Misterios de la Biblia: el Purgatorio, que nos sitúa más allá de la muerte

Domenico di Michelino, fiorentino. “Dante y su poema”, al fondo: el monte purgatorio.

En este mes de noviembre, la Iglesia nos invita a pensar, recordar y orar por los hermanos difuntos. Esto significa que nosotros, como Pueblo de Dios, consagrado a Él, y aún en nuestra condición de pecadores podemos ayudarlos a ellos a purificarse para entrar a la presencia plena de Dios,  y vivir la Vida Eterna. Aquí tenemos un punto de discordancia entre los cristianos. Lo que ocurre más allá de esta vida terrena. 

Por un lado los católicos afirmamos que tanto la tradición, como la misma Escritura nos hacen ver que la misericordia de Dios con nosotros no se agota en esta vida terrena, sino que Dios nos da una oportunidad de purificarnos de nuestras culpas luego de la muerte. A esta instancia la llamamos Purgatorio.

Por otro lado, los herederos de Lutero  y Calvino afirman que la base escriturística en que se apoya esta afirmación es muy endeble. Que no hay purgatorio, y que si al morir nos hemos arrepentido con sinceridad de nuestros pecados y le hemos entregado nuestra vida al Señor nos aguarda la alegría eterna, y si morimos lejos de Dios o sin habernos arrepentido sinceramente de nuestras faltas, tenemos un pasaje de ida al Infierno.

El argumento de la tradición y la creencia del Pueblo de Dios a lo largo de los siglos no cuenta para nuestros hermanos separados, y sólo se acepta la verdad de la Escritura como revelación de Dios.

 

El primer texto significativo
Así que a la Biblia iremos. En el segundo libro de los Macabeos, uno de los más tardíos del Antiguo Testamento, nos encontramos con un episodio en la vida de Judas el Macabeo, uno de los héroes pertenecientes a la familia asmonea, de origen levítico que encabeza la revuelta contra Antíoco IV que ha profanado el Templo de Israel, transformándolo en un templo dedicado a Zeus.

Judas y sus hombres tienen éxito y logran reconquistar Jerusalén, y purificar el Templo, derribando los ídolos dejados allí por los extranjeros.
Restablecieron luego el culto a Yavéh (2Mac 10, 1-8) purificando el Templo y encendiendo las luminarias del altar. Esto es el origen de la Fiesta de Hanuká celebrada en diciembre por los israelitas.

Pero las cosas no acabaron aquí. Hubo luego una batalla muy encarnizada enfrentando a los idumeos. Aunque Israel salió victorioso, varios israelitas cayeron en batalla y Judas y sus hombres procedieron a darles sepultura.

Allí descubrieron que los que habían caído en batalla llevaban ídolos en sus túnicas. Así comprendieron lo que había ocurrido y alabaron al Señor (2Mac 12,38-40).

Luego sigue una acción de Judas que fue digna de alabanza, revelando las creencias del caudillo.

El valiente Judas exhortó a sus hombres a que evitaran en adelante tales pecados, pues acababan de ver con sus propios ojos, lo que sucedía  a los que habían pecado. Efectuó entre sus soldados una colecta, una colecta que reunió dos mil monedas de plata. Las enviaron a Jerusalén, a fin de que ahí se ofreciera un sacrificio por el pecado de los difuntos.

Todo esto lo hicieron muy bien, e inspirados por la creencia en la Resurrección. Pues si no hubieran creído que los compañeros caídos iban a resucitar, habría sido algo inútil  y estúpido orar por ellos.

Pero creían firmemente en una valiosa recompensa para los que mueren en Gracias de Dios; de ahí que su inquietud fuera buena y santa.

Esta fue la razón por la que Judas ofreció este sacrificio por los muertos para que fueran perdonados de sus pecados“.  2Mac 12, 42-46.

Pero con este pasaje tenemos el inconveniente de que pertenece exclusivamente a la Biblia de los 70 escrita en griego. Y precisamente este libro de los Macabeos, no es aceptado como inspirado por los judíos, ni por los evangélicos.

Sin embargo los católicos  y los ortodoxos, que son la mayoría de los cristianos lo aceptan entre los libros inspirados por Dios. Pero vayamos a otros textos que apoyan esta creencia.

 

Segundo texto de apoyo (Mt 12, 22- 32)
Este texto nos cuenta una de las  peores confrontaciones entre Jesús y los fariseos. Estos le acusan de algo realmente horroroso, de expulsar demonios por el poder de Beelzebú, jefe de los mismos.

Esta calumnia es la peor de todas, y prueba del odio que le tenían a Jesús, puesto que al no encontrar la forma de descalificar sus milagros. Jesús les acusa de haber pecado en forma gravísima, atribuyendo al demonio lo que es obra del Espíritu Santo y prueba sin lugar a dudas que el Reino de Dios ha llegado hasta nosotros.

Pero la más dura advertencia sigue a continuación en los  versículos 31 y 32

“Por eso yo les digo, que se perdonará todo pecado, y toda palabra que ofenda a Dios; pero la palabra que ofenda al Espíritu Santo no se perdonará.

El que hable contra el Hijo del Hombre será perdonado. Pero el que hable contra el Espíritu Santo, no será perdonado, ni en esta vida ni en la otra.”  Mateo 12, 31-32.

Entonces se debe concluir que en la otra vida, o sea en la vida que sigue a la muerte física, hay una instancia de purificación y perdón.

Pero a ella sólo pueden acceder quienes se han arrepentido de sus pecados con sinceridad. No como los fariseos que con una soberbia diabólica, se han atrincherado en su orgullo y se niegan a ver lo evidente: La autenticidad de Jesús como sanador, y su sinceridad y amor. Dones que sin duda son del Espíritu Santo.

 

Tercer texto bíblico de apoyo. Primera Carta a los Corintios 3, 11-17
Pablo les pega un rezongo muy grande a los cristianos de Corinto, porque en lugar de seguir a Jesús siguen a hombres, pretenden ser discípulos de Apolo, de Pedro, o de Pablo y se pelean por eso. Pablo les advierte que ellos son sólo obreros en la construcción más amplia que es la Iglesia, y que son ellos mismos.

No se puede venerar a un hombre, sino que hay que seguir a Jesús. En otras palabras es lo que pasa en algunas parroquias cuando la gente se adhiere a uno de los curas párrocos que pasaron por esa comunidad, y a afirma que el que hay ahora no vale nada al lado del “Padre Fulano” que estuvo antes. Pablo les exhorta a poner como cimiento de su vida a Cristo, y nadie puede construir sólidamente su vida si no tiene en cuenta a Jesús.

Pero luego el discurso toma otro derrotero, mucho más profundo y simbólico, aquí lo transcribimos:

“La base de la construcción ya está puesta y es Cristo Jesús. Pero si uno construye con oro sobre este fundamento, otro con plata y otro con piedras preciosas, o con madera, caña o paja. la obra de cada uno vendrá a descubrirse. 

El día del juicio la dará a conocer, porque en el fuego todo se descubrirá, y dirá lo que vale la obra de cada uno.

Si uno participó en la construcción y su obra resiste el fuego, será premiado. 

Pero si su obra se convierte en cenizas, sufrirá un daño, aunque él mismo se salvará, pero como alguien que pasa por el fuego. 

¿No saben ustedes que son templo de Dios, y que el Espíritu Santo  habita en ustedes?

Si alguien destruye el Templo de Dios, Dios le destruirá .  

El Templo de Dios es Santo y este templo son ustedes mismos hermanos.”  (1 Cor. 3, 11-17)

 

Evidentemente Pablo se refiere a la vida de cada cristiano. No existe un destino marcado, y cada uno de nosotros está llamado a ejercer su libertad y construir su vida con responsabilidad. De ahí que el apóstol advierte sobre la necesidad de construir la propia vida centrada en Jesús.

También advierte contra la profanación del Templo de Dios, que es cada uno de sus fieles.

Esto se comprende mejor como una disuasión que el apóstol les hace a los cristianos de Corinto que frecuentaban los abundantes prostíbulos de la ciudad, aún después de haber sido bautizados y consagrados a Dios.

La construcción de la vida de cada uno debe estar centrada en el Señor  Jesús. Luego hay que fijarse en la calidad de la construcción. Eso es la orientación de la vida, el hacer realidad la Palabra de Jesús en la vida. Las buenas obras del cristiano son las que resisten el fuego purificador del Espíritu Santo, donde en el día del juicio quedarán de manifiesto todas las  acciones de cada uno de nosotros.

Algunas construcciones no resistirán el fuego y deberán consumirse si no son hechas según la voluntad de Dios. Pero si pusimos los cimientos en el Señor, no debemos temer. Pablo nos dice que nos salvaremos pero que hemos de pasar a través del fuego, que nos purificará. Esto es lo que llamamos Purgatorio.

 

¿Qué nos dice la doctrina de la Iglesia sobre el Purgatorio?
La Iglesia enseña en el Catecismo Católico que “los que mueren en la gracia y en la amistad de Dios, pero imperfectamente purificados, aunque están seguros de su eterna salvación, sufren después de su muerte una purificación, a fin de obtener la santidad necesaria para entrar en la alegría del  Cielo. “La Iglesia llama purgatorio a esta purificación final de los elegidos que es completamente distinta del castigo de los condenados”, (Cfr. numeral 1031 del Catecismo Católico.

Aunque no es un dogma de fe, sino doctrina de la Iglesia, el Purgatorio es una Buena Noticia que nos habla de la ilimitada bondad de Dios, que aún después de esta vida terrena, nos da la alegría de ayudarnos a liberarnos del pecado para poder vivir en plenitud la alegría eterna de su Reino.

 

Eduardo Ojeda

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