La Economía de Francisco (VII): Estado vs Mercado es falsa dicotomía

Por Pablo Guerra¹

 

Por lo general a los humanos nos gusta aproximarnos a los fenómenos complejos mediante categorías de análisis simplistas. “Las cosas son en negro o en blanco” habremos escuchado alguna vez. Ahora bien, ¿no hay lugar para otros colores? En esta columna trataremos de evitar las falsas dicotomías o el pensamiento único y mostraremos la importancia que asume el paradigma de la pluralidad económica.

Algunas personas dicen que un sistema es o bien capitalista o bien comunista, de tal manera que si ponemos al mercado como principal asignador de recursos haremos referencia al primero y si sustituimos ese mecanismo por el Estado o la planificación centralizada, entonces abrazaríamos al segundo. ¡Vaya semejante falsa dicotomía! ¿Acaso nuestros países no intentan combinar ambos repertorios? ¿Cómo ubicaríamos en este esquema al modelo Chino? ¿sería un capitalismo de Estado o un comunismo de mercado? ¿Los países nórdicos son simplemente capitalistas aún cuando detenten un fuerte Estado de Bienestar?

Por lo demás, un esquema de este tipo debería precisar mejor de qué estamos hablando cuando nos referimos al Mercado y al Estado. El Mercado, como nos enseña Polanyi, puede ser el lugar de encuentro entre productores y consumidores. Esa idea de Mercado es muy bienvenida y tuvo efectos más que positivos en la historia de la humanidad, sobre todo cuando se regula atendiendo al bien común. Pero el Mercado puede ser también un sistema que funciona de la mano de la (mal llamada) “Ley de Oferta y Demanda”. Si el Mercado como Sistema fuera dejado a su sólo arbitrio y sin ningún tipo de intervención de reglas morales o jurídicas (la distopía de los liberales y neoliberales), los más vulnerables perecerían. En realidad, el mercado es una construcción humana donde se observan diferentes maneras de operar económicamente. Como dice Razeto, el mercado también puede ser democrático si a su interior ganan peso los comportamientos basados en relaciones solidarias.

Respecto al Estado, por su parte, una cosa es cuando éste actúa bajo formatos democráticos respondiendo a los intereses generales (en la Doctrina Social e la Iglesia hablamos del “bien común”) y otra cosa sería un Estado totalitario y autoritario donde unos pocos deciden por todos/as. La historia reciente de la humanidad nos ofrece múltiples ejemplos de un tipo y de otro.

Vayamos a prácticas económicas más simples y habituales. Mucha gente nos dice que en la actualidad el mundo es muy egoísta y comportarse de otra manera que no sea propia del individualismo sería un disparate. Ese pensamiento único, que no logra visualizar alternativas es aún más peligroso: ¿siempre nos comportamos como seres egoístas? ¿No hay lugar en nuestras prácticas habituales a gestos de solidaridad y cooperación? Si realmente creyéramos eso, no habría lugar para la esperanza.

Lo que sucede en nuestra realidad compleja es que nos toca vivir en verdaderas “economías plurales” donde conviven diferentes racionalidades, instrumentos y tipos de empresas. Ni el pensamiento único, ni el pensamiento simple basado en falsas dicotomías pueden analizar con realismo lo que ocurre frente a nuestros ojos.

Justamente el estudio plural de los mercados nos permite comprender la existencia de una multitud de experiencias microeconómicas caracterizadas por diferentes modos de organizar los factores productivos así como asignar y distribuir sus recursos. Las economías contemporáneas en los hechos permiten  una combinación de lógicas a veces propias del Estado, a veces propias de los intereses de los grandes capitales, a veces propias de modelos más comunitarios basados en la ayuda mutua. O permiten comprender que a veces nos comportemos de manera egoísta o consumidora y otras veces lo hagamos de manera solidaria y consumiendo con responsabilidad.

Si partimos de este paradigma de la pluralidad, podremos analizar mejor cuáles son los intereses, comportamientos e instrumentos que asumen mayor peso en nuestras economías. Y podremos visualizar más claramente aquellos aportes alternativos con potencialidad transformadora que quisiéramos promover para avanzar, por ejemplo, hacia mayores niveles de democratización, justicia social y cuidado del medio ambiente.

Por ejemplo, si consideramos que las empresas sociales y los comportamientos económicos basados en relaciones de cooperación, reciprocidad y ayuda mutua colaboran positivamente en forjar un mejor mundo, entonces deberíamos promoverles más. Por el contrario, si la enorme volatilidad de los mercados financieros o las inversiones que evaden costos socioambientales conspiran contra lo que entendemos una economía más sana y justa, entonces deberíamos actuar con más fuerza contra ellas.

 

(1) Profesor e Investigador en la Universidad de la República. Coordinador de la Red Temática en Economía Social y Solidaria.

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