Hablar de Dios en medio de la tiniebla

Diego Pereira Ríos

iglesialavid.org

La palabra sigue siendo hoy el instrumento privilegiado para provocar un cambio en las diferentes situaciones de la vida. La palabra construye realidades tanto en las mentes -como verdades de razón- pero también puede provocar la transformación de la realidad -como verdades de hecho- (Leibniz). Pero este proceso se da una parte a priori y otro a posteriori, esto es, hay un antes y un después. La palabra primero descubre el interior del ser humano y luego lo expone ante sus prójimos.

Por medio de ella somos aceptados o rechazados, aplaudidos o asesinados. Cuando alguien dice algo, o sea, pronuncia un cierto mensaje por medio de sus palabras, se dice a sí mismo, y por ello con gran razón decía Heidegger que el lenguaje es la casa del Ser. Hablar de mí mismo implica la transparencia de saberme permeable por la mirada atenta de los demás, de saberme aceptado posteriormente por lo que soy y quiero ser junto a los demás. Por ello debemos aprender a hablar con sinceridad, para pensar lo mejor que podamos, para ser y dar lo mejor de nosotros mismos. Sólo así seremos fieles también a Dios, solo así nos sentiremos en nuestra casa, en nuestro hogar.

Pero entonces ¿cómo podremos hablar de Dios a las personas de hoy? ¿Cómo hablar de Aquél que ni siquiera habló sobre sí mismo? ¿Cómo hablar de quien se encomendaba a su Padre, haciéndonos ver que él tampoco, por sus propias fuerzas, acabaría con el mal de este mundo? ¿Cómo hablar del Verbo que se encarnó y habló por sí mismo, pero no de sí mismo? Si se nos hace difícil poder hablar hoy con sinceridad en cuestiones humanas, cuánto más se nos hace difícil hablar de las realidades divinas. ¿Quién se considera lo suficientemente capaz, o merecedor, de poder hablar de Jesús a los hombres y mujeres de este tiempo? Seguramente nadie. Unos quizá por algunos estudios podrán considerarse más conocedores que otros en cuestiones de fe, de iglesia, y tendrán ciertas herramientas para entender algunas cuestiones más difíciles. Pero no podemos dejar de lado la experiencia de la gente sencilla, sin duda alguna, experiencia de una fe encarnada, quizá no conceptualizada, pero justamente por eso mucho más vivencial. Los pobres y humildes, los que sufren en todo el mundo, se asemejan a Jesús porque sufren en su cuerpo y poco entienden de teorías. Ellos viven de la fe en luchar para salir de esa situación. Ellos nos reclaman que los escuchemos.

Pero Jesús nos da una esperanza: “¡Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque, ocultando estas cosas a los sabios y entendidos, y se las diste a conocer a la gente sencilla! Sí, Padre, esa ha sido tu elección” (Mt 11, 25-26). Aquí hay una posibilidad de que cada uno de nosotros pueda captar algo de lo que Dios es y poder decir algo sobre él. Pero hablar de Dios puede ser algo muy abstracto si lo alejamos de la propia experiencia de Dios y esa experiencia es personal, íntima de cada uno. Por eso decía Bultman: “El que quiera hablar de Dios ha de hablar necesariamente de sí mismo”. Por eso, en esta oportunidad de sabernos pequeños y sencillos ante Dios, y por eso elegidos por él para recibir lo que él quiera revelarnos de sí mismo, tenemos la oportunidad de unificar lo que decimos de nosotros y lo que decimos de Dios, desde la enseñanza de Jesús. Decir-nos es entonces decir algo sobre Dios, que nos coloca en una situación muy compleja pues sabemos la distancia que hay entre ambos. Pero aun así, ha sido la elección del Padre, nos lo ha dicho el mismo Jesús.

Debemos tener cuidado, no hay que entreverarse. Dios no es una idea. Es una Persona, con la cual los cristianos afirmamos que nos hemos encontrado, o mejor dicho, Él nos ha encontrado y cambiado para siempre el rumbo de nuestra vida. Como dijo Benedicto XVI: “No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva” (DCE, 1). Dios mismo se nos ha acercado por medio de su palabra encarnada y nos hablado. Y su palabra nos ha seducido, nos ha enamorado de tal manera que ya no queremos vivir para nosotros mismos, si no para Dios. Ya no queremos que sea nuestra voz, si no la suya la que suene, ya no queremos que sean nuestras palabras, si no las suyas las que hablen. De ahí que debamos combatir arduamente para que en nuestro interior habite el Verbo para que accione en nuestro pensar y decir las palabras que él quiera decir a los demás que se encuentren con nosotros. Lograr esta coherencia es una tarea de cada día que nada tiene que ver con una posible esquizofrenia. Dios es Dios, nosotros creaturas que somos dependientes de su amor manifestado en palabras y obras.

Pero aún con estos cuidados no podemos dejar de hablar, pero no sólo de nosotros y de Dios, sino también en nombre de Dios. Si Dios se nos reveló en la tierra por medio de Jesús y denunció con sus palabras las injusticias humanas y propuso un camino de salvación, la Iglesia que formamos todos nosotros, no podemos actuar de manera diferente. En nombre de Dios debemos denunciar las situaciones de opresión que seguimos sufriendo como humanidad a causa de la maldad humana, promovida por los medios de comunicación, forzada por una explotación del ser humano llevado al extremo de usarlo como simple objeto de consumo. En el capitalismo actual,  somos un número en el sistema educativo, en el trabajo, en el gasto del Estado, en la lista de contactos de algún celular, en alguna que otra planilla…Por eso, nuestra voz, que debe ser la voz de Dios, debe alzarse en medio de una espesa niebla de contradicciones, buscando la liberación del ser humano de las cadenas que no lo dejan libre.

Y la voz debe oírse sobre todo, fuera del templo, fuera el ámbito eclesial. Nuestras ciudades y pueblos albergan un sin número de grupos y situaciones donde aún la Iglesia no llega porque nosotros no vamos. La liberación de Jesús tuvo que ver con recorrer los pueblos y las ciudades para acercarse a los que más sufren. En la masa están los excluidos, los mal vistos por su forma de vivir, porque están sucios y malolientes, porque no trabajan, porque delinquen. Pero “La Iglesia, para la cual la exigencia de la liberación universal en Cristo no puede reducirse al plano religioso, debe cambiar de actitud e identificarse con la miseria de las grandes masas populares, con sus esperanzas y luchas en pro de una mejor existencia cristiana”¹. Debemos ser la “Iglesia en salida” que pide Francisco: salir de la comodidad y adentrarnos en la espesura de la noche oscura de la humanidad. Esa ceguera mental y espiritual la sufrimos nosotros también, y el miedo nos acobarda.

Necesitamos desarrollar la capacidad de estar abiertos al mundo, a los mensajes que nos llegan, para reconocer entre tanto ruido, gritos, bocinas y música, la voz de los que más sufren. En este aparente bullicio festivo que nos envuelve se esconde el sufrimiento inconsciente de gran parte de la humanidad. Esto es una oportunidad, como proponía el gran místico Teilhard de Chardin: “Pero ¿de qué está formada esa masa? ¿De negruras, de lagunas, de desperdicios? No, en absoluto, sino, repitámoslo, de energía posible. En el sufrimiento se oculta, con una intensidad extrema, la fuerza ascensional del mundo. Todo el problema radica en liberarla, infundiéndole la conciencia de lo que significa y de lo que se pierde”². Allí entre lo aparentemente peor a los ojos del mundo, Dios manifiesta su predilección y elección y nos muestra que hay vida, hay futuro, hay esperanza. El camino es la toma de conciencia de que los cristianos debemos estar en el medio del fango, embarrados, para poder liberar a nuestros hermanos. Si aún no lo hacemos, no hemos sido liberados y no hemos sido verdaderamente alcanzados por Jesús.

Despertar las conciencias para liberarlas. Despertarlas por medio de la palabra de Aquél que es la Palabra viva, eficaz, que con su voz lanzó fuego y deseaba que el mundo ardiera de amor (Lc 12, 49). Como él, por él y en él, debemos hablar de Dios y mostrarle al mundo la “alegría del Evangelio” llevándole a todos la Buena noticia de que Dios está vivo en medio de su pueblo, haciendo presente su Palabra que “nosotros la predicamos, buscando agradar no a hombres, sino a Dios, que examina nuestros corazones” (1Tes 2,4). Justamente en medio de esta niebla de injusticias “la sabiduría que procede del amor no se encuentra en conceptos o imágenes claramente definidos, sino en un conocimiento informe, oscuro, vacío, en una nube del no saber”³. Hablar de Dios en medio de la tiniebla de una época tan compleja debe estar acompañados de gestos y acciones concretas de amor: la cercanía, la charla sencilla, la aceptación del otro, el compartir sincero, la renuncia a todo lugar de poder. Debemos ser servidores de la Palabra para encarnar en nuestras vidas las acciones de Jesús para un mundo que reclama su presencia.

1. Küng, Hans, Ser cristiano, Ed. Trotta, 1996, p. 600
2. Teilhard de Chardin, Himno del Universo, Ed. Taurus, 1967, p. 96
3. Johnston, William, Teología Mística, Ed. Herder, 1995, p. 128

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