Jon Sobrino: El impacto del Pacto de las Catacumbas en la Iglesia de hoy

En este 2019, el domingo 20 de octubre se renovó el histórico Pacto de las Catacumbas, en consonancia con el Sínodo Panamazónico: se trata de un ‘Pacto de las Catacumbas por la Casa común’. En Santa Domitila, donde don Hélder Câmara y un grupo de padres conciliares afirmaron, hace 54 años, su firme compromiso por una Iglesia pobre y para los pobres, tuvo lugar el nuevo pacto, que fue presidido por el arzobispo emérito de São Paulo, Cláudio Hummes, presidente de la Red Eclesial Panamazónica (REPAM).

El 16 de noviembre de 1965 en las catacumbas de santa Domitila, 40 obispos habían firmado el llamado Pacto de las Catacumbas en el que se comprometían a caminar con los pobres, ser una Iglesia no solo para los pobres sino de los pobres. Según Luigi Betazzi, un mes antes del comienzo del Concilio Vaticano II, el 11 de setiembre de 1962, el papa Juan XXIII a través de la radio proféticamente afirmó: “Frente a los países subdesarrollados, la Iglesia se presenta como es, y quiere ser, como la Iglesia de todos, y particularmente la Iglesia de los pobres”. Probablemente estas afirmaciones llegaron a la conciencia de algunos pastores de la Iglesia universal que una vez en las sesiones del Concilio le tuvieron como consigna, siendo el cardenal Lercaro el más insigne representante.

Agracecemos a Diego Passadore, por su contribución.

A continuación, el discurso completo que diera en 2015 el teólogo Jon Sobrino, en oportunidad del 50° aniversario del Pacto:

Jon Sobrino: El impacto del Pacto de las Catacumbas en la Iglesia de hoy
Discurso en la Universitá Urbaniana, Roma 14 de Noviembre. 2015 

Poco antes del Concilio volvió a surgir con fuerza lo que en mi opinión es el problema histórico fundamental de una Iglesia que se remite a Jesús de Nazaret y que, en fe, confesamos como su cuerpo en la historia. Este problema fundamental es la relación de la Iglesia con los pobres reales, los que no dan la vida por supuesto, ni la seguridad, ni la dignidad.

Lo que acabamos de decir no es rutinario. Ni es una manera de defender la teología de la liberación, ni de apoyar al Papa Francisco, ni de recordar al poverelo de Asís. Es central en nuestra fe. Jesús de Nazaret anunció la buena noticia a los pobres, y, escandalosamente, únicamente a los pobres. Y además los defendió y se enfrentó a los empobrecedores. Y por ello murió una muerte de esclavos, vil y muy cruel: fue crucificado.

En otro pasaje de los orígenes del cristianismo, no muy recordado pero muy importante, Pablo se defiende de los judeocristianos, que sospecharon mucho de él y nunca le dejaron en paz, con este argumento contundente: “en la reunión de Jerusalén solo nos pusieron una condición: que no olvidásemos a los pobres de Jerusalén”. Pablo lo cumplió a rajatabla, dio vueltas por el imperio recogiendo limosnas y volvió a Jerusalén, corriendo allí grandes peligros, para entregar las limosnas para aliviar a los pobres.

Desde sus orígenes en Jesús y en las comunidades de Pablo es esencial para la Iglesia hacer de los pobres reales una realidad central. Si los ignora, no es la Iglesia de Jesús.

 

Juan XXIII y el Concilio. “La Iglesia de los pobres”. 1962.

Hace cincuenta años un grupo de obispos retomaron el tema fundamental de la iglesia y los pobres. Firmaron un pacto, no muy conocido, pero que estos días vuelve a salir a la luz. Fue un acontecimiento extraordinario, nada normal. Con este pacto quisieron apoyar al Papa Juan XXIII, y animarse unos a otros.

En efecto, poco antes de la inauguración del Vaticano II Juan XXIII había dicho en un radiomensaje, sosegada pero incisivamente, estas sorprendentes palabras: “Para los países subdesarrollados la Iglesia se presenta como es y como quiere ser, como Iglesia de todos, y en particular como la Iglesia de los pobres” .

Ya existían ideas e impulsos novedosos en esa dirección: los sacerdotes obreros en Francia con el apoyo del cardenal Suhard, voces del tercer mundo como la de Don Helder Cámara en Brasil y la de monseñor Georges Mercier de los misioneros de África. Y es importante recordar que estos grupos también propugnaban una ruptura con la civilización del capitalismo con el que la Iglesia católica se había avenido a pactar.

Comenzado el concilio, otros obispos iban en la misma dirección. El cardenal Gerlier, arzobispo de Lyon, en una reunión en el colegio belga el 26 de octubre de 1962 habló del deber de la iglesia de adaptarse con la mayor sensibilidad posible al sufrimiento de muchìsima gente. Refiriéndose a las tareas del concilio dijo: “Si no examinamos y estudiamos esto, todo lo demás corre el riesgo de no valer para nada. Es indispensable que a esta Iglesia, que no quiere ser rica, la despojemos de todos los signos de riqueza. Es necesario que la Iglesia se presente como lo que es: la madre de los pobres, preocupada sobre todo por dar a sus hijos el pan del cuerpo y del alma” . Y añadió las palabras citadas de Juan XXIII.

Sin embargo, el 6 de diciembre, dos meses después de comenzado el concilio, el cardenal Lercaro dijo con cierto patetismo: “[Tras] dos meses de fatigas y de búsqueda verdaderamente generosa, humilde, libre y fraterna… todos sentimos que al Concilio le ha faltado hasta ahora algo”. Y también él prosiguió con las palabras de Juan XXIII: “Si es la Iglesia de todos, hoy es especialmente ‘la Iglesia de los pobres”. Ese día un periodista comentó que “el gran momento de la sesión de hoy se ha vivido durante la intervención del cardenal Lercaro. Se podía cortar el silencio con un cuchillo”. Al término del discurso de Lercaro la asamblea conciliar estalló en aplausos.

Pero la Iglesia de los pobres no prosperó. Es una notoria laguna en el concilio, con importantes excepciones como la de Mons. Charles Marie Himmer, obispo de Tournai, quien dijo lapidariamente “primus locus in ecclesia pauperibus reservandus est”. Es importante reconocerlo. Y en mi opinión no hace ningún bien ignorarlo aduciendo textos por muy importantes que sean por otros capítulos. Uno de ellos es el de LG 8. La Iglesia debe recorrer los mismos caminos de Cristo, quien realizó la obra de la redención en pobreza y persecución”. Debe imitar y seguir a Cristo, quien se anonadó a sí mismo tomando la forma de siervo (Fil 2, 6-7) y quien por nosotros siendo rico se hizo pobre (2Cor, 8-9), y por ello la Iglesia “no fue instituida para buscar la gloria humana, sino para proclamar la humildad y la abnegación, también con su propio ejemplo”. La Iglesia abraza a todos los afligidos por la debilidad, pues “Cristo fue enviado a evangelizar a los pobres y levantar a los oprimidos (Lc 4, 18)”. Finalmente, el texto hace una importante afirmación sobre el lugar en que se puede encontrar a Cristo en la historia: “la Iglesia reconoce en los pobres y en los que sufren la imagen de su fundador pobre y paciente”. Y sobre lo que hay que hacer con ellos: “se esfuerza en remediar sus necesidades y procura servir en ellos a Cristo“ (LG 8).

El texto es magnífico, pero no aborda el ser pobre de la Iglesia en sus diversos ámbitos de realidad, ni lo que los pobres hacen por la Iglesia, ni el destino de persecución que le sobreviene por defender a los pobres, con la radicalidad con que le sobrevino a Jesús.

El segundo texto es el más citado. “Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias… sobre todo de los pobres y de cuantos sufren son gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo” (GS 1). Es otro texto magnífico. Expresa lo que la Iglesia debe tener muy presente al estar en el mundo y ante el mundo, e implica en qué dirección ético-histórica debe moverse su misión. En el texto sin embargo, no se dice cómo los pobres reales configuran a la Iglesia real en su identidad de Iglesia ni cómo la hacen ser sacramento de Jesús en la totalidad de sus dimensiones, ni cómo ellos son principios de salvación para la humanidad y para la Iglesia.

 

El pacto de las catacumbas. “Una Iglesia servidora y pobre”. 1965

En el Concilio varios obispos captaron pronto que para la mayoría de la asamblea una Iglesia volcada ella misma hacia los pobres en pobreza y sin poder no era asunto central. Los tiempos no estaban para eso. El grupo compartía la inspiración de Juan XXIII, y se reunió confidencialmente y con regularidad en Domus Mariae a las afueras de Roma, evitando conscientemente dar la impresión de querer dar una lección a sus hermanos en el aula. Pensaron a fondo cómo debía ser la pobreza de la Iglesia. Y pocos días antes de la clausura del Concilio, el 16 de noviembre de 1965 cerca de 40 obispos celebraron una eucaristía en las catacumbas de santa Domitila.

Fue presidida por Monseñor Himmer, quien pronunció la homilía. Los obispos pidieron “ser fieles al espíritu de Jesús”, y al terminar la celebración firmaron lo que llamaron “pacto de las catacumbas: una Iglesia servidora y pobre”. El pacto era, objetivamente, un reto a los “hermanos en el episcopado” a llevar una vida de pobreza y a ser una Iglesia servidora y pobre. Y subjetivamente era una forma de animarse los firmantes, unos a otros, a cumplir una tarea nada fácil. Los signatarios, latinoamericanos, de otros lugares del mundo pobre, y también de países del primer mundo, se comprometían a vivir ellos mismos en pobreza, a rechazar todos los símbolos o privilegios de poder y a colocar a los pobres en el centro de su ministerio pastoral. Así comienza el texto:

“Nosotros, obispos, reunidos en el Concilio Vaticano II, conscientes de las deficiencias de nuestra vida de pobreza según el evangelio; motivados los unos por los otros en una iniciativa en la que cada uno de nosotros ha evitado el sobresalir y la presunción […] con humildad y con conciencia de nuestra flaqueza, pero también con toda la determinación y toda la fuerza que Dios nos quiere dar como gracia suya, nos comprometemos a lo que sigue”.

El texto es magnífico, y varias cosas llaman poderosamente la atención.

La primera palabra del texto es de absoluta importancia: “nosotros”. Hablan, pues, obispos, pero no hablan doctrinalmente ni siquiera solo pastoralmente como obispos, sino –cosa rara- hablan personal y existencialmente. No hablan a otros ni de otros, sino hablan a sí mismos y de sì mismos. Y por la naturaleza del asunto, de lo que ellos hagan dependerá en buena medida que el pacto comience a ser fructífero o no.

Firmar ese pacto supone una sacudida importante para ellos y una llamada a su propia conversión. Tienen que pedir al Señor fuerza y energía para ellos mismos para actuar como Jesús. Desean que ese nuevo modo de vivir ellos como obispos anime a todos los demás, pero sin delegar en otros la exigencia de vivir en pobreza y servicio.

Enumeran su compromiso en 13 puntos, se obligan a sí mismos a su cumplimiento y lo hacen con palabras claras para que el texto no se evapore en palabras generales. Así se comprometen a vivir ellos mismos la pobreza real de las mayorías, y a sufrir los menosprecios que ocasiona la pobreza real. Y lo deciden, no por razones ascéticas, sino para incorporar e introducir la pobreza real de la humanidad al interior de la Iglesia (nn.1-5). Exigen evitar favoritismos hacia los ricos (n. 6), y luchar en favor de la justicia y la caridad (n. 9). Animan a que los gobernantes pongan en práctica leyes, estructuras e instituciones en favor de la justicia, la igualdad, el desarrollo armónico (n.10). Hacia el final constatan el hecho de que en el mundo existen “mayorías en miseria física, cultural y moral, dos tercios de la humanidad”. Y recalcan el discurso de Pablo VI en Naciones Unidas, exigiendo estructuras económicas “que no fabriquen naciones pobres en un mundo cada vez más rico” (n.11). Si se me permite dar ya un salto de cincuenta años, estas palabras de aquellos obispos son de absoluta actualidad para que sean escuchadas y puestas en práctica por Naciones Unidas, Estados Unidos, la OEA, la Comunidad Europea…

El texto del pacto termina con el compromiso a compartir con todos los seres humanos y ser acogedores de todos ellos (n. 12), y a dar a conocer el pacto a sus diocesanos, pidiendo su comprensión, colaboración y oraciones.

El pacto de las catacumbas ha sido raíz de reflexiones y textos posteriores. Pero no hay que olvidar que exige a los obispos –a todos- una decisión existencial a ponerlo en práctica personalmente.

 

Medellín. “Pobreza de la Iglesia” y “Justicia”. 1968.

No conozco bien si y en qué grado después del concilio el pacto de las catacumbas fue recogido, al menos en lo fundamental, por las iglesias alrededor del mundo. Sí lo fue en Medellín. Y vamos a fijarnos en dos de sus documentos.

 

 “Pobreza de la Iglesia”

El texto de Medellín que se relaciona más inmediatamente con el pacto de las catacumbas es “Pobreza de la Iglesia”. Comienza con una doble afirmación.

La primera es la constatación de la realidad objetiva del continente: injusticia social, pobreza, inhumana miseria, que en su mera existencia es una exigencia a los obispos. “El Episcopado latinoamericano no puede quedar indiferente ante las tremendas injusticias sociales existentes en América Latina, que mantienen a la mayoría de nuestros pueblos en una dolorosa pobreza cercana en muchísimos casos a la inhumana miseria” (n.1). El hecho es presentado como realidad evidente sin necesidad de discernimiento. Y la reacción solo puede ser la compasión del episcopado, la que por implicación tiene prioridad absoluta.

La segunda es la constatación de que esa miseria es un clamor que ellos, los obispos, no pueden desoír. “Un sordo clamor brota de millones de hombres, pidiendo a sus pastores una liberación que no les llega de ninguna parte (n. 2). Y a ello añaden con honradez lo que no se suele mencionar normalmente: “Llega también hasta nosotros las quejas de que la Jerarquía, el clero, los religiosos, son ricos y aliados de los ricos” (n. 2). Los obispos de Medellín aclaran que a veces se confunde la apariencia con la realidad, pero reconocen que hay cosas que han contribuido a crear la imagen de una Iglesia institucional rica: los grandes edificios, las casas de párrocos y religiosos, cuando son superiores a las del barrio en que viven; los vehículos propios, a veces lujosos; la manera de vestir heredada de otras épocas…

Esclarecidas las exageraciones, y hablando en primera persona los obispos reconocen lo que de verdad hay en las quejas. “En el contexto de pobreza y aun miseria en que vive la gran mayoría del pueblo latinoamericano, los obispos, sacerdotes y religiosos tenemos lo necesario para la vida y una cierta seguridad, mientras los pobres carecen de lo indispensable y se debaten entre la angustia y la incertidumbre” (n. 3).

Reconocen también casos de distanciamiento y desinterés que los pobres resienten. “No faltan casos en que los pobres sienten que sus obispos, o sus párrocos y religiosos, no se identifican realmente con ellos, con sus problemas y angustias, que no siempre apoyan a los que trabajan con ellos o abogan por su suerte” (n.3).

Estas palabras concretas y detalladas hacen comprender que los obispos tomaron personalmente en serio el clamor de los pobres.

La conclusión es que la Iglesia debe “denuncia[r] la carencia injusta de los bienes de este mundo y el pecado que la engendra”, “predica[r] y viv[ir] la pobreza espiritual, como actitud de infancia espiritual y apertura al Señor”. Y comprometerse ella misma “en la pobreza material” (n. 5).

El documento exige por último el “testimonio” en el modo de vida y en la administración de los bienes (nn.12-17). Y que la Iglesia se distancie del poder. “Queremos que nuestra Iglesia latinoamericana esté libre de ataduras temporales, de connivencia y de prestigio ambiguo; que ‘libre de espíritu respecto a los vínculos de la riqueza’ sea más transparente y fuerte su misión de servicio” (n. 18).

No son estas palabras piadosas y de buenas intenciones. Apuntan a realidades y a modos de actuar. Dan que pensar sobre cómo no ser y sobre cómo ser Iglesia.

Justicia”

El segundo documento es el de “Justicia”. Con él comienza Medellín, y estas son sus primeras palabras:

“Existen muchos estudios sobre la situación del hombre latinoamericano. En todos ellos se describe la miseria que margina a grandes grupos humanos. Esa miseria, como hecho colectivo, es una injusticia que clama al cielo” (n.1).

El texto es de importancia absoluta. Se insiste en que la Iglesia debe tener en cuenta a agrandes grupos humanos, a todos sin distinción, creyentes, musulmanes, budistas, agnósticos, diríamos hoy. Al ponerlo al comienzo de todo el documento los obispos confiesan con claridad lo que está en su mente y en su corazón. Y llama poderosamente la atención que, siendo un texto escrito por obispos, creyentes en Dios, amantes de Jesucristo y servidores en la Iglesia, sus primeras palabras no sean palabras religiosas, ni bíblicas, ni dogmáticas. Son palabras sobre la realidad de este mundo; más en directo, sobre su pecado. Mencionan a quienes lo sufren, y, por implicación, a quienes lo cometen. En lo que K. Rahner llamó palabra-símbolo, los obispos lo centran todo en la palabra “injusticia”. Las palabras “clama al cielo” pueden ser el equivalente al término español “desorbitante”, pero también se pueden entender como en Éxodo 3, 9: “El clamor de los hijos de Israel ha llegado hasta mí”, dice Jahvé.

A mi modo de ver el contenido y el vigor desconocidos de este lenguaje se debe a que alrededor de Medellín ocurrió una irrupción de realidad. No fue la serena conclusión de un proceso discursivo, sino la explosión de algo que se impone por sí mismo. Tampoco fue solo de-velamiento de algo que es fácticamente verdadero, sino aparición de una realidad con espíritu propio, con potencial para exigir una reacción, personal y grupalmente, y para ofrecer salvación. El pobre irrumpió.

El pobre había sido realidad secular en América Latina, pero de repente se convirtió en realidad inocultable e interpelante. En expresión, de nuevo de Karl Rahner, “la realidad tomó la palabra”. La irrupción alrededor de Medellín hizo despertar, sin necesidad de discernimiento, del sueño que en 1511 denunció Antonio Montesinos: “¿Cómo estáis en sueño tan letárgico dormidos?”. Siglos después, en América Latina muchos tuvieron el coraje de “despertar del sueño de cruel inhumanidad”, así como Kant había exigido a los humanos el coraje de “despertar del sueño dogmático”.

Y la irrupción del pobre también hizo inocultable el pecado que denunció Montesinos: “¿Cómo los tenéis tan opresos y fatigados, sin darles de comer ni curarlos en sus enfermedades, que de los excesivos trabajos que les dais incurren y se os mueren, y por mejor decir, los matáis, por sacar y adquirir oro cada día?”.

La realidad del pobre caracterizaba a nuestro mundo ciertamente como un signo de los tiempos, pero sobre todo proclamaba su última verdad sin posibilidad de error. Más peligroso que no atinar en el discernimiento es no ver lo evidente, pero la miseria producto de la opresión y los sufrimientos provocados por ella, más el deseo de que pronto tuvieran fin, se hizo evidente. Y también se hizo evidente la absoluta necesidad de la praxis de justicia para conseguir la liberación de la injusticia. Todo ello estaba fuera de discusión. Aunque lo disimulemos, creo que hoy vivimos en una situación muy semejante

A la irrupción del pobre, oprimido y perseguido, en América Latina acompañó muy pronto otra irrupción: la persecución. El padre Arrupe lo diría después en 1975: “No llevaremos a cabo la lucha crucial de nuestro tiempo, la lucha por la fe y la lucha por la justicia que exige la fe sin pagar un precio”. Y de esa forma también irrumpió un mayor amor: el martirio por defender al pobre. Desde entonces, perdonen que hable como jesuita, alrededor de 60 jesuitas han sido asesinados en el tercer mundo. Y muchísimos otros hombres y mujeres.

Volviendo a Medellín, por lo que alcanzo a ver, a diferencia de lo ocurrido después del concilio, Medellín, por hacer central a los pobres y su necesaria liberación, tuvo en su contra desde el principio a los poderes económicos, financieros, militares, policiales, y en muy buena parte también mediáticos, del continente. Y con buenas razones. El informe Rockefeller de 1968 afirmó que “si se lleva a la práctica lo que los obispos han dicho en Medellín los intereses de Estados Unidos están en peligro”. Algo semejante dijeron los asesores de Reagan en la reunión de Santa Fe en 1980. Y más recurrentemente en las reuniones de militares en el cono sur, ciertamente, y en Centroamérica, en la década de los ochenta. Estos poderes -a los que a veces se unió parte de la Iglesia institucional- desencadenaron campañas contrarias a Medellín y una cruel persecución. Desde entonces, en América Latina siempre que la Iglesia se ha mantenido fiel a Medellín ha sufrido la persecución. No así cuando ha estado a buenas o en componendas con los poderosos.

En el Concilio no se habló de persecución, y menos de martirio, de esa forma. Se contenta con citar las bellas palabras de Agustín: “la iglesia peregrina entre las persecuciones del mundo y los consuelos de Dios”. Pero el texto no tiene la fuerza de la realidad. Hoy ha aumentado la exigencia a la solidaridad, a trabajar con esfuerzo, a la inserción. Pero no se habla mucho de martirio -ni del pueblo crucificado del que hablaremos a continuación- ni se toman muy en serio los martirios de épocas todavía muy recientes.

Además de lo dicho, la institución eclesiástica vio con temor cómo Medellín y obispos prominentes -más la teología de la liberación- otorgaba adultez y libertad a los cristianos que defendían a los pobres. Y ello ocurría no porque Medellín propiciase una abstracta “libertad de los hijos de Dios”, sino porque emergía conjuntamente con la decisión de liberar a los pobres. Se captó como real lo que dice Metz: la última autoridad es “la autoridad de los que sufren”. Y ese sufrimiento nos otorga “máxima libertad”.

Al interior de la Iglesia algunos jerarcas sintieron también que Medellín hacía tambalearse el poder de la jerarquía, lo que juzgaron como grave mal, y entonce, también dentro de la Iglesia, surgió la persecución. Varios obispos –permítaseme mencionar solo a algunos de ellos: Angelelli, Don Samuel Ruiz, Leonidas Proaño- fueron maltratados por algunos jerarcas en sus países y en el Vaticano.

El caso de Monseñor Romero fue especialmente indignante. En el retiro espiritual que hizo un mes antes de su asesinato, habló con su confesor, el Padre Azkue, sobre los tres problemas que le preocupaban. El primero de ellos, no ser suficientemente cuidadoso en las prácticas de piedad- a lo que el padre Azkue le contestó animándole a superar escrúpulos. El segundo, miedo a una muerte violenta –el padre Azkue le sosegó diciéndole que más importante que el momento de morir es la vida, y que Dios le acompañará en el momento de la muerte, sea esta cual fuere.

El tercer punto es el que ahora nos atañe: su dificultad muy grande de vivir y trabajar con sus hermanos obispos, lo que le hizo sufrir mucho en vida. A su funeral solo asistió uno de los obispos, su gran amigo Arturo Rivera Damas. Y cuando en 1996, el Papa Juan Pablo II de visita en El Salvador invitó a comer a la Conferencia Episcopal preguntó a los obispos qué pensaban sobre la beatificación de Monseñor Romero. La mayoría contestaron que les parecía bien. El obispo Monseñor Revelo, sin embargo, dijo que Monseñor Romero “era responsable de la muerte de 70.000 salvadoreños”.

Y además de varios obispos, también fue combatida la teología de la liberación. Con mayor vileza también lo fue la CLAR. Y tristemente, muchas religiosas.

En conjunto la Iglesia de los pobres fue condenada por la jerarquía, y dieron la razón: es la “Iglesia popular”. La inquina, y estupidez, es notoria, pues en el Nuevo Testamento y en el Concilio Vaticano II la Iglesia es llamada, “pueblo” de “Dios”. Adelantándonos, digamos que no hay que extrañarse de que el Papa Francisco sea atacado. Ha recogido los temas mencionados después de Medellín.

Y no hay que olvidar lo más fundamental. Después de Medellín hubo un derroche del mayor amor. Fueron épocas de martirio. A los asesinados, hombres y mujeres, en gran número, los llamamos mártires jesuánicos. Como Jesús, trabajaron para traer la liberación a los pobres, anunciaron el reino de Dios y denunciaron el antirreino. Y como Jesús, murieron asesinados.: si se ignoran o minusvaloran estos mártires, numerosos hombres y Digamos desde ahora que ignorarlos o minusvalorarlos es el fin de la Iglesia de Jesús.

 

Puebla. “La opción por los pobres”. 1979.

Es sabido que los obispos en Puebla formularon la opción por los pobres. Fue una forma importante de poner en relación Iglesia y pobres. En América Latina se ha convertido en ortodoxia de la cual, al menos de palabra, casi nadie se aparta. Más costó que la opción por los pobres se convirtiese en ortopraxis, por la novedad de la empresa y por sus costos: persecución, difamación y martirio.

En mi opinión, lo más novedoso en la teoría y lo más poderoso en la práctica fue elevar dicha opción a nivel teologal. Al hablar de la opción por los pobres dice Puebla: “independientemente de su condición personal y moral, por el mero hecho de ser pobres Dios los defiende y los ama”. Habla del misterio de Dios, con gran audacia y con grandísimas consecuencias. Permítaseme dos breves reflexiones:

1) Puebla insiste en la realidad de los pobres, independientemente de su condición personal y moral. Nosotros hemos hablado sobre la santidad primordial, que consiste en buscar y mantener vida, en épocas de cercanía a la muerte, caminando unos con otros y unos para otros. La expresión santidad primordial me vino a la mente hace veinte años cuando vi en televisión caravanas de miles de mujeres caminando con niños pequeños agarrados de sus manos y con la casa en la cabeza, una gran cesta en la que habían puesto todo lo que podían llevarse. A esa ultimidad, más allá de virtudes y pecados, he llamado santidad primordial. Es lo equivalen te a “independientemente de su condición personal y moral”-

2) Puebla habla de cómo reacciona Dios ante los pobres, y menciona la totalidad de lo que hace: defender y amar. Normalmente se suele comprender el núcleo de la opción por los pobres como amor, ayuda, solidaridad –y Dios quiera que abunde. Pero no se suele insistir en lo que Puebla menciona en primer lugar: a los pobres hay que defenderlos. Los pobres son carentes y por eso hay que ayudarles, pero históricamente llegan a ser pobres porque son empobrecidos. Son ofendidos porque hay ofensores. Y en esa situación lo primordial de la opción es defender al pobre. Y correr los riesgos que eso implica. Estas reflexiones van un poco más allá del pacto de las catacumbas, pero ese pacto de hace cincuenta años dio impulso a la opción, a la defensa de los pobres y los riesgos quue hay que correr po defenderlos.

 

Monseñor Romero e Ignacio Ellacuría. “El pueblo crucificado”. 1977 – 1989.

En América Latina el ideal de Iglesia que surgió en Medellín, con mayor o menor intensidad se hizo realidad en varios lugares y con varios obispos. Con Leonidas Proaño en Ecuador, defensor de los indígenas, con don Samuel Ruiz en México, defensor de indígenas y obreros, con don Pedro Casaldáliga en la Amazonia, defensor de los campesinos a quienes arrebatan la tierra. Y con muchos otros. Todos ellos impulsaron la Iglesia de los pobres.

Me voy a concentrar ahora en El Salvador pues la Iglesia tomó características específicas que me tocó conocer. Monseñor Romero e Ignacio Ellacuría, simultáneamente, desde el ministerio y desde la teología, pensaron e impulsaron la construcción de “una Iglesia de los pobres”. Debido en parte a la situación histórica en que les tocó vivir, cobró una notable profundidad. Llegó a ser “Iglesia de los perseguidos” e “Iglesia de los crucificados”. Este lenguaje no suele ser usado, ni se recuerda suficientemente la genialidad y la creatividad de Monseñor Romero e Ignacio Ellacuría al hablar así de la verdadera Iglesia de Jesús. Veámoslo muy brevemente, entremezclando las ideas de Monseñor y las de Ellacuría.

 

“Iglesia de los pobres”

A mi entender Ellacuría es quien mejor conceptualizó la Iglesia de los pobres, doce años después del pacto de las catacumbas. Esta conceptualización pudiera parecer innecesaria, pero no lo es. Veámoslo. En la Iglesia de los pobres, los pobres no son “parte de la Iglesia” junto a otros, lo que no pasaría de ser un enfoque regional, dice Ellacurìa. Ni tampoco es suficiente el enfoque ético -aunque en esto, mucho hay que avanzar-, pues la Iglesia de los pobres “no es aquella que, estando fuera del mundo de los pobres, le ofrece generosamente su ayuda”.

En otras palabras, la Iglesia no se constituye con independencia de ellos para –después- poder y deber preguntarse qué hacer con ellos, sino que “los pobres son su principal sujeto y su principio de estructuración interna”. En términos operativos esto significa que cómo deba ser la pastoral de la Iglesia, la administración de los sacramentos, los ministerios, el derecho canónico, el ejercicio de la autoridad, la teología, la doctrina social, todo ello debe estar configurado e historizado en cada época, de forma importante, según la realidad de los pobres. Y sin olvidar que en la mejor tradición cristiana “los pobres son vicarios de Cristo” .

Los pobres son entonces el lugar real desde el cual hay que pensar y configurar las diversas realidades en la Iglesia. Y la razón es teologal-cristológica. “La unión de Dios con los hombres, tal como se da en Jesucristo, es históricamente una unión de un Dios vaciado en su versión primaria al mundo de los pobres”. Los pobres configuran a la Iglesia desde dentro. Y volcándose hacia ellos, se convierte en sacramento de salvación para todos. “Encarnándose entre los pobres, dedicando últimamente su vida a ellos y muriendo por ellos, es el modo como puede constituirse cristianamente en signo eficaz de salvación de todos los hombres”. E insiste en que “los pobres y … solo los pobres puestos en comunidad pueden lograr que la Iglesia evite tanto la institucionalización excesiva como su mundanización”. Que los pobres pueden ayudar a ambas cosas es bendición, pues institucionalización y mundanización son dos dimensiones graves de la pecaminosidad de la iglesia.

También Monseñor Romero pensó la realidad de la Iglesia, y lo hizo desde una visión cristológica. Su segunda carta pastoral lleva por título “La Iglesia cuerpo de Cristo en la historia”. Pero antes de pensar así la realidad de la Iglesia, la construyó. Recuerdo bien la noche del 12 de marzo de 1977 en que asesinaron a Rutilio Grande, junto con el niño Nelson y el señor Manuel. Allí estaba Monseñor Romero, nervioso, impactado, afectado. Me impresionó mucho la valentía y libertad con que hablaba denunciando el crimen. Pero pensándolo bien, después me vino a la mente que lo primero que hizo Monseñor fue “crear cuerpo eclesial”. En efecto, a todos pidió que le acompañásemos y le ayudásemos. Y sin saberlo, estaba construyendo corpus, iglesia. Durante las siguientes semanas convocó a muchas reuniones en el arzobispado. En El Salvador ese corpus alrededor de tres cadáveres hizo crecer a la Iglesia. Y la hizo crecer como Iglesia de los pobres.

En el día a día Monseñor Romero tuvo contacto directo e inmediato con los pobres reales, con su humanidad, sus sufrimientos y esperanzas, con sus valores para construir humanidad y cristianismo, y también con sus fallos. Él mismo vivió en un hospital para mujeres pobres con cáncer incurable, y en una casita cercano a ellas. A los pobres los visitó con mucha frecuencia en sus cantones, y los recibió en el arzobispado con mayor dedicación que a visitantes distinguidos. También la catedral, su cátedra dominical, fue pobre. Había quedado a medio reconstruir tras el incendio de 1951, pero la gente de dinero no le ofreció reconstruirla. Sí le habían ofrecido construirle un palacio arzobispal al comienzo de su arzobispado. Monseñor no aceptó.

Todo ello estaba de acuerdo con el pacto de las catacumbas. Y a Monseñor le tocó dar pasos históricos hacia adelante.

 

“Iglesia de los crucificados” 

Tanto Monseñor Romero como Ignacio Ellacuría fueron muy sensibles al estado de pobreza de los salvadoreños, pero con mayor apasionamiento fueron sensibles a la represión bajo la que vivían: su estado de crucifixión. No toleraron que la cruz del pueblo quedara en la ignorancia, sino que denunciaron la realidad con palabras nunca escuchadas en el país. Analizaron la cruz histórica y bíblicamente. Y ello, tanto al hablar del pueblo como de la Iglesia.

Ellacuría teorizó qué es el pueblo crucificado en tres importantes artículos. El primero “Pobres”, 1978     “Se entiende aquí por pueblo crucificado aquella colectividad que, siendo la mayoría de la humanidad”, está privada e impedida por unas minorías de disfrutar de los recursos básicos para vivir”.

El segundo es “El pueblo crucificado, ensayo de soteriología histórica”. En él afirma, en un difícil acto de fe, que ese pueblo trae salvación. El pueblo crucificado ilumina nuestra realidad, ofreciendo un discernimiento sobre nuestro mundo. Muestra que las soluciones presentadas por el Primer Mundo no son verdaderas, al no ser universalizables, además de ser malas éticamente, porque deshumanizan. El pueblo crucificado ilumina lo que históricamente puede y debe ser la utopía. Esa utopía en el mundo de hoy no puede ser otra cosa que la civilización de la pobreza, el compartir todos austeramente los recursos de la tierra, y la civilización del trabajo, que ha de prevalecer sobre la del capital.

En otro artículo de 1981 “Discernir el signo de los tiempos” afirma que el pueblo crucificado es siempre lo que caracteriza a una época y en lo que se hace presente el siervo de Jahvé.

Y formuló existencialmente qué debemos hacer ante el pueblo crucificado. En una conferencia pronunciada en Valladolid, concluyó con estas palabras:

“Lo único que quisiera -porque eso de interpelación suena muy fuerte- son dos cosas: que pusieran ustedes sus ojos y su corazón en esos pueblos que están sufriendo tanto -unos de miseria y hambre, otros de opresión y represión- y después (ya que soy jesuita), que ante ese pueblo crucificado hicieran el Coloquio de San Ignacio en la Primera semana de los Ejercicios, preguntándose: ¿qué he hecho yo para crucificarlo?, ¿qué hago para que lo descrucifiquen?, ¿qué debo hacer para que ese pueblo resucite?”.

Monseñor Romero habló muchas veces del pueblo crucificado por implicación, pero con gran vigor, Y ciertamente lo hizo en sus denuncias. No redujo la pobreza a la carencia, sino que la extendió a la opresión y muerte del pobre. “Yo denuncio, sobre todo la absolutización de la riqueza. Este es el gran mal de El Salvador: la riqueza, la propiedad privada como un absoluto intocable, y ¡ay del que toque ese alambre de alta tensión, se quema!”. “Se manipulan muchedumbres, porque se le tiene cogida del hambre a mucha gente”. ”No me cansaré de denunciar el atropello por capturas arbitrarias, por desaparecimientos, por torturas”. “La violencia, el asesinato, la tortura, donde se quedan tantos muertos, el machetear y tirar al mar, el botar a la gente: todo esto es el imperio del infierno”.

Y Monseñor comparó al pueblo crucificado con Cristo crucificado. El 19 de junio de 1977 Monseñor fue a Aguilares, cuando el ejército salió del pueblo tras un mes de haberlo ocupado y perpetrado unos cien asesinatos de campesinos. Recuerdo perfectamente como comenzó su homilía: “A mí me toca ir recogiendo cadáveres”. En la homilía fue duro con los criminales y les recordó las palabras de la Escritura:”Quien a hierro mata, a hierro muere”. En el ofertorio presentó a Dios a las cuatro religiosas que se había ofrecido a sustituir a los sacerdotes expulsados de Aguilares. Y a los campesinos que, atemorizados, no habían ido al templo, pero que podían escuchare sus palabras les dijo: “Ustedes son la imagen del Divino Traspasado… [Este pueblo] es la imagen de todos los pueblos que, como Aguilares, serán atravesados, serán ultrajados”.

También pensando en el pueblo crucificado preparaba Monseñor sus homilías. Así lo dijo en su última homilía dominical, la víspera de ser asesinado: “Le pido al Señor durante la semana, mientras voy recogiendo el clamor del pueblo y el dolor de tanto crimen, la ignominia de tanta violencia, que me dé la palabra oportuna para consolar, para denunciar, para llamar al arrepentimiento, y, aunque siga siendo una voz que clama en el desierto, sé que la iglesia está haciendo el esfuerzo por cumplir su misión”.

Con el pueblo crucificado se comprometió hasta el final. “Quiero asegurarles a ustedes, y les pido oraciones para ser fiel a esta promesa, que no abandonaré a mi pueblo, sino que correré con él todos los riesgos que mi ministerio me exige”.

No es normal hablar de la verdadera Iglesia como de una Iglesia perseguida. Y menos lo es declararla bienaventurada y alegrarse de ello. Sí lo hizo Monseñor Romero en un arrebato evangélico: “Me alegro, hermanos, de que nuestra Iglesia sea perseguida, precisamente por su opción preferencial por los pobres y por tratar de encarnarse en el interés de los pobres”. Y en un arrebato mayor confesó: “Sería triste que, en una patria donde se está asesinando tan horrorosamente, no contáramos entre las víctimas también a los sacerdotes. Son el testimonio de una Iglesia encarnada en los problemas de su pueblo”.

Y fue un hombre feliz. Al director de una delegación de Iglesias hermanas de Estados Unidos, en 1979, le dijo al comienzo de la homilía: “Quiero que a su regreso exprese simplemente lo que ha visto y oído, y lleve el testimonio de que con este pueblo no cuesta ser buen pastor; es un pueblo que empuja a su servicio… Más que un servicio… significa para mí un deber que me llena de satisfacción”.

El Papa Francisco. La reforma de la Iglesia. 2015

No me siento capacitado para juzgar sobre cómo está hoy la Iglesia en su conjunto ni cómo vive –o no vive– en ella el pacto de las catacumbas. Voy a terminar con unas breves reflexiones sobre la irrupción del Papa Francisco. Trabaja por la reforma de la Iglesia. Se mueve entre la denuncia y la misericordia. Genera esperanza y anima a todos a hacer un pacto para rehacer hoy una Iglesia pobre y servidora. Es su modo de hacer presente el pacto de las catacumbas.

El papa Francisco y la verdad de nuestro mundo. Pienso que la mentira fundamental consiste en ignorar el mal, o más sofisticadamente en inculcar que ya hemos encontrado caminos correctos. Es cierto que se dan pequeños pasos, pero la globalización que se invoca no significa homogeneización de un planeta que cubre las necesidades básicas de todos. Ni mucho menos la eliminación de  Lampedusa, Siria, Eslovenia, El Salvador, Haití, Kenia… Son recurrentes. Ni la vida ni la dignidad humana son asuntos resueltos ni están en vía de ser resueltos. Un tercio de la población salvadoreña ya no vive en su país, y algo semejante, y peor, ocurre en Siria. El modo de emigrar es con gran frecuencia inhumano. Lo que está ocurriendo en el Mediterráneo es sobrecogedor. Y la inhibición eficaz de los países poderosos clama al cielo: se ponen de acuerdo en muchas cosas, pero no en qué hacer con los emigrantes. El papa Francisco lo desenmascara.

El papa Francisco y la verdad de la Iglesia. El pacto de las catacumbas fue un pacto de obispos, del nosotros, y de ahí que debemos preguntarnos cómo anda el episcopado, ciertamente hoy. Estos días hemos tenido un sínodo, es decir, una reunión, de obispos sobre la familia. Han surgido muchas preguntas importantes sobre la familia, sobre qué hacer con la doctrina, y sobre la voluntad de usar de misericordia. Pero por ocurrir en un sínodo de obispos el Papa Francisco ha hecho resonar el pacto de las catacumbas.

El nosotros que escriben los obispos del pacto, está muy presente. Es claro el aliento que da a los obispos y su alegría cuando éstos se comportan cristianamente. Pero es claro también la seriedad con que reacciona hacia ese nosotros cuando se comportan mal. A veces con claridad y con gran dureza.

Los obispos, ¿somos pobres? ¿Seguimos decididos a seguir siendo pobres o a comenzar a serlo? ¿Servimos a los pobres, sin que nada, dentro o fuera de la Iglesia, debilite nuestra decisión? “La Iglesia debe hablar con la verdad y también con el testimonio: el testimonio de la pobreza. Un creyente no puede hablar sobre la pobreza o sobre los ‘sin techo’ y llevar una vida de faraón”

El Papa Francisco ha puesto a la Iglesia en una dirección cristiana. Sin dar ultimidad a la doctrina, incluso sin saber a veces cómo compaginarla con la vida cristiana, ha dado ultimidad a la compasión y la misericordia, como J. B. Metz, como Monseñor Romero, como Jesús de Nazaret. Y visto todo su discurso ha insistido en la justicia.

El papa Francisco y Monseñor Romero. Por coincidencia el Papa Francisco ha mencionado estos días a Monseñor Romero. Hace dos semanas dijo a un grupo de salvadoreños que le visitaban en Roma que el episcopado salvadoreño difamó y calumnió a Monseñor Romero: “Lo estaban lapidando con la piedra más dura que existe en el mundo: la lengua”. Es una forma seria de insistir en la verdad de la Iglesia.

Y más me impacta cómo, en lo personal, el papa Francisco me recuerda a Monseñor Romero cuando dice estas palabras: “Yo quisiera un mundo sin pobres”. También Monseñor. Y lo explicó bien. En la homilía del 23 de septiembre de 1979 se sintió obligado a explicar cómo contestó a una pregunta que podía ponerle en aprietos. “Me pregunta alguno: ’Y cuando mañana se arreglen las cosas, ¿qué va a hacer la Iglesia?’. Le digo: ‘Seguirá haciendo lo mismo’… Dichosa se sentirá si mañana, en un orden más justo, ella no tiene que denunciar tantas injusticias; pero siempre tendrá su trabajo de construirse sobra la base del Evangelio. Este trabajo lo tendremos haya paz o haya persecución”

Estas palabras de Monseñor me hacen pensar en el papa Francisco y en nosotros hoy. Creo que el Papa contestaría más o menos como Monseñor. El asunto somos nosotros, que escuchamos a Francisco. Es comprensible que en los medios se especule sobre su popularidad mayor o menor, sobre cuánto puede durar –incluso si lo pueden eliminar-, sobre cuán poderosos son sus adversarios, y así sucesivamente. Sobre esto, no tengo nada que decir.

El Papa Francisco ha dado un paso que por su naturaleza deja huella en la historia y en la Iglesia. Pero en lo que quiero insistir es en que el asunto no es el Papa Francisco, si nos agrada o desagrada , si le aplaudimos en público o le abucheamos en silencio. El asunto somos nosotros, si ponemos en práctica lo que nos parece bueno del Papa, y si rehuimos poner en práctica lo que,  según nuestra conciencia, no nos parece bueno.

Termino con una sincera palabra de agradecimiento en un mundo que no anda bien y en una Iglesia de ambigüedades

Entre los que ya no están entre nosotros, doy gracias a Monseñor Romero, a los mártires de la UCA, cuyo aniversario celebramos pasado mañana. Y a muchos otros mártires. Han enriquecido el pacto de las catacumbas.

Y entre los que están entre nosotros, quiero dar gracias muy sinceras a Monseñor Luigi Bettazzi, único superviviente y símbolo de los obispos que firmaron el pacto de las catacumbas.

Todos ellos y muchísimos otros hombres y mujeres, nos siguen dando ánimo y aliento.

Muchas gracias.

14 de noviembre, 2015

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