Latinoamérica: siguen protestas, ahora Colombia

Con recientes marchas masivas, Colombia se suma a las manifestaciones callejeras por casi toda latinoamérica. Organizaciones sociales estiman que un millón de personas habrían salido a las calles en todo el país. Se escucharon estruendosos ‘cacerolazos’, inusuales en Colombia, que se prolongaron por más de dos horas en sectores de Bogotá, Cali y Medellín. El propósito es criticar a los proyectos de reforma laboral y previsional. Participaron los indígenas, las mujeres, los estudiantes, los pueblos afro, los sindicalistas y muchas familias.

A las dos de la tarde en Bogotá, cientos de miles de personas ingresaban alegres y pacíficas a la Plaza de Bolívar. Portaban banderas de Colombia y mensajes por la vida de los indígenas y líderes sociales, y criticando al gobierno del presidente Iván Duque y sus propuestas de reformas laboral y jubilatoria. Ésta, la marcha más grande de los últimos años en Colombia, terminó con las mismas notas y disturbios en el centro de la capital. Hacia las cinco de la tarde, los policías antidisburbios cercaron las esquinas de la Plaza y coparon de gases lacrimógenos provocando el caos y la confusión. Algunos encapuchados empezaron las agresiones, mientras la gente creó un cerco humano para separarlos de los uniformados.

“Sin violencia, sin violencia”, pedían los ciudadanos antes de los primeros estallidos de las bombas gaseosas que lanzó la Policía. “No queremos que esta jornada tan hermosa y poderosa quede en ruinas”, explicó un hombre. Mientras, en Medellín, la protesta terminnó en una fiesta de artes y arengas en paz. En la Plaza de las Luces, miles de personas vieron la caída del sol en medio de música y celebración. Unos estudiantes expulsaron a los encapuchados que intentaron ingresar a la Universidad con pipetas con gases. Un contraste de manifestaciones pacíficas y actos de violencia colmaron la jornada del jueves 21.
Declaró una manifestante: “Estamos marchando por los derechos de los colombianos, por reformas que son injustas, pensionales y laborales, y principalmente estoy marchando por la infancia, porque los niños están siendo sometidos aún a reclutamiento forzado y a bombardeos (como ocurrió con 18 menores asesinados por la Fuerza Pública durante un ataque a campamentos de disidencias de las Farc)”. Este episodio generó el rechazo del pueblo colombiano y fue uno de los motivos que más indignación removió durante la marcha. Otro bogotano dijo venir a dar “un mensaje de paz y acompañamiento a todas las personas que han sufrido el desgobierno de Duque. Hace años acá un muerto más no quita ni pone, y pues marchar es un mensaje de vida”.

Hacia la noche, encapuchados destruyeron la estación del transmilenio. En Suba, la jornada terminó en llamas tras horas de enfrentamientos. Entre tanto, en Cali decretaron el toque de queda en medio de los desmanes. Sin embargo, la mayoría de las manifestaciones fueron pacíficas; Claudia López, alcaldesa electa de Bogotá, destacó “el empeño de la gente porque fuera una marcha pacífica”. Sin embargo, los brotes de violencia no dejaron de aparecer.

Con coros de alegría en algunas ciudades, helicópteros y sirenas en la capital colombiana y hasta llamas en el Norte, terminó una jornada de movilización destinada a exigir un cambio de enfoque del gobierno de Iván Duque: asumir políticas que protejan al pueblo y abandonar las que lo atacan.
Los promotores del llamado “paro nacional” hicieron un balance positivo de una jornada que se desarrolló mayoritariamente de forma pacífica. “Ganó Colombia en esta jornada histórica de movilización ciudadana”, indicó en un comunicado el Comité Nacional del Paro, que reúne a centrales obreras, sindicatos, organizaciones campesinas, universitarios y partidos opositores. Los organizadores solicitaron una reunión “inmediata” con Duque para debatir lineamientos políticos, económicos, sociales y de seguridad que motivaron la protesta.
El presidente Duque (con un rechazo del 69% de la población, según encuestas) quien reconoce la legitimidad de algunos reclamos, en una alocución televisada al final de la noche, destacó el “espíritu” de la “protesta pacífica”, aunque cuestionó con dureza los actos de “vandalismo puro” ocurridos en Bogotá, Manizales, Medellín y Cali: “Hoy hablaron los colombianos, los estamos escuchando. El diálogo social ha sido la bandera principal de este gobierno, debemos profundizarlo con todos los sectores de nuestra sociedad y acelerar nuestra agenda social”, dijo, sin responder directamente a la petición de reunirse con los promotores de la movilización.

La Conferencia Espiscopal colombiana había comunicado previamente que las movilizaciones, desde que sean de carácter pacífico, son un derecho democrático. Según la Iglesia, “el descontento de las manifestaciones evidencia problemas profundos del país que son el resultado de la corrupción, la inequidad social, el desempleo y la imposibilidad de amplios sectores para acceder a los servicios básicos de alimentación, salud y educación”. Asimismo, se hizo un llamado a rechazar todo tipo de acto violento durante las manifestaciones. “Hay que evitar que las movilicaciones ciudadanas degeneren en agresión, saqueo, vandalismo y muerte, que afectan en la mayoría de veces a los más pobres”, dijeron.

Para la Iglesia colombiana, es pertinente que para que las protestas cumplan con su propósito, estén enfocadas en la defensa del bien común y sin estar al servicio de intereses personales. Además, los obispos reafirmaron que la superación de los problemas sociales debe ser una construcción entre todos los sectores basada en el diálogo.

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