Renta Transitoria de Emergencia y un colectivo de trabajadores/as de la economía solidaria, artesanos y autónomos recientemente conformado, le denominan Renta Básica Digna por la Emergencia.

Más allá del nombre, entonces, queda clara la importancia que actualmente tiene el Estado para redistribuir y asignar recursos a las poblaciones más desfavorecidas, con criterios de justicia social. Bienvenida entonces esa carta Pascual. Francisco vuelve a sorprendernos por su proximidad con los movimientos populares y sintonía con sus justos reclamos.

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