(catequesis de adultos): PASCUA Y PENTECOSTÉS

Los discípulos entendieron la muerte violenta y vergonzosa de su Maestro como el fin de sus esperanzas; no les quedaba más que volver a sus familias y a sus trabajos. Sin embargo todos los 27 libros del Nuevo Testamento hablan en forma unánime de que al poco tiempo Él, que había sido crucificado y bien muerto, se mostró vivo a sus discípulos y los envió a llevar su mensaje a todo el mundo. La resurrección de Jesús fue el centro de la primera predicación cristiana.

Escribe san Pablo unos 25 años después de la muerte de Jesús en 1Cor 15,3-4: “Cristo murió por nuestros pecados, conforme a la Escritura. Fue sepultado y resucitó al tercer día, según la Escritura”. La certeza de la resurrección de Jesús fue el alma de las liturgias dominicales de los primeros cristianos e hizo posible su testimonio hasta el martirio. La fe en la resurrección tuvo origen en las apariciones a los apóstoles. No fue constatable históricamente, porque no se trató de que Jesús volviera a la vida humana anterior; fue el comienzo de una vida humana totalmente nueva. Fue una realidad que se les presentó a los discípulos de manera inesperada y abrumadora, por lo que se rindieron frente a ella y volvieron a leer las Escrituras a la luz de los nuevos hechos. Descubrieron que ya todo había sido anunciado por los profetas. Aún así los discípulos tuvieron miedo de ser víctimas de alucinaciones (las mujeres fueron tratadas como delirantes) y les costó creer en la resurrección.

A las que llamamos “apariciones”, mejor sería llamarlas encuentros o manifestaciones que son diurnas, múltiples, a varias personas y en distintas circunstancias. Nuestra fe se apoya en el supuesto racional de la credibilidad de la palabra de Jesús y del testimonio de los primeros cristianos. Los evangelistas no coinciden en muchos detalles; es difícil expresar un modo de presencia que no es propio de este mundo. Nadie presenció el hecho de la resurrección y las tradiciones apostólicas de las apariciones son diferentes. Juan y sobre todo Lucas se exceden en el realismo de las mismas, porque se dirigen a personas del mundo griego que no creían en la resurrección de los cuerpos (He 17,30-33). Quieren demostrar la continuidad del Resucitado con el Crucificado; es siempre el mismo Jesús. Cuando en el Creo se dice que Jesús resucitó al tercer día, se trata del tercero después del viernes, lo que era entonces el primer día de la semana. En ese día ocurrió el primer encuentro con el Resucitado, y en ese día se empezó a celebrar la Eucaristía como “día del Señor” (=dies dominica).

 

EL ENVÍO DEL ESPIRITU SANTO
Si la palabra “pascua” es de origen judía (=pesah), la palabra “pentecostés” viene del griego y significa “cincuenta días después”. No hay que olvidar que  los evangelios han sido escritos en griego. Lucas y Juan son los dos únicos evangelistas que hablan de la venida del Espíritu Santo sobre los apóstoles y los primeros cristianos. A partir de ese hecho los discípulos se convierten en  testigos de Jesús hasta los confines de la tierra. Pero hay una aparente contradicción entre Lucas y Juan, que no es tal porque se complementan. Este último coloca el hecho en el mismo día de la resurrección (Jn 20,19-23). Por el contrario Lucas coloca el acontecimiento 50 días después de la resurrección. Lo hace porque quiere diferenciar claramente los tiempos de Jesús y los de la Iglesia, animada ahora por el Espíritu Santo. Quiere marcar el fin de una época y el comienzo de otra. Con la ascensión,  Jesús termina su misión en la tierra y empieza la de la Iglesia. Desaparece Jesús y aparece la Iglesia. Por eso Lucas relatará en el libro de los “Hechos de los Apóstoles” la obra de la primera Iglesia en continuidad con la de Jesús. Se trata de pedagogía catequística. Lucas ubica el hecho en la fiesta judía que se celebraba 50 días después de la pascua y que recordaba la entrega de la Ley (=Torah), es decir la Alianza del Sinaí. Se describen en Lucas los mismos fenómenos (truenos, relámpagos, viento, fuego…) que se dieron cuando Moisés entregó las tablas de la Ley al pueblo. En lugar de la Ley se nos da ahora el Espíritu Santo y Dios hace una nueva Alianza con todos los pueblos. Juan dice que Jesús Resucitado enseguida envió a sus discípulos como misioneros (Jn 20,21) y  les confirió el don del Espíritu; no es posible la misión de la Iglesia sin la asistencia del Espíritu. Al manifestarse Jesús Resucitado a sus discípulos, “sopló sobre ellos” (Jn 20,22). Es el soplo de Dios sobre el hombre en Gen 2,7. Juan nos da a entender que se trata de una nueva creación. El Espíritu es capaz de recrear al hombre a imagen de Cristo, para que cumpla su misma misión. Sin el Espíritu, al que hay que invocar cotidianamente, las palabras y hechos de Jesús quedarían como simples recuerdos históricos.

                                       P.C.

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