Coronavirus: tiempo de interioridad y de esperanza

Diego Pereira Ríos

En tiempo de limitaciones exteriores, donde perdemos el contacto con la familia, los amigos y compañeros; donde tememos por la salud propia o de otros; donde nos preocupa el sustento diario y el porvenir cercano lleno de incertidumbres, no debemos descuidar el poder que todos llevamos dentro. Aún con todas las contradicciones de la vida actual, todo ser humano tiene en su interior una fuerza capaz de revertir toda situación difícil en una posibilidad. Solo aquel que ya no está en este mundo no puede hacerlo. Si estamos vivos, es porque debemos seguir luchando.

Es verdad que no estamos acostumbrados a estar atentos a nuestro interior, a nuestro profundo ser, y por ello es que no sabemos de los que somos capaces aún. Cuando las condiciones nos son dadas, aun las más esclavizantes, nos dejamos condicionar y viene el acostumbramiento. Pero estamos mal acostumbrados. El coronavirus nos ha puesto un freno y ha dado lugar a la vida que estaba escondida, incluso aquella que parecía desaparecida. Es tiempo de hacer brotar la vida dentro de nosotros.

Todo ser humano es exterioridad e interioridad, posee una dimensión de comunicación con el mundo y todo lo que hay en él, como también esa dimensión interior de diálogo consigo mismo. Este contacto es mediado por el lenguaje pero también nos comunicamos por medio del silencio. El lenguaje oral y corporal posibilita la exteriorización de los deseos más profundos y de la expresión de los sentimientos hacia los demás, pero también el silencio dice algo. Pero lo hace en otro lenguaje que supera la dimensión racional. El silencio es lenguaje contemplativo: tiene que ver con saber mirar sin dominar, aprender a ver sin poseer. Como dice Nolan, la contemplación “No consiste tanto en cambiar la realidad como tomar conciencia de lo que ya está ahí”(1). Por eso la posibilidad de mirar hacia afuera de nosotros es “la condición de posibilidad de una auténtica relación de amor, ya que donde no hay una alteridad real, hay solamente dominio y posesión”(2). Aprender a ver es aprender a amar para poder valorar.

Muchas veces estamos impedidos de poder decir o hacer algo por los demás, pues no tenemos entrenadas las herramientas para poder hacerlo. En su mejor caso es la timidez o el miedo, en otros extremos, la triste ignorancia. Si algo de eso nos sucede, significa que algo dentro de nosotros no está funcionando bien. Vivir hacia “afuera”, consumiendo todo lo que se nos presenta, hace que descuidemos el “adentro”: nuestro interior. Por eso es necesario atender a ese yo interno que en este tiempo reclama cuidado. Es cuando debemos hacer un esfuerzo de conversión interior que es “una peregrinación  a las fuentes profundas en donde se recoge el conocimiento de lo real, se produce la conciencia del obrar absolutamente original del individuo y se da la apertura siempre nueva a lo otro”(3). Justamente, cuando nos buscamos a nosotros mismos y nos encontrarnos, esto ayuda a mejorar el encuentro con los demás, a partir de una nueva forma de relacionarnos.

Sin duda que la tarea de dedicarse a uno mismo no es fácil. Tenemos mucho que aprender. Esta cuarentena que atravesamos puede ser aprovechada con este fin. Podemos dedicar tiempo a ese jardín interior y regar nuestra tierra para que brote la vida. Y dedicarse al interior es muchas veces un redescubrirse. Cuando habíamos planificado un año nuevo, un virus nos frenó y nos encerró en nuestros hogares. Debemos redescubrir esa capacidad de renovarnos en medio de la incertidumbre. Es allí, dentro de nosotros mismos, que aparecerá ese ser renovado que quiere seguir viviendo y que busca caminos para hacerse paso. Nuestro interior como una “morada del ser” nos abre hoy sus puertas para que nos animemos a entrar, poco a poco. En esa interioridad se da la oportunidad del recogimiento, que implica un reunir pensamiento y afecto en un mismo punto: en nuestra propia subjetividad. Reconocernos como persona, que sufren y que lloran, pero que también sueñan y esperan, puede lanzarnos a un renovado compromiso con la vida.

Muchas veces, engañados por el egoísmo individualista, no sabemos donarnos a los demás y, por tanto tampoco a nosotros mismos. No nos conocemos, y por ello, al intentar hacerlo, debemos hacerlo con una gran carga de misericordia. Ella es necesaria para contemplar lo que somos sin hacer juicios de valor, sin reclamos. Se trata de aceptarnos como somos. Aprovechar este tiempo para darnos tiempo, para dedicarnos a nosotros sabiendo que nos necesitamos. Y allí sucede algo de lo que afirma Kasper: “en el acto de dar el donante se desprende irrevocablemente de lo donado; ya no le pertenece a él, sino que pertenece a otro. Así, en el acto de dar el donante se diferencia de sí mismo; en el dar se da a sí mismo y, sin embargo, sigue siendo quien era”(4). En esta acción de darnos a nosotros hay algo que cambia: tanto sean reclamos y enojos, como agradecimientos o expectativas, todo ello que nos damos se separa de nosotros y genera la posibilidad de una renovación interior. Se genera un nuevo espacio a cultivar donde cabe la posibilidad de la esperanza de algo nuevo.

Y es justamente donde podemos hacer espacio para la esperanza en el cambio de situación. Tenemos la oportunidad de colocar toda nuestra energía vital en un cambio de vida, de costumbres, de mirada sobre el mundo. Como afirma de mejor manera Gesché:

 

La esperanza es como ese espacio que desafía la inmediatez siempre demasiado corta del presente, que nos permite escribir nuestra historia, que abre la invención de los designios que hacen vivir, corrige el pasado y nos permite reemprenderlo, que mantiene la valentía de existir, transforma nuestro ser de puras exigencias y simples necesidades en uno capaz de don y de deseo(5).

 

Hoy, frente a la pandemia causada por el coronavirus, necesitamos construir espacios de esperanza que comiencen dentro de nosotros, para luego volcarlos a la sociedad. Recuperar los deseos más profundos de nuestro corazón, de valorar con justicia nuestras posibilidades, es muy necesario para lograr apostar a un mejor futuro para todos. Y esto exige valentía de superar los obstáculos presentes que nos inmovilizan para realizar un salto cualitativo hacia adelante.

La esperanza es un resorte interior que nos lanza hacia adelante, si atendemos este interior, si lo cultivamos, si lo cuidamos. Sin este esfuerzo de adentrarnos seguiremos presos del miedo, cuando la condición humana primera es la de ser libre. Y “no empezamos a ser liberados de esta esclavitud interior hasta que no tomemos conciencia de nosotros mismos”(6). Tomar conciencia de lo que somos es la posibilidad de regenerar nuestro pensamiento para ver nuevas posibilidades. Aquí puede reaparecer el pensamiento utópico a partir de las realidades actuales, no ideales. La utopía con los pies en la tierra hace que “a lo que, ante la necesidad presente, resulta necesario, lo traen al campo del ahora realmente posible, y motivan transformaciones concretas”(7). Y esas transformaciones tiene un anclaje en la esperanza que habita en nosotros y que muchas veces se desgasta ante la incomprensión de lo que vivimos. Ante este virus, al cual ni la ciencia más avanzada puede medir sus impactos, aprovechemos este tiempo de conocimiento interior. Regalémonos un tiempo para reencontrarnos con esos flujos de vida que recorren todo nuestro ser, para ser impulsados por la esperanza.

(1) Nolan, Albert, Esperanza en un época de desesperanza, Ed. Sal Terrae, Santander, 2010, p. 47.
(2) Forte, Bruno, La eternidad en el tiempo, Ed. Sígueme, Salamanca, 2000, p. 68.
(3) Ibidem, p. 73-74.
(4) Kasper, Walter, La misericordia. Clave del Evangelio y la vida cristiana, Ed. Sal Terrae, Santander, 2014, p. 39.
(5) Gesché, Adolphe, El sentido, Ed. Sígueme, 2004, p. 132.
(6) Nolan, Albert, Op. Cit., p. 179.
(7) Moltmann, Jürgen, El hombre, Ed. Sígueme, Salamanca, 1973, p. 66.

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