(opinión) OTRO ESTILO DE VIDA

Greta: “huelga escolar por el clima”

El Sínodo de Amazonia y la movilización mundial de los jóvenes en defensa del medio ambiente, sugieren y exigen un cambio en el estilo de vida. La joven Greta Thumberg grita que hay que escuchar la ciencia; con ella el Papa Francisco grita que hay que escuchar la voz de Dios que nos pide cambiar estilo de vida. En la encíclica “Laudato sii” el Papa relaciona directamente la destrucción del medio ambiente con el derroche consumista, con una economía egoísta que enriquece cada vez más a los ricos y empobrece cada vez más a los pobres.

El papa Francisco dice que “es insostenible el actual nivel de consumo de los países más desarrollados y de los sectores más ricos de la sociedad, donde el hábito de gastar y tirar alcanza niveles inauditos” (n.27); “este estilo de vida actual solo puede terminar en una catástrofe” (n.161).  El desarrollo ha de ser sostenible ya que los recursos naturales son limitados y además ha de ser justo y solidario. El consumismo engendra violencia que afecta a las clases sociales, a pueblos y países, a la naturaleza. El Papa recuerda que “el alimento que se desecha o desperdicia es como si se robara a la mensa del pobre” (n.50). Hoy dos mil millones de personas sufren escasez permanente de agua potable, en condiciones sanitarias que provocan más del 80% de las enfermedades y sin embargo se sigue derrochando el agua. Más de mil millones de personas sobreviven al borde del hambre; miles de niños mueren diariamente por falta de alimentos. Este es el mayor problema de la humanidad y por ende de la Iglesia, en un mundo donde existen sobrados medios para atender a las necesidades básicas de toda la humanidad. “El solo hecho de haber nacido en un lugar pobre o menos desarrollado, no justifica que algunas personas vivan indignamente” (n.190), dice el Papa. Se abusa de los bienes de la tierra que son un regalo de Dios, sin tener en cuenta que esos bienes están destinados a todos. Mucha gente es víctima de una publicidad interesada que crea necesidades superfluas para que la gente compre y cuanto más tenga, más desee tener. Esta obsesión del consumismo, que se difunde también entre los pobres, “solo podrá provocar violencia y destrucción” (n.204). El actual sistema fabrica cada vez más cosas superfluas para los pocos que pueden pagarlas, en vez de las cosas necesarias para los pobres que no son solventes. El Papa llega a sugerir que “el dejar de adquirir, todos, ciertos productos podría modificar el comportamiento de las empresas” (n.206). Muchos viven con la preocupación de la moda, del status, del querer todo los que tienen otros, de la competencia.., por lo cual nada les resulta superfluo. Dijo el Premio Nobel norteamericano Kenneth Galbraith: “El americano medio consume por los menos cuatro veces más de lo que necesita para una vida decorosa”. Y el historiador Gary Cross: “El círculo vicioso del consumismo nos lleva al sobre-trabajo para una sobre-ganancia y un sobre-consumo que se necesitan entre sí en forma creciente. Todo esto nos impide gozar la vida”. 

Los norteamericanos gastan mil millones de dólares al año en cosméticos; los europeos once mil millones en helados; ambos 17 mil millones en comida de animales. Un tercio de los alimentos producidos en el mundo para el consumo humano (1.300 millones de toneladas anuales) se tira o desperdicia. Por eso hace falta crear una nueva mentalidad desde la familia, la escuela, la catequesis: educar no para “tener más” sino para “tener lo suficiente”. No es la naturaleza la que está enferma, sino el ser humano infectado de codicia. Ya en su época pedía Gandhi “vivir más simplemente, para que todos puedan vivir” y en nuestros días el teólogo mártir Ignacio Ellacuría soñaba con una “civilización de la sobriedad compartida”. El Papa valoriza los pequeños grupos que se resisten al despilfarro y hasta las pequeñas acciones diarias (n.211) que todos pueden llevar a cabo: no tirar comida en buen estado y compartirla, no exagerar la calefacción, reducir el consumo de agua y luz, cocinar lo necesario… Aumenta la basura en la calle, hay caños rotos y agua derrochada, luces siempre aprendidas y nadie se mueve; lo público es como si fuera tierra de nadie y no un bien que pertenece a  todos. No se piensa en juntarse entre vecinos cuando fallan las autoridades, hacer una denuncia, llamar una radio o un canal de televisión. En realidad nos hacemos daño a nosotros mismos, aunque sepamos que nadie nos va a sancionar.

Primo Corbelli

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