(cultura) LA HUMANIDAD DEL PAPADO

Una reflexión a partir de la película “Los dos Papas”
Diego Pereira Ríos

cinemagavia.es

El día sábado 7 de diciembre se estrenó en la sala de Cinemateca la película de Netflix  “Los dos Papas” del director brasileño Fernando Meirelles, con guión de Anthony McCarten, y con las actuaciones excepcionales de Anthony Hopkins y Jonathan Pryce. Acudí a verla con las ideas previas de los cortos vistos en internet, pero intentando no dejarme influenciar. Quería verla con una mirada lo más limpia posible, lo que también soy consciente que es imposible. Lo que -sin esperarlo- me tomó por sorpresa fue una preocupación acerca del lazo humano entre el papa Benedicto XVI y el cardenal Jorge Bergoglio. Percibí entre ellos un denominador común que rápidamente me sobrecogió: el fundamento humano de una institución tan grande -pero a su vez tan pequeña- como es el papado. Sin duda que seguimos teniendo una mirada enaltecedora del papado que tiene un fundamento histórico-cultural, pero que hoy la figura de Francisco I cuestiona el fundamento más importante como lo es el fundamento teológico-bíblico desde donde se sostiene.

Un comentario previo

Según el común sentido de la sociedad –creyente y no creyente- hemos pasado de un carismático y político Juan Pablo II, a un frío e hijo de la Inquisición Benedicto XVI,  hasta llegar hoy a un humano y revolucionario –con toda la impronta latinoamericana- de Francisco. Sin extremar detalles en cada uno de ellos, alcanza a decir que entre estos tres papas queda la experiencia de tres modelos de una misma iglesia que se vio forzada a adecuar su proceder a cada momento histórico. Desde 1962 que el Concilio Vaticano II afirmaba la necesidad de “conocer y entender el mundo en el que vivimos y sus esperanzas, sus aspiraciones, su condición frecuentemente dramática” (GS 4) se estableció la imperiosa necesidad de una mirada introspectiva para reconocer el nuevo papel de la Iglesia en el mundo. Incluso Pablo VI proponía en su primer encíclica postconciliar Ecclesiam Suam “conocer cuál es el deber presente de la Iglesia en corregir los defectos de los propios miembros y hacerles tender a mayor perfección, y cuál es el método mejor para llegar con prudencia a tan grande renovación” (n. 4).

Como cabeza de la Iglesia cada papa, como sucesor del apóstol Pedro, se encarna en la subjetividad del hombre elegido y por obviedad se sostiene en sus cualidades humanas, pero incluso podemos llegar a decir que hay ciertos aspectos del sujeto que se pueden potenciar  o minimizar dejándose percibir de mejor manera desde el lugar que pasa a ocupar en la Iglesia. Por ello también pasamos del filósofo y actor Wojtyla, al teólogo académico Ratzinger, hasta llegar al pastor Bergoglio. Pero estas clasificaciones se la podemos asignar a los tres: todos son pensadores y pastores, cada uno a su manera. No podemos olvidar lo que cada uno aporta desde su personalidad y experiencia de Iglesia al momento de ser elegidos por los cardenales, pero que continúa la propuesta del anterior papa. Aquí me permito decir algo acerca de esa “elección”, que sin duda podemos creer que es con el auxilio del Espíritu Santo, pero que también pasa por las subjetividades de los electores.

En la elección de los papas hay un sin fin de preocupaciones e intereses religiosos, políticos, sociales, culturales, económicos y pastorales que intervienen y definen la elección de un sujeto concreto. En un film desarrollado en dos partes (la primera: “Karol: el hombre que llegó a ser Papa”, la segunda “Karol II: el Papa, el hombre”) del año 2005 del director Giacomo Battiato, se veía la elección de Juan Pablo II en medio del avance del comunismo que había que frenar. En esa elección se mostraba la necesidad interesada por colocar en la silla de Pedro a un sujeto que conociera de cerca el movimiento para hacerle frente y que se ganara a un pueblo fiel que venía dejando el régimen de cristiandad de hasta ese momento. De similar manera, a partir de otros intereses y necesidades, sucedió lo mismo con la elección de Benedicto VI y de Francisco I. Somos muy ilusos si creemos que los papas gobiernan solos y que su famosa “infalibilidad” les permite hacer lo que quieren. La curia romana es la que los elige con minuciosidad y, si bien allí se manejan intereses, el Espíritu sorprende con algunas decisiones y acciones que logran llevar adelante los papas elegidos.

 

El film y la humanidad del papado

Esta larga introducción fue necesaria para explicar por qué es que, del film, me quedé con ese aspecto del papado: su humanidad, su fragilidad y sus posibles aciertos y errores a partir de ella. Sin discutir sobre los datos históricos y verídicos, ni tampoco acerca de los diversos diálogos ficticios creados desde la producción, me quedo solo con algunos aspectos a pensar. De los escándalos sexuales de la Iglesia que hizo frente Benedicto XVI se sabe ya mucho y no cabe aclarar(1), pues de la misma manera Francisco ha continuado la lucha para curar ésta herida que sigue sangrando en el cuerpo de la Iglesia, donde su última decisión fue abolir el secreto pontificio para los casos de abuso sexual(2).

Algo más podemos decir de la sonrisa del papa Francisco, la cual no era –según algunos comentaristas y fotos de la época- la misma que cargaba el cardenal Bergoglio cuando aún lideraba la Iglesia en Argentina, en medio de acusaciones de entregar a la dictadura a sus propios sacerdotes. Por otro lado la apertura de Francisco al respeto de los Pueblos Originarios, y la escucha atenta a la ciencia, lo llevó a publicar Laudato Si´ y la decisión de realizar un Sínodo Amazónico, con lo que también fue un mensaje al resto del mundo de revalorizar la creación para salvar el planeta. La preocupación de Francisco por la desigualdad social, no son aspectos que hayan quedado por fuera de las preocupaciones de Benedicto XVI manifestado en sus encíclicas, donde aboga por sacar a la luz la verdad de la Iglesia y del mundo.

Por ello entre ficción y realidad, entre conservadurismo y progresismo, entre izquierda o derecha eclesial; Benedicto XVI y el cardenal Bergoglio, se ven enfrentados bajo la idea de pertenecer a polos opuestos, a mundos opuestos, a iglesias opuestas. La polaridad es tan patente que todo el que vea el film será contagiado de esa polaridad, que en este escrito se intenta minimizar, apostando por reconocer el aspecto que une a ambos polos: la humanidad del papado, ante el supuesto poder que trae consigo al ser el líder de la Iglesia Católica. Es normal que el director muestre su preferencia por Francisco un papa latinoamericano donde su fuerte es justamente el ser pastor, mucho más que teólogo o filósofo, pero creo que tiene mucho sentido para el momento actual. En una época de tanta polaridad política y social, alguien que intente conciliar los extremos, dejando de lado –al menos por momentos- la ortodoxia doctrinal, y se preocupe de mostrar con acciones concretas que la institución es profundamente humana, es también para muchos de nosotros, un signo del Espíritu Santo.

Pero en la película se muestra algo muy claro: el papa saliente reconoce sus fragilidades humanas para seguir en el lugar donde está, como también el papa entrante no se siente capacitado para dicho cargo, donde se sabe históricamente que había presentado ya su pedido de jubilación. Son dos hombres de edad avanzada, de carrera eclesial, de pasados complejos y de presentes también difíciles, pero como dice Pastorino: “Benedicto y Francisco son inclasificables ideológicamente, porque son hombres de fe católica. La fe católica defiende una visión antropológica no negociable, porque no la decide el Papa de turno o el obispo local, es la fidelidad al Evangelio”(3). No podemos decir que uno se cansó de combatir los embates del mundo capitalista neoliberal para que asuma otro papa que sí tiene la fuerza para enfrentarlo; o que uno no pudo con la política burocrática vaticana para que venga otro a deshacerla. No. Uno hizo lo que pudo, el otro está haciendo lo que puede, ambos desde su humanidad, su inteligencia y sus dones personales.

Hay un momento clave de la película que me llenó de un profundo temblor: Benedicto XVI habla con el cardenal Bergoglio acerca de las dificultades del papado. En un momento, con aire de cansancio le dice algo así: “Lo más difícil es escuchar…escuchar su voz…la voz de Dios”. En esta escena me sobrecogió una profunda angustia, una amarga tristeza al pensar en el hombre que está por detrás de la institución, de una estructura tan compleja como lo es el Vaticano que lo lleva a ejercer el gobierno de la Iglesia mundial. Pensé en la soledad, en las noches en velas de Ratzinger o de Bergoglio, lejos de su patria, lejos de su familia, lejos de sus amigos, mientras se ven apresados en una jaula donde más de 1.300 millones de fieles estamos esperando que ayude a la Iglesia con sus consejos y que de un mensaje al mundo. Me imaginé la presión en su corazón por ser fiel al mensaje del Evangelio y dirigir la barca que él nos heredó pero, que según los que así lo entendieron, lo hacen imprescindible para ser el timonero del barco.

Pensé en el dolor ante la fragilidad de sus hermanos sacerdotes que no sólo no pueden sostener el celibato por el Reino, sino que muchas veces violentaron tantas vidas. Pensé en los lugares de poder que aún brinda la Iglesia que son mal utilizados por hombres y mujeres que abusan del mismo, maltratando a otros. Los que viven con lujos dentro de la Iglesia mientras millones de fieles mueren a diario por no tener agua y comida. Pensé en su tristeza al ver el mal en el mundo, el hambre, la pobreza, la maldad. Pensé en las veces que quisieran salir de donde están para encontrar paz y tranquilidad. Pensé en su miedo a confiar en los que lo rodean cuando sabemos de las conspiraciones entre pasillos del Vaticano, de sus opositores, de los que quieren ese lugar y buscan desestabilizarlo. Pensé en ambos, en Benedicto y Francisco, en su humanidad, en su mirada de fe hacia Jesús y su mensaje en el Evangelio. Seguramente ellos quisieran una Iglesia más simple, más humana, más fraternal. Pero, como institución humana dentro del mundo, la Iglesia sigue unos cánones que no siempre la diferencia de las demás donde también hay robos, hay delitos, hay sufrimiento inocente y aprovechamiento desde el poder.

Gracias al productor por esta película. En ella vemos a dos hombres hermanados por la fe, que siguen la misma enseñanza de Jesús pero que también sufren, se lamentan, se avergüenzan y se enojan ante todo lo que les toca vivir. Por eso, agradezco al productor por este film porque por primera vez me vi rezando por el papa con verdadera devoción, y no por uno, sino por los dos. Me encontré triste al darme cuenta de la pequeñez de los hombres que colocamos en un cargo tan difícil y me compadecí de ellos. Gracias a esta película el mundo entero puede ver la dificultad que conlleva tan grande cargo, tan importante lugar. Muchos ansían lugares de poder creyendo que desde allí podrán hacer lo que quieran, pero esta película deja al descubierto la gran mentira que es. La Iglesia -como el conjunto de seguidores de Jesús- debe seguir buscando caminos para poder compartir las responsabilidades y aliviarles la carga a todos lo que la llevan con exceso. Las soluciones a los grandes problemas vendrán si todos nos comprometemos cada vez más y no le dejamos todas las responsabilidades a unos pocos.

1.Propongo la lectura del artículo de Miguel Pastorino: “Una imagen irreal de Benedicto XVI”, en Aleteia.

2.https://www.vaticannews.va/es/papa/news/2019-12/papa-abolicion-secreto-pontificio-abuso-sexual-menores.html

3. Artículo citado en 1

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