BRASIL: ¿QUÉ QUIERE BOLSONARO?

La ola nacionalista, populista y autoritaria no se extiende tan solo en Europa y Estados Unidos, sino también en Brasil, después de unas elecciones en las que hubo un record histórico de abstenciones. El neopresidente Jair Bolsonaro, votado por una mayoría cansada de la extendida corrupción que hay en el país, es un ex militar, igual que el vicepresidente. En su gabinete hay 7 ministros militares y más de cien en puestos de segundo y tercer nivel, casi todos retirados. Su lema es, imitando a Trump: “Brasil por encima de todo”, pero añade otra prioridad: “Dios por encima de todos”.

La religión ha entrado en la política. Además del nacionalismo, se ha colado el fundamentalismo religioso. Además de la teología de la prosperidad (en contra de todo vestigio de teología de la liberación), hay ahora una campaña moralista que se limita a combatir el aborto y la ideología de género, a controlar la educación en pos de los valores tradicionales y siembra discriminación para con las mujeres, los adictos, los homosexuales, los inmigrantes, los negros, los indígenas. Bolsonaro ha dicho que “la mujer debería tener un sueldo menor porque se queda embarazada….. los afro descendientes no sirven para nada, ni para procrear”. “Mis hijos nunca se casarían con una negra porque fueron muy bien educados”, aseguró. Sobre los homosexuales: “Sería incapaz de amar a un hijo gay; preferiría que muriese en un accidente de coche”. Lucha contra la corrupción y el delito flexibilizando el uso de armas. Dijo sin vueltas: “Si alguien entra en mi casa, le disparo”. Cree que los problemas de la seguridad se resuelven liberando el porte de armas y no con la educación. Brasil registró 64 mil homicidios en 2017, uno de los mayores índices de homicidios en el mundo. Bolsonaro ha dicho ser partidario de la tortura, admirar a Pinochet y a los gobiernos fuertes. Ha echado del país a 8 mil profesionales cubanos dejando sin atención sanitaria a 30 millones de brasileros en lugares donde hay muy poca presencia de médicos. Es defensor del ultraliberalismo económico, de los grandes terratenientes y medios de comunicación. En Brasil hay 52,2 millones de pobres. El 8% de los ricos mantiene el 87% de la riqueza del país. 30 millones de trabajadores no tienen trabajo. Bolsonaro no presentó ningún proyecto para mejorar esta realidad y criminaliza los movimientos sociales. Se opone a la demarcación de tierras indígenas contra la Constitución vigente, porque “las minorías deben someterse a las mayorías”; porque no aportan nada al desarrollo y ocupan demasiado espacio; porque hay que desarrollar la agricultura y la minería comercial”. El neo presidente pasó la gestión de los territorios indígenas al ministerio de la agricultura que está en manos de los terratenientes. Esta postura favorece la violencia. El 11 de este mismo mes fue asesinado Carlos Cabral Pereira, presidente de la Unión de Trabajadores Rurales de Rio Maria, en el estado de Pará. Ya en la pasada dictadura cívico-militar hubo miles de indígenas cazados y asesinados por estas razones. El flamante ministro de exteriores Frago Araujo ha definido la discusión sobre el cambio climático como “una ideología marxista; un instrumento para ahogar la economía occidental”. El apoyo religioso le viene de los grandes pastores de las iglesias evangélicas fundamentalistas que lo llaman “el elegido de Dios” y han pasado a ser parte del nuevo gobierno. También lo apoyan sectores conservadores católicos, como sucede en Filipinas con Duterte. Es tiempo de que la Iglesia Católica vuelva a ser en Brasil una Iglesia profética. El obispo de Ruy Barboza y presidente de la Comisión Pastoral de la Tierra, André de Witte, criticó el discurso racista de Bolsonaro y lo definió como “portador de un proyecto de muerte” a la vez que cuestionó la postura del episcopado brasilero “por tener exceso de prudencia. Bolsonaro nos insulta porque no soporta el compromiso social del episcopado y de las pastorales sociales ni su voluntad de participar en la construcción de una sociedad justa y solidaria”. Frente a este programa populista de ultraderecha, marcado por un fuerte sesgo religioso, se esperan tiempos difíciles, especialmente para los que  menos tienen y para los que piensan diferente.

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