The Economy of Francesco (III): Economía y ética cristiana

Por Pablo Guerra¹

En nuestra anterior columna sobre este tema para UMBRALES desarrollábamos la idea que la Iglesia para ser fiel a sí misma debía orientar sobre diferentes aspectos de la vida social, incluyendo los asuntos económicos.

En esta oportunidad profundizaremos esa mirada sosteniendo que es posible advertir la existencia de una ética cristiana sobre el comportamiento económico, luego de analizar algunos pasajes tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento.

Una primera institución económica que nos deja muchos elementos de análisis en estos necesarios vínculos entre ética y economía, es la del Jubileo, esto es:

“un tiempo dedicado de modo particular a Dios. Se celebraba cada siete años, según la Ley de Moisés: era el ´año sabático´ durante el cual se dejaba rebosar la tierra y se liberaban los esclavos… Lo referente al año sabático valía también para el jubilar, que tenía lugar cada cincuenta años… Una de las consecuencias más significativas del año jubilar era la emancipación de todos los habitantes necesitados de liberación”
(Juan Pablo II, 1996).

Del latín “jubilad”, el jubileo se traduce como una “grito de alegría”, es decir, como un momento especialmente festivo en la tradición hebrea antigua, con evidentes resultados en la vida económica, como es el caso al perdonar las deudas, liberar a los esclavos, y devolver a los primitivos dueños las tierras que les habían despojado.  Como se puede observar, el Jubileo puede interpretarse como una institución económica que tiene como objetivo evitar la acumulación por parte de unos pocos y ofrecer a todos la oportunidad de comenzar de nuevo. Los libros del Éxodo y del Deuteronomio están plagados de referencias en materia de ética económica velando sobre todo por las necesidades de los más pobres. Las derivaciones del Jubileo en materia de justicia social ya podrían ser suficientes para interpretar el mundo actual (recordemos el reciente Jubileo de la Misericordia del 2015), sin embargo aún hay más.

Una segunda institución que debemos destacar desde el punto de vista de la ética económica es la de la usura.  Prohibida y cuestionada en los libros del Éxodo, Levítico y Deuteronomio, vuelve a escena con Jesús quien expresa que hay que amar sin pedir nada a cambio (Lc, 6: 36, 38), lo que fue llevando a la Iglesia en sus primeros siglos a evitar este tipo de conducta tan habitual en ciertas instituciones financieras contemporáneas. Poco se sabe, por ejemplo, de los orígenes de las finanzas solidarias y la banca ética de nuestros tiempos, muy influidas por diversas iglesias cristianas; o de las primeras instituciones financieras creadas en la Edad Media para evitar el pecado de usura, esto es, los Montes de la Piedad surgidos por parte de los Franciscanos a partir del S. XV.

El propio Jesús nos deja muchos gestos, parábolas y pasajes de su vida con evidentes enseñanzas en el plano del comportamiento económico. Sólo a manera de ejemplo podríamos citar tres aspectos:

(a) el valor de la compasión sobre todo con los más pobres y vulnerables (“los últimos serán los primeros”) y el mensaje esperanzador hacia quien “no tiene nada”, a quienes “pasan hambre y sed” (Sermón de la Montaña), esto es, hacia “los más pequeños” a quienes pertenece el Reino de los Cielos. Algunas preguntas que podríamos hacernos hoy en día son si acaso ellos son los más favorecidos por los comportamientos de mercado, por los modelos de desarrollo imperantes, o por la acción de las grandes multinacionales.

(b) el mensaje de que no se puede servir a Dios y al dinero al mismo tiempo. Los mercados parecen ser hoy nuestros Templos y el dinero nuestro dios. Dice el Papa Francisco que “el diablo entra siempre por el bolsillo”. Quien viva exclusivamente para sí mismo y para sus negocios, pierde el verdadero sentido de la vida, que es darse también a los demás, practicando la gratuidad y entrega desinteresada. Ese “señor dinero” nos quiere atrapar. Nos podemos preguntar: ¿cómo nos relacionamos con el señor dinero? ¿Qué cabida le damos a las formas alternativas y más humanas -más cercanas a Dios- de hacer economía?

c) La importancia del compartir. Zaqueo salva su vida devolviendo lo que no le correspondía y compartiendo sus riquezas con los pobres. La gente sencilla que quiere escuchar a Jesús pone en común lo que tiene y se multiplican los panes y los peces. La solidaridad parece ser el camino. Si para dar frutos necesitamos de la poda, podemos preguntarnos en nuestras propias vidas y para el conjunto de la sociedad qué podas necesitamos hacer para dar frutos que podamos compartir con generosidad, revirtiendo por ejemplo, las tremendas injusticias sociales que caracterizan a nuestra época. Podemos preguntarnos igualmente cuáles son las experiencias económicas actuales donde es posible advertir un esfuerzo por compartir más y mejor los bienes producidos.

(1) Profesor e Investigador en la Universidad de la República. Coordinador de la Red Temática en Economía Social y Solidaria.

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