(editorial) ¿CRISIS  EN LA IGLESIA?

Se dice que hay crisis en la Iglesia. Con la palabra “crisis”, que no es negativa, se define etimológicamente un momento decisivo de la vida o de la historia que puede ser para mejor o para peor. Hubo tantos momentos difíciles y crisis en la historia de la Iglesia, las que en general con la ayuda de Dios la han llevado a purificarse y a corregirse. El Cristianismo no es nunca una realidad plenamente realizada. Los que llegan a hablar hasta de “decadencia” de la Iglesia, es porque tienen una idea ilusoria de un pasado, de una edad de oro de la Iglesia, que nunca existió.

Siempre hubo santos, fieles al Evangelio, pero llama la atención lo que ha escrito sobre la Cristiandad el famoso historiador Jean Delumeau: “El Evangelio ha sido proclamado, teorizado, institucionalizado, pero no vivido. Fue un sueño que se ha tomado por realidad”. La Cristiandad (que duró siglos) fue la época cuando todos eran católicos por tradición y la Iglesia era rica, poderosa e imponía su moral aún en el plano civil. Hoy hay menos gente en las iglesias, pero más consciente y comprometida en su fe. La Iglesia es más pobre y perseguida, pero sigue  más de cerca las huellas del Maestro. En el pasado se han despachado sacramentos pero ha sido floja la evangelización, poca la presencia de la Palabra de Dios, casi inexistente la comunidad. La búsqueda religiosa no se ha apagado y es fuerte, aún afuera de las estructuras de la Iglesia. El papa Francisco quiere la renovación de la Iglesia a la luz del Evangelio y del Concilio; y los mismos que se opusieron al Concilio, se oponen a este Papa. Pero el programa reformador no puede ser realizado tan solo desde arriba; debe ser fruto de la “conversión pastoral” de todo el Pueblo de Dios y en especial de sus pastores. Daría la impresión de que hoy se deja todo en manos del Papa y así se generan expectativas imposibles. Por otro lado el Papa debe cuidar la cohesión interna de la Iglesia para que nadie quede atrás o se vaya de la misma; no quiere una polarización. Poner las bases de un cambio verdadero de mentalidad, antes que de las estructuras, lleva tiempo como la semilla para que germine. El Papa con su ejemplo muestra el camino; se trata de volver a la sencillez y humildad del Evangelio, a su mensaje central de amor y misericordia, a los pobres, a la misión. Ha dicho claramente: “Un pastor que se queda en el corral no es un verdadero pastor sino un peinador de ovejas que se pasa haciéndoles rulitos, en lugar de sacarlas a los pastos y buscar a las perdidas”. Francisco dijo también que “prefiere una Iglesia accidentada por salir a la calle que una Iglesia enferma por el encierro, el moho y la humedad”. Que el Papa posea una personalidad evangélica de fuerte impacto para creyentes y no creyentes es un hecho; pero el proceso de renovación de las comunidades eclesiales en su conjunto es muy lento. No solo en el tema de los abusos, sino en temas muy importantes como las migraciones, los pobres, el ecumenismo, el diálogo interreligioso, la ecología…, no es escuchado. El clericalismo sigue reinando. Se huye del compromiso socio-político. Los jóvenes admiran al Papa, pero son ausentes en las parroquias. El Papa no se detiene aunque sea un claro “signo de contradicción” (Lc 2,34-35) y tenga opositores feroces y otros solapados dentro mismo de la Iglesia. “Si Abrahán hubiera pretendido condiciones ideales antes de salir, nunca hubiera salido”, dijo. Se ha hablado de la soledad del Papa, de un profeta que habla en el desierto, pero no tanto por los enemigos que tiene adentro y afuera de la Iglesia, sino por la inercia de tantos fieles y pastores en el mundo que no salen a defenderlo; no tanto a él personalmente sino a los ideales que propone.  Están los que no hablan para no agravar las cosas, los desorientados, los que siguen la rutina de siempre sin medirse con los nuevos desafíos. Esta crisis en la Iglesia es saludable en la medida que se apoye la renovación. El mismo Hans Kung, uno de los grandes teólogos del Concilio, pide seguir al Papa y advierte sobre el peligro de una ruptura, un cisma. Trae el ejemplo de la Comunión Anglicana paralizada desde hace años por la cuestión de las mujeres obispas y de los obispos homosexuales. En la Iglesia puede haber diferentes enfoques teológicos, encarados a través de un diálogo respetuoso, pero sin hacer daño a la fe del Pueblo de Dios con rebeldías y grietas escandalosas.

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