(testimonio): Cantando entre las rejas

Entre 1992 y 2000 fui vicario parroquial en la Parroquia Nuestra Sra. del Sagrado Corazón en el barrio de Punta Carretas. El cura párroco era el Pbro. Eduardo Minelli. Fueron los años más dichosos de mi quehacer pastoral, pues tuve la alegría de compartir la tarea con un sacerdote bueno, entrañable, sincero a carta cabal, con el cual nos hicimos muy amigos, además de ser tocayos. Por aquellos días pasó algo insólito en nuestra parroquia. Una murga muy conocida vino a ensayar su espectáculo de carnaval en la Parroquia.Como los dos éramos pelados y usábamos lentes, y nos llamábamos Eduardo, la gente a veces nos confundía. Una broma que solía hacer Minelli, era la siguiente: si alguien llamaba por teléfono y preguntaba por el padre Eduardo, el preguntaba : “¿Cuál de los dos?” El interesado que casi nunca recordaba nuestros apellidos decía, “el que tiene lentes” luego Eduardo preguntaba: “¿Cuál de los dos?, pues los dos tienen lentes”.  El aludido respondía ya algo molesto: “El que es pelado” A lo cual Eduardo decía: “¿Pero cual de los dos? Ya que los dos somos pelados”. Cuando el interpelante quedaba callado, agregaba con una sonrisa de picardía: “¿Usted busca al lindo o al feo?” Y como ese juicio quedaba medio relegado al gusto de cada uno, agregaba piadosamente: “¿Al párroco o al vicario parroquial?”  Así era Eduardo, siempre bromeando y arrancándonos a todos una sonrisa.

pbro. Eduardo Minelli

Resulta que Eduardo era muy murguero, le encantaba más que a mí ciertamente ir a los tablados, y presenciar el espectáculo del carnaval.  Le encantaba mezclarse con la gente y conocía mucho del canto popular folclórico y carnavalesco del Uruguay. Tenía una discoteca excelente, y sabía del tema. Yo aprendí mucho con él, pues cuando se ponía a hablar de murgas era su tema, él admiraba cómo los murguistas captaban el sentir, el sufrimiento, las alegrías, las esperanzas y la realidad del pueblo, y cómo lo expresaban en sus cuplés y canciones.

Así, rodando por los tablados, se hizo amigo del “Flaco Castro” el director de “Falta y Resto”, murga desde aquel entonces muy reconocida, sobre todo porque de allí provenía el Canario Luna, y  había sido la murga elegida por Jaime Ross para sus canciones tan conocidas como “Brindis por Pierrot” o “Adiós juventud”. Así yo le tomaba el pelo, porque decía que él era el “Capellán” de Falta y Resto, y efectivamente así  era, ya que si él podía lo llevaban con ellos a todos lados. Incluso una vez lo presentaron a la gente y lo obligaron a salir con ellos a saludar al público en un tablado del barrio. El “Flaco Castro” le había pedido al padre Minelli que le permitiera ensayar ahí para alejar a los muchachos de la murga, (algunos muy jóvenes) de los peligros del alcohol y de las “minas” que siempre se les arrimaban. Tenía la esperanza de que la parroquia ofrecería a los muchachos un clima más familiar y decente que si iban a ensayar a un club. Fue una fiesta, la gurisada y varias familias de la parroquia concurrían al “teatrito”* a ver ensayar a la murga.

Minelli me contó que ese verano en que la murga ensayaba lo invitaron a ir con ellos:

“Un domingo de enero, con un calor que rajaba los techos, el flaco Castro me invitó a ir con la murga a una presentación. Resulta que era una presentación muy especial, iban a ir a actuar a la Tablada, a un hogar de niños y adolescentes infractores, que habían cometido delitos pesados, como matar gente, vender droga o robar y copar domicilios.
Los murguistas fueron gustosos, pero cuando llegaron los llevaron a todos (Minelli incluido) a un patio dentro del establecimiento concebido como un penal, había un claro sin techo, rodeado de puertas enrejadas que comunicaban con el edificio y varios bloques de este.
¿Cuándo vemos a los gurises? Preguntaba un murguista, porque no vieron a nadie.
Todo estaba muy silencioso, hasta que oyeron ruidos de corrimiento de rejas y puertas, que venían del interior techado. Era un ambiente opresivo, casi como estar presos nosotros, como cuando les permiten a los presos salir a un patio donde puedan tomar algo de sol. Esa experiencia yo la había vivido los años en que fui perseguido por la dictadura cuando era maestro y estuve algunos días preso, y me estremecí de miedo. Todos estábamos expectantes. Luego vimos a los gurises, con la carita apretada contra los barrotes. ¿Y estos son los peligrosos menores infractores? Eran chicos con mirada triste y soñolienta que se apretujaban contra los barrotes. Los guardias habían prevenido a los murguistas que no se acercaran, pues eran gurises peligrosos. Yo estaba a punto de llorar, sólo veía  a gurises tristes, a los que les habían robado su niñez, hambrientos de cariño, llenos de miedo y lamentablemente de odio contra los que les habían marginado y discriminado.

Pero ahora sólo veía chicos que querían que les dieras un abrazo y los mimaras un poco. Como todo chico.
La murga empezó su función con mucha profesionalidad, cantaron mejor que nunca, les dieron un espectáculo muy bueno, se esmeraron. En las caritas de los  gurises amaneció una sonrisa, luego se reían, cantaban con nosotros, y hasta bailaban tras las rejas. 

Luego de unos 40 minutos que pasaron volando los guardias nos hicieron señas de que había que terminar. El flaco Castro anunció la retirada, y les dijo que se la dedicaban a los chicos. Era el famoso cuplé sobre los adolescentes, uno de los temas más aplaudidos de la  murga.
Los gurises cantaban con  nosotros. Un murguista muy joven me dijo: “Padre, mire se la saben toda”.  Al final violamos la orden, nos acercamos y les dimos la mano, los gurises lloraban de emoción y también nosotros con ellos. Nos fuimos, tristes pero a la vez felices. 

El Flaco Castro me miró y me dijo: “Creo que de lejos fue la mejor actuación que dimos, ¿no le parece Padre? Hasta usted que me dijo que no sabía cantar, cantó bárbaro.”
Yo me reí, y le dije que si con la cabeza. 

A la vuelta íbamos todos en el ómnibus callados, nadie hablaba, pero no era necesario, porque todos sentíamos lo mismo. A pesar de la tristeza que sentíamos, nos dimos cuenta que había valido la pena ir.”

 

Eduardo Ojeda

* Llamábamos así a un anexo de la casa parroquial, que era como un pequeño teatro con escenario y todo, lo usábamos en las fiestas patronales, y a veces alguien cantaba en el escenario, en algunas fiestas de la parroquia. Era el lugar ideal para los ensayos de la murga.

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