(aniversario) HACE 90 AÑOS: CÓMO NACIÓ EL VATICANO

A veces se suele confundir el Vaticano con la Iglesia Católica. Al hablar de Vaticano se debe entender el Estado de la Ciudad del Vaticano que surgió el 11 de febrero de 1929 gracias a un Tratado (los Pactos Lateranenses) firmado en el palacio Letrán por el cardenal Pietro Gasparri en nombre del papa Pio XI y por el jefe del gobierno italiano de aquel entonces, Benito Mussolini.

Pio XI reconocía el reino de Italia y la ciudad de Roma como capital del mismo, mientras que Italia reconocía la soberanía del Papa en la Ciudad del Vaticano, un minúsculo estado de 44 hectáreas más allá del rio Tíber; un enclave en la misma ciudad de Roma. Al Tratado que le reconocía al Papa una soberanía territorial, siguió un Concordato que regulaba las relaciones de la Iglesia con Italia. El gobierno fascista fue movido más por consideraciones políticas que por convicciones religiosas; su intención era eliminar el Partido Popular del sacerdote Luigi Sturzo (que tuvo que irse al exilio) y presentar el partido fascista como el único partido de los católicos. Con los Pactos Lateranenses se benefició efectivamente el fascismo; y por eso ya en aquel entonces católicos como Luigi Sturzo e Alcide De Gasperi advertían sobre la instrumentalización de la Iglesia Católica por parte del fascismo. Sin embargo el Tratado trascendía por su importancia las circunstancias históricas en las que había sido estipulado. Hacía demasiado tiempo que la “cuestión romana” estaba sin resolver. Con la invasión de las tropas piamontesas en Roma el 20 de septiembre de 1870, el Papa Pio IX perdía el dominio de Roma y de los Estados Pontificios en Italia. Los Estados (o regiones) Pontificios que desde siglos eran gobernados por el Papa en la península habían sido el Lacio, Las Marcas, Umbría, Emilia-Romaña. Las nuevas autoridades pusieron a disposición del Papa el palacio Vaticano (o Apostólico) sobre la plaza san Pedro y el palacio Letrán; el palacio Quirinal pasó a ser residencia del rey de Italia. Para el verano se le concedió al Papa un palacio junto al lago Albano sobre las colinas fuera de Roma, en Castelgandolfo. Se le ofreció también una renta anual libre de impuestos.

 

FIN DEL PODER POLÍTICO
El Papa Pio IX lanzó la excomunión contra los usurpadores, protestó enérgicamente, no aceptó la renta, prohibió a los católicos participar en las elecciones políticas de Italia y se encerró en el Palacio Vaticano considerándose “prisionero”. Desde 1870 a 1929 los Papas nunca salieron del palacio Vaticano en ninguna ocasión y nunca reconocieron la expropiación. Esta nueva situación sin embargo trajo grandes beneficios tanto para el Papa como para la Iglesia. Al ser privado de todo poder político, que los Papas habían buscado para ser libres y autónomos de toda presión o condicionamiento, desaparecieron aquellos obstáculos que durante la edad media y la edad moderna, habían perjudicado gravemente la dimensión religiosa del pontificado. Los Estados Pontificios por otra parte ya no servían a los fines por lo que habían nacido siglos atrás, puesto que para defender su independencia el Papa una y otra vez se veía obligado a recorrer al apoyo de potencias extranjeras. El pontificado librándose de estructuras anacrónicas, se purificó logrando mayor libertad; y con los Pactos Lateranenses, ya el Papa no será súbdito del estado italiano ni dependerá del apoyo de ningún estado para desarrollar plenamente su misión religiosa y universal. Aumentó la devoción para la figura del Papa, considerado perseguido y maltratado. Aún en los que había sido Estados Pontificios donde crecía la rebelión contra el absolutismo del Papa-rey, se empezó a verlo desde una dimensión estrictamente religiosa, en una relación como entre el pastor sucesor de Pedro y el rebaño fiel de Cristo. La primera guerra mundial puso de manifiesto con toda claridad el perjuicio inmenso que habría supuesto para el pontificado  haber dispuesto de un poder político importante. Fue justamente a fines del siglo XIX y a principios del siglo XX que el pontificado desplegó un trabajo ingente en el campo religioso con el surgir del laicado católico, la prensa católica, la acción social, las misiones, el boom de las congregaciones religiosas..De a poco la Iglesia accedió con plena consciencia a su despolitización. Sin embargo la libertad completa de los poderes de este mundo que había sido reivindicada secularmente por los Papas, solo pudo concretarse recién con los Pactos de Letrán en febrero de 1929 mediante la constitución del Estado del Vaticano. Es el estado más pequeño del mundo con una población de unos mil habitantes, muchos de los cuales no residen en su interior. La basílica y la plaza de san Pedro ocupan el 20% de su territorio. Pertenecen a este estado, entre otros edificios, las 4 basílicas mayores: San Pedro, san Juan de Letrán (la catedral de Roma y del Papa como obispo de Roma), Santa María Mayor, san Pablo Extramuros. La administración civil la lleva un delegado del Papa. El Vaticano tiene bandera propia, una emisora (Radio Vaticano) y un diario (L´Osservatore romano). El Vaticano tiene relaciones diplomáticas con más de 180 estados y es Observador Permanente ante la ONU. La autoridad moral del Papa desde Pio XII en adelante no ha hecho más que crecer, aún más allá de la Iglesia Católica. Sin embargo no hay que confundir el Vaticano con la Iglesia Católica que de por si no precisa de ningún estado y su sede principal está en Roma tan solo porque allí murió san Pedro, el primer Papa, en el año 64.

 

PIO XI Y EL FASCISMO
No cabe duda de que la solución de la “cuestión romana” no solo representó una enorme ventaja para la Iglesia, sino también un aval y un reconocimiento del régimen fascista que en los primeros tiempos se mostraba defensor del catolicismo y prometía “el resurgir del espíritu religioso triunfante con el triunfo del fascismo”. Entre 1923 y 1926 se votó por la enseñanza del catecismo en las escuelas, las fiestas católicas en el calendario, el crucifijo en los lugares públicos, los capellanes militares, la mejora económica del clero… Los católicos no se preocuparon demasiado por la disolución de todos los partidos políticos en 1924, incluso del Partido Popular integrado mayormente por los mismos católicos. Pero el sueño de algunos en la Iglesia de restaurar el estado católico como al tiempo de la Cristiandad fracasó. Pio XI no permitió que se identificara el catolicismo con el fascismo y al poco tiempo de los Pactos Lateranenses, se desató el conflicto a causa de la Acción Católica promovida por el Papa. El fascismo (de “fascio”= asociación de los antiguos combatientes romanos) quería integrar al ciudadano desde el nacimiento hasta la muerte en todas las organizaciones del partido. Así clamaba Mussolini: “Tomo al hombre cuando nace y no lo abandono hasta el momento en que muere, momento en el que le toca al Papa ocuparse de él”. La Acción Católica resultaba competitiva para las organizaciones fascistas. A fines de mayo de 1931 el gobierno fascista disolvió la Acción Católica de Jóvenes y la Federación de Universitarios Católicos (FUCI). Pio XI reaccionó enérgicamente y el 29 de junio publicó la encíclica “Non abbiamo bisogno” (=no necesitamos) denunciando el totalitarismo de estado como una “auténtica estatolatría pagana” que se quería imponer a la juventud contra los derechos de la familia y de la Iglesia. Declaraba además que para un católico era ilícito el juramento de fidelidad al Duce, a no ser con la reserva de “salvo las leyes de Dios y de la Iglesia”. Sin embargo gran parte de los católicos celebró la conquista de Etiopía, si bien el Papa a través del Osservatore Romano afirmaba que la necesidad de un espacio vital no justificaba una guerra injusta de conquista. Muchos obispos bendijeron las banderas de guerra y los misioneros italianos acudieron a Etiopía. El cardenal Ildefonso Schuster de Milán había exaltado a los que llevaban la bandera italiana a Etiopía, porque “llevaban el triunfo de la cruz de Cristo, rompían las cadenas, preparaban el camino a los misioneros del Evangelio”. Las relaciones entre Pio XI y el fascismo fueron marcadas siempre por la desconfianza y la reserva recíproca. Más grave fue el conflicto que estalló cuando el fascismo en 1938 promulgó las leyes raciales. En este caso el mundo católico se manifestó unido al Papa. Así comentó el Papa: “Esta es una forma de apostasía. Ya no hay algunas posturas equivocadas; es toda la doctrina (fascista) que es contraria a la fe cristiana. Todos somos espiritualmente semitas”. Encomendó al jesuita americano John La Farge preparar el esbozo de una encíclica condenando el racismo y el antisemitismo. La encíclica se llamaba: “Humani Generis Unitas” (=la unidad del género humano), pero nunca llegó a manos del Papa que murió antes, el 10 de febrero de 1939. Muchos de los colaboradores del Papa pensaban que el verdadero peligro para la Iglesia no era el nazismo ni el fascismo, sino el comunismo (y los primeros servían de válido baluarte). La actitud profética y a la vez intransigente de Pio XI  se manifestó con fuerza contra el capitalismo con la “Quadragesimo Anno”, contra el comunismo con la “Divini Redemptoris” y contra el nazismo con la “Mit Brennender Sorge”. Poco después de esta última encíclica contra los “falsos profetas” del nazismo, Hitler visitaba Roma y en contra de toda costumbre y protocolo no pidió ser recibido por el Papa. Pio XI se retiró a Castelgandolfo durante los días de la visita y ordenó que se cerraran los museos vaticanos. Lamentó que se desplegara en Roma “una cruz (la esvástica) que no era la de Cristo”. Hitler y Mussolini encontraron en la Iglesia tal vez el único adversario interno que no pudieron destruir ni asimilar.

                                                                     P.C.

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